“Carmen y Lola”: ¡Tra, tra!

El primer largometraje de la directora, guionista y productora bilbaína Arantxa Etxevarría nos ha sorprendido gratamente. Enseña, sin tapujos, al desnudo y sin rodeos, la relación lésbica entre dos mujeres gitanas que viven a las afueras de Madrid; en Vallecas, donde la grava, el polvo de los ladrillos, el sudor de la gasolina de la M-30 y los graffitis se pegan a los rostros de la vida de cada uno de estos personajes. Actores no profesionales que dan vida, con una naturalidad admirable, a una relación de amor entre mujeres que, por mal vista, no dejar de ser profundamente emocional y relativo a unos sentimientos turbadores y, de prohibidos, incomprensibles. Se miren por dónde se miren.

La cámara, como unos prismáticos de aumento, se acerca a milímetros de las dos sobresalientes protagonistas de la historia, construyendo un cerco en estallido de espontaneidad que atraviesa la pantalla como sólo lo hace ese cine que quiere descubrir las bases del documento para edificar la realidad a través de una ficción. Y así, del rostro de las estas dos actrices en el nacimiento de su estado de gracia cinematográfica, se reflejan (como gotas de agua contaminada) el resto de personajes que forman la familia de ambas; para abrir esta cloaca con un chorro que brota con una fuerza que no entiende de etnias ni colores; de sexo ni condición; de religiones ni estados de las cosas.

Son Zaira Morales y Rosy Rodríguez el semblante del mismo nombre. Y detrás, como un aguijón que intenta clavarse en sus miradas, el resto de los personajes, con el mismo rostro del odio y la ira. Y como es más fácil clavar un cuchillo en el buey que una uña en la pulga, estas dos mujeres se dejarán llevar por sus sentimientos hasta un final desolador, desgarrador y cercano al llanto.

Bien es cierto que la directora quizá abuse de la cámara al hombro en muchas de sus secuencias; con eso de dar más énfasis y naturalidad a las cosas, a veces se marea. Y el ambiente, que se quiere hacer asfixiante, se acentúa aún más.

También puede ser verdad que se quieren suavizar ciertas cosas con otras escenas más dulces, como la de la piscina. Un respiro para lo que vendrá después.

Esa tregua está muy bien pintada en el único personaje que aporta cierto desahogo a la historia. El papel, magnífico, de Carolina Yuste, constituye una muleta donde se apoya la pareja protagonista. Pero con sólo una muleta no se corre.

Se pisan ciertos lugares comunes porque ya se sabe, “vieja que baila, pisotón que te clava“. Y del baile, en una piscina vacía, que se imaginan llena, (donde esa imaginación es la que ilumina el braceo y floreo de esos cuerpos), se pasa a la cólera. Y se nos olvidan esos momentos tiernos para, como un machete, golpear la realidad desde donde más duele. Y queda la amargura. Como una realidad que lo sigue engullendo todo.

Si, es como esa obra maestra titulada “La vida de Adele“. Sólo que más cercana, más nuestra, más hecha a la vuelta de la esquina; y, por eso, esa grava nos mancha más. Y sacudes la ropa, pero las astillas no se van. ¿Hasta cuándo?


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.