Por Imposterismo
En Muy lejos, la exclusión no entra en plano como un concepto sociológico, sino como una sensación física: un nudo en el estómago, un silencio demasiado largo, una puerta que se cierra sin que nadie la haya cerrado explícitamente. Gerard Oms construye la película como si la exclusión fuera una atmósfera —algo que no se ve, pero que pesa— y Mario Casas se mueve dentro de ella como un cuerpo fuera de lugar, demasiado visible y a la vez completamente invisible. Esta no es una película sobre inmigración, sino sobre el momento exacto en el que descubres que ya no perteneces a ningún sitio, ni siquiera a ti mismo.
La primera gran dinámica de exclusión es la exclusión lingüística, que aquí no se presenta como un simple problema de comunicación, sino como una jerarquía invisible. Sergio llega a los Países Bajos con la convicción típicamente española —esa mezcla de ingenuidad y eurocentrismo— de que “con inglés basta”. Pero no basta. No basta para trabajar, no basta para relacionarse, no basta para pedir ayuda sin sentir vergüenza. El idioma funciona como un filtro moral: quien lo domina es competente; quien no, es sospechoso. La película insiste en planos donde Sergio escucha conversaciones que no entiende del todo, y ese “no entender” lo coloca inmediatamente en una posición infantilizada. No saber el idioma es no saber defenderte, no saber explicar quién eres, no poder contar tu propia versión de ti mismo. La exclusión empieza ahí: cuando otros hablan sobre ti delante de ti.
Después está la exclusión administrativa, que es probablemente la más cruel porque se disfraza de neutralidad. En Muy lejos, nadie insulta a Sergio por ser extranjero; simplemente le recuerdan, una y otra vez, que no encaja en el sistema. No tiene el papel correcto, no cumple el requisito exacto, no está en la categoría adecuada. La burocracia aparece como una forma sofisticada de violencia: no te echa, pero tampoco te deja entrar. Te mantiene en una sala de espera perpetua, donde tu vida parece siempre provisional. La exclusión moderna ya no grita; te manda un correo automático.
La película también retrata una exclusión económica que no es espectacular, sino persistente. Sergio no es pobre en el sentido tradicional, pero se empobrece poco a poco: duerme en sofás ajenos, acepta trabajos precarios, mide cada gasto. La precariedad no es solo falta de dinero, es falta de opciones. La exclusión económica se manifiesta en esa sensación de estar siempre a un error de distancia del desastre. No puedes permitirte enfermar, protestar, elegir. La película es muy consciente de cómo el capitalismo convierte la vulnerabilidad en una identidad: no eres alguien que está pasando una mala racha, eres “el chico precario”. Y eso condiciona cómo te miran los demás y, peor aún, cómo te miras tú. Pero Muy lejos es especialmente incisiva al mostrar una exclusión emocional y afectiva. Sergio no solo está fuera del sistema; está fuera de las narrativas emocionales compartidas. No tiene a quién llamar cuando algo va mal. No forma parte de los recuerdos comunes, de las bromas internas, de las pequeñas complicidades que construyen comunidad. La película insiste en los silencios incómodos, en las conversaciones funcionales que nunca se convierten en vínculos reales. Aquí la exclusión no tiene que ver con el rechazo explícito, sino con la ausencia de intimidad. Nadie le hace daño a Sergio, pero nadie lo sostiene. Y esa es una forma de exclusión profundamente contemporánea: la de vivir rodeado de gente sin que nadie te vea de verdad.
Hay también una exclusión simbólica, quizá la más sutil y la más política. Sergio es un hombre blanco, europeo, con pasaporte “correcto”. Y aun así, es tratado como un otro. La película juega constantemente con esa contradicción: ¿qué pasa cuando alguien que nunca se ha pensado a sí mismo como marginal se convierte, de pronto, en marginal? Muy lejos no establece una equivalencia simplista entre su experiencia y la de otros inmigrantes más racializados, pero sí evidencia algo incómodo: la exclusión no es una excepción, es una posibilidad latente que el sistema activa cuando dejas de ser útil, comprensible o rentable. Sergio descubre que la pertenencia es condicional. Y esa revelación es devastadora.
Y luego está la exclusión más devastadora de todas: la autoexclusión. A medida que avanza la película, Sergio empieza a desaparecer. Habla menos, ocupa menos espacio, espera menos de los demás. Interioriza las miradas, las negativas, los silencios. Se convierte en alguien que no molesta. Y ahí Muy lejos alcanza su punto más incómodo: la exclusión más eficaz es la que no necesita ser ejercida desde fuera porque ya opera desde dentro. Cuando te convences de que no mereces más, el sistema ha ganado. Al final, Muy lejos no propone una solución ni un mensaje reconfortante. No hay integración plena, no hay redención clara. Lo que hay es una constatación amarga: la exclusión no es un accidente del sistema, es una de sus funciones. Y la película nos interpela precisamente porque Sergio podría ser cualquiera. Porque su caída no empieza con una tragedia monumental, sino con una decisión impulsiva y una serie de pequeñas renuncias. Muy lejos no te pregunta si eres empático con los excluidos; te pregunta cuánto tardarías tú en convertirte en uno.

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