El sexo sentido

 

El sexo pierde sentido si lo practicas mucho con gente que no te importa y pierde interés cuando, después de un tiempo, lo practicas siempre con la misma persona. Eso es así.

El sexo nos domina y nos posee por dentro de tal manera que ríete tú de Regan, la niña de El exorcista. ¿Cuántas veces el deseo se ha convertido en el guionista de nuestras vidas, haciendo que aparezcan un montón de actores secundarios sin pena ni gloria por los capítulos de nuestros días? Espera, que cojo el ábaco…

Está, por ejemplo, el estudiante de bellas artes, que gime como si le estuvieras metiendo un palillo de algodón por la oreja, o el uruguayo que tiene un programa de radio sobre ovnis y sabe usar el péndulo (pero no precisamente el que tiene entre las piernas), o también está el chico de la foto modosita con el que habías dejado de hablar porque creías que buscaba novio a toda costa y resulta que lo que le mola es el rollo sumiso y mirarse en el espejo mientras se toca los pectorales. Y, siempre, en todas las ocasiones, está el deseo en forma de pelusa debajo de la cama que, por más que barra o friegue, nunca desaparece, sino todo lo contrario: se me enreda en los cordones de los zapatos y va conmigo allá donde vaya. Y yo me pregunto: ¿cuándo caminaré libre de deseo y descalzo?

El morbo convierte a las personas en meros satélites sexuales. Pululan alrededor de ti mientras vuelan y husmean con el hocico y el pene palpitante para ver qué pueden obtener.  Ahora, con las nuevas tecnologías, todo es facilísimo. Un mensaje (que, en la realidad de antaño, equivaldría a una piedrecita en el cristal de tu ventana) es tan rápido como efectivo. Ahora el morbo tiene forma de lucecita verde de notificación en la pantalla de tu móvil. Antes era otra cosa; algo elaborado; el arte de la seducción creo que lo llamaban, cuando existía el juego de miradas y no emoticonos de berenjenas o melocotones.

El morbo se escribe con letra pegajosa porque te atrapa cual trampa para moscas o, quizá, como un caramelo Sugus, que siempre acaba pegándosete entre las muelas. El morbo y el deseo son esos vecinos del cuarto y del quinto que, de vez en cuando, llaman a tu puerta para pedir un poco de sal.

Y tú…, ¿abres la puerta o miras por la mirilla con la mano puesta en el pomo sin saber qué hacer?


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.