Avatar 3 y el racismo que empieza en casa

Por IMPOSTERISMO
Durante años, Avatar fue reducida a un chiste recurrente: “la película más taquillera de la historia que nadie recuerda”. Una frase ingeniosa, fácil de repetir y cómoda para no pensar demasiado. Pero James Cameron nunca ha hecho cine para el impacto inmediato, sino para la permanencia. Avatar no quiere gustarte: quiere quedarse contigo. Y en Avatar 3: Fire and Ash, la insistencia adopta una forma menos cómoda que nunca: la del racismo que se hereda y la paternidad que ya no puede fingir neutralidad.
Porque si algo queda claro en esta tercera entrega es que Avatar no va solo de humanos explotando Pandora ni de Na’vi defendiendo árboles luminosos. Va de padres. Y de lo que ocurre cuando el mundo que construyes está diseñado para dañar a tus hijos.
Jake Sully empezó siendo el sueño húmedo del cine estadounidense: un soldado herido que encuentra redención al “integrarse” en una cultura ajena. En 2009, ese arco parecía progresista. En 2022, ya era incómodo. En 2025, Cameron decide empujarlo hasta el límite: ¿qué pasa cuando ya no basta con integrarse? ¿Qué pasa cuando tus hijos no pueden elegir escapar del conflicto racial porque son el conflicto?
La ciencia ficción siempre ha sido una coartada elegante para hablar de racismo sin pronunciar la palabra. District 9 usó alienígenas para hablar del apartheid; X-Men convirtió los poderes mutantes en metáfora de las minorías perseguidas; Children of Men transformó la xenofobia en infertilidad global. Avatar 3 da un paso más incómodo: ya no se limita a humanos contra Na’vi, sino que introduce Na’vi contra Na’vi. El racismo ya no viene de fuera. Ahora vive dentro de casa. Los “Ash People” —una tribu Na’vi asociada al fuego, la dureza y la supervivencia extrema— rompen la fantasía liberal de que todas las culturas oprimidas son moralmente puras. Cameron parece decirnos algo que incomoda especialmente al espectador occidental progresista: la opresión no convierte automáticamente en virtuoso a quien la sufre. El racismo no es solo una ideología; es una estructura que se reproduce, incluso entre quienes han sido víctimas de ella.
Y en medio de ese incendio ideológico está la familia Sully. Jake y Neytiri ya no son héroes épicos: son padres agotados. La pérdida de un hijo en The Way of Water no fue un giro dramático, sino una declaración de intenciones. En Avatar 3, la paternidad deja de ser un motor emocional para convertirse en un problema político. ¿Cómo educas a tus hijos en un mundo que los considera una anomalía? ¿Cómo les enseñas a no odiar cuando el odio es un mecanismo de supervivencia? Aquí es donde Avatar se hermana con películas que, en apariencia, no tienen nada que ver con extraterrestres azules. Gran Torino, por ejemplo, no va solo de un hombre racista redimiéndose, sino de cómo el prejuicio se hereda como una tradición familiar. American History X no trata del neonazismo como ideología extrema, sino como herencia doméstica. Incluso To Kill a Mockingbird entendió antes que muchas otras historias que el verdadero conflicto racial no ocurre en los tribunales, sino en el comedor de casa, delante de los hijos.
Jake Sully pertenece a esa tradición de padres cinematográficos que descubren demasiado tarde que la neutralidad es un privilegio. Como el protagonista de Interstellar, que cree que salvar el mundo es suficiente hasta que entiende que su hija necesita algo más que heroísmo abstracto. Como Logan, que aprende a proteger a una niña en un mundo que solo le enseñó a matar. Como tantos padres del cine contemporáneo, Jake descubre que la paternidad no consiste en enseñar a ser fuerte, sino en enseñar a no volverse cruel. La gran diferencia es que Avatar 3 no permite la fantasía del sacrificio individual redentor. No hay un gesto final que lo arregle todo. Cameron no cree en el heroísmo limpio. Cree en el conflicto heredado. En el trauma que se transmite. En la imposibilidad de proteger completamente a los hijos de un sistema diseñado para dañarlos. Y eso convierte a Avatar en algo más cercano a una tragedia familiar que a una space opera.
También hay algo profundamente incómodo —y por eso interesante— en la manera en que la saga aborda la figura del padre blanco dentro de una narrativa anticolonial. Jake Sully nunca deja de ser un intruso. Ni siquiera cuando ama, cuando sufre o cuando pierde. Avatar 3 parece consciente de esa contradicción y decide no resolverla. Jake puede ser un buen padre, pero no puede desactivar el sistema que lo formó. Solo puede intentar que sus hijos no lo reproduzcan. Ahí es donde el mensaje de la película se vuelve menos épico y más político. El racismo no se derrota con batallas finales, sino con decisiones cotidianas: qué historias cuentas, qué miedos transmites, qué violencias normalizas. Cameron, que siempre ha sido más moralista de lo que se le reconoce, parece decirnos que el verdadero legado no es la tierra que defiendes, sino los valores que heredan tus hijos.

Por eso Avatar 3 incomoda más que sus predecesoras. Porque ya no ofrece una fantasía clara de buenos y malos. Porque muestra que incluso las comunidades oprimidas pueden excluir, odiar y jerarquizar. Porque sugiere que el racismo no termina cuando cambia el enemigo, sino cuando cambia la educación emocional. Tal vez por eso Avatar sigue siendo relevante aunque muchos insistan en que “no dejó huella cultural”. La dejó. Solo que no en forma de frases virales o disfraces icónicos, sino como una insistencia molesta: la de recordarnos que el cine popular también puede hablar de racismo, paternidad y herencia moral sin pedir permiso.
Y quizá esa sea la mayor ironía de Avatar: una saga acusada de superficial que, película a película, se atreve a profundizar en lo que más cuesta mirar. No el espectáculo. No la tecnología. Sino la pregunta incómoda que toda historia sobre padres y racismo acaba planteando:
¿qué mundo estás enseñando a amar a tus hijos… y a quién les estás enseñando a temer?

1 comentario en “Avatar 3 y el racismo que empieza en casa”

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