El «Panorama» (o cómo acabar en una frutería de barrio en Berlín)

Hay noches en las que la tele te escupe cosas que no sabes si procesar con el cerebro o con el hígado. Y ha pasado de nuevo.

Lo de Rosalía y Björk no ha sido un show concreto en los Brits Awards de este año. Ha sido un exorcismo visual de los que te dejan la retina pidiendo una baja laboral. Una colisión de trenes: una bajando de los tablaos del futuro y la otra saliendo de un volcán en Islandia con cara de pocos amigos.

Pero vamos a lo que nos importa: el panorama.

Porque, seamos claros, más allá de los chorros de voz, lo que nos ha dado la vida es esa estética que nos ha pegado un viaje directo a la España más bizarra de los 90.

Sinceramente: ver a esos figurantes ahí quietos, con una solemnidad de bloque de granito, nos ha desbloqueado un recuerdo que teníamos en el fondo del cajón: la inauguración de la frutería de Yurena.

Ver a los bailarines escoltando a Rosalía era como ver a los invitados de la musa del No cambié esperando el corte de cinta entre cajas de manzanas. Esa mezcla tan nuestra de «esto es arte contemporáneo» y «esto es un cuadro de comedor de extrarradio». La puesta en escena olía a evento histórico en un local de 15 metros cuadrados. Esos focos, que parecían la oferta del mes del Leroy Merlin para iluminar un pasillo sin ventanas, nos recordaban que el glamour es una cuestión de huevos, no de presupuesto. Rosalía flotaba en una vanguardia de diseño, sí, pero nosotros solo veíamos el corte de cinta y a las señoras con rulos flipando desde el balcón.

Rosalía ha decidido que el pop se le queda pequeño y se ha montado una ópera sui generis. La tía no canta, levita. Su voz corta el aire como un bisturí, recordándonos que debajo de los flecos y las uñas de gel hay una chispa y un arte que asusta. No es música para tararear en el coche de camino al curro; es para que te sientas diminuto, como si estuvieras viendo una tragedia griega en un polígono industrial de Hospitalet a las cuatro de la mañana.

Por su parte, la Björk sigue en su línea de «no me toques los botones si no sabes de qué va el ruido». La base de la canción (el temazo de Berghain) es puro techno de club berlinés. Un ritmo que te martillea las sienes y te hace creer que estás en un sótano oscuro de Berlín, aunque la realidad sea que estás en pijama en tu sofá con una manta de Primark por encima.

Mención especial a las luces. Entre el misticismo de la frutería y el rollo de club, nos han metido un juego de flashes que ríete tú del capítulo prohibido de Pokémon. Un efecto Porygon que te deja la visión tiritando. Una experiencia que roza lo bochornoso por lo excesivo, pero que se salva porque es «arte».

O algo que se le parece mucho cuando llevas tres gin-tonics encima.

2 comentarios en “El «Panorama» (o cómo acabar en una frutería de barrio en Berlín)”

  1. La Rosi sabe muy bien cómo devorar un escenario y ha hecho una perfecta escenificación de lo que es una noche en Berghain, es una genia.
    Björk, tiene que dar contenido a su papel de cosa rara y esta vez ha sido ella quien se ha dejado devorar por una ballena azul, que la ha devuelto a la superficie dentro de la placenta de su último parto. Y de ahí no me bajo.

  2. Pingback: Crítica humorística a la actuación de Rosalía y Björk en los Brits Awards 2026 con «Berghain» - Hemeroteca KillBait

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