Linklater, el director que intentó hacer una comedia

Richard Linklater es un director al que le apasiona (entre otras muchas cosas) ese término que en el cine se da en llamar el «coming of age», donde sus personajes evolucionan en sus sentimientos y emociones a lo largo del tiempo. Lo mismo te da verle orinar al protagonista con 12 años que dos horas después, (con 85 años y en silla de ruedas), lanzarse por el puente más alto del pueblo harto de los sinsabores de la vida. Y en esas dos horas has visto como se ha enamorado siete veces, se ha casado otras cuatro y le corren hijos y nietos alrededor como si no hubiera un mañana. Y sales del cine pensando que «Cien años de soledad» de Garcia Márquez es un tebeo.

 

 

Como se le daba así de bien el tema y le gustaba eso de ver cómo le crecía el vello en el bigote  a Ethan Hawke y a Julie Delpy calzarle un montón de ideas de esas de «lo que me parece a mí puede que te guste a tí y mañana puede que piense lo contrario», les hizo nada menos que tres películas repitiendo la misma «monserga»; mojando las galletas del desayuno, pasando por el mixto de jamón y queso de la merienda y hasta la tortilla francesa de la cena: y todo sin parar de hablar. Y no en cualquier favela, sino en Viena, Grecia y París. De esta forma metió la vida en pareja en una bonita caja de bombones. Linklater consiguió el afamado título de «director de culto». Y como no tenía bastante con eso, filmó una crónica familiar durante 11 años: veías hasta cómo los protagonistas daban la vuelta al pomo de la puerta. Y la llamó «Boyhood». Como no podía ser de otra forma, consiguió que todos los críticos aplaudieran su loable esfuerzo. Gracias a dios, el actor se hizo mayor y Linklater se olvidó de él. Hasta que se le ocurra filmarle en un asilo, desde la primera pastilla de la mañana hasta la última del día, antes de acostarse. Y, si tiene suerte el actor y nosotros, no le filmará las 8 horas que esté dormido. Pues, para llevar la contraria, de entre todas ellas, me quedo con «Todos queremos algo» (2016), que trata de una panda de chavales que se tiran las latas de cerveza a la cabeza y que ven cómo le crecen los músculos jugando al beisbol en la década de los ochenta. Y ahora, a Linklater le ha tocado hacer un auténtico sopor que ha titulado «Hit man».

 

Con unos diálogos que se alargan hasta el aburrimiento y con menos gracia que un minion con un ojo en el culo, ha pretendido mezclar las reflexiones sobre la psicología y la vida con el amor, la comedia negra y la posibilidad de un nuevo futuro a través de un presente que pretende ser frenético. Y no lo consigue. Todo con una «supuesta» química entre la pareja protagonista. Si Linklater ha pretendido hacer su «El Gran Lebowski», le ha salido algo parecido a como si pillas a «Bonnie and Clyde» y les metes tres días en Eurodisney esposados a Pluto.

 

Es posible que sus seguidores consigan ver la exposición, una vez más, del talento de este creador de luces y sombras de la percepción humana del hombre/mujer en la sociedad. Si es así, nada que decir. De lo contrario, para los que no vemos esta exponencial cualidad de su creador, esta película es vacía y carente de algún signo de  gracia. Un error en toda regla.

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