No era una canción, era un refugio: los 30 años de Wannabe

Cuanto más pasan los años, más convencido estoy de una cosa.

Cada vez que alguien intenta explicar por qué las Spice Girls conectaron tanto con la comunidad gay, aparecen teorías larguísimas sobre empoderamiento, performance, género, iconografía pop y probablemente algún PDF de 47 páginas.

Y yo cada vez estoy más convencido de que la explicación es muchísimo más sencilla.

Las Spice Girls crearon el primer espacio seguro para miles de niños maricas de los noventa.

Sin saberlo.

Porque hay que recordar cómo era aquello.

La masculinidad de los noventa tenía la sutileza de una excavadora.

Había que ser duro.

Había que ser serio.

Había que gustar del fútbol aunque no te gustara el fútbol.

Y luego aparecieron cinco inglesas vestidas como si hubieran perdido una apuesta colectiva.

Y dijeron algo revolucionario.

Que podías ser raro.

Que podías exagerar.

Que podías elegir un personaje.

Que podías ser demasiado.

Y, sobre todo, que podías tener una pandilla.

Que creo que es la parte que menos se analiza.

Porque nosotros no elegíamos una Spice Girl favorita.

Elegíamos una identidad.

Era prácticamente el primer test de personalidad de una generación.

Mucho antes de tener que elegir entre el pueblo azul y el amarillo en el Grand Prix, muchísimo antes de que España se dividiera entre Bisbal y Bustamante, antes de que Conchita nos sometiera al polígrafo y mucho antes de que este país nos obligara a posicionarnos a muerte entre Belén Esteban y María José Campanario.

Y funcionó.

Porque de repente había un lugar donde nadie parecía juzgarte por ser intenso, expresivo o dramático.

Que casualmente eran tres delitos gravísimos para un adolescente gay de los noventa.

Y por eso creo que Wannabe sigue funcionando treinta años después.

No por la canción.

Ni siquiera por las Spice Girls.

Sino porque durante tres minutos nos vendieron una fantasía que resultó ser bastante útil.

La idea de que existía un grupo de amigos donde encajabas exactamente como eras.

Y sinceramente, viendo cómo estaba el patio en 1996, aquello era bastante más revolucionario que el zig-a-zig-ah.

Treinta años después seguimos celebrando Wannabe, pero sospecho que muchos no estamos celebrando una canción.

Estamos celebrando el refugio.

Y eso, para un single pop de tres minutos, no está nada mal.

2 lecturas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *