La insoportable libertad ajena

Hace unos días, mi amigo DMalignus publicó una reflexión en Bluesky que consiguió detenerme en mitad de ese gesto casi automático de deslizar el dedo por la pantalla buscando algo que merezca la pena leer. (Gracias por la inspiración, precioso)

Venía a decir que estaba cansado de esa gente que reniega de determinadas formas de vivir mientras, en el fondo, parece desear exactamente aquello que critica. Comparaba esa actitud con las beatas de pueblo que dedicaban media vida a escandalizarse de «las frescas», cuando quizá lo que realmente les corroía por dentro era una envidia feroz.

Le di un «me gusta», le respondí casi por impulso… y seguí con mi día.

Pero la idea decidió seguir conmigo. Se quedó dando vueltas en algún rincón de la cabeza, como hacen esas canciones que aparecen sin pedir permiso y ya no hay manera de quitárselas de encima.

Porque creo que detrás de esa reflexión hay algo mucho más grande que la simple hipocresía.

Todos nos hemos cruzado alguna vez con esa persona que parece necesitar dejar muy claro lo que jamás haría. «Jamás iría a una sauna». «Jamás usaría una aplicación para ligar». «Jamás tendría una relación abierta». «Jamás vestiría de determinada manera». «Jamás iría a un Pride». «Jamás…»

Y esos «jamás», curiosamente, suelen pronunciarse con una intensidad difícil de explicar. Como si no bastara con que algo no te interesara. Como si hubiera que elevarlo a la categoría de pecado para sentirse un poco mejor.

Y no. No siempre es así. Sería muy cómodo decir que cualquiera que critica algo es porque, en realidad, desea hacerlo. El mundo no funciona de una forma tan simple. Hay quien no conecta con determinadas maneras de vivir y punto. Todos tenemos nuestros límites, nuestras preferencias y nuestras líneas rojas, y ninguna necesita justificarse.

El problema empieza cuando una elección personal deja de ser una elección y se convierte en un tribunal. Cuando ya no basta con decir «eso no es para mí», sino que aparece esa necesidad casi compulsiva de explicar por qué tampoco debería ser para nadie más.

Y ahí es donde, con los años, he dejado de sentir tanto enfado.

Ahora siento, sobre todo, tristeza.

Porque cuanto más observo ese comportamiento, menos me parece un gesto de superioridad y más me parece una armadura. De esas pesadas. Incómodas. De las que uno lleva tanto tiempo puestas que acaba olvidando que existen… y que, quizá, podría quitárselas.

Qué quieres que te diga… cada vez me cuesta más creer que quien está realmente en paz consigo mismo necesite dedicar tanta energía a vigilar cómo viven los demás.

Seguro que en algunos casos es simple arrogancia. Tampoco hace falta buscar un trauma infantil detrás de cada imbécil. Los hay que lo son sin necesidad de una explicación especialmente sofisticada.

Pero sospecho que muchas veces hay algo más… Mucho más.

Hay duelo.

No el duelo por una persona. El duelo por una vida.

Por todos esos «sí» que nunca llegaron a pronunciarse. Por aquel amor que nunca se vivió. Por aquella aventura que daba demasiado miedo. Por aquella versión de uno mismo que se quedó encerrada detrás de lo que «tocaba hacer», de lo que «estaba bien» o, simplemente, de lo que se esperaba de uno.

Debe de ser muy duro encontrarte con alguien que vive con absoluta naturalidad aquello que tú llevas décadas diciéndote que era indigno.

Porque entonces aparece una pregunta terrible.

«¿Y si yo también hubiera podido?»

Y esa pregunta puede romper una vida entera.

Porque es mucho más sencillo romper al otro.

Resulta más cómodo llamarlo inmoral, escandaloso, promiscuo, ridículo o indecente que sentarse a llorar todas las oportunidades que uno dejó escapar mientras construía una identidad basada en la renuncia.

Quizá por eso me produce una extraña mezcla de rechazo y ternura esa gente que parece patrullar la felicidad ajena. Porque empiezo a pensar que nadie verdaderamente libre dedica tanto tiempo a controlar la libertad de los demás.

La gente feliz suele estar demasiado ocupada viviendo.

La gente que ha hecho las paces consigo misma rara vez necesita repartir carnés de decencia.

Y quien ha aprendido a convivir con sus propios deseos no siente esa urgencia casi religiosa de convencer al resto de que los suyos son los únicos aceptables.

No estoy diciendo que toda persona moralista sea alguien reprimido. Sería tan injusto como afirmar que toda persona extrovertida es feliz. Los seres humanos somos infinitamente más complejos que eso.

Lo que sí creo es que la superioridad moral es, muchas veces, un escondite extraordinario, porque mientras uno señala con el dedo hacia fuera, nadie mira hacia dentro.

Y mirar hacia dentro puede dar TANTÍSIMO miedo…

Sobre todo cuando empiezas a sospechar que la persona a la que llevas años juzgando no representa una amenaza para tus valores, sino un recordatorio de la libertad que nunca te permitiste.

Desde hace un tiempo intento hacer un ejercicio. No siempre me sale bien, para qué nos vamos a engañar.

Cuando me encuentro con alguien instalado en ese pedestal desde el que todo se juzga, intento imaginar qué habrá debajo de tanta rigidez.

No para justificarlo, ni para darle la razón, ni mucho menos para aceptar comportamientos que hacen daño a los demás.

Simplemente intento preguntarme qué historia habrá detrás de esa coraza.

Qué parte de sí mismo aprendió a esconder hace tantos años que ya ni siquiera recuerda dónde la dejó.

Y ocurre algo curioso.

Cuando consigo hacer ese ejercicio, la rabia pierde fuerza.

No desaparece. Hay actitudes que siguen siendo profundamente antipáticas. Pero deja de ocuparlo todo.

En su lugar aparece algo mucho más incómodo.

La compasión.

No esa compasión condescendiente que mira por encima del hombro y dice «pobrecito». Esa tampoco deja de ser otra forma de superioridad.

Hablo de una compasión distinta. De la que nace cuando entiendes que todos, absolutamente todos, cargamos con alguna batalla invisible. Algunos aprendieron a esconder la suya detrás del humor. Otros detrás del éxito. Otros detrás del silencio.

Y algunos decidieron esconderla detrás de una moral tan rígida que acabó convirtiéndose en una prisión.

No sé si alguna vez conseguiremos romper esa cáscara a base de argumentos. Sospecho que no. Las armaduras rara vez caen porque alguien gane una discusión en internet.

Pero quizá una conversación sincera, una mirada sin desprecio o el simple hecho de no responder con la misma hostilidad puedan abrir una pequeña grieta.

Y, a veces, una grieta es todo lo que necesita una persona para empezar, por fin, a respirar.

Al final, creo que la verdadera libertad no consiste sólo en vivir la vida que uno desea.

También consiste en mirar a quien ha elegido un camino distinto sin sentir la necesidad de corregirlo, castigarlo o ridiculizarlo.

Porque quizá el auténtico triunfo no sea demostrar que uno tenía razón.

Quizá sea llegar a ese punto en el que la felicidad ajena deja de parecer una amenaza y empieza, sencillamente, a alegrarte.

3 lecturas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *