La maldición de Hill House: ¿Quién dijo miedo?

Erase una vez una familia que no tiene otra cosa que hacer en verano que meterse en una mansión (ya no digo favela en primera fila de playa, no), con más habitaciones que un vídeo de Michel Gondry, y rememorar el oscuro pasado familiar, para martirizarse lo justo; que con el presente de los cinco hermanos ya tendríamos para varias y largas temporadas. Y así, se pasa del gótico al terror psicológico, en un alarde de montaje, juegos de cámara virtuosos y flashbacks para engalanar el deslumbrante resultado.

Su responsable, Mike Flanagan, firmante de “Oculus: el espejo del mal” y teniendo en mente nada menos que la secuela de “El resplandor“, “Doctor sueño“, hace las delicias de los más que acérrimos seguidores de un Stephen King, que ya aburre a las moscas.

Y así, a los niños que habitan la casa, que por cierto gastan poco en luz, se les aparecen los inquilinos enfadados. A una de las niñas se le queda colgada del techo una señora que tragándose un toblerone, se le ha atravesado en el cuello, quedándosele de lado y con el pelo grasiento, que así siempre da más miedo y, de paso, más asco. Y que alguien llame a Tim Burton, porque se le ha escapado un señor alto de “Big Fish“. Pues lo tenemos aquí, sólo que ahora camina a unos centímetros del suelo con un bastón, porque otro fantasma, vestido de cabaretera, dejó todo perdido de sangre. Otro señor, con eso del cambio de hora en otoño, está varios episodios ajustado el reloj de pared de la casa, Y cuando pasa delante de él algún personaje, le dicen que haga como si trabaja.

Pues una de las hermanas muere en extrañas circunstancias, lo que da para que en uno de los episodios, el realizador (en un alarde sin igual de travelling circular), endiose más el carácter de lo que se llama “de culto“, y se pase la hora del episodio dando vueltas alrededor de los personajes. Mientras tanto, la madre de estos atormentados niños, ya mayores, aparece y desaparece, de pie, mirando a los hijos, que están como cencerros. Y entonces, no sabemos si aparece porque está aburrida de la muerte, o porque la tormenta de fuera le da más miedo que el pelo desaliñado, (y más grasiento que el fantasma de la mujer), del marido. Aquí el que se peina tiene premio. Igual hasta le sonríe la hermana que maquilla a los muertos.

Otra de las hermanas tiene la virtud de que cuando toca algo ve el pasado. Craso error, porque con lo que tiene alrededor, (ninguna fiesta), lo único que hace cuando su mano roza lo que quiere Netflix, pega un grito apabullante y te asusta más que ver una vaca en la cámara de Julio Médem.

“La maldición de Hill house”, que es una serie que da para muchas preguntas sin contestar, se convierte más en un drama familiar que en una serie de terror al uso. Ofrece tensión, a pesar de que sus diez episodios podrían haberse acortado a un par menos. Le sobra diálogo redundante, compensado por su magistral ambientación y el trabajo sobresaliente de montaje. Abusa de los sustos de siempre pero tiene a su favor el factor suspense. Está bien construida y su desarrollo es notable, aderezado por su una narración no lineal. Y el final, de consolación, te da más para llorar que para gritar de miedo. Han querido meter en un saco muchas cosas y el producto ha quedado con un poco de moho y mucho golpe de efecto, pero resultón, que era de lo que se trataba.


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.