El problema no es «Sidosa». El problema es el odio que no cesa.

No me gusta especialmente la obra de Eduardo Casanova.
Nunca me ha gustado demasiado esa mezcla suya de trauma, rosa chicle, cuerpos incómodos y sensación permanente de estar atrapado dentro de una pesadilla diseñada por una muñeca Bratz con depresión clínica.

Y precisamente por eso voy a decir algo que parece haberse vuelto revolucionario en este país:

Lo que ha hecho con Sidosa me parece valiente. Muy valiente.

Porque hay que tener unos santos cojones para decir públicamente que eres VIH positivo en un momento histórico donde la extrema derecha, los pseudointelectuales de podcast y los opinadores profesionales están reconstruyendo el odio queer pieza a pieza mientras aseguran, con absoluta solemnidad, que “ya no existe la homofobia”.

Claro.
Y Franco era coach emocional.

El problema nunca fue Eduardo Casanova

El problema es que Sidosa ha tocado una herida que mucha gente prefería mantener enterrada bajo toneladas de memes, filtros de TikTok y discursos de “ya estáis normalizados, ¿qué más queréis?”.

El VIH sigue incomodando.

Muchísimo.

Porque obliga a hablar de sexo.
De sexo gay.
De deseo.
De miedo.
De culpa.
De muerte.
De cuerpos.
De vergüenza.

Y eso, para determinados sectores, sigue siendo insoportable.

Especialmente cuando quien lo cuenta no aparece en pantalla convertido en el homosexual “correcto”, limpio, discreto y tranquilizador que algunos consideran aceptable.

No.
Casanova es excesivo, incómodo, teatral y profundamente raro.

Es decir: perfecto como diana cultural.

La nueva estrategia: no decir “maricones”, decir “subvenciones”

Aquí viene la parte fascinante.

Porque si uno escucha cierta conversación pública estos días, parecería que el gran drama nacional no es el estigma del VIH.

El gran drama es que “nos han robado 400.000 euros para financiar un documental de maricones”.

Spoiler:
No. Eso no ha ocurrido.

Uno de los bulos más repetidos sobre Sidosa afirma que el documental recibió más de 400.000 euros de dinero público. Pero el propio entorno de producción y varios medios han aclarado que Sidosa no recibió financiación pública directa.

Lo que han hecho determinados medios y cuentas ultras ha sido algo mucho más cutre… y mucho más eficaz:
Mezclar ayudas recibidas por películas anteriores de Casanova con este documental para fabricar un relato emocional.

Y funciona. Porque el objetivo nunca fue informar.

El objetivo era activar el reflejo condicionado:

  • “cine español”,
  • “subvención”,
  • “maricones”,
  • “degeneración”,
  • “adoctrinamiento”.

La misma basura reciclada una y otra vez, pero ahora con diseño moderno y música épica de YouTube de fondo.

Curiosamente, las subvenciones solo molestan cuando hay pluma

Y esto ya empieza a ser cómico.

Porque España subvenciona constantemente:

  • bancos,
  • autopistas,
  • macroempresas,
  • sectores agrícolas,
  • fundaciones ideológicas,
  • medios de comunicación,
  • eventos religiosos,
  • tauromaquia,
  • rescates financieros,
  • proyectos empresariales ruinosos.

Pero oye, el verdadero atentado contra el contribuyente es un documental sobre el VIH.

Qué casualidad.

Debe de ser que el dinero público solo se vuelve sagrado cuando aparece un homosexual hablando de enfermedades, sexo o memoria histórica queer.

Porque entonces sí:
entonces salen los guardianes de Occidente a protegernos de la terrible amenaza del… cine incómodo.

Menos mal.

Yo ya no podía dormir pensando que alguien pudiera hacer una película sobre el sida mientras existen diecisiete programas de televisión con señores gritando sobre okupas, feminismo y “la dictadura woke”.

“Pues ha sido un fracaso en taquilla”

Otro argumento estrella.

“Si nadie va a verla, será porque es mala.”

Perfecto.
Entonces imagino que bajo esa lógica:

  • la poesía no debería existir,
  • el cine independiente tampoco,
  • los documentales menos aún,
  • y cualquier obra cultural que no pueda competir con Marvel merece desaparecer.

Qué visión tan sana y enriquecedora del arte.
Muy romana decadente. Muy “pan y circo”. Muy de señor que llama “élite cultural” a cualquiera que haya leído dos libros seguidos.

Además, resulta bastante revelador que mucha gente que NO ha visto el documental tenga clarísimo que es una mierda.

Vivimos tiempos maravillosos:
la crítica cultural ya funciona exactamente igual que los comentarios sobre vacunas, inmigración o cambio climático.

No hace falta saber nada.
Solo hace falta odiar correctamente.

 

Lo verdaderamente peligroso

Y aquí viene la parte seria.

Porque algunos dentro del colectivo LGTBIQ+ están cayendo en una trampa peligrosísima:
pensar que todo esto son solo cuatro idiotas haciendo ruido en Twitter.

No.

Lo que estamos viendo es un cambio cultural organizado.

Lento.
Persistente.
Internacional.

Una reconstrucción del discurso reaccionario disfrazado de:

  • “libertad de expresión”,
  • “sentido común”,
  • “hartazgo”,
  • “antiwokismo”,
  • “protección de los niños”,
  • “defensa de la cultura”.

Y detrás de todo eso vuelve exactamente el mismo mensaje de siempre:
que nuestras vidas son excesivas,
molestas,
inmorales,
ridículas
o directamente prescindibles.

Solo que ahora lo dicen con micrófonos de podcast, cuentas verificadas y camisetas aparentemente modernas.

La homofobia ya no siempre entra gritando “maricón”.

A veces entra diciendo:

“Yo respeto a todo el mundo, pero…”

Y después del “pero” suele venir un estercolero ideológico bastante reconocible.

El VIH no volvió. Nunca se fue.

Quizá lo más incómodo de todo esto es que Sidosa nos recuerda algo que mucha gente prefería olvidar:
el VIH sigue existiendo.

Lo que pasa es que dejó de interesar cuando dejó de matar masivamente a heterosexuales famosos en televisión.

Miles de personas siguen viviendo con VIH.
Siguen enfrentándose a estigma.
Siguen ocultándolo.
Siguen leyendo barbaridades en redes sociales escritas por analfabetos emocionales con avatar de bandera nacional y foto dentro de un coche.

Y sí:
Aunque médicamente hemos avanzado muchísimo, socialmente seguimos arrastrando una ignorancia terrorífica.

Por eso este documental era necesario.

Aunque no te guste Casanova.
Aunque su estética te agote.
Aunque prefieras arrancarte una uña antes que ver otra escena rosa pastel con sufrimiento existencial.

Da igual.

Porque el problema aquí nunca fue el cine.

El problema es que hay gente deseando volver a meternos en el armario.

Y esta vez vienen sonriendo.

Los muy cabrones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *