El crack del 2008 no sólo puso fin a la burbuja del ladrillo, ese curioso fenómeno por el que podías comprar un piso en 2005 por 200.000 euros y venderlo en 2006 por 300.000 sin reformas ni mejoras de ningún tipo. Ese fenómeno por el cual parejas con unos sueldos de poco más de 1000 euros iban al banco y les daban una hipoteca a 40 años no sólo para una casa, para una casa, los muebles y electrodomésticos, la boda y la luna de miel. Era la España del pelotazo; y el pelotazo nos golpeó a todos en la cara. Con la restricción del crédito tras la quiebra de un banco al otro lado del Atlántico, la consecuente recesión y el paro pasando de los menos de dos millones en 2007 hasta los más de 6 millones en 2013, la mayor consecuencia social fueron los desahucios por impago de las hipotecas, que se habían firmado y celebrado antes del crack.
Según el CGPJ entre 2008 y 2016 se llevaron a cabo más de 330.000 lanzamientos hipotecarios. Como nacido en 1996 recuerdo ver desde mi cuerpo adolescente los informativos hablando de subidas, subidas de impuestos, subidas del paro, subidas de la prima de riesgo y también del número de desahucios que se ejecutaban cada mes, cada semana y cada día. Se empezó a hablar de expulsar a personas de sus casas como un indicador de la crisis. Sin reparar que detrás de esos números había miles de personas.
Con este drama humanitario de fondo mi adolescencia también se vió sacudida por un fenómeno al que no recuerdo haber asistido en mi infancia: las resistencias. Fui testigo desde el piso que mi madre había alquilado en el centro de la ciudad antes de la crisis, de la creación de los movimientos antidesahucios, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y el movimiento 15-M. El relato ya no era el de pobres familias que dejaban su casa por no poder pagarla.
Frente a la idea de que muchas familias de clase trabajadora habían pecado de avaricia y vivido “por encima de sus posibilidades” hubo personas que decidieron defenderse y escribir en pancartas su propio relato.
El relato de miles de personas que confiaron en el sistema y se vieron traicionados. La narrativa de las víctimas a las que se les había culpabilizado de su propia tragedia.
Parejas que se compraron la casa que el sistema les vendió que necesitaban, con una hipoteca que un banco les había concedido sin objeciones asistían atónitos años después a un índice de paro galopante, un endeudamiento brutal, la negativa del banco a conceder más créditos y la llegada de una una orden de desahucio. Esta situación fue soportada mientras acomodados tertulianos les culpabilizaron de su situación, les trataron como irresponsables por querer lo mismo que habían tenido sus padres; por hacer aquello que desde pequeños habían aprendido que era el pilar de una vida adulta, tener su propia casa.
Este cambio de relato llegó con el destierro de la vergüenza. Con el convencimiento de que lejos de ser responsables de su propia desdicha, o de percibir su situación como un fracaso individual, supieron ver que estaban pagando los platos rotos de los bancos, las administraciones y las constructoras. Surgieron movimientos vecinales, plataformas de ayuda mutua, resistencias activas frente a los desahucios; y la palabra indignado pasó a definir a una mayoría social.
En este contexto el cine español, decidió posar la cámara frente a los que estaban perdiendo su casa. Se narraron historias que intentaron mostrar lo que significa perder, no sólo un bien inmueble sino su proyecto de vida y desarraigo que conlleva.
Aquí algunos ejemplos:
Cinco metros cuadrados 2011
Techo y comida 2015
Cerca de tu casa 2016
Y más recientemente:
En los márgenes 2022
Cuatro paredes 2025
Recomiendo que veáis cada una de ellas. La historia no se repite pero sí que rima, estamos frente a una nueva crisis de vivienda y esta vez las víctimas son los inquilinos en lugar de los hipotecados.
De nuevo la idea de hipotecarse para que al menos el techo sobre el que haces tu vida sea tuyo, cuando termines de pagarlo dentro de 40 años si es que lo terminas de pagar, se postula como la única opción para un problema del que ya demostró no serlo.
Los ciudadanos tenemos el deber de marcar el camino a nuestros gobernantes y de exigir soluciones reales y responsabilidades a los verdaderos culpables.
Si la ley no nos respeta, hagamos que la ley sea respetable.
