Hay algo que me está haciendo muchísima gracia.
La exposición de la ropa de Isabel II en Londres está arrasando tanto que han tenido que ampliarla hasta 2027 porque la demanda ha sido una auténtica barbaridad. Más de 300 piezas, muchas nunca vistas de cerca, y gente haciendo cola para ver sombreros, paraguas y bolsos.
Y, por supuesto, yo no me he quedado sin entradas.
Pero cuanto más lo pienso, más claro lo tengo: llevamos 70 años sin entender absolutamente nada de esta señora.
Porque mientras el resto de la familia real británica se dedicaba a producir temporadas enteras de Netflix, Isabel II estaba ejecutando un plan.
Hay que tener una disciplina extraordinaria para levantarte durante siete décadas y pensar: «No, este verde no. Más verde. Que me vea una señora desde Gales».
Porque esa era la estrategia.
No se vestía para la moda.
Se vestía para la logística.
Empiezo a sospechar que no tenía armario. Tenía una carta Pantone de IKEA.
Y probablemente lavaba la ropa con Micolor para no correr riesgos diplomáticos.
Porque si algo tenía esta mujer era consistencia.
Y ojo, que la sofisticación era absoluta.
Mientras nosotros seguimos enviando audios de WhatsApp, ella llevaba años comunicándose con un bolso.
Cambiarlo de brazo, terminar una conversación.
Colocarlo encima de una mesa, sacar a la reina de allí en cinco minutos.
Básicamente inventó el Walkie Talkie, pero en versión aristocrática.
Y, sinceramente, me fascina.
Porque hay algo profundamente humillante en darse cuenta de que la mujer entendió los algoritmos antes de que existieran los algoritmos.
Nosotros cambiamos de personalidad cada tres meses.
Ella decidió convertirse en un subrayador Stabilo con piernas y consiguió que medio planeta la reconociera desde la otra punta de una plaza.
Y funcionó.
Muchísimo.
