Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia o Bifobia

 

Hoy, 17 de mayo, y desde 1990, se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia… Que sí, que al paso que vamos no quedan días en el calendario que no tengan asignado alguna causa, pero por mucho que pensemos que no, el Día Internacional del Pan de Molde no tiene tanta repercusión en nuestras vidas como el que se conmemora hoy.¿Qué ya no es necesario? ¿Qué por qué esa reivindicación si tenemos casi la misma equiparación de derechos? ¿Qué por qué lo queremos llamar matrimonio y todas esas mamandurrias? Pues, porque sigue habiendo una cultura homófoba dentro de nuestro ADN y que somos, a veces, nosotros mismos quienes perpetuamos tales comportamientos y acciones.

Sólo un dato: según el Observatorio Español contra la LGBTfobia las cifras de suicidio han aumentado un 60% en los últimos 45 años. «Los intentos de suicidio entre los jóvenes LGBTI son de tres a cinco veces más numerosos que entre los jóvenes en general. De media casi 50 jóvenes LGBTI se suicidan en España cada año, y otros 950 jóvenes LGBTI lo intentan.>> Ahí es ná.

 

Como un pequeño homenaje-denuncia-confesión, varios miembros de esta congregación de ursulinas que formamos el Atrozconleche.com, hemos contado alguna de nuestras propias experiencias. Ni son todas las que están, ni están todas las que son, pero os podéis hacer una idea:

 

 

<<El día que me hicieron sentir un cero a la izquierda. Ni siquiera tuvieron la decencia de decírmelo a la cara. Descubrí, unos años más tarde de haber terminado de trabajar allí, que había una página en un foro (el extinto trabajo basura) donde se dedicaban a poner a parir a todos los mandos medios, con especial mención a mi persona. Me llamaban “el finocchio” o algo parecido, cuya mejor traducción al español sería maricón. Por los datos que daban logré identificar a un par o tres “compañeros” que se dedicaban a ponerme buena cara y a criticarme por detrás. Me dolió mucho. Pero me quedó el consuelo de que ninguno tenía una queja por mi trabajo. “Ha sido el mejor jefe que he tenido, pero maricón perdido”. Gracias, supongo.>>

Hilde

 

<<No se si es la coraza que creas con los años, el haber asumido con naturalidad mi condición, o simplemente la suerte, pero me cuesta recordar algún episodio donde me hicieran sentir mal por mi homosexualidad. Recuerdo sin embargo una anécdota en el colegio, con 10 u 11 años, en la que el típico chulito de la clase me acorraló en el baño con su secuaz y lacayo, me insultaron y me empujaron. A pesar de la violencia del suceso, no lo recuerdo demasiado traumático, no se si le respondí, pero algo debió pasar porque nunca más me acosó, tal vez era uno de los que se apuntaba muescas en su lista de agredidos y solamente necesitaba nuevos actores a los que demostrar su homofobia, tal vez descubrió que tampoco era tan diferente a mi y disfrutaba cuando le tocaban los hombres, ¡yo juraría que va más por ahí la cosa!>>

C. del Palote

 

<<Recuerdo mucha mala baba en el colegio con los que sentíamos de forma diferente. Yo fui uno de sus objetos de mofa durante la EGB, un muñeco para sus juegos. No sé si fue por mi amaneramiento o más bien por mi forma de saltarme las normas (jugar al fútbol, por ejemplo). Interactuaba poco con mis compañeros, más por desidia que por miedo. Nunca tuve miedo, por cierto. Siempre me enfrenté a la situación sin cortapisas. Fui un peleón de cuidado. Pero sí que me sentía, por dentro, un trapo sucio cuando la palabra maricón sobrevolaba el patio del colegio para clavarse directamente en mi cerebro.

Recuerdo, como si fuera hoy, ya en el instituto, cuando nos quedamos solos en clase por una urgencia del profesor de turno. Se quedó al cargo de la misma el delegado, también de turno. Un tío, con cincuenta años hoy, al que la vida no ha tratado nada bien: ni en lo físico, ni en lo moral. Un chulo, entonces, que hoy lo sigue siendo aunque bastante ridículo en el fondo y en la forma. El caso es que para hacer la gracias, el energúmeno, hizo que tres de mis compañeros y yo nos levantaros de la mesa porque quería «presentarnos en sociedad». Y allí estábamos, esperando la mofa, el más gordo de la clase, el más feo, el más tonto y el maricón. Adjetivos calificativos que el resto de la clase jaleaba con gusto. Recuerdo echarme a llorar en mi pupitre, mirando hacia la pared para que no se me viera. También recuerdo la rabia y las ganas de venganza. Le quería matar fuera de la escuela. No sabía cómo pero lo haría…No lo hice, claro, pero la vida se ha encargado de culminar mi deseo.>>

Mocico Viejo

<<Cuando empezamos con este tema, se me revolvió por dentro antiguos temores y salieron a flote. Sí que ya es uno adulto y sabe como tratar esos sentimientos o al menos cree que puede manejarlos… pero el dolor sigue ahí, como una herida latente.

De primeras me vino a la mente una tarde de sábado cualquiera en Murcia, dando una vuelta con mi primera pareja y dos parejas de amigos heteros más. Veníamos de comprar un helado en la Plaza del Cardenal Belluga y paseábamos hacia la Plaza de Santo Domingo por Trapería. Íbamos nosotros dos delante (dos chavales de 23 años, hablando, sin ir cogidos siquiera de la mano, porque ni habíamos salido del armario ni nos atrevíamos a cualquier contacto físico en público) detrás los novios de mis amigas y las últimas ellas dos. Cualquiera que haya paseado por Trapería sabe que hay varias cafeterías con terrazas, llenas de gente al ser primavera. Pues bien, el mendigo borracho de turno se dedicó a ir detrás de nosotros TODA LA CALLE GRITÁNDONOS MARICONES Y DEMÁS LINDEZAS.. Lo único que se nos ocurrió hacer fue ignorarlo, pero no se iba, es más, nos estuvo siguiendo hasta el final. Me sentí como una mierda, como un infectado, no sólo por el hecho de que ni se nos ocurriera dar la cara sino también que todas aquellas personas decentes y cristianas que nos observaban a menos de medio metro, sentadas en sus mesas con su café, se levantara para apoyarnos o defendernos.

Pero hay más. Rebuscando me acordé de mi último año de colegio, donde, quien para mí era mi mejor amigo, ayudó a correr el rumor (todo para entrar en el grupo de los «molones») de que, en el viaje de estudios, yo le pedí salir a un chico del instituto… Como si yo, con 13 años, tuviera claro lo que era, lo que quería y encima lo hubiera asumido. Ni qué decir tiene que, aunque en el instituto volvimos a coincidir, la relación con él no volvió a ser la misma. Y el resultado de aquel episodio fue tirarme un mes de verano sin salir de casa porque no tenía con quién. Eso sí, me leí toda la biblioteca familiar. Algo es algo.>>

Skyzos

<<No solo una vez he sentido un abismo bajo mis pies en un halo de frío acojonante por el hecho de que alguien me haya lanzado, verbal o mentalmente, aquello de “eso es de mariquitas”. Yo siempre quise bailar. Pero no podía ir a baile en mi barrio porque era de mariquitas. Y además de mariquita, en algunas época también era gorda, con lo cual, era un niño-cuadro. A pesar de hacer alguna cosa que otra en las fiestas de mi barrio o del colegio, pude abocar toda esta ramalera artística hacia el teatro de alguna manera hasta un poco más de la mayoría de edad. Pero yo quería bailar. Y no quería bailar pasodoble, quería bailar como las Spice Girls, como Britney, como Madonna. Horas delante de un VHS en pause copiando coreografías que aún puedo reproducir. Aunque olvídate de hacer eso en público, por mucho que te agrade. Quería bailar como las rubias de Eurovisión y un poquito menos como los Backstreet Boys…y oye, nunca se me terminó de dar mal eso del ritmo. Pero, irremediablemente, nunca faltó mi padre con una mirada de soslayo, alguna tía con un comentario nauseabundo o extraños que te imprimían el maricón de mierda en la frente porque te lo merecías. Por bailar. Eso sin contar algún “más vale un hijo muerto que maricón” que rondaba en algún ambiente. Pero mira, la música siempre me sacó de los momentos más hoscos de mi vida, así que, cumplí años y seguí bailando. Más en petit comité, más con personas elegidas pero no con menos efecto terapéutico para mí.>>

Fon Cole

<<Corría el verano de 2006 y yo tenía 26 tiernas primaveras. Meses atrás había conocido al que yo creía mi verdadero amor, un sueño hecho persona que me proporcionó algunos de los momentos más felices e inolvidables de mi vida. A ambos nos costó sudor y lágrimas vencer todos los obstáculos propios y ajenos para vivir nuestro amor sin culpa y con total libertad y plenitud. Más aún viniendo de situaciones personales nada fáciles, complicadas, como bien entenderán muchos de aquellos gays y lesbianas que estén leyendo esto. Cuando tras un esfuerzo titánico empiezas a salir del armario y conoces a ese alguien especial al que las circunstancias propias de ser homosexual postergan hasta bien entrada la juventud, la felicidad y el regocijo son tan intensos, tan incontrolables, que es imposible ocultarlos al mundo (como, por otra parte, debe serlo para cualquier heterosexual).

El problema está en que la candidez que te inyecta el primer amor gay con el que por fin puedes materializar una cena romántica, un bonito paseo, una noche interminable de bar en bar, el sexo con amor que siempre habías deseado y otras tantas simples fantasías, puede chocar de frente contra un mundo que, incluso a día de hoy, está concebido para los heterosexuales. Cuando una noche al poco de empezar a salir juntos, después de tomarnos una cerveza y fumarnos un cigarro, decidimos dar un paseo por las calles de Malasaña sin poder ni querer ocultar el amor que nos profesábamos, sintiéndonos seguros, algo arropados por el mundo y pletóricos por conocer finalmente lo que era la dicha, un automóvil se detuvo a nuestro lado, bajó la ventanilla y detrás de ella se manifestó un grupo de unos cuatro chicos que empezaron a insultarnos y a ordenarnos vejaciones del tipo “vamos, comednos la polla”. A pesar de agachar la cabeza y tratar de ignorarlos como pudimos, no dejaron de increparnos hasta que doblamos por una calle peatonal. La tristeza que nos invadió después vino por el hecho de que sentimos que nos habíamos confiado demasiado, que habíamos pensado que el mundo era más amable de lo que en realidad era y que entendería que dos personas del mismo sexo se amasen con total intensidad, porque el amor no entiende de edades, razas o sexos. Nos sentimos hundidos por habérsenos evidenciado de forma tan clara y dolorosa que lo nuestro siempre tendría que ser manifestado con mucho cuidado y sin aspavientos, mientras que, por otro lado, deberíamos respetar, como siempre lo habíamos hecho, las muestras de amor entre dos personas de distinto sexo.

Ahí nace la gran injusticia, la primera de todas: ellos pueden pasear su amor por doquier sin miedo a ser reprendidos o agredidos. Nosotros no. Ese aprendizaje nos coartó un buen tiempo, y nos hizo darnos cuenta de lo que es y será el mundo mientras conformemos una minoría acobardada que no ejerce sus derechos le pese a quien le pese, le enfurezca a quien le enfurezca. Esa noche entendí que hasta que yo no pueda pasear con mi pareja por cualquier rincón del mundo, bajo cualquier circunstancia, y manifestarle públicamente mi amor y cariño como hacen millones de heterosexuales en todo el planeta (desde en la cola del autobús hasta en cualquier playa o restaurante), sin soportar miradas incómodas o sentir cierto peligro a ser reprendido o, a lo peor, agredido físicamente, estaré en pie de guerra y reivindicando mis derechos como persona y ciudadano con toda la virulencia de la que soy capaz. Derechos incuestionables con los que, por otra parte e injustamente para nosotros, nacen los heterosexuales.>>

FakePlasticBoy

 

 

 

<<La verdad es que siempre he sido muy echado p’alante con estas cosas y quizás mis hechuras me han servido de mucha ayuda para impedir cierra clase de agresiones: casi nadie se mete con los grandullones. Tampoco es que sea un Dwayne Johnson, pero siempre estuve algo por encima de la media. Han habido muchas veces en que me han hecho sentir mal por ser como soy aunque jamás dejé que se notara. Quizás la peor fue en plena adolescencia, cuando tanto se necesita ser aceptado e incluso popular.

