Una Noche en la Ópera

A estas alturas ya debéis saber que en Atroz con Leche amamos la música por encima de todo y en casi todas sus variantes. El género lírico no queda fuera en absoluto, más aún si se trata de una obra tan especial como La Flauta Mágica. Es una de mis favoritas y verla en El Real ha sido realizar un sueño.

Antes de nada me gustaria hacer unas aclaraciones. Die Zauberflöte no es técnicamente una ópera sino un singspiel, una figura teatral musicada en la que se incluyen diálogos hablados en lugar de cantados. En otras palabras: el equivalente a la Zarzuela española o la Ópera Cómica francesa. Pero la trataremos como merece y todo el mundo la conoce.

Mozart la estrenó 66 días antes de fallecer y se considera su última obra, aunque realmente comenzó a escribirla antes de “La Clemenza di Tito”. Lo que sí se puede decir que fue la última obra que estrenó en vida, pues La Clemenza se puso en escena 21 días después de su muerte.
Sobre la propia obra se han realizado toda clase de análisis y planteado miles de teorías pero, como el que está hablando de ella soy yo, os voy a dar mi impresión tras haber leído y escuchado muchas opiniones.

Mozart ya estaba enfermo cuando su amigo de correrías Schikaneder, empresario teatral, actor y cantante (fue el primer Papageno) le propuso que musicara un libreto que el escribiría sobre la marcha con el fin de conseguir fondos rápidamente, pues ambos estaban casi en la ruina. La historia, en un principio, giraba sobre la figura de un príncipe egipcio -tema que Wolfgang ya había tocado antes- y sus peripecias para salvar a una princesa secuestrada por un malvado sumo sacerdote.

Cuando llevaban escritos más de dos tercios de la obra sucedieron dos cosas. Primera: le encargaron escribir La Clemenza y, segunda: había rumores de que otro músico estaba tratando de adelantarse con una obra de temática similar, copia descarada. Pararon la composición para hacer frente al encargo por puro interés económico y aprovecharon para darle la vuelta a la temática y evitar el pisotón.  Así fue como terminó en un cuento de hadas con una princesa, un príncipe, un sumo sacerdote, una serpiente-dragón, genios, brujas y malvados que resultaban ser buenos y viceversa. Aliñando todo esto, los dos amigos eran masones y de ideas claramente progresistas, de manera que aprovecharon la ventaja de poder crear algo a su propio gusto, sin la presión que suponía componer por encargo, para dar rienda suelta a sus ideales e incluso utilizar la obra como elemento de propaganda para la masonería. Es por ello que la historia supone una puesta en escena del proceso de iniciación donde, además, se le da a la mujer un papel insólito para aquellos tiempos, pues la protagonista resulta finalmente iniciada en la masonería.

Toda la obra gira en torno al número tres: treinta escenas, veintiún números musicales, dieciocho sacerdotes, tres pruebas de iniciación, tres damas, tres genios, triada de virtudes, triada de fuerzas. Todo en base a ese número estratégico para la masonería con una excepción: la firma muda de Mozart que es la ausencia del Si bemol de la tercera octava (Si♭3) tanto en esta partitura como en el resto de su obra.

Una vez largado este rollo introductorio vamos a la producción, que se ha representado con mucho éxito en varias capitales europeas.

Lo que ha preparado Barrie Kosky es una traslación de toda la historia al cine mudo y de animación de los años 20, al cabaret berlinés y los entornos culturales de la Weimar de ese periodo entre guerras tan bullicioso. Los personajes principales están inspirados en figuras como Harold Lloyd para Pamino, Buster Keaton para Papageno, Nosferatu de Murnau para Monostatos, El Doctor Caligari para Sarastro. La Reina de la Noche es una inmensa viuda negra que trata de retener a Pamina con sus largas patas afiladas como lanzas. Las tres damas van ataviadas como típicas señoras de los años 20, Pamina como una señorita de clase alta  que en ocasiones parece Mina en el Drácula de Stocker y Papagena es una cabaretera con su tocado de plumas y vestido de lentejuelas.

Todos los diálogos no cantados se han mostrado con grandes rótulos con el estilo de las grafías típicas del cine mudo y acompañados por dramatizaciones al piano. Los personajes interactúan constantemente con animaciones PopArt Lichtenstein que aparecen, estallan o fluyen con ellos.

En cuanto a la calidad de los cantantes no tengo ninguna objeción aunque el director, para mi gusto, iba un poco sobrado de “tempo”. En cristiano: que fue algo mas rápido de lo habitual según he escuchado en grabaciones de las buenas, pero quizás también sea otro guiño al cine mudo, donde todo transcurría muy deprisa.

En resumen, es un espectáculo que no da ni un minuto de tregua y mantiene al espectador con la boca abierta de principio a fin.  No me extraña que la califiquen como la mejor puesta en escena para esta obra en lo que va de siglo.

Y solo queda hablar del público…..  Menudo desfile de trajes viejos pidiendo a gritos un ojito de tintorería, abrigos de pieles rancias, cardados, tintes y lacas trasnochadas, maquillajes caducados, terciopelos apolillados, gafas de sol (habiendo anochecido) y pestes a cosas indescriptibles.  Por supuesto no faltó el típico gilipollas que no apagó su teléfono durante la representación ni el que casi muere de un ataque al atragantarse con el puto caramelito de menta para la tos.  Los comentarios en el intermedio, cuando todos los naftalinados se tomaban su copa de vino (a 15€) con el meñique tieso y gesto de estar oliendo sus propios efluvios en el bar del teatro, no tenían desperdicio. Menos mal que iba muy bien acompañado y nos reímos de aquella tropa sin ningún disimulo.


Sobre el autor

DMalignus

No te pases de Lista, que te vas a Diego de León......