Me llamo Lucas…. y fui Testigo de Jehová

En 1987 la cantante californiana Suzanne Vega saltó a la fama gracias a una canción en la que hablaba por la boca de un niño llamado Lucas que vivía en la segunda planta, justo encima de ti. Era un niño con una vida difícil, rodeado por la violencia y víctima de malos tratos.
Lo que os traigo es una historia en cierto modo paralela, con bastantes componentes violentos que, afortunadamente, casi ha terminado del todo. Digo casi porque Lucas aún arrastra secuelas, sobre todo en el alma.
Pasó la mitad de su vida en un ambiente cerrado, gris y opresivo. Tuvo la poca fortuna de venir al mundo en el seno de una familia inmersa en los testigos de jehová por un lado y con la violencia doméstica al orden del día por otro. Un cóctel corrosivo para cualquier persona y sobre todo, para nuestro protagonista.

Os preguntaréis por qué hablo de todo esto y es por una muy buena razón. Desgraciadamente las sectas existen, nos rodean, son poderosas y muy dañinas. Vaya por delante que no voy a utilizar las mayúsculas para nombrar estas agrupaciones porque considero que no merecen ese tratamiento. Todos conocemos los desmanes del opus dei, legionarios de cristo, neocatecumenales, adventistas, milenaristas, mormones, menonitas, amish e incluso cienciólogos entre todos los que hay, pero ¿qué se sabe de los testigos de jehová? poco, ¿verdad?

Por alguna razón, a los testigos no se les ve con malos ojos, quizás se ha blanqueado mucho su imagen en el cine y algunos medios mostrándolos como personajes inofensivos que van dando la charla al primero que se deja. Nada más lejos.

Pongámonos en situación. Como muchas de las sectas que nos acechan, los testigos nacieron hace relativamente poco tiempo si tenemos en cuenta los dos milenios de existencia que tiene el cristianismo, base de muchos de estos contubernios. En la segunda mitad del siglo XIX un economista millonario estadounidense, llamado Charles Taze Russell, decidió dedicar su abundante tiempo libre a estudiar la Biblia. Bueno, estudiar… leer el libro de aventuras más antiguo de la historia, sacar sus propias conclusiones y montarse toda una entelequia con ellas.

El caso es que este señor tan leído y preparado se convenció de que el fin del mundo y la venida de cristo estaban muy próximos y se unió a los milenaristas que esperaban dicho acontecimiento con la llegada del nuevo siglo. En 1881 la entidad nació como tal bajo el nombre Zion’s Watch Tower Tract Society, algo así como Sociedad de la Senda hacia la Atalaya de Sión y empezaron a publicar sus ideas. Esperaron durante años, temerosos de dios, mientras veían que el viejo siglo terminaba y el nuevo avanzaba sin armagedón ninguno, cosa que siguen haciendo ahora. En 1914 saltaron de USA a Europa y se instalaron en UK para ir extendiéndose por el viejo continente adoptando ya el nombre genérico por el que son conocidos. Para ellos, 1914 era el año de la llegada del apocalipsis y el reino de jehová, pero aquello no sucedió a pesar de la Gran Guerra. De modo que rescataron el tema de los 144.000 Ungidos y vaticinaron que, cuando muriese el último de ellos, llegaría el esperado fin de los tiempos. Estamos en 2020 y no sé si quedará algún ungido centenario, pero lo veo complicado. De este modo han ido posponiendo la llegada de su reino supongo que para continuar dando pábulo a sus historias.

Los principales preceptos de los testigos son la negación de la trinidad, la inmortalidad del alma, el fuego del infierno y la figura de la cruz. Tampoco celebran la Navidad ni los cumpleaños, tan solo esperan la llegada de cristo con el fin de los tiempos. En el plano más físico, rechazan la mentira, practican la abstinencia sexual condenando especialmente la masturbación, y abominan de las transfusiones de sangre rechazándolas de plano aun habiendo riesgo de muerte. Tampoco toleran cualquier cosa que pueda ser atribuida al demonio: brujas, duendes, dragones, alusiones satánicas por leves o jocosas que puedan ser, insinuaciones con carga sexual y, por supuesto, la homosexualidad.
Visto así, no parecen cosas muy espeluznantes, pues no creen en los castigos físicos ni la mortificación del cuerpo con los flagelos, cilicios ni esas prácticas cruentas que otras sectas si aplican. Lo terrible de estas gentes se encuentra en otro plano.

Pero volvamos al protagonista de esta historia. Lucas es gay. Se vio en el tormento de pasar todo su despertar sexual en el infierno dictado por la secta en la que estaba preso. No tuvo una infancia libre, ni siquiera feliz, porque los malos tratos eran continuos: siempre por cualquier motivo y con la ley de dios como pretexto. No conoció a las hadas, ni tampoco a las brujas de Disney. No pudo ver ni leer nada que hablase de duendes, unicornios ni dragones: casi toda la fantasía le estuvo prohibida. La música tenía que proceder de artistas que no ofrecieran ninguna clase de escándalo ni se insinuasen sexualmente. La televisión igual, ni siquiera les permitan ver un beso en los labios.

Me ha citado en su casa: un acogedor apartamento situado en uno de estos nuevos barrios ajardinados del norte de Madrid, para hacer eco de sus palabras.

Buenas tardes, Lucas. En primer lugar quiero agradecerte que hayas accedido a contar todo esto, es evidente que no es un buen trago para ti recordar esos momentos de tu vida.

Hola Doctor, hacer esto es algo que ya casi no me cuesta trabajo, ha llegado un momento que es como si contara la historia de otra persona. Pero he creído que es necesario arrojar luz sobre todo esto. La gente debe saber que hay detrás de los testigos porque, al fin y al cabo, son otra secta más.

Pues vamos a empezar por el principio ¿de dónde vienes, Lucas?

Nací en Madrid aunque en seguida mis padres se trasladaron a un pueblo de los alrededores para ir dando bandazos por distintos sitios hasta recalar en Toledo, momento en que abandoné todo aquello. Somos tres hermanos, una chica, otro chico y yo, que soy el pequeño.

¿Tu familia siempre fue de la congregación?

No. Yo me llevo cinco años con mi hermana y tres con mi hermano. Cuando nació mi hermana mis padres no eran testigos, ni siquiera fueron cristianos practicantes. En algún momento de esos cinco años entraron en la congregación y lo hicieron a lo grande. Mis padres tienen incompatibilidad sanguínea, cosa que supone un riesgo importante a la hora de tener hijos. Complicaciones que se agravan según se suceden los embarazos. Con mis dos hermanos no tuvieron demasiados problemas, pero conmigo sí los hubo. De hecho estuve entre la vida y la muerte durante mucho tiempo, cosa que se hubiera solucionado rápidamente con una transfusión sanguínea. Como sabéis los testigos abominan de los tratamientos hematológicos porque la sangre es sagrada y no se puede tocar, de manera que mis padres se negaron a la transfusión y prefirieron dejarme en manos de dios cosa que acarreó que nos echaran del hospital donde yo estaba ingresado para ir a otro, pues yo estaba muy grave. Así terminé pasando muchos meses en una incubadora hasta que gracias a la fe y el sacrificio de mis padres salí adelante. Todo esto supuso que yo fuese la prueba viviente de que la gracia de dios existe y así me presentaban ante la congregación: casi un niño milagro (o un portento de feria).

Qué barbaridad. Entonces ¿Cómo fueron captados?

Una hermana de mi padre era testigo y atrajo a mi madre. Luego mi madre atrapó a mi padre y ahí empezó todo. Mi madre es una persona con muchos problemas, además el matrimonio fue un desastre desde el principio. Los testigos siempre están rondando a las personas que notan infelices, débiles y vulnerables, mi tía sabía que el matrimonio de mis padres no iba bien en absoluto y fue a por ellos. Mi madre debió ver una salida para consolidar su situación y se metieron de lleno, tanto que casi me costó la vida.

¿Cómo fue tu infancia entonces?

Pues te puedes imaginar: un entorno familiar destruido, con un padre ultramachista, alcohólico y violento que sembraba el terror; una madre con problemas acrecentados por la violencia y el miedo que era incapaz de denunciar la situación en la que vivía, siempre encubriendo a mi padre, quedando como “la mala”, “la problemática”. En ese ambiente estuvimos atrapados mis hermanos y yo. Siendo bebé (evidentemente no lo recuerdo pero siempre se habló de ello) la congregación, que es súper controladora, observó que mis padres no acudían a las reuniones semanales y se presentaron en casa. Encontraron un cuadro dantesco: mi madre en la cama desquiciada, mi padre ausente (de borrachera, supongo) y los tres críos desatendidos durante días. Tomaron cartas, ingresaron a mi madre en un psiquiátrico y nos repartieron entre familias de la congregación.

¿Y tu padre no se encargó de vosotros?

Mi padre pasó de todo. Se dejó hacer porque, como cabeza de familia, su labor era trabajar y no podía -ni quería- encargarse de tres críos. Además, ante la congregación, era un santo que tenía que aguantar a una mujer desequilibrada y tres niños pequeños. Todavía no conocían la verdadera cara de mi padre quien, para colmo, formaba parte del consejo de ancianos un órgano ejecutivo dentro de los testigos del que hablaré después.

La congregación se metía en todo, por lo que cuentas.

Así es. Absolutamente todo se hablaba con el supervisor o, directamente, en las reuniones. No podía haber secretos y tomaban arte y parte en la vida de las familias. Evidentemente mi madre encubría a mi padre por puro terror, supongo, y era ella la que siempre quedaba en evidencia. Ellos dictan las normas de conducta y vigilan estrechamente para que se cumplan a rajatabla.

El tema de la educación ¿Cómo funciona?

Los testigos acuden a las escuelas normales para la cumplir la ley de enseñanza básica obligatoria, no tienen colegios específicos como el opus y otras sectas. Si fuera por ellos, los niños no irían a la escuela porque su obligación y fin en la vida es servir a dios. Las enseñanzas necesarias están en la Biblia y los propios testigos son quienes deben impartirlas. De este modo, tras las horas de colegio, el cabeza de familia se encarga de inculcar los dogmas bíblicos a los hijos en el hogar. Son machistas: una mujer no puede realizar esta labor salvo que no haya ningún hombre que pueda hacerlo en su lugar y, por ejemplo, cuando una mujer habla ante la congregación debe ponerse un paño sobre la cabeza, a modo de velo.
Lo del colegio resulta extraño porque los dogmas impiden hacer la vida normal de cualquier niño u adolescente: no se celebran los cumpleaños ni la Navidad. Muchos contenidos musicales, televisivos, literarios o de cine están prohibidos, cosa que convierte a los testigos en excluidos. Además la congregación procura evitar que sus niños se relacionen con otros que no sean de la secta, de manera que te puedes imaginar.

En mi caso, además, todo estaba agravado porque yo supe que era gay desde que tuve la primera pulsión sexual. Nunca me gustaron las cosas normales de otros niños como jugar al fútbol o hacer el cafre, yo prefería estar a solas, en mi mundo. La homosexualidad supone uno de los peores pecados posibles para los testigos y mi padre me tenía enfilado con eso porque lo sospechaba y no hacía más que fustigarme física y moralmente con lo sucio y abyecto del pecado de la homosexualidad. En cuanto notaba cualquier mínimo amaneramiento me molía a palos, pero no solo a mí: cuando mi madre se ponía a coser y había que trazar patrones complicados me pedía a mí que lo hiciera porque siempre se me dio bien. Si mi padre nos encontraba haciendo eso nos zurraba a los dos. Si mis hermanos se entrometían en la bronca, también recibían. Un infierno.
Así que, por encima del aislamiento cultural, yo era un niño retraído y aterrorizado que no movía una mano por miedo a que se me cayese una pluma, y fui un blanco muy fácil para lo que ahora llaman bullying aparte de otras cosas bastante más chungas.

Entonces ¿tampoco contemplan los estudios superiores?

Exacto, para ellos los estudios superiores no tienen sentido. No es que estén prohibidos de facto, simplemente no están bien vistos. Como he dicho antes, la finalidad de la vida de un testigo es tener un empleo para poder cubrir las necesidades básicas y dedicar todo lo demás a dios. Tampoco los encontrarás metidos en política, ejército, policía ni nada eso salvo que fuera su profesión antes de convertirse. Volviendo a mi caso, los testigos decidieron que yo sería un betelita, eso significa que había que poner especial cuidado en mi educación porque pasaría a ser una especie de monje, soltero y célibe, dedicado única y exclusivamente a la congregación. De este modo se pusieron muchos focos sobre mí y se decidió que mis actividades externas tenían que ser reducidas al mínimo y muy controladas. Cuando terminé el instituto quise estudiar una carrera y me dijeron directamente que no, así que me puse a trabajar en un almacén, pegando etiquetas.

¿Fuiste una especie de elegido?

No, en absoluto. Los testigos adiestran a sus adeptos, sobre todo cuando son niños, en las técnicas de comunicación en público. Si lo lleváramos a un punto más poético se podría decir que imparten la dialéctica, la oratoria y la retórica como hacían los griegos y romanos. Es normal ver a críos muy pequeños desarrollando temas bíblicos ante un auditorio lleno de gente, subidos a una banqueta tras un atril. Yo fui uno de ellos. Cuando ven que alguno de esos niños se desenvuelve bien lo van dirigiendo especialmente para ser un betelita. Por esa razón me escogieron para ir a la Casa Betel, que es el nombre que le ponen a las sedes centrales en todo el mundo. Ese sitio es la casa de dios y funciona casi como un monasterio. Allí se vive a cargo de la congregación, en recogimiento y celibato, dedicado a la causa en cuerpo y alma. No es que el celibato sea obligatorio, puedes casarte pero sólo con otra betelita y apenas se hace vida fuera de la casa. Allí es donde se confeccionan, por ejemplo, las publicaciones y todo el material que reparten cuando van predicando.

Así que tu estabas bajo el microscopio.

Si. Cuando por fin se descubrió todo el horror que había en mi casa, que lo destapé yo porque mi madre era incapaz, a mi padre lo censuraron y nos asignaron una especie de tutor: un superintendente de la congregación que se podría equiparar a un obispo. Este señor me vigilaba estrechamente, pues yo ya era adolescente y daba claros signos de estar descarriándome.
Para los testigos, por ejemplo, la masturbación es un pecado enorme y un chico de 15 años apenas puede resistirse. Yo lo llevaba fatal, me excitaba leyendo los anuncios de contactos de los periódicos, pues no tenía otra referencia, y dejaba volar mi imaginación. Trataba de contenerme pero tenía poluciones nocturnas y un día, en unas circunstancias bastante delirantes, mi madre se dio cuenta. Se lo contó al supervisor, quien se dedicó a interrogarme y amonestarme constantemente sobre ese asunto. Otro horror.

¿Te imaginas en la obligación de contar con todo detalle (aunque yo mentía diciendo que me excitaban las chicas) a un señor mayor, extraño del todo, que pretende saber cómo, cuantas veces te lo hacías y en quien pensabas? Además sumad la presión de ser un gay reprimido y aislado, sin referencias externas en las que apoyarme, aterrorizado por las imágenes de absoluta depravación, suciedad y miseria humanas que me habían inculcado sobre ese asunto, por no hablar de las palizas que me daba mi padre, claro.

Has mencionado que tu padre fue censurado ¿Qué es eso?

Cuando un adepto comete alguna falta grave, el consejo de ancianos valora el alcance y, llegado el caso, lo censura. Esto supone un aislamiento: puede asistir a las reuniones y charlas pero no participar. No puede hablar con nadie ni se le puede dirigir la palabra, ni siquiera su propia familia. Solo se puede comunicar con el supervisor que se encarga de su caso, quien trabaja el problema en exclusiva con el afectado.
Como te dije antes yo tuve que destapar lo que sucedía en casa. Mi madre continuaba faltando a las reuniones semanales y, cómo no, la culpaban a ella de la indisciplina. Un día vinieron a casa a hablar con mis padres y, como siempre, mi madre ocultaba la realidad. Yo estaba escuchando las excusas de mi madre y no pude más. Entré en la habitación donde estaban y les conté todo lo que venía pasando desde hace años, aun a riesgo de que mi padre me matara de una paliza. En ese momento lo censuraron y nos asignaron un supervisor: otro acto de machismo.

¿Sacaron a tu padre de la familia?

No, mi padre continuó en casa, pues la congregación esperaba que los problemas se arreglasen con su sola intervención. Todo fue a peor. Mis hermanos mayores ya se habían marchado y había noches en que mi madre y yo nos encerrábamos en una habitación atrancando la puerta con una silla para que mi padre no pudiese entrar. En su momento no dudaron en apartar a mi madre e ingresarla en un psiquiátrico, pero a mi padre lo dejaron con nosotros a sabiendas de lo que hacía. Todo muy coherente.

¿Nunca llegó a intervenir la policía?

Si, alguna vez vinieron y mi madre puso denuncias por malos tratos, pero eran otros tiempos y no se le daba la importancia que ahora le dedican, además siempre las retiraba. Aquello no mejoraba en absoluto y mis padres terminaron por separarse aunque con varias idas y venidas.

Todo esto da para el guión de una película de terror.

Sin duda. Yo no terminaba de ser consciente de la vida que llevaba o que me dieron. Ni supe lo que era el cariño, ni siquiera un mínimo afecto porque jamás lo conocí. Como dije antes yo era un objetivo de manual para el acoso escolar y otras cosas. Debía estar en cuarto o quinto de EGB cuando un profesor de educación física se fijó en mí: un niño solitario y retraído que necesitaba atención y afecto sin saber cómo pedirlos. Se acercó a mí convirtiéndose en una especie de ángel de la guarda. Por fin alguien se preocupaba por mi con cariño y ternura, hasta que todo aquello fue convirtiéndose en lo peor. No voy a entrar en detalles, todos saben cómo terminan estas movidas.

Estoy helado, literalmente ¿Acudiste a alguien?

No pude hacerlo, no tenía fuerzas ni sentía que nadie fuese a entender lo que pasaba, al contrario. De acudir a mi familia estaba seguro de que mi padre me habría culpado y matado a golpes. No fui capaz de hacer nada, estaba solo y paralizado. Sentía que de mayor iba a ser un monstruo como el depravado que me hizo aquello. Con sus dogmas y sus horrores habían metido tanta basura en mi mente que no podía concebir otra cosa para a mí.
Caí enfermo, no sé si porque se desencadenó algún problema que arrastrase de las complicaciones que tuve al nacer o por pura necesidad de apartarme de aquella situación. El caso es que sufro una enfermedad crónica desde ese momento. Poco después permanecí varios meses ingresado en un hospital del que no quería salir porque estaba, por fin, tranquilo, lejos de todo y me daban cariño sin peajes. Alargué la estancia cuanto pude, falseaba las tomas de temperatura acercando el termómetro a algún punto de calor y cosas así. En ese hospital me sentí a salvo, pero aquello acabó y regresé a mi particular infierno. Al menos me libré de aquel profesor porque me eximieron de hacer cualquier ejercicio físico. Sé que podría denunciarlo incluso ahora, pero no quiero volver a saber nada del asunto y si: arrastro secuelas emocionales de todo aquello.

No tengo palabras, de verdad ¿Cómo saliste de todo eso?

Mi vida transcurrió más o menos dentro de los parámetros de la congregación pero con las movidas familiares y mis tormentos personales de fondo. Acudía a las reuniones semanales, iba a predicar como correspondía aunque a veces me escaqueaba si mi compañero era algún chico más o menos de mi edad. Hablaba ante la congregación desarrollando temas bíblicos, incluso alguna vez me tocó disertar sobre el pecado de la homosexualidad, pero para mí era como recitar la tabla periódica de elementos químicos o la guía de teléfonos. Hacía lo que se supone que debía, siempre bajo supervisión y en entredicho. Por ejemplo, los niños testigos se bautizan con 11 o 12 años y a mi me permitieron bautizarme casi con 18: otro motivo para sentirme señalado y cuestionado dentro de lo único que conocía: la comunidad.

Fui creciendo en ese ambiente, luchando contra mi condición pero sin poder resistirme. Como ya dije, no tenía nada que me sirviera de apoyo y me excitaba con solo leer los anuncios de contactos de la prensa. Una vez llamé a un teléfono erótico gay y me pillaron por la lista de llamadas aunque no supieron que eran contactos homosexuales. Mi madre de nuevo lo contó y esto acarreó más presión, más persecución por parte de los supervisores que me vigilaban.
Tras varias peripecias desafortunadas conseguí mantener una especie de relación a distancia con un chico, nada serio: nos veíamos cuando yo podía escaparme y tal. Un día en que yo creí estar solo en casa hablé por teléfono tranquilamente con él. Mi madre estaba en otra parte de la casa sin yo saberlo y nos escuchó. Cuando colgué me interrogó acerca de aquello y se lo comunicó a la congregación.

He mencionado antes a los ancianos. Son una especie de consejo de hombres mayores en teoría capacitados para velar por el bien espiritual y la ortodoxia de la congregación, supuestamente escogidos por dios, quienes tienen poder para ordenar acciones como la asignación de supervisores, la censura o incluso la expulsión. No perciben ninguna prebenda ni remuneración por sus servicios y, otra paradoja por no decir hipocresía: dicen no ejercer autoridad, pero sus decisiones son ejecutadas sin discusión.

El caso es que me llevaron ante los ancianos, entre quienes había algún familiar directo. Delante de ese sanedrín tuve que confesar con pelos y señales todas y cada una de mis experiencias homosexuales, sin subterfugios. La humillación que sentí no se puede explicar. Estaba tan destrozado y me sentí tan sucio y culpable que prometí tratar de enmendarme, de combatir mi naturaleza. Me mandaron a casa de mi padre quien ya se había separado de mi madre definitivamente pero, por fortuna, apenas coincidamos y yo ya no era ningún crío así que nos limitamos a ignorarnos. Me censuraron y ni siquiera mi propia familia podía dirigirme la palabra absolutamente para nada. Cuando acudía a las reuniones se hacía el silencio y, al poco, sonaban los cuchicheos. La gente de la congregación me miraba de reojo. Todo muy edificante y cuajado de amor al prójimo.

Llegó un momento en que tomé conciencia por fin de que no podía seguir luchando contra mi condición, de que los testigos solo habían supuesto dolor, miedo y sufrimiento para mí. Redacté una carta de renuncia que envié a los ancianos y lo abandoné todo: ciudad, familia, congregación y me vine casi con lo puesto a Madrid a buscarme la vida. Nadie fue tras de mí ni para saber de mi paradero.
Y aquí estoy, décadas después.

Con toda sinceridad, no sé cómo has podido llegar hasta aquí porque intuyo que has recibido poca o nula ayuda para superar todo lo que nos has contado.

La única ayuda que he recibido ha venido de personas que he conocido tras mi salida. De aquella comunidad no he vuelto a saber nada. Supongo que para ellos es como si nunca hubiera existido, ojalá pudiera decir lo mismo.

¿Mantienes alguna relación con tu familia?

Muy poca. Con mi madre hablo contadas veces, mis hermanos viven su vida y tampoco nos comunicamos mucho. De mi padre no se nada, ni quiero saber.

De nuevo quiero agradecerte el esfuerzo que has hecho al recordar todas esas vivencias, no creo que haya sido un plato de buen gusto.

No, claro que no. Pero creo que es muy necesario hablar claro sobre lo que ocurre dentro de esa secta que predica el amor al prójimo y protege tanto a la familia. Ya veis cómo cuidaron de la mía y cuanto amor me prodigaron.  Tampoco quiero decir que sean todos malos en general, hay gente que alberga mucha bondad y buenas intenciones, lo que pasa es que no son conscientes de todo lo demás.

Gracias una vez más, Lucas, de todo corazón.

 


Sobre el autor

DMalignus

No te pases de Lista, que te vas a Diego de León......