Para acabar con Eddy Bellegueulle

¿Hablamos de los límites entre la literatura y la realidad o viceversa?

Eddy Bellegueulle es pobre. Y maricón. Y además se le nota. Y vive en un pueblo. Como tantos y tantos otros pobres maricones y de pueblo que se les nota a la legua cuando vienen por la calle, por mucho que lleven cuarenta años casados con la misma mujer que todavía se pregunta en qué demonios se equivocó para no ser feliz, si tiene un marido que la trata como una reina, que la compra todo lo que quiere y que nunca, al contrario que a muchas de las otras mujeres de su edad del pueblo, ni la pega ni viene borracho a casa los sábados por la noche y la obliga a hacer cosas para las que está demasiado cansada.

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Pues si, Eddy Bellegueulle es pobre, maricón, afeminado en las formas, de pueblo y además escribe. Y escribe sobre si mismo. Al final toda la gente que escribe pone un poco de si mismo en cada página, en cada personaje. Porque no transcribes, escribes. Si no fuera así los escritores serían taquígrafos. Todo pasa por el tamiz de tu educación, de tus estudios, de tus lecturas, de tus vivencias, reales o fingidas.

Y además Eddy Bellegueulle es guapo, no un guapo de cortar la respiración cuando pasas a su lado, pero lo suficiente para que su foto de la portada del libro haga que te pares a mirar el libro. Como diría mi madre, es “un chico que viste“, como un jarrón que no llama la atención, salvo si falta.

Así que Eddy Bellegueulle escribe su primera novela con veintiún años, una novela autobiográfica sobre su infancia en un pueblo perdido del norte de Francia, donde no se habla francés sino picardo, y tiene un éxito notable. Porque es un escritor joven y guapo, y porque de pequeño ha sufrido mucho. Porque nos da pena penita pena saber que un chico tan joven y guapo ha tenido una infancia dura, que le pegaban en el colegio por ser maricón, que le pegaban en casa por ser maricón, que su padre no trabajaba y que su madre se pasaba más tiempo borracha que sobria.

Pero lo siento, Eddy Bellegueulle. Por mucho que seas pobre, maricón, afeminado, de pueblo y guapo, no aportas nada nuevo. No eres, como dice la crítica, la nueva esperanza de las letras francesas. No eres un cóctel de Zola y Dickens. Me alegro mucho de que no terminases, como tantos y tantos otros, encerrado en una vida que no es la tuya, teniendo que imaginar a hombres sudorosos mientras te follas a esa pobre mujer que todos los días se pregunta que hizo mal, pero no por eso eres revolucionario ni magnífico.

Hace unos días tuve una conversación con una amiga sobre la decepción que supuso para ella conocer a su escritor favorito y descubrir que era una persona normal, más gris que blanca o negra. Y ambos llegamos a la conclusión de que no hay que juzgar a la obra por el artista, sino todo lo contrario. En este caso es imposible, porque el mayor aliciente de la obra es el propio artista. Y lo siento, Eddy, tu vida no es ni más ni menos dura que cualquiera de los cientos de miles de maricones de pueblo de todo el mundo. Pero la has sabido aprovechar (esa rueda de prensa con tu madre levantándose entre el público para recriminarte que todo lo que dices en el libro es mentira, ese alcalde de Hallencourt declarándote persona non grata) para vender más ejemplares. Hasta 200.000. Que tal y como están las cosas son muchos ejemplares.

Si alguno de vosotros quiere violencia contenida, dominio del lenguaje, y un libro que le deje un regusto amargo en la boca y las ganas de saber más, que se lea “Los santos inocentes”.


Sobre el autor

Hilde

Soy hipocondriaco, paragnósico, ateísimo y me tiro pedos.