Hay una escena que se repite en muchas ciudades: un piso, una pantalla con un perfil abierto, sustancias sobre la mesa, y varias personas que llegaron buscando algo que no termina de nombrarse. Sexo, sí, pero también otra cosa: una pausa del malestar. El chemsex —el uso de drogas como metanfetamina, mefedrona o GHB combinado con encuentros sexuales, normalmente coordinados a través de aplicaciones de contactos— se ha convertido en un fenómeno relevante dentro de algunos sectores de la población gay. Y aunque suele hablarse de él en términos de riesgo sanitario, conviene mirar también las raíces emocionales que lo sostienen.
El dolor que no se ve
Muchos hombres gais crecen con una experiencia temprana de exclusión: el armario, el miedo al rechazo familiar, el bullying, la sensación de no encajar en los modelos de masculinidad esperados. Ese dolor no siempre se resuelve al salir del armario; a veces se queda alojado como una herida de fondo, una sensación persistente de no ser suficiente o de no merecer afecto incondicional.
Cuando ese dolor no ha sido procesado, el cuerpo busca alivio donde puede. Las drogas asociadas al chemsex actúan precisamente ahí: desinhiben, anestesian la vergüenza, generan una sensación temporal de conexión y euforia. No es casualidad que las personas que más recurren a estas prácticas suelan describir una historia de soledad de fondo. La sustancia no crea el vacío; lo cubre durante unas horas.
El desapego como estrategia de supervivencia
El desapego emocional —esa dificultad para vincularse profundamente, para confiar, para quedarse en la vulnerabilidad de una relación— suele ser aprendido, no elegido. Cuando uno ha sido herido en sus primeros vínculos afectivos, desconectar de las emociones puede haber sido, en su momento, una forma de protegerse.
El problema es que esa misma estrategia, útil en la infancia o la adolescencia, se convierte en un obstáculo en la vida adulta. El chemsex ofrece una paradoja cómoda: permite la intimidad física extrema sin la exposición emocional que implicaría un vínculo real. Se puede estar con varias personas, en situaciones de alta intensidad sexual, sin tener que abrirse afectivamente con ninguna. Es cercanía sin riesgo emocional. O, dicho de otro modo: es una forma de estar acompañado sin tener que confiar en nadie.
La autoestima y el cuerpo como moneda de cambio
En muchas apps de contactos, el valor de una persona se reduce a una fotografía, una estatura, un tipo de cuerpo, una postura sexual. Es un mercado visual brutal, especialmente para quienes ya cargan con una autoestima frágil. La cultura gay urbana, históricamente, ha sobrevalorado ciertos cuerpos —jóvenes, musculados, «masculinos»— dejando fuera a quienes no encajan en ese molde.
Bajo presión constante de sentirse insuficiente, algunas personas encuentran en las drogas una manera de silenciar la autocrítica: la sustancia reduce la ansiedad social, da la sensación (falsa) de seguridad, y permite participar en encuentros sexuales que, en estado sobrio, generarían demasiada vergüenza o miedo al rechazo. El chemsex se convierte así en una prótesis emocional: sin él, la persona no se siente capaz de mostrarse, ni siquiera sexualmente.
Las apps de contactos: el escenario perfecto
Las aplicaciones de citas para hombres gais no inventaron estas heridas, pero les ofrecieron un escenario ideal para manifestarse. Su diseño —basado en la inmediatez, la geolocalización, la posibilidad de descartar a alguien con un simple movimiento de dedo— favorece el consumo rápido de personas, no el vínculo. Producen una sensación de abundancia (siempre hay alguien más cerca, siempre hay otra opción) que paradójicamente intensifica la soledad: nunca es suficiente, nunca se llega a profundizar.
Estas apps también han normalizado, en muchos perfiles, el uso explícito de sustancias como parte del encuentro sexual («party and play», «chemfriendly»), generando comunidades virtuales donde el consumo se presenta como algo cotidiano, casi obligatorio para encajar en ciertos círculos.
Las consecuencias: cuando la huida se convierte en trampa
A nivel mental, el chemsex compulsivo está asociado con:
- Ansiedad y depresión más intensas tras los «bajones» post-consumo, cuando el cerebro vuelve a un estado de vacío aún mayor que el inicial.
- Aislamiento progresivo, ya que las sesiones largas (a veces de días) sustituyen el contacto social ordinario y deterioran rutinas, trabajo y relaciones.
- Disociación emocional reforzada: en lugar de sanar el desapego original, el patrón lo retroalimenta. Cada encuentro sin vínculo real refuerza la creencia de que la intimidad genuina no es posible o no es segura.
- Dependencia psicológica del contexto sexual: muchas personas refieren no poder ya disfrutar del sexo sin sustancias, lo que genera más vergüenza y más necesidad de repetir el ciclo para evitar enfrentarse a ese malestar.
- Riesgo de ideación suicida o autolesión, en los casos más severos, especialmente cuando se combina con aislamiento social prolongado y consumo de estimulantes como la metanfetamina.
Romper el ciclo no es solo dejar la sustancia
Dejar de consumir sin trabajar esas raíces suele derivar en recaídas, porque el vacío que la droga tapaba sigue ahí.
La salida pasa, casi siempre, por procesos terapéuticos que aborden tanto el consumo como la autoestima, el manejo de la vergüenza y la capacidad de vincularse afectivamente sin necesidad de anestesia química. También por comunidades de apoyo —grupos de pares, espacios LGTBI+ no sexualizados— que ofrezcan lo que las apps no pueden dar: pertenencia real, no solo conexión instantánea.
José Rubio Sánchez
