El arte de las pollas

 A veces me doy miedo escribiendo. Me he puesto a repasar en el archivo de esta web y he encontrado algo espeluznante: casi todos los post dedicados a las pollas, los ha escrito servidora. Y mira que hay un buen ramillete. Pues todos de servidora. A ver si la gente se va a pensar que estoy obsesionada o soy pelín falocrática y tampoco es plan. Que no es que tenga yo falta, vaya. Pero me reconocerás que es un tema ideal para desengrasar y que en pocos sitios encontraras que hablen del mismo modo como lo hacemos en esta web. Por suerte…o por desgracia. Te pongo de ejemplo cuando hablé de pollas que daban miedo y te morías del susto.

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 Pero hoy estoy mariculta. Te propongo un acercamiento a las pollas a lo largo de la historia del arte, un poco a mí manera, of course.

No me pidas orden cronológico ni baremos de mejores o peores, porque lo importante es que lo pasemos bien, pero recuerda que mi tono es humorístico y muy del siglo XXI, que nadie se vaya a enfadar si me echo unas risas con los tamaños que son eso; risas para pasar el rato… ¿Es que si no de qué hablo? ¿De las arrugas y el tacto?

No cabía otra posibilidad más que empezar con la polla más famosa de la historia del arte. Esta:

Ni siquiera he puesto el nombre y has reconocido la obra, lo que demuestra que esta pichica de piedra es un mito y una leyenda. El David de Miguel Angel es la típica obra que sorprende y pasma en directo con sus cinco metros de alto. Las fotos no le hacen justicia porque es imposible que se la hagan. Hay que ponerse cerca y ver esa mole para entender la locura creadora del escultor que se consagró con un símbolo hecho de mármol. Pero una de las cosas que más sorprenden en directo es la desproporción de algunas partes corporales. Miguel Angel no tenía un pelo de tonto y trabajó en una obra que sería vista desde abajo, sobre un pedestal y en la Plaza de la Signoria de Florencia, por lo que aplicó ciertas correpciones ópticas para destacar las partes del cuerpo que le interesaban, sobre todo las manos y la cabeza, que de frente resultan muy grandes y desproporcionados. Todo lo contrario que esa polla mínima, que en directo hay que ponerse anteojos para verla. Claro que se puede achacar la pequeñez al momento del personaje bíblico, que se prepara para atacar a Goliat y se le han subido los güevos al galillo. Otro tema…¿Podría ponerse en tu ciudad un desnudo en la plaza más importante y de ese tamaño? ¿En estos momentos? ¿Un desnudo de más de dos metros y actual? Piénsalo.

También el Perseo de Cellini está colocado en la Plaza de la Signoria de Florencia. Si lo sumanos a otras esculturas desnudas de la famosa plaza, nos encontramos con uno de los campos de nabos más famosos y artísticos de la historia de la humanidad.

Lo cierto es que Miguel Angel siempre estuvo más pendiente de la rotundidad de los cuerpos que del tamaño de las pollas.

El caso más evidente es la creación del hombre en la Capilla Sixtina, que hay que tener mala leche para ser Dios y ponerle cosa tan chuchurría al pobre de Adán, que era el primer hombre.

Te doy tiempo a que cojas la lupa y puedas observar con todo detalle.

Es curioso que precisamente el artista florentino, tan aficionado a las nimiedades, tenga luego tantas interpretaciones falocráticas de su obra…

Espera que te pongo otro ejemplo…

Cuando una década más tarde, el genio renacentista se encargó de pintar el Juicio Final en la pared de la Capilla Sixtina, dijo aquello de perdidos al río Tiber y llenó cielo e infierno de santos mostrando una orgía de pollas que parecía un bukake. Los cardenales del Vaticano no estaban dispuestos a soportar aquella visión que les provocaba escalofríos con poluciones nocturnas, así que movieron todos los hilos para evitarlo. La polémica concluyó con los pinceles de Volverra, al que encargaron pintar telas encima de los miembros viriles y se ganaría para la posteridad el ridiculo apodo de «il braghettone».

Volvamos a Florencia. Unos años antes que Miguel Angel, Donatello había abierto la veda de esculpir a David desnudo, que casi era el símbolo de una República de Florencia en plena explosión artística. Su gracia renacentista es casi opuesta a la terribilitá de Miguel Angel. Donatello, en este caso, optó por el rollo pintalabios de toda la vida.

Masaccio en Florencia, también nos había pintado al fresco a Adán en la expulsión del Paraiso tal como Dios lo trajo al mundo, lo que demuestra que muy pocos tenían la suerte y el poder de Miguel Angel para pintar rabos sin una razón temática justificada. Aquí el nabo al aire se justifica porque es justo el momento en que se mueren de la vergüen al descubrir su desnudez y claro, no ibas a ponerles una cortina delante.

Todos estos diminutos tamaños se explican porque los renancentistas se sentían los herederos de la escultura clásica griega y entre los griegos, el tamaño grande en un falo se consideraba algo feo y poco estético, propio de bárbaros y gente poco instruída, lejos de la proporción y la armonía ideal que buscaban con sus esculturas. Ejemplos no es que haya muchos, pero los tenemos, y ahí está el Kouros de Creso, uno de los mejores ejemplos de escultura arcaica.

No es fácil encontrar penes intactos, porque es una parte muy frágil de la escultura y fácil de romper.

Además, en ocasiones se incorporaba como una pieza aparte (como otras partes del cuerpo más delicadas de esculpir) y se pierde, como en este ejemplo.

Y si no lo rompía el tiempo, llegaba la iglesia y sus esbirros que, a base de martillazos, nos privó de semejante deleite. Nunca sabremos si el Apolo del Belvedere (una copia romana de un original griego que sin duda estaría hecho en bronce) llegó castrado al Vaticano o ya se encargaron los cardenales de robarlo de su justo propietario.

Expuesto a unos pocos metros más allá, el Laocoonte, ya de época helenistica, nos muestra los efectos de que te pique la cobra gay…

…que si te pica te convierte en gay y te deja en nada el miembro viril, por lo que se ve.

 

De época helenistica también es una de mis esculturas favoritas de la historia. El Fauno Barberini que se encuentra en Munich. Fue restaurado en el siglo XVII haciendo que levantara la pierna y provocando así que más que embriaguez, provoque ganas de hacerle una mamada. Pero esa misma restauración convirtió el pene del fauno en una especie de caneloni húmedo rarísimo. Mira, mira:

Originales de época griega y hechos en bronce nos quedan maravillas como el Poseidón del Museo Nacional de Atenas.

Aquí también comprobamos que tener el rabo a remojo todo el santo día tiene sus consecuencias.

La mayoría de ejemplos que veremos en este post, siguen la estela clásica o mitológica, ya que los artistas encontraban justificación a mostrar los miembros al aire. Por la influencia clásica, también encontraremos más pollas en escultura que en pintura, donde no suele ser muy habitual hasta bien entrado en siglo XVIII y el neoclasicismo. A mí es que el Neoclasicismo me da mucha grima, pero oye, sus buenas pollas hay, como la de este Perseo de Antonio Cánova.

Aunque en pintura, los pintores encontraban la manera de esconder sutilmente los atributos…

Y hay ejemplos a punta pala.

Ya entrado el siglo XIX los franceses toman la delantera y sin necesidad de subterfugios mitologicos, incluyen desnudos en cuadros con una fuerte carga de denuncia política y social, como en el famoso cuadro de Gericault «La balsa de la Medusa»

Delacroix en cambio prefirió mostrar solo el vello púbico y aunque no se vea ni un cacho de prepucio, a mi de pequeño esta imagen me turbaba y excitaba a partes iguales. A mi mente infantil que el propietario estuviese muerto le daba un poco igual…

Con el impresionismo, Degas volvía a retratar un pene ya sin uso, puesto que su dueño estaba también muerto.

Entre los impresionistas, destaca por sus trabajos de desnudos y con sus rabos incluídos el poco conocido  Henri Evenepoel.

Donde la iglesia católica tenía la fuerza de censurar y orientar el arte, encontrar pollas es tarea parecida a buscar una aguja en un pajar. Ya se encargaban los paños barrocos de esconder las partes pudendas. Es justo lo que ocurría en España.

Ni Velazquez se libró de tal censura telar…

Solo El Greco, gran rupturista con las tradiciones y al que siempre le trajo al pairo lo que dijeran, tuvo la osadía de pintar rabos en su Laocoonte, convirtiéndolo en uno de los pocos ejemplos del arte hispánico.

Es gracioso, porque sin enseñar nada, El Greco siempre me puso ultrapalote con su San Sebastián que estaba a punto de perder los paños menores.

Y eso que se supone que con San Sebastián, se permitía un poco de desnudo masculino, pero nunca hasta el punto de enseñar rabo. Ya se encargaban los pintores (de todos los países) de aplicarle una corrección óptica que ni las películas porno japonesas. Un ejemplo es este San Sebastian de Cesari.

O este otro de Pollaiuolo, que evidentemente y con ese apellido, era un pintor que debía estar aquí.

Volviendo a España, ni siquiera Fortuny a finales del XIX y principios del XX, se atrevió a ir más allá cuando pintó su maravilloso viejo desnudo al sol.

Hay que irse al románico para encontrar pollas como Dios manda, como en este canecillo de San Martín de Elines, en Cantabria. Esto sí que es un buen calibre y lo demás, tonterías.

Pero culpabilicemos a nuestro país por no tener pollas en su arte. Porque amigos, descubrimos que el cuerpo masculino ha sido mucho más tabú en el arte que el desnudo femenino y eso no nos hace víctimas a los hombres, porque si aparecen más mujeres desnudas enseñándolo todo (muchísimas más en cantidad) que rabos hay en la historia del arte, es porque eran hombres los que pagaban cuadros y los que preferían a mujeres desnudas antes que ver a otros hombres. De hecho, no hay ningún cuadro equivalente en polla (por su transcendencia e importancia) a «El origen del mundo» de Courbert, que encima es del siglo XIX

 

Si te pones a pensar, casi ningún gran maestro de la pintura tiene en su propiedad algún rico falo hecho de óleo. Ni siquiera Caravaggio, que tan lejos llegó a otros sitios, se atrevió a pintar un rabo adulto, aunque sí lo hizo con varios infantiles.

Tampoco los tiene Rubens y mira que sus cuadros poseen una auténtica invasión de desnudos femeninos. Pero ningún tío enseña pilila.

Así que lo que aparantemente iba a ser un extenso recorrido por toda la historia del arte, se queda limitado al arte clásico, renacentistas y el siglo XIX. La aparición de pollas en el arte se puede considerar casi testimonial y milagrosa. Como ocurre con  Leonardo y su hombre de Vitrubio, que justifica mostrar rabo por una cuestión de proporción. Tal vez por eso le salió más grande que los que pintaba Miguel Ángel.

La escasez de penes cambiaría con el siglo XIX y sobre todo, con el siglo XX, pero es que si sigo contándote el post me va a salir largo como polla de Rocco Siffredi y no es plan. Lo dejamos para otro día…¿Tienes una polla favorita en el mundo del arte? Cuenta, cuenta…


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.