Yo pasaba parte del verano en un pueblo de la sierra de Madrid y me movía con un grupo de gente más o menos «pija» éramos más de 20. Ya sabéis: una estampida de hormonas de todos los colores.  Nos emborrachábamos casi a diario y, en esas, siempre surgían momentos de exaltación de la amistad y se decían cosas a corazón abierto. Uno que se estaba colgado por esta, otro por aquella otra. Yo siempre callado, taciturno incluso, pendiente del que diese alguna pista de mariconismo, no por enrollarme con el -ya tenía mis asuntos cubiertos fuera de ese grupo- sino por encontrar alguien más afín en aquella tropa.  Hubo uno que si: dio muchas señales de ello y luego, al retirarnos, traté de quedarme a solas con el. Así hice: le acompañé hacia su casa y le fui tirando más de la lengua. En efecto, había tema. Como vi que se abría, hice lo propio y le conté de mi. No ahondamos mucho más, el se metió en su casa y yo me fui a la mía bastante contento por haber encontrado alguien con quien hablar abiertamente.

Al día siguiente este chaval no apareció. No le di importancia. Al otro yo tuve que hacer unas cosas con mi familia y el que no apareció en el grupo fuy yo. Al tercer día fui al punto de reunión habitual (la piscina y su bar-terraza) Se hizo un silencio terrible al llegar y todos se volvieron a mirarme como si fuese La Peste… Lo supe de inmediato: el presunto amigo se había ido de la lengua. No les di tiempo a decir ni pío: miré fijo al traidor sin bajar la cabeza, el apartó la mirada, me di la vuelta y me marché muy digno.

A los 10 metros de la puerta de la piscina no pude contener más el llanto, claro, no por que se descubriera lo mío, sino por el sentimiento de traición por parte de un «igual» y por el desprecio recibido. Esas caras no las he olvidado.

Han pasado casi 40 años de aquello y conservo una gran amistad con tres de aquel grupo: los que vinieron a verme esa misma tarde y «me defendieron» dentro de aquel grupo al que jamás regresé. Del traidor nunca más quise saber.>>

DMalignus

<<No sería un momento; sería una actitud. La de no tener que expresar la condición sexual en determinados momentos; porque no hace falta o porque a nadie le importe. O el no tener que dar ninguna explicación acerca de con quien te acuestes, porque eso no debería afectar al normal funcionamiento de una sociedad plural, dinámica y consciente de sus progresos éticos y humanos. Eso debería entenderlo cualquier partido político y, por extensión, los ciudadanos que deberían respetar las ideas de gente a la que le atrae una persona de su mismo sexo. A partir de ahí, podremos crecer; como una sociedad plural y abierta a la no confrontación de ideas y, desgraciadamente, de sentimientos. Que de eso se trata. De no sentir vergüenza por andar, en la misma calle, con familias «tradicionales», que no se sientan ofendidas porque a su lado caminen dos personas del mismo sexo cogidas de la mano. No hace hablar el mismo idioma para entenderlo. Desgraciadamente, en muchos de nuestros países, no nos entienden. Se puede vivir en otra acera, dentro de un armario o vestido con plumas; te guste o no, existe. Es. Y es así. Igual que hay letras con tilde y gente sin acento. Hasta ahora, la vergüenza va reñida con ese concepto; lo que debería ser normal para un colectivo, para otros sigue siendo medio aberrante. En la otra mitad, seguimos viviendo. En el 50 por ciento que lucha por hacerse entender sin tener que pasar vergüenza. Lo hablamos, nada menos, que en el año 2019. Veremos a ver con qué armas luchan las siguientes generaciones. Se ha hecho mucho. En esas estamos.>>

