Heridas abiertas. El pasado a cuchilladas

Había que ganarse el mérito de querer ser la mejor y más apasionante serie del verano de 2018 y HBO se puso manos a la obra. El llevar a la pequeña pantalla una novela homónima de Gillian Flynn (Perdida). Y qué mejor manera de hacerse los interesantes, con las armas que se llevan tanto ahora. A saber, meter con un calzador de acero en un zapato de madera, a unos protagonistas atormentados con un pasado no menos azaroso. Una fría, melancólica, borde, seria y con la mirada perdida ( además de parecer salida del probador más desordenado del Bershka), Amy Adams, a la que se le suma la colección de familiares y paisanos del pueblo que le vio nacer. Una suerte de localidad más despoblada y con menos vida que unos zuecos en los pies de ABBA; y así, cuando van todos en coche y se tienen que filmar los paisajes, pues todo parece más tenebroso y sombrío. Y como los asesinos parecen ser todos, (hasta el papá pijo con el jersey sobre los hombros), pues ya tenemos a la gente soltando palmas.

La serie, por eso de las modas televisivas (todo empezó con “True Detective“), es el intento de resolución de varios asesinatos a niñas preadolescentes en un pueblo donde, aparentemente, parece no ocurrir nada. Pero, como si de un Twin Peaks anárquico se tratara, la pistas se diluyen entre personajes borrosos y desconcertantes. Se dan escasas pistas.

Su depresiva protagonista, que es periodista, vive torturada por su pasado y totalmente incómoda en ese ambiente del que escapó inexorablemente. Le pasa eso de “querer exorcizar su pasado“; y lo que hace es, además de tener la piel como un mapamundi, ver aún más fantasmas vivos que muertos.

Como a la pobre no le queda espacio para firmar a navajazos en su piel “yo era prima de Bon Jovi y decía forever en todas sus letras”, en sus ratos libres se dedica a trincarse botellas de vodka, como si fueran aquarius. Cuando está serena, escribe notas en su librito, para ver si con las pocas pistas que tiene, puede hacer un artículo para que su jefe no se mosquee. Y volver a ser buena. Ya tenemos tres episodios de los ocho. Los otros, irán recurriendo a “flashbacks” de la protagonista, que se ve de niña tras el espejo, en la puerta del baño, y además ve a su hermana, que murió (¡cómo no!) en no menos extrañas circunstancias.

En esa fauna exótica de seres chocantes, sólo el investigador privado se salva de este masterchef de frikis. Pero, por tonto, y por ser el único normal del vecindario, las pagará bien caras. Si te acuestas con la chalada, te levantas más tonto.

El conjunto de sus episodios no dejan de tener su interés, a pesar de un ritmo lento y lacerante. Más que nada por estirar el desenlace hasta un final inesperado. Y se logra transmitir ese ambiente de asfixia y agobio. Está bien narrada e inteligente su forma de contagiar la duda, el doble sentido y comportamiento de sus personajes.  Que esto signifique mucho o poco lo deciden sus seguidores. Han preguntado por una segunda temporada y tanto su productor ejecutivo como el representante de HBO han dicho que la prota va a acabar como unas maracas y ellos poco más o menos, como panderetas. Por ahora , nanai.


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.