El bazar de las sorpresas de Peter Bogdanovich

Director de cine, historiador, actor ocasional, guionista, crítico…el norteamericano Peter Bogdanovich, (que nos acaba de dejar), fue, en definitiva, un sabio del cine. Del cine que llamamos clásico, más bien. El que bebía de las fuentes de la comedia y el drama de siempre, donde el cine sonoro había cogido prestado el ritmo de bola de fuego de las situaciones de enredo, sus diálogos sin freno y sus escenas encadenadas a la perfección. Nos deja su «blanco y negro» crepuscular, melancólico a más no poder, en una obra maestra definitiva de la Historia del Cine: «The Last picture Show» (1971).

 

Obra magna de la mirada agotada de la vida, de un pasado perdido; del polvo recorriendo las calles desiertas, tapando las sombras de la desdicha y un futuro donde los minutos agarran cada aguja del reloj con una tristeza insondable. A la manera y forma de un Orson Welles llevado al western silencioso, hacía luces y sombras de unos personajes gloriosos. Después, quiso no abandonar la vida de esos protagonistas en «Texasville» (1990), no menos notable y con ese punto de añoranza añadida. De una obra que pasará a la posteridad, a otras no menos sobresalientes, dejó un buen puñado de largometrajes de lujo. Justificó la comedia de altura con una pareja de química perfecta en «»¿Qué me pasa Doctor?» (1972), donde la copia a lo Howard Hawks le salió redonda; por cierto, con un Ryan O’Neal igual de guapo que atractivo, conseguía magnetizar cada primer plano donde jugaba al despiste con Barbra Streisand.

 

Al año siguiente, con otra comedia de tono agridulce, repetía con Ryan O’Neal y su hija en la vida real, Tatum, que conseguía un Oscar, a la vez que la película varios premios, entre ellos, La Concha de Plata y Mención del Jurado en el Festival de San Sebastián. En 1992 realizó la desternillante «¡Qué ruina de función!. Estlizado «tour de force» teatral, es un torbellino inabarcable de diálogo y posición del personaje en el cuadro, que fuerza al espectador a seguir su narración de izquierda a derecha, como si cada personaje fuera un balón que se lanzara de un disparo cada segundo. Golazo para el slapstick verbal.Aquí, más que nunca (y una vez más), se demostraba su gran capacidad de considerar a Bogdanovich un magnífico director de actores. Este admirador de Buster Keaton, amigo de Orson Welles y estudioso de John Ford, merece ser recordado por lo que fue: un gran analista, investigador, recopilador y embellecedor de lo mejor que ha dado el cine de siempre.


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.