Cuando el amor no tenía nombre: Paolo y Luca

Una serie de relatos que nacen inspirados en fotos vintage con un toque homoerótico. Imagino las vidas de hombres sin nombre para hablar del amor homosexual cuando no podía ser nombrado.

Puedes leer el primer relato, aquí. Alan y Tim

Puedes leer el segundo relato, aquí .Jaime y Marcos

 

                                 PAOLO Y LUCA

Querida Beatrice, queridísima:

¿Cómo estás? Tengo tantas ganas de saber de ti que me duele. Soy yo, tu hermano, Paolo. He puesto otro nombre en el sobre para que nadie puede sospechar, para que esta carta llegue a tus manos sin que nadie la extravíe de su digna destinataria que no es otra más que tú. Por favor sigue leyendo. No tires esta carta, no la rompas. Sigue leyendo y será lo último que te pida si no nos volvemos a ver. Dame la oportunidad de explicarte, porque sé que aunque lo hayas olvidado, en algún rincón de tu corazón, todavía guardas el amor de hermana pequeña que tan importante es para mí. Y si me lees, recobrarás la memoria y ese amor escondido volverá a manar como el agua de una fuente que se agotó llegado el verano. Porque me comprenderás, porque sabrás todo y entenderás las razones de que te abandonara sin más palabras. Aunque lo intenté con todos los medios posibles, ni la despedida ni las razones que te explicaran estuvieron en mi mano concedértelas, porque de ello dependía mi vida. De otra forma no te hubiera dejado nunca. Sé que lo estás pensando, sé que te vienen a la cabeza mis palabras cuando salimos en Génova, de casa de la mamma por última vez . Allí te prometí que nunca nos separaríamos y no haberlo sabido cumplir me ha llenado de tormento todos los días que no ha sido así. Me pudo el miedo y también el protegerte, pensé que era mejor que no supieras nada y mantenerte al margen. Por tu seguridad. Tal vez así, pensé, no sufrirías lo que yo sufrí. Pedía al cielo que sirviera de algo y ojalá así haya sido.

Ahora vivo en America, en Nueva York. Es posible que alguien ya te haya contado, pero quiero dejar en último lugar el cómo llegué hasta aquí. Antes debes saber, debes conocer mis razones para que así consiga tu perdón y recuperarte como hermana. Intuir que en la distancia me desprecias no me permite dormir por las noches y me llena de llanto y de dolor, impide que tenga la vida completa que quisiera y a la que sólo le faltas tú, porque eres mi hermana pequeña, mi hermanita a la que he querido más que nadie y aunque no te viera más, siempre será de tal modo.

Últimamente recuerdo mucho lo felices que fuimos en Génova. Lo poco que echábamos de menos a un padre que había muerto cuando los dos éramos tan pequeños que ni recordábamos su cara o qué clase de padre era. Nostra mamma tenía el suficiente amor para que ni sintiéramos lo pobres que éramos. Ahora ya lo sé. Ahora recuerdo la cama donde dormíamos los tres, el colchón de paja que olía a humedad y miseria, las goteras cada vez que llovía y sé que son cosas que pasan cuando no se tiene dinero. Qué poco supimos valorar que aquello podría acabarse como así fue. Pero éramos tan niños…¿Cómo hubiéramos podido saber que nostra mamma también iba a dejarnos solos? ¿Cómo imaginar que moriría de pulmonía después de pedir limosna durante veinte horas bajo la lluvia? No teníamos apenas para comer con ella viva, pero qué poco nos importó y cuanto la lloramos, qué solos nos sentíamos en el mundo sin saber que sería de nuestras vidas. Nos teníamos a nosotros dos pero eso no es suficiente cuando se es niño. Y hasta eso podía acabar si nos mandaban al hospicio de Santa Mónica. Cuando supimos que lo zio Alfredo se haría cargo de nosotros, me cambió el ánimo. Tú no querías, fui yo quién te convencí para ir a vivir a su casa de la parroquia. Nunca lo habíamos visto; mientras la mamma estuvo viva ella no quiso tener trato, tampoco nunca supimos por qué. Sin embargo, cuando acabes esta carta lo sabrás y coincidirás conmigo en que ella no lo habría consentido.

 Para mí los primeros meses  en la casa de la parroquia de Campomorone son confusos, llenos de una densa bruma y claroscuros. Supongo que por mi juventud y por el impacto de la muerte de nostra mamma, que me hacía llorar todas las noches mientras mordía la almohada para que nadie me oyera. Sin embargo, la primera vez que entró al salón lo zio Alfredo sí la tengo memorizada hasta en los detalles más pequeños y la siento como una fotografía que está viva ¿Lo recuerdas tú ahora? Cuando te lo preguntaba allí siempre me dijiste que no, que eras muy pequeña y no recordabas nada, así que deja que te ayude con la memoria y por eso he de retrotraerme a los primeros momentos en Campomorone, para rellenar de recuerdos los huecos que a ti te faltan

 No le importó hacernos esperar horas en su casa pese a que veníamos temerosos y con nervios, tras un largo viaje por caminos tortuosos en el que no me soltaste de la mano en ningún momento. Lo rememoro entrando al contraluz, con  la silueta de la sotana recortándose en la puerta. El aire se movía en remolinos a su paso y la sotana almidonada tenía el negro más intenso que recuerdo en una prenda, con su característico ruido de ris ras al caminar. Una presencia imponente  de muchos kilos y que infundía más que respeto, terror. Susanna lo sabía describir muy bien y decía “Es más grande que gordo”. Recuerdo los pelos negros como betún en sus dedos y el anillo, con una piedra roja en el meñique que emitía destellos granates mientras me daba palmaditas en la mejilla, haciéndome daño con el anillo. Tengo las palabras exactas en la memoria; me dijo: “Así que tú eres Paolo. Te estas convirtiendo en todo un hombre”. Me Impresionaba ver que su sonrisa tenía todos los dientes, no como la pobre mamma, que le faltaban tres. También se me clavó su olor en la nariz y ya el resto del tiempo que vivimos con él no pude quitarme ese olor de las fosas nasales. Ni aunque hubiera querido, porque toda la casa, la parroquia, hasta diría que Campomorone olía a él. Mezcla de jabón, sitio cerrado, humedad, incienso, sudor, talco y alcanfor. Y la sonrisa que le apretaba la cara, como si le costara a los músculos realizar lo que más bien parecía una mueca. En sus pupilas oscuras me vi reflejado y me dio miedo mi propio reflejo, tan pequeño delante de una enormidad que la sotana acentuaba. 

 La penumbra en la memoria de esos meses sólo se ilumina recordando que él mismo decidió darnos clases hasta que comenzara el curso en septiembre, ya que habíamos abandonado el colegio en Génova a mitad de curso. Lo hacía todas las mañanas porque por la tarde se ocupaba de la iglesia, de los parroquianos y de la misa de las siete de la tarde. Pero no era gratis. Bien que nos repetía una y mil veces el haber abandonado sus deberes matutinos por nosotros. Y el habernos acogido. Y también cuando llegaba la comida, delante de un cuenco de sopa caliente mientras su plato rebosaba de la deliciosa carne que le había dado el sabor a la sopa. No había una oportunidad que perdiera en recordarlo. La luz de los recuerdos de esos días me viene en forma de fogonazos a cada cachete que me daba si cometía una falta de ortografía, si no declinaba bien el latín o si los números de una cuenta se me trastabillaban. Había jornadas en que salía de la biblioteca con la cabeza ardiendo y la cara morada de tantos cachetes. Horas y horas delante de los libros que me hacían levantarme temblando por la mañana, sabiendo lo que me esperaba. A ti nunca te tocó. Hubo un día en que hizo el amago de levantar la mano y lo detuve, con todas mis pocas fuerzas de chaval, pocas ante la rotundidad de su brazo. No creo que lo detuviera yo, fue él quién se detuvo ante mi osadía y mi cara de rabia apretando los dientes. Cuando lo agarré de la muñeca, no se enfadó. Los ojos se le inyectaron de líquido y extrañamente, sonrió con su mueca torcida en la que enseñaba todos los dientes y se mantuvo así durante segundos, mirándome, como si tú no estuvieras en la misma mesa. Sonreía y era como si le gustara ver que me rebelaba y me resistía. Nunca más lo intentó contigo. Decidió centrarse en mí.

De las mañanas en las que el reloj del recibidor frenaba el pasar de las horas, aprendí. Aprendí con la velocidad que luego no me ha abandonado en la vida cuando tengo algo que aprender. Me hizo más listo, más atento y despierto, más rápido y mucho menos inocente. Me sirvió para cuando empezara el colegio ir siempre por delante del resto de la clase y ser el más duro porque nada me afectaba, ni cuando se reían de mí ni cuando en los callejones del pueblo me preparaban emboscadas y me molían a patadas. Me sirvió para aprender el inglés cuando llegué aquí, con una rapidez que a todos asombró y me sirve ahora que trabajo llevando los papeles en la oficina del consulado italiano de Nueva York. Gracias a eso he podido saber de ti, preguntar a gente que venía de Génova o de pueblos cercanos a Campomorone para constatar que sigues en la casa de la parroquia, sin novio o pretendiente que se te conozca. Ya sabes, en todos los pueblos se sabe del párroco y es un personaje conocido, mucho más lo zio Afredo, tan aficionado a rifas, cenas y festejos benéficos.

Por las tardes me obligaba a acompañarle a la misa como monaguillo. Cuando le acercaba el cáliz, las manos me temblaban y en más de una ocasión, al acabar, en la sacristía, recibía un nuevo cachete por no haber atendido bien. No decía nada, se acercaba a mí y ¡Chas! El anillo dejaba una roja estela en su trayectoria y aunque en más de una ocasión me dejó la marca en el rostro, a nadie parecía preocuparle, ni siquiera a Susanna, tan atenta en ocasiones con nosotros y que al mirarme la cara señalada, prefería callar. Aún así, guardo un grato recuerdo de Susanna y la entiendo, porque tras años trabajando, sirviendo y cuidando a lo zio Alfredo,  había aprendido a convivir con la rudeza doméstica tan característica suya. Cálido y amistoso con los parroquianos, estricto y seco una vez que entraba en su domicilio. Su frialdad dejaba un rastro de escarcha por toda la casa y sabes que no lo escribo como una metáfora. Recuerda cuando le pedimos una manta más porque en las habitaciones de arriba, donde dormíamos los dos, el frío de madrugada se hacía insoportable . Nos dijo algo similar a que “Eso era un despilfarro y que no habíamos venido a su casa a gastar y darnos a la gran vida”.Hay un detalle que es posible no recuerdes pero es importante para entender lo que te cuento ¿Te acuerdas del armario grande de su dormitorio, el de madera oscura y espejos dentro que a los dos nos daba pavor? Pues una vez ayudé a Susanna a doblar la ropa y por casualidad se abrió la otra puerta. No sabes cómo me abatí al contar más de diez mantas apiladas que nadie usaba, porque las mantas significaban que no había piedad ni misericordia para nosotros en esa casa, mucho menos podríamos aspirar a recibir cariño verdadero. Si no me crees y necesitas una prueba, tú misma podrás comprobarlo yendo a su habitación.

Te observaba y parecías feliz, tranquila en tus juegos con las muñecas. Era mi único descanso.Yo, en cambio, echaba de menos el calor de los mimos que nos daba nostra mamma y lo compensaba con las lágrimas templadas de los llantos nocturnos, a solas y en la oscuridad. Los cachetes cesaron, pero la sensación de estar en una casa siempre ajena me hacía sentir permanentemente incómodo. También la biblioteca, cuando nadie me veía y me escapaba, me ayudó a superar esos días. Cogía un libro y corría a mi habitación a esconderlo bajo el colchón de la cama. Dormirse de madrugada leyendo merecía la pena si hacía que me olvidara de lo zio Alfredo . Gracias a la lectura, dejé de llorar por las noches. Conocí a Dante, y a los poetas, leí a los filósofos, a Verne y a Moliere. Supe de los griegos y sus costumbres, conocí a Oscar Wilde, del que su vida y su final me llenaron de incertidumbre, miedo y dudas de quién era yo. Porque leí libros que si lo zio Alfredo hubiera sabido que leía, apuesto a que me hubiera matado a palos. Nunca tuvo noticia, pero deberías rezar por mí, hermanita, porque es posible que aquellas noches estuviese comprando el billete que me llevará al infierno, en el que me temo acabaré si nadie lo remedia.

No sé calcular cuantos años pasaron viviendo de tal modo ¿Dos? ¿Tal vez tres? Sí sé que todo cambió el día que cumplí diecisiete años. No creas que él recordaba la fecha; fue Susanna en la cocina quién se lo dijo mientras desde la alacena sacaba el bizcocho que me había preparado. Yo, en el comedor, los escuché. La sorpresa fue verlo aparecer con el bizcocho en las manos y su mirada hacia mí había cambiado por completo. Más complaciente, puede que con una pizca de simpatía, pequeñísima, pero antes ni eso. A partir de ese día, comenzó a mirarme más y, en un cambio imperceptible para los demás, de otro modo. Yo ya había dejado la escuela, ayudaba en casa y en la iglesia haciendo chapuzas. De hecho, en casa se acostumbró a que le llevará los papeles y libros de la parroquia para mantenerme ocupado. En esas ocupaciones, no dejaba de mirarme hiciera lo que hiciera y a veces, al descubrirlo, cuando nuestros ojos se cruzaron, creí ver un cierto rubor. Tú a esas alturas ya habías hecho buenas migas con las hijas de las vecinas y yo pasaba más tiempo a solas con él, mientras me escrutaba, me diseccionaba y casi sentía que me estaba robando algo. Había algo sucio en sus pupilas, algo que gritaba pecado al viento que bajaba  de las montañas pero que sólo parecía ver yo. De sus miradas me acordaba mientras lo ayudaba en la misa, no podía quitarme de la cabeza sus ojos cuando daba la comunión y sentía asco de que los feligreses fueran mirados con los mismos ojos enfermizos que me miraban a mí, mientras realizaban un sagrado sacramento de la santa madre iglesia.

Al poco dejé de leer por las noches. Empecé a escuchar sus pasos crujiendo en la madera del pasillo, de madrugada. Lentos y pesados, con cuidado de no despertar a nadie de la casa, sólo podían ser de él. Durante minutos y minutos se detenían en la puerta de mi cuarto para continuar más tarde su camino. Se convirtió en habitual, así que desistí de encender la lámpara para leer. Por consiguiente, también dejé de llevarme libros a mi cuarto aunque no supuso dormir más, desvelado al  saber que vendría rondando de madrugada, porque no faltó a su cita ni una sola noche. En una ocasión, escuché el ruido del picaporte abriéndose y cerré los ojos, con la convicción de que me creería dormido y se iría, pero se acercó. Su olor llenaba la habitación y no me dejaba respirar cuando estuvo frente a mí. Sentía su respiración dándome en la cara y hermanita, no sé como aguanté sin gritar, sin que los temblores se me notaran, confiando en que aburrido, se iría más pronto que tarde. Pero me equivocaba y noté como metió su mano bajo las sábanas y me tocó. Fue sucio y asqueroso, fue terrible y por dentro me sentía morir, pero…¿Qué habría podido hacer? Sólo supe fingir y quedarme quieto, como los muertos en su tumba, cuando me manoseaba. Notaba el anillo frío rozándome la piel ahí abajo y sus jadeos se aceleraban cada vez más, hasta que hubo un momento en que un terremoto me hizo incorporarme como quién resucita y vuelve a la vida, en un instante que parecía un espasmo. Noté las sábanas mojadas y con los ojos ya abiertos, lo tuve frente a mí. No tenía ninguna expresión concreta que sea capaz de identificar o describirte, pero sus palabras se me quedaron grabadas. Me dijo cosas como “Quieres mucho a tu hermana. Lo he visto. Y seguro que quieres lo mejor para ella, que tenga la mejor educación y no acabar en un hospicio. O quién sabe, que acabara en las manos de un depravado…Eso…Eso sería terrible” . Como si no hubiera ocurrido nada, se limpió la mano en las sábanas, se puso de pie y al cerrar la puerta, tuvo mucho cuidado de no hacer ruido. No pude dormir el resto de la noche con el corazón palpitando a golpes de martillo en mi interior, tiritando. 

No obstante el infierno sólo había enseñado una de sus llamas más pequeñas. Al día siguiente, el cansancio me hacía arrastrar los pies e inocente de mí, pensé que lo peor había pasado. Porque a partir de esa noche, todas las noches fueron igual. Yo hacía como que dormía, sabiendo que él sabía que era un fingimiento, pero no quería verlo, no podía soportar su cara enfrente de la mía mientras su aliento de vino me calentaba las mejillas. Me hizo cosas terribles, cosas que una mujer decente como ya eres tú no debería conocer en la vida. Mientras que los años previos se mezclan en la neblina del pasado, recuerdo una y cