Dolly Parton murió el último martes de Agosto. Tim Curry, al día siguiente. Los dos con 80 años. Y llevo desde que me enteré con una sensación bastante rara, porque no eran familia, ni amigos, ni dos artistas que uno relacionaría normalmente entre sí. No tenían prácticamente nada que ver y, sin embargo, joder, tiene todo el sentido que se hayan ido juntos. Me viene a la cabeza una de esas marquesinas antiguas, llenas de bombillas, de Broadway, de la Gran Vía o del West End, me da igual. Una de esas que casi hacen daño a la vista, un poco horteras y preciosas al mismo tiempo, con todo encendido y funcionando como si nada pudiera fallar.
Y de repente se funden dos bombillas. Solo dos. La marquesina sigue ahí, la gente sigue entrando al teatro, la función empieza y nadie para el mundo porque hayan dejado de funcionar dos putas bombillas. Pero tú miras y las ves. Faltan. Y no puedes dejar de mirar justo esos dos huecos.
Creo que eso es lo que siento con Dolly y Tim. Porque los dos eran, cada uno a su manera, demasiado. Dolly era demasiado rubia, demasiado escotada, demasiado enjoyada, demasiado sonriente, demasiado Dolly, y precisamente por eso era maravillosa. Llevaba unas pelucas que debían tener código postal propio, unas uñas con las que yo no sería capaz ni de abrir una lata de Coca-Cola y construyó durante décadas ese personaje exageradísimo que casi parecía una caricatura. Solo que había una pequeña diferencia: ella estaba en el chiste. Siempre. Mientras mucha gente pensaba que se estaba riendo de aquella rubia neumática de Tennessee, Dolly escribía canciones, montaba negocios, ganaba dinero y construía una carrera de esas que ya no se pueden explicar sin empezar a utilizar palabras grandes. Y además tenía algo que siempre me ha fascinado: nunca pareció necesitar que los demás fueran menos para sentirse ella más. Creo que por eso los maricas la quisimos tanto. No hacía falta que llevara una bandera arcoíris pegada al culo ni que estuviera todo el día recordándonos lo buena aliada que era. Simplemente estaba ahí. Cuando tocaba hablar, hablaba; cuando tocaba defender, defendía; y luego seguía con su peluca, sus tetas, sus lentejuelas y su vida.
Tim Curry era otra historia, aunque no tanto como parece. Tim Curry apareció en 1975 vestido de Frank-N-Furter con corsé, tacones, medias de rejilla, maquillaje, esa boca y esa actitud de “sí, voy vestido así, ¿algún problema?”. En 1975. Ahora vemos Rocky Horror y todo aquello nos parece camp, divertido, mítico, carne de disfraz, karaoke y fiesta temática, pero hay que intentar verlo con los ojos de entonces. Aquello era una barbaridad. Y Tim Curry no salió a pedir permiso, ni intentó hacer a Frank-N-Furter simpático para que la gente lo aceptara. Salió y dijo: esto es lo que hay. Y encima consiguió que fuera sexy, que eso sí que tiene mérito. A veces olvidamos lo importante que fue ver cosas así cuando éramos jóvenes, sobre todo para los que crecimos sin internet, que dicho así suena a que cazábamos mamuts, pero era exactamente eso: no podías meterte en TikTok y encontrarte en cinco minutos a doscientos tíos como tú, ni buscar en Google “soy gay y no sé qué coño me pasa”, ni tenías un algoritmo asegurándote que había una comunidad entera al otro lado esperando para decirte que tranquilo, que no eras el único.
Teníamos pistas. Una película que alguien te pasaba, una revista, una canción, un videoclip que veías a horas absurdas, una entrevista, una foto, un personaje que aparecía durante dos minutos en una serie y te hacía mirar la pantalla un poco más de la cuenta. Y con todo aquello ibas montando algo, un mapa a trozos, sin saber muy bien adónde llevaba. Por eso creo que algunas muertes de famosos joden tanto, aunque racionalmente suene absurdo. Yo no conocía a Dolly Parton. No conocía a Tim Curry. Ellos no tenían ni puta idea de quién soy yo. Pero han estado ahí toda mi vida, y esa es la parte que duele, porque cuando empieza a morir la gente que ha estado ahí “desde siempre”, de repente te das cuenta de algo bastante desagradable: ese “siempre” eres tú. Es tu vida, tus años, tu juventud, tus recuerdos, tu tiempo.
Y entonces ya no estás llorando solamente porque se haya muerto Dolly Parton. Estás llorando un poquito al tío que eras cuando escuchabas ciertas canciones. No estás llorando solamente a Tim Curry. Estás pensando en la primera vez que viste Rocky Horror y aquello te pareció una locura maravillosa, y en todo lo que ha pasado desde entonces. Ahí es cuando empiezas a hacer cuentas que nadie te había pedido y te entran ganas de mandar a tomar por culo al calendario. Porque, además, 80 años ya no me parecen una edad tan imposible como me parecían cuando tenía veinte, y ese es quizá el detalle más feo de todo esto. Antes se moría gente mayor. Ahora empiezan a morirse personas que recuerdas jóvenes. Y ahí cambia la película.
Después de conocer sus muertes, empezaron los homenajes a Dolly y a Tim. Hubo canciones, fotos, corsés, pelucas, medias de rejilla y seguro que algún corsé que debería ser denunciado ante el Tribunal de La Haya. Como debe ser. Porque a Tim Curry no se le puede despedir con un minuto de silencio y a Dolly tampoco. Hay gente a la que hay que despedir haciendo ruido, cantando fatal, poniéndose brillo aunque sea martes, besando a quien te dé la gana y entrando en una habitación sin pedir perdón por ocupar espacio. Creo que eso es lo que los dos tenían en común. Dolly con una peluca de treinta centímetros y Tim en corsé consiguieron decir algo bastante parecido: no te hagas pequeño para que los demás estén más cómodos. No rebajes el volumen de lo que eres. No escondas lo raro. No intentes ser menos marica, menos bollera, menos trans, menos gordo, menos intenso, menos exagerado, menos tú. A lo mejor precisamente eso que llevas media vida intentando disimular es lo que te hace interesante.
Y sí, ya sé que esto empieza a sonar a moraleja y no quiero. A tomar por culo la moraleja. Estoy triste. Eso es todo. Estoy triste porque se han muerto Dolly Parton y Tim Curry, porque significaron mucho para mucha gente como nosotros, porque me recuerdan cosas mías y porque me recuerdan también el tiempo que llevo encima. Y no pasa nada por admitirlo, aunque tampoco quiero acabar esto llorando encima de un piano. A Dolly le parecería una horterada. Bueno, probablemente no. Tim sí que se reiría de nosotros.
Así que prefiero volver a la marquesina. La función sigue, claro que sigue, siempre sigue. Mañana habrá otros nombres en los carteles y chavales que no saben quién coño eran Dolly Parton y Tim Curry, y alguno los buscará. Escuchará Jolene, verá por primera vez a Frank-N-Furter bajar en aquel ascensor y a lo mejor pensará: hostia, ahora lo entiendo. Y durante un rato esas dos bombillas se volverán a encender, porque supongo que eso es lo bueno de todo esto: que algunas luces se apagan, pero seguimos sabiendo dónde estaba el interruptor.
Ayer había dos luces más. Hoy hay dos huecos negros. La marquesina sigue encendida, claro que sí. Pero los que llevamos mucho tiempo mirándola sabemos perfectamente lo que falta.
… dos bombillas.
