La casa de la moneda británica, la Royal Mint, ha comprendido por fin que la mejor forma de equilibrar las arcas del Estado no es subir el IVA, sino asaltar a mano armada el cajón de los recuerdos de la Generación X y los Millennials tempranos.
Se viene la colección de monedas sobre aquel grupo de chicas que te cantaron éxitos tan famosos como “Mama” (primera canción himno al sexo oral), “Condimenta tu vida” o “Pega un berrido”, las Spice Girls.
Es el triunfo del capitalismo terapéutico: te venden un trozo de metal circular para tapar el agujero existencial que te dejó el fin de los noventa.
Esta colección de monedas no es numismática; es un test de inteligencia que, si decides comprarlo, ya has suspendido de entrada. Es el monumento definitivo al «Girl Power» reconvertido en «Poder de Facturación» o, dicho de otro modo, un recordatorio metálico de que aquellas chicas que gritaban contra el sistema ahora son el sistema, y vienen a por tu calderilla (o tus ahorros para la jubilación) con una sonrisa ensayada y un contrato de exclusividad.
Es una jugada maestra: han convertido el «Wannabe» en el «Gonna-pay». Las chicas han cogido tu adolescencia, la han pasado por una prensa hidráulica y te la devuelven en formato moneda de curso legal para que sientas que posees un pedazo de historia. Aunque, nena, la realidad es que solo tienes un recibo de que tu nostalgia es monetizable.
Sacad la cartera y preparad el pañuelo: vamos a ver qué metal le han asignado a cada trauma de tu juventud y a cuánto se costea.
- La Moneda «Posh» (Oro macizo – £12,000)
El sentimiento: Estreñimiento de clase alta.
Esta pieza de oro puro lleva grabada la cara de Victoria Beckham, una mujer que, como bien sabemos, no caga por no manchar. Al sostenerla, sientes cómo se te cierran los esfínteres por pura elegancia. Es un trozo de metal diseñado para gente que vive de aire y juicios de valor.
Poseerla te otorga el superpoder de no sonreír jamás y de mirar tu cuenta bancaria con la misma frialdad con la que ella mira un carbohidrato. Es el máximo exponente de comprar algo que no sirve para nada, para alguien que no hace nada, con dinero que te vendría mejor para pagar el alquiler.
- La Moneda «Ginger» (Plata de ley – £200)
El sentimiento: Puritanismo post-traumático.
Geri lleva una década vestida exclusivamente de blanco impoluto, como si intentara que la luz rebote en su ropa y borre mágicamente de la memoria colectiva aquel vestido de la Union Jack y sus años de «rebelde» de tabloide.
Esta moneda se siente como su vestuario actual: un intento desesperado por parecer una virgen vestal de Ascot para ocultar que sabe perfectamente cómo se siente el suelo de una discoteca a las cuatro de la mañana. Es el souvenir perfecto para los que creen que el perdón divino se compra en una tienda de numismática.
- La Moneda «Scary» (Edición Color – £95)
El sentimiento: Irritación cutánea y agresividad.
Tocar esta moneda es como llevar unos leggings de leopardo del Primark tres tallas más pequeños: sientes cómo la costura te marca las ingles de forma irreversible y dolorosa.
Es la moneda de los que viven al límite, de los que se meten en peleas en Twitter a las tres de la mañana y de los que todavía creen que el piercing en la lengua es una declaración de intenciones. Son colores chillones que parecen gritarte al oído mientras te clavan una multa por exceso de decibelios. Te transmite unas ganas irrefrenables de pelearte con alguien en un reality show de gasolinera. Es el metal de la agresividad activa y los estampados que sangran la vista.
- La Moneda «Sporty» (Edición Especial – £75)
El sentimiento: Melancolía de catedral vacía.
Esta moneda cuesta 75 libras y se siente como el eco de Mel C dentro de la caja de un frigorífico: un vacío existencial inmenso rodeado de piedra fría y falta de público, aunque en el fondo sabes que tiene la misma elegancia que un chándal de táctel un martes por la mañana.
