El Pacificador: Viaje a la oscuridad de un mundo falso

Por Impostorismo
En las historias más sombrías, aquellas en las que la realidad parece encajar con precisión casi matemática, surge siempre la pregunta que nadie se atreve a formular: ¿a qué costo? Peacemaker, marcado por un pasado de dolor, violencia y fanatismo inculcado por su padre, finalmente vislumbra lo que podría ser una vida normal. Un mundo alternativo se abre ante él, donde todo lo que alguna vez deseó se presenta sin esfuerzo: su padre, Auggie Smith —ya no el monstruo racista que lo marcó de por vida, sino una figura cálida, protectora y afectuosa— y su hermano Keith —aquel que mató siendo niño, víctima del odio que lo moldeó— están vivos, intactos, casi irreales en su perfección.
Por primera vez, Peacemaker contempla la posibilidad de reconstruir lo que siempre anheló: una familia, un hogar que no esté teñido por la violencia ni el remordimiento. Cada gesto, cada palabra de su padre, resuena con ternura. Cada risa de Keith, que corre por los pasillos de esa casa perfecta, parece borrar años de culpa y tormento. Al principio, se deja llevar por la ilusión, acompañado por Emilia Harcourt, que parece formar parte de esta realidad idílica, un recordatorio de que incluso en un mundo alternativo, la compañía humana puede dar consuelo.
Pero pronto, la Emilia “real” irrumpe, atravesando los límites de esta utopía cuidadosamente construida. Su aparición es un golpe de realidad: lo que Peacemaker percibe como armonía y felicidad no es más que un espejismo. La aparente perfección se sostiene sobre una base de exterminio sistemático: aquellos que no encajan en el ideal racial del régimen han sido borrados, sus vidas destruidas en silencio. La supremacía blanca no es un vestigio del pasado; es el eje que mantiene a flote esta sociedad. La paz que Peacemaker disfruta, tan cálida y reconfortante, no es más que un disfraz, un maquillaje del odio.
En esta distopía, los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial. El Reich no cayó; por el contrario, se expandió implacable, borrando culturas, lenguas y religiones, moldeando la humanidad a su imagen deformada. Décadas después, el planeta entero vive bajo un régimen de orden aparente y prosperidad superficial. No hay guerras visibles, ni hambre, ni crimen, pero tampoco diversidad ni libertad. La ideología del odio se refinó, aprendió a disfrazarse de normalidad, a volverse invisible, sigilosa, casi imperceptible. Las ciudades son limpias, homogéneas, seguras; las calles, amables y ordenadas. Todo parece perfecto, incluso acogedor. Y, sin embargo, la calma tiene un precio invisible: una paz construida sobre la eliminación sistemática del “otro”, sobre vidas sacrificadas para sostener la ilusión de armonía. Peacemaker tarda en comprenderlo. Cada sonrisa, cada calle impecable, cada momento de tranquilidad, esconde un monumento silencioso al genocidio convertido en norma.
La Emilia real lo confronta con palabras que perforan su mente: aceptar esta vida sería renunciar a la verdad, sería traicionar la justicia, sería convertirse en cómplice de aquello que él juró proteger. ¿Puede Peacemaker disfrutar de un padre redimido, de un hermano vivo, sabiendo que su existencia depende del exterminio de millones? Cada vez que mira a Keith, la culpa lo devora; cada risa, cada gesto de alegría, lo recuerda a él mismo como testigo y beneficiario de un privilegio sostenido por el odio. Keith está allí, riendo, respirando, libre de dolor, pero su libertad es cómplice del genocidio que mantiene esta perfección imposible.
El mundo perfecto no lo acoge por compasión ni amor. Lo celebra porque encarna el ideal racial del régimen: fuerte, obediente, blanco, un símbolo que sostiene la opresión con su sola existencia. Esa revelación lo consume desde dentro: su propia identidad se ha convertido en un espejo que refleja el privilegio que sustenta la supremacía blanca, una verdad que lo desarma, que lo enfrenta con la crueldad de su propio ser. Peacemaker comprende que no puede quedarse, que la felicidad sin justicia es solo otro rostro del horror, y que su guerra, aunque dolorosa y eterna, debe continuar.

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