Por Imposterismo
Ed Gein no fue el asesino más prolífico, ni el más escurridizo, ni siquiera el más “eficiente” en la industria de la muerte que es el true crime. Mató a dos mujeres confirmadas, robó unos cuantos cadáveres y vivía en una casa digna de un sketch de La hora chanante. Pero fue el monstruo perfecto. Y lo sigue siendo. Lo curioso es que, a diferencia de otros criminales históricos, Ed Gein se volvió algo más: el molde narrativo de nuestra cultura pop del horror. Fue Norman Bates. Fue Leatherface. Fue Buffalo Bill, el de El silencio de los corderos. Fue lo que el cine necesitaba para crear monstruos humanos que daban más miedo que los vampiros, porque podías encontrarlos en la gasolinera de cualquier carretera secundaria.
Estos asesinos nos aterran, sí, pero también los seguimos, los citamos, los analizamos. ¿Romanticismo? Quizá. ¿Fascinación? Seguro. ¿Terapia colectiva? A veces.
Netflix acaba de estrenar Monster: The Ed Gein Story, la tercera entrega de su franquicia de asesinos célebres tras Dahmer y los Menéndez. Y, como era de esperar, lo ha vuelto a hacer: ha convertido a un asesino en serie en contenido premium. Ed Gein ha resucitado, esta vez con la cara de Charlie Hunnam y con más transcendencia y epifanía dramática que una película de Terrence Malick. Porque ya no basta con contar los crímenes. Hay que envolverlos con estética, con música atmosférica, con un aura de tragedia y psicología de salón que nos permita verlos sin sentirnos del todo culpables. Lo monstruoso necesita estilo. O al menos, necesita edición. Esto no es nuevo. La cultura pop lleva décadas romantizando al monstruo. Pero el romanticismo no es perdón ni admiración. Es algo más incómodo: es ver humanidad donde no deberíamos. Es notar que ese asesino tiene una madre posesiva, una soledad que huele a humedad, una mirada perdida de niño abandonado… y preguntarnos si, con un giro del destino, podríamos haber sido él.

Gein vivía en Wisconsin, pero su cabeza estaba en una novela gótica. Dormía junto al cadáver embalsamado de su madre, coleccionaba pechos humanos y fabricaba máscaras con rostros ajenos. Es decir, su casa era literalmente un set de rodaje de American Horror Story sin necesidad de decorados. Lo perturbador no es que hiciera esas cosas (aunque lo es). Lo perturbador es que ya conocíamos ese tipo de monstruo antes de conocer al hombre real. Hollywood le robó la historia antes de que la historia pudiera digerirse. Y eso convierte a Gein en un personaje colectivo: una idea más que una persona.

Y ahí está el peligro y el encanto. Porque al convertir a los monstruos reales en ficciones, los volvemos consumibles. Podemos observarlos sin correr peligro. Podemos analizarlos con distancia emocional. Podemos hacerles un recasting con actores guapos y pedir un Emmy.
Es un miedo extraño el que sentimos viendo estas historias. No es el susto del jumpscare ni el horror sobrenatural. Es un miedo más íntimo, más sucio. Es el miedo a descubrir que el mal no tiene cuernos ni ojos rojos, sino cara de vecino callado. Que el verdadero infierno está en una cocina, no en el más allá.
Ver una serie sobre Ed Gein es como mirar fijamente un accidente: no queremos ver, pero no podemos dejar de hacerlo. No porque nos gusten los cuerpos mutilados, sino porque queremos entender cómo se llegó a eso. ¿Qué falló? Y en esa búsqueda nos topamos con la paradoja: cuanto más comprendemos al monstruo, más nos inquieta. Porque deja de ser un alienígena y se convierte en alguien que quizás solo necesitaba tres malas decisiones y una infancia torcida para acabar así. En los últimos años, hemos visto cómo el true crime pasó de ser un nicho morboso a convertirse en mainstream con prestigio. Y ahí está el truco: una historia de asesinos se vuelve socialmente aceptable si la presentas en formato documental con narración seria o en serie de ficción con actores de renombre. Pero lo que realmente consumimos no es solo la historia: es el aura del monstruo. Nos gusta ver cómo piensan, cómo se comportan, cómo manipulan. Los tratamos como puzzles humanos. O como ídolos oscuros.
Quizá ver estas historias sea una forma de domesticar nuestros miedos. Al enfrentarnos a ellos en forma de serie o película, les ponemos límites. Les damos inicio, desarrollo y cierre. Les asignamos una banda sonora.También es una forma de procesar el trauma colectivo. Porque aunque nunca hayamos vivido algo parecido, todos compartimos el miedo a lo desconocido, a lo oculto, a lo incontrolable. Y nada representa mejor eso que un monstruo real con cara de tipo corriente.
Pero cuidado: romantizar no es trivializar. Hay una línea muy fina entre explorar el mal y convertirlo en mercancía. Y el éxito de estas series demuestra que estamos muy dispuestos a cruzarla, siempre que venga envuelta en buena fotografía. Y mientras sigamos consumiendo sus historias, transformándolas en productos culturales y viéndolas desde el sofá con una manta y una infusión… el monstruo seguirá ahí. En las pantallas, en los libros, en los podcasts, en los memes. Recordándonos que, a veces, lo que más miedo da no es el monstruo: es reconocer que lo entendemos demasiado bien.