Se siente como una pirueta lateral fallida: mucha intención, pero el resultado te deja con dolor de espalda. Al sostenerla, casi puedes oír el audio de ese acústico donde la reverberación intenta ocultar que la magia se fue hace tres décadas. Es el metal de la resignación; de la que sabe que, por muchas volteretas que dé, siempre será la que lleva el chándal mientras las demás se llevan los contratos de publicidad de lujo.
- La Moneda «Baby» (La de níquel de £15)
El sentimiento: Infantilismo crónico y negación de la edad.
Es la moneda más barata, la que podrías comprar con el cambio de un menú del Burger King. Representa ese estado mental de los que aún guardan un peluche en la cama con 40 años.
Al tenerla en la mano, de repente quieres ponerte coletas y chupar un pirulí a los 45 años mientras pides perdón por existir en unas plataformas que te van a destrozar los tobillos. Al ser de níquel, tiene ese tacto industrial y frío que te recuerda que la inocencia de los 90 fue empaquetada y vendida en masa. Es barata, decepcionante y sabe a piruleta de marca blanca y a crisis de los cincuenta camuflada con purpurina.
Al final, por mucha saliva que gastemos criticando el marketing, sabemos cómo termina esta película: con nosotros dándole al botón de «comprar» en la versión de níquel. No es una inversión financiera; es el pago de una deuda con nuestra propia adolescencia. Sucumbimos a la barata porque ese trozo de metal es el ancla que nos mantiene agarrados a los 14 años, a la época en la que el mundo parecía un lugar donde podíamos inventarnos a nosotros mismos.
Incluso en este Olimpo del pop, el barro es real y ensucia. Ahí tenemos a Geri lidiando con el tsunami mediático de su marido; ver la sombra de las filtraciones de Christian Horner planeando sobre su vida nos recuerda que ni el éxito más rotundo te salva de la humillación pública. O Victoria, gestionando su propia guerra de trincheras familiar, como una suegra exhibicionista en la boda del primogénito. Es el recordatorio de que estas mujeres, aunque acuñadas en metal, sangran.
Pero su verdadera legitimidad no viene de los discos vendidos, sino de cómo han sobrevivido a sus propios naufragios. Detrás de los corsés y las plataformas, hubo una lucha descarnada contra los trastornos alimentarios y el infierno de las sustancias para aguantar la presión de ser perfectas cuando por dentro estaban rotas. Una de ellas sacó adelante la maternidad en solitario cuando el mundo la señalaba. Otra ha tenido el valor de poner nombre a la violencia de género, convirtiéndose en el megáfono de tantas mujeres maltratadas que no tenían voz. Nos enseñaron que, sin importar cuánto te hayan pisado o cuánto hayas tenido que anestesiarte para sobrevivir, una puede ser digna y poderosa.
Para los niños mariquitas de los 90, ellas fueron el primer refugio. En un entorno que nos pedía ser invisibles, ellas nos regalaron un espejo de creatividad desbordante y purpurina que nos decía que lo «diferente» era nuestra mejor arma. Nos dieron el permiso que no nos daba el patio del colegio para ser nosotros mismos.
Ese legado se siente más vivo que nunca porque la realidad las ha tocado de lleno. Han sabido estar a la altura de los tiempos, apoyando con una naturalidad valiente a sus hijos trans. No es una pose para la galería; es entender que la libertad que predicaban en los 90 era esto: defender el derecho de cada uno a existir sin pedir perdón por lo que es.
Así que, después de todo, hay que reconocerles el mérito. Fueron nuestro primer grito de guerra. Si tener esa moneda de níquel en el cajón es lo que nos une a esa capacidad de romper moldes y no dejarse pisar por nada ni por nadie, bienvenida sea.
Al final del día, todos necesitamos un poco de ese descaro para no hundirnos.

Decidme, por favor, que los precios los habéis sacado de una noticia de Ok Diario.
Pues son los verdaderos…
Pingback: La Royal Mint lanza una colección de monedas inspirada en las Spice Girls - Hemeroteca KillBait