Ángel del Olmo

<<Yo trabaja para una administración municipal y tenía una jefa muy currante, pero también muy facha y muy controladora. Para desfogarme de un trabajo que me absorbía, tenía un blog (con pseudónimo) donde mariconeaba a discreción hablando de pollas, chulos y demas cosas metáfísicas

 
Un día mi jefa me llamó a su despacho y por la cara de ogra psicópata ya supe que algo no andaba bien. Hizo que me sentara y sin más preámbulo, le dio la vuelta a la pantalla del ordenador y enseñándome la cabecera del blog, me preguntó: ¿Esto es tuyo? Y yo sin miedo le dije que sí. Buuueno como se puso.
 
Me gritó, parecía poseída mientras exclamaba: «Pero esto no se puede consentir, esto es una vergüenza, pero cómo te atreves a escribir eso trabajando para la administración, qué va a pensar la gente cuando se entere ( y cosas así)…» Yo que estaba más tranquilo que un saco de kilo, le dije: «Uso pseudónimo, lo hago en mi vida privada y no creo que le importe a nadie. Además estoy muy orgulloso del blog y he conocido a mucha gente…» Ella me cortó y me dijo: «A mí eso me importa una mierda. Si quieres seguir trabajando aquí tienes que cerrarlo»
 
Yo le contesté: «Si lo que estás diciendo es que en mi vida privada también vas a mandar tú, te equivocas. No lo voy a cerrar, no te permito que me digas como tengo que vivir y si ese es el precio a pagar por trabajar, prefiero irme al paro» Dicho y hecho: al mes estaba en el paro.>>
 
MM
 

 

 

De la misma forma, abrimos la participación, en las Stories de nuestro Instagram, a aquellos lectores que quisieran aportar sus vivencias, de forma anónima incluso si lo consideraban, con una respuesta abrumadora en la participación (más siendo IG una red eminentemente visual):

 

<<¡Hola chicos! Pues tendría muchas experiencias que contaros desde el bullying sufrido hasta momentos de salir corriendo. Pero una de las que llevé quizas mejor y no por ello dolió menos, sucedió en un trabajo que tenía hace unos cuantos años. Una vez decidieron hacer «tarde de chicos» y no asistir a trabajar, el director con su equipo. Mi sorpresa fue cuando llegué y estaba yo con todas las chicas del departamento. La directora llamó al director, obviamente, para decirle que lo que estaba haciendo no era lo correcto y menos en el trabajo; y mientras lo hacía, miraba hacia mí expresando que ni era profesional ni lógico dejar a uno de los chicos de la oficina al margen.

Cuento esto como lo más light porque correr delante de tres gitanos con mariposas en la mano al grito de «¡A por el maricón!» es otra historia..>>

Alexbagues

<<Uy, seguro que el 100% de las lesbianas lo hemos vivido en las discotecas: El típico tío al que le dices que no porque no te gustan los tíos e insiste e insiste… Te intentan besar, te agarran y te terminan soltando el «eso es porque nunca te han follado bien» o el «eso es porque no has probado una buena polla»…>>

Anónimo

<<Aquella vez en una boda de una amiga en la que una tía de la susodicha se me acercó, con una sonrisa enorme, para decirme que ella conocía a «un chico como yo» de unos trabajos que hizo en México y que él «no quiso cambiar» y que es una pena que un chico tan «guapo» se echase a perder, que aún era pronto para «cambiar». Y mi amiga tuvo que venir a ayudarme y quitármela de encima.>>

Gonzanoz

 
<<…y podría elegir entre las innumerables veces que fui identificado en el cole como el marica de clase que, junto al sobrepeso, hizo de mí el blanco fácil. Las veces que se cuestionó en el instituto mi valía por no tener novia, la situación con mi familia que 18 años después siguen jugando a que no pasa nada ( no querer conocer a mi pareja de casi diez años me parece suficiente indicador de que ocurre algo) Seguir escuchando chistes de maricones, miradas de desprecio en el metro ante las expresiones afectivas entre mi ex y yo… O escuchar como se refieren a tu pareja como tu amigo, compañero o similar…
 

O la mejor de todas, que fue comprobar cómo en un parque natural, desde una torre de avistamiento de pájaros, un grupo de macarras autóctonos del lugar decidió que era una buena idea mearnos por estar besándonos dos maricones en su pueblo. Y tener que salir pitando presas de un miedo irracional…>>

Anónimo

 
 
 

<<Estaba viviendo en Berlín con mi marido y nos encontrábamos sentados en el andén del metro. Ni siquiera estábamos dándonos ningún beso ni cogidos de la mano ni nada similar. Quizá nos hicimos alguna caricia en algún momento dado, no recuerdo. El caso es que, cuando llegó nuestro metro, nos metimos en el vagón, nos sentamos… y de pronto mete medio cuerpo por la puerta un joven para gritarnos «Faggots!»; o sea, «¡Maricones!». Ni siquiera era de ese tren, metió medio cuerpo expresamente para eso. Después salió antes de que el tren arrancara y se nos quedó mirando desde el andén, con una mirada de odio profundo que ponía la carne de gallina. Durante medio día, no se me quitó de la cabeza.>>

Caoticojq

 

<<Trabajaba en un cole religioso como maestro, donde nadie sabía de mi orientación sexual excepto una compañera. El caso es que hubo una baja por embarazo de riesgo y entró como interina una chica que fue compañera mía de la universidad, por lo que sí estaba al corriente de mi orientación sexual… Sabía lo que esa chica era capaz de hacer por trepar y conseguir lo que quería, ya habíamos tenido alguna experiencia en la carrera. Ese mismo curso, al cierre, la directora me llamó a su despacho para comentarme que se iba del colegio, ya que, al ser monja, cada cierto tiempo las destinaban a sitios diferentes. Me dice que le habían pedido que «dejara el colegio como le habían pedido que lo hiciera», por lo que me despidió por bajo rendimiento, supuestamente. A los dos días, otra compañera me confiesa que vio a esta nueva chica hablando con la jefa de estudios en privado y que salió mi nombre a colación. Casualidad que al siguiente curso la jefa de estudios fuese la nueva directora...Nunca sabré a ciencia cierta si me despidieron por gay o no. Lo creo así ya que la antigua directora me dijo que si por ella fuera, yo habría continuado como profesor ya que le daba igual lo que hiciera fuera del centro, pero que confiaba en mí como docente.>>

Anónimo

 
 
 
 
 
<<Bueno. Crecí en una familia bastante costumbrista, como muchos, supongo. Gente muy curranta y con poco conocimiento de como estaba o era el mundo. A los 18 años decidí decirles que era homosexual, primero a mi madre, la cual se tiraba de los pelos y después a mi padre el cual se dedicó a darme de hostias hasta que se me olvidara el tema parece ser.. Al día siguiente apareció en casa un medico primo de mi padre, el cual había hablado con unos amigos suyos y consiguió que me vieran ese día en Alicante en un centro de enfermos mentales… Yo estaba anulado y cagado de ver que quienes están para protegerte son los que estaban para destrozarte. El psiquiatra me preguntó:
 
_¿A qué has venido?
_…a que me den la pastilla de machotes para dejar de ser un enfermo por ser gay…
 
No se de dónde saqué las fuerzas para decirlo porque estaba hecho mierda. Su respuesta «fue huye de esta gentuza, porque ellos son los que necesitan de un psiquiatra.»
 

Dejé mis estudios y me puse a trabajar. Los retomé y actualmente soy trabajador social. Trabajé con personas con enfermedad mental y actualmente con menores, productos de esos padres heteronormativos tan perfectos. Actualmente y despues de diez años de separación la relación familiar mejoró, pero nunca será perfecta.>>

Polonium82


Sobre el autor

Atroz Con Leche

Podríamos empezar diciendo “Bienvenidos a este blog” pero mentiríamos cual bellacos. También podríamos comenzar con las palabras “Esta es una nuevo modelo de red social” pero ni de coña y tampoco hay ganas. Esto es… Atroz…No hay palabra que mejor lo defina. Bueno sí que hay otras, pero si las escribimos no podrían leerlo niños y además ustedes se van a asustar.