Haruki Murakami, el emperador de lo soporífero.

Como aún estamos con la resaca de la semana del libro, me gustaría abrir el cajón de la mierda  un espacio para el debate y reflexionar.

No me gusta Murakami y creo que está sobrevalorado por críticos y lectores. Me da la sensación de que ha sabido vender buenas motos (Suzukis, por supuesto) trufando sus novelas de referencias contemporáneas y guiños de 1º de Artista Torturado (sexo no convencional, individuos solitarios…). No obstante, no sólo son libros donde apenas pasa nada, sino que tampoco construyen imágenes poderosas (me quedo con Gabo) ni crean reflexiones profundas, o buenos retratos de la sociedad japonesa. Sólo paseos superficiales, de guía turística para americanos gordos.

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Yo sospecho que varios de sus seguidores quieren buscar una profundidad que no tiene y que quieren encontrar por el simple hecho de tratar sobre el país del sol naciente. Pero es que, chochos: Murakami es de allí, no va a escribir novelas sobre Albacete (que sería un cambio y quizá molaría). El tipo ha sabido hacerse imprescindible entre un sector pequeño pero influyente que sí consume cultura y lo ha aupado a la categoría de clásico contemporáneo; un poco como toda la nueva ola de novela negra  noruega (con el frío que hace allí, ¿esperaban literatura erótica?) pero en versión new age.

Qué quieren que les diga… yo para leer retratos del Japón contemporáneo con menos ínfulas y más humor, me quedo con mi adorada Amélie Nothomb.


Sobre el autor

Un millón de moscas

Abby para los amigos