¡Ay Victoria!

Tú que rimaste átame con desparrame. Que te paseaste por Cannes con un kimono con más colores que una edición limitada de unos Ferrero Rocher para un buffet de carnaval. Tú, que ya llevabas unas bragas de oro cuando apareciste en «Robin y Marian». Que fuimos amantes de tu descaro, y tu pasión cuando las bicicletas eran sólo para el verano. Incautos fuimos cuando pensábamos que podríamos tenerte entre las piernas. De tan libertaria, la insolencia se ha vuelto en tu contra. Podías haber sido feroz; hubiera sido tu último logro. Pero, lástima, haciendo gala de eso que ahora está tan moda y se llama «libertad de expresión», tus palabras se convierten en algo inocuo. Carente de sentido. El respeto abofetea la admiración. Así, nadie va a hablar de ti cuando hayas muerto. Igual que no pueden hacerlo todos aquellos jinetes del alba que han quedado en el camino. Es tiempo de silencio, aunque no hayas querido darte cuenta. Qué pena…


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.