Y los triángulos rosas hablaron (I): Alzando la voz

El 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas liberaron el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau poniendo fin al sufrimiento de miles de personas, si bien la guerra aún duraría algunos meses más, esta efeméride fue elegida por las Naciones Unidas como el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, debido a esto, el pasado 27 de enero, numerosas personalidades hicieron referencia al acontecimiento, lo que llevó a unas cuantas a recomendar lecturas que ayudasen a recordar y homenajear a las víctimas, fue así que leí un tweet de Carla Antonelli en el que, entre varios libros, uno llamó mi atención: Y Leo Classen habló. Primer testimonio de un triángulo rosa.1

Con motivo de la efeméride, la editorial Egales publicó el libro en cuestión, que ha sido traducido y editado por Carlos Valdivia Biedma, tratándose de una serie de artículos publicados en la revista de contenido homosexual alemana, Humanitas Monatszeitschrift für Menschlichkeit, durante los años 1954 y 1955, por parte de Leo Classen, además de una puesta en contexto de los mismos, por parte del traductor y editor, explicando un poco la situación previa a la II Guerra Mundial, así como al posterior desconocimiento general sobre el tema homosexual en los campos de concentración.

El libro es muy interesante, en cuanto a la documentación y los datos aportados rescatados del olvido, pero se queda corto al tratase solamente de 7 artículos  publicados por Leo Classen (6 recuperados de la revista Humanitas de los 7 que publicó en ella y un séptimo posterior, de otra revista alemana, también de contenido homosexual, Die Runde), más la  introducción con la investigación de lo que le ocurrió a los deportados homosexuales, intentando esclarecer pormenorizadamente cuántos fueron realmente, por lo que, al terminarlo, me quedé con ganas de más.

Fue así como decidí, ayudado por las notas y la bibliografía aportada por el libro, intentar hacerme con el resto de testimonios conocidos hasta la fecha, a saber, los de Joseph K. (seudónimo de Josef Kohout 1917 – 1994), Pierre Seel (1923 – 2005) y Rudolf Brazda (1913 – 2011).

Hasta la recuperación de los artículos de Leo Classen (1906 – 1972), se pensaba que Josef Kohout, había sido el primero en contar públicamente los horrores sufridos por los homosexuales en los campos de concentración, con la aparición del libro Los hombres del triángulo rosa, en 1972, que fue escrito por Heinz Heger (seudónimo de Johann «Hans» Neumann), tras una serie de entrevistas llevadas a cabo entre 1965 y 1967, ambos, Kohout y Heger, que también era homosexual, ocultaron sus nombres reales por temor a las represalias.2 Este relato inspiró la obra de teatro (y posterior película de 1997) Bent, de Martin Sherman en 1979. Fue así como Pierre Seel, en 1981, asistió a una charla de presentación del libro publicado por Heger y se vio representado por todo lo descrito en el mismo, y tras una vida más cerca de la depresión que de la felicidad, a pesar de haber conseguido sobrevivir y fundar una familia, decidió terminar su silencio (consejo que le dieron los nazis cuando lo soltaron antes de que acabase la guerra) y que le marcó el resto de su vida. Este silencio solo consiguió romperlo anteriormente con su madre moribunda, que le imploró que se desahogase, al menos con ella, que se iba a llevar el secreto a la tumba, porque notaba que su hijo no conseguía mantener una relación normal con el resto de la familia debido a los horrores vividos y que se negaba a relatar. Pierre Seel fue ayudado para contar sus memorias por Jean Le Bitoux, en el libro que publicaron Pierre Seel. Deportado homosexual.3 Finalmente el último de los testimonios salido a la luz fue el Rudolf Brazda (posiblemente fuese el último superviviente homosexual de los campos de concentración debido a las fechas en las que publicó su testimonio y posiblemente así siga siendo a no ser que se encuentren nuevos documentos como los de Leo Classen escondidos en algún archivo europeo, el propio Pierre Seel, en 1993, no consiguió a los dos testigos necesarios para que testificasen que había pasado al menos 90 días en un campo de concentración y poder obtener así una reparación por parte del estado francés). En el último caso, fue también otra persona la que escribió la biografía de Rudolf Brazda, Jean-Luc Schawb, que tras ver un artículo publicado por el periódico L’Alsace el 29 de junio de 2008 con motivo del orgullo gay dedicado a Rudolf (que se encontraba cerca de los 95 años), tomó la iniciativa de ir a conocerle, y tras una serie de entrevistas, viajes con el protagonista y consultas de documentación variada en diferentes archivos, publicó en 2010 el libro Rudolf Brazda, itinerario de un triángulo rosa,4 un año antes de la muerte del propio protagonista.

 

Si en algo se ponen de acuerdo los cuatro testimonios, aparte de que coinciden en algunos hechos narrados, al coincidir sin saberlo en los mismos campos, es en romper su silencio ante la injusticia. Los homosexuales, formaban junto con los judíos el estrato más bajo de los campos y aún, cuando la guerra acabó, no tuvieron derecho a reparación, pues en Alemania seguía vigente el artículo 175 por el que se les encarceló, al igual que en Francia, que a pesar de estar la homosexualidad despenalizada desde el Código Napoleónico de 1804, su prohibición se reintrodujo el 6 de agosto de 1942 motivada por los nazis, que además también condenaba a los judíos, y que tras acabar la guerra fue eliminada la parte de los judíos pero no la de los homosexuales, es más De Gaulle agravó la ley en 1962 que no se derogó hasta el 4 de agosto de 1982. En Alemania no se eliminó el artículo §175 por completo hasta 1994 una vez unificada la nación, aunque Alemania democrática lo había eliminado en 1989 y la federal en 1969. Es por ello que los homosexuales sufrieron una doble discriminación la propia de la sociedad por su condición y la de ser considerados criminales tras ser liberados de los campos, muchos de ellos terminando sus condenas en cárceles comunes, y sin posibilidad de pedir reparaciones como el resto de afectados por la guerra.

La guerra había acabado, pero debían continuar su silencio, podían volver a la cárcel y no eran merecedores de ninguna piedad. Por ello enaltece mucho a estos primeros oradores que se atrevieron a romper su silencio y gritar que existían, que no eran enfermos, y que habían sido encarcelados y torturados por el simple hecho de existir como eran.

«Mi mujer se enfurecía a veces: ¿por qué me negaba a rellenar mi expediente de deportado para obtener una pensión? Eso hubiera mejorado sensiblemente nuestra cotidianidad. […] Ella tenía teóricamente razón: pero chocaba siempre con mi negativa silenciosa. Ignoraba que me hubiera sido preciso desvelar la razón de mi deportación. […]

Me acuerdo de una joven […] que había dejado de tomar nota de mi argumentación cuando añadí a «deportado», «homosexual» […] entonces se levantó bruscamente y llamó a su superior. […]

La última carta que he recibido […] el 23 de junio de 1993 […] me invita a comunicar a sus servicios los testimonios de dos «testigos oculares» que confirmen que mi estancia en Schimerck duró al menos 90 días».3

Pierre Seel

 

  1. Classen, Leo. 2021. Y Leo Classen habló. Primer testimonio de un triángulo rosa. Valdivia Biedma, Carlos (Trad). Madrid/Barcelona. Egales.
  2. Heger, Heinz. 2002. Los hombres del triángulo rosa. Madrid. Amaranto. (Obra publicada en 1972).
  3. Seel, Pierre y Le Bitoux, Jean. 1994. Pierre Seel, deportado homosexual. Barcelona. Bellaterra.
  4. Schwab, Jean-Luc y Brazda, Rudolf. 2010. Rudolf Brazda, itinerario de un triángulo rosa. Madrid. Alianza editorial.


Sobre el autor

Masorhu

Ni canta ni baila, se la pueden perder. Eurofan que odia el Melodifestivalen.