Crítica de Alien: Earth (y su Capítulo 5)
Por Impostorismo.
Hay historias que nacen del miedo. No el miedo fácil, de linterna bajo la sábana y monstruo en el armario, sino ese miedo más viejo, más profundo… el que tiene el sabor del tiempo y del abandono. Hay otras historias que vienen de la ciencia ficción, claro, con sus tubos metálicos, computadoras que hablan como niñeras muertas, y criaturas que babean ácido. Y luego hay unas pocas —muy pocas— que nacen de algo más jodido: la pérdida de la inocencia. Alien: Earth es las tres cosas. Y también una cuarta: una pesadilla contada por un niño que ya no es niño, pero que aún no ha dejado de gritar en su almohada.
Desde el primer episodio, lo supe: esto no era una precuela. Era una advertencia. El tipo de historia que se te mete bajo la piel como una astilla oxidada. Algo andaba mal en el ritmo de las escenas, en la música de fondo, en los silencios. Había un eco… un temblor. Como un cuento infantil contado detrás de una puerta cerrada con cerrojo. Pero fue en el episodio 5 —ese maldito y glorioso capítulo titulado “In Space, No One…”— donde todo explotó. Y no hablo solo de explosiones, sino de otra cosa: de entrañas emocionales salpicando la pared.
Esta serie no va solo de alienígenas. Tampoco solo de megacorporaciones con más secretos que principios. Ni siquiera del viejo terror espacial que resuena como una respiración pegajosa en las tuberías de una nave. Aunque todo eso también está, y brilla como los ojos de un gato en un sótano. No. Alien: Earth es, en su corazón malparido, una versión torcida y envenenada de Peter Pan.
Sí. Peter Pan. El niño que no quería crecer. El país donde el tiempo se detenía. Los niños perdidos esperando a una madre que nunca volvería. Solo que aquí, la isla se llama Neverland Corporation, los niños son sintéticos cargados con recuerdos prestados, y el Capitán Garfio no tiene un garfio: tiene una bata blanca, un laboratorio y una sonrisa tan falsa como la inteligencia artificial que dirige las cámaras de seguridad.
Los “Niños Perdidos” de esta historia no juegan. Luchan. No sueñan: sufren pesadillas en bucle. Y cuando repiten esas frases —“¿Soy real?”, “¿Puedo irme a casa?”— no lo hacen como parte de un script. Lo hacen como quien reza.
Y justo cuando la historia comienza a hervir, llega el episodio 5.
Un capítulo hecho de acero, traición, sudor frío y puertas que no se abren. Lo que vimos ya era una joya. Una nave como un ataúd orbital. Personajes que se miran como quien huele gas antes del encendedor. Pero algo falta. Se siente. Como si el alma del episodio hubiese sido recortada con tijeras temblorosas. No estamos hablando de edición elegante. No es una elipsis narrativa. Es una amputación. Como si alguien hubiera extraído algo que dolía demasiado. Pero el dolor sigue ahí.
La USCSS Maginot merecía más. Merecía tiempo, peso, aire para gritar. No lo tuvo.
¿Dónde está la conversación completa entre Boy Kavalier y Petrovich, esa que habría hecho que todo tuviera más sentido?
¿Qué ocurrió realmente en el laboratorio antes del estallido, cuando las cámaras se apagaron y los registros se corrompieron?
¿En qué preciso momento se rompió Morrow, el hombre que parecía hecho de piedra?
¿Y cómo la muerte de su hija —ese dato que el guion deja caer como un susurro entre ráfagas de metralla— moldeó cada una de sus decisiones?
¿Qué ocurrió realmente en el laboratorio antes del estallido, cuando las cámaras se apagaron y los registros se corrompieron?
¿En qué preciso momento se rompió Morrow, el hombre que parecía hecho de piedra?
¿Y cómo la muerte de su hija —ese dato que el guion deja caer como un susurro entre ráfagas de metralla— moldeó cada una de sus decisiones?
Todo eso… no lo vimos. Pero lo sentimos.
Esos fragmentos existen. Están bajo la superficie como gusanos en la fruta. Y los queremos. Los necesitamos. Porque Alien: Earth no es solo una serie. Es un espejo astillado. Y en él, si uno se atreve a mirar con suficiente profundidad, verá algo más que tripulaciones espaciales y protocolos fallidos. Verá al niño que fue. Al que aún cree que los adultos sabían lo que hacían. Al que aún se pregunta si los monstruos eran reales… o si simplemente eran papá.
Así que, Noah Hawley, si estás ahí fuera: haz lo correcto.
Danos el Director’s Cut.
Danos el maldito capítulo 5 completo.
Danos el Director’s Cut.
Danos el maldito capítulo 5 completo.
