Björk y Yara Polana: la prueba definitiva de que Islandia no es un país normal

Llevo unos días pensando en Björk y Yara Polana y me preocupa la conclusión a la que he llegado: Islandia no es un país normal.

No puede serlo.

Y lo digo con todo el cariño del mundo.

Porque hay algo sospechoso en un sitio que produce volcanes, auroras boreales y una pareja como Björk y Yara Polana. Demasiadas cosas interesantes para tan poca gente.

Algo están haciendo.

O algo están respirando.

Porque, sinceramente, ¿qué probabilidades había de que Björk, que ya de por sí parece una categoría propia dentro de la especie humana, acabara con Yara Polana, que tiene la capacidad de escribir una frase y dejarte pensando tres días como si te hubiesen abierto una ventana en el cerebro?

Pues pocas.

Pero claro, es que esto ha pasado en Islandia.

Y en Islandia las normas funcionan de otra manera.

De hecho, cada vez estoy más convencido de que Islandia no fabrica personas. Fabrica personajes.

Porque Björk es exactamente un volcán islandés. Nunca sabes muy bien qué está pasando hasta que un día entra en erupción y media Europa deja de volar.

Todavía me fascina aquello. Un volcán decide tener un mal día y el continente entero entra en pánico.

Eso sí que es tener presencia.

Muy Björk, la verdad.

Y muy Yara Polana también.

Porque ambas tienen esa capacidad de alterar el ecosistema simplemente existiendo.

Hay gente que entra en una habitación. Ellas entran en un concepto.

Björk parece el resultado de dejar a Ágatha Ruiz de la Prada sola una temporada en una cueva de lava, con un sintetizador y cero supervisión adulta.

Y voy a decir una cosa que llevo un rato pensando y que probablemente no debería decir: Björk es Aramís Fuster con geotermia, silencio y presupuesto cultural.

Porque la excentricidad es una cosa muy delicada.

Cinco grados menos de temperatura y eres Björk.

Cinco grados más de temperatura y acabas grabando un villancico llamado La conejita de Papá Noel.

Yara Polana, por su parte, tiene una energía muy concreta: la de esa persona que, mientras tú estás intentando decidir qué cenar, ya ha escrito una frase que te desmonta tres inseguridades, dos creencias y, si se descuida, hasta la personalidad que construiste en 2019.

Hay algo ligeramente irritante en ambas y creo que ahí está gran parte de su encanto.

Las dos desprenden una energía muy concreta: la de personas que saben algo que tú no sabes.

Mientras el resto estamos intentando recordar la contraseña de Netflix, llegar a final de mes y descubrir por qué tenemos 17 pestañas abiertas en el navegador, ellas parecen vivir permanentemente dentro de una instalación artística.

Y ahora, además, son novias.

Claro.

Porque esto también tenía que pasar.

Porque, sinceramente, tampoco nos imaginábamos a Björk con un Antonio cualquiera que juega al pádel, lleva una mochila del Decathlon y te pregunta si reserva un arroz para el domingo.

No.

Hay universos que simplemente no colisionan.

Björk necesitaba a alguien que entendiera una frase como: «Hoy el viento me ha recordado a la fragilidad del ego occidental».

Y Yara necesitaba un país donde, si desapareces cuatro horas andando entre niebla, musgo y lava, nadie piense que tienes una crisis existencial. Simplemente asumen que estás teniendo una idea.

Y cuanto más lo pienso, más me preocupa Islandia.

Porque allí todo el mundo parece vivir como si esto fuese completamente normal.

Estoy convencido de que un islandés se levanta, mira por la ventana, ve un volcán entrando en erupción, una aurora boreal, a Björk paseando y a Yara Polana escribiendo algo en una libreta y piensa: «Bueno, un martes».

Y eso es exactamente lo que más me desconcierta.

La normalidad con la que conviven con la extravagancia.

Mientras nosotros seguimos discutiendo si un «vale.» por WhatsApp significa enfado, ellos viven tranquilamente encima de una grieta geológica que escupe fuego cada dos por tres.

Y quizá esa sea la gran diferencia.

Nosotros hemos construido una sociedad alrededor de Excel.

Ellos la han construido alrededor de volcanes.

Y se nota.

Muchísimo.

Porque empiezo a sospechar que Islandia no expulsa lava.

Islandia expulsa personajes.

Y el resto del planeta nos dedicamos a mirarlos desde lejos con una mezcla extrañísima de admiración, confusión y una ligera envidia.

Porque, seamos sinceros, después de ver a Björk y a Yara Polana, cuesta muchísimo volver a interesarse por la vida de un influencer que recomienda suplementos de colágeno y madrugar a las cinco de la mañana.

Hay gente que tiene rutinas.

Y luego está Islandia, que directamente tiene trama.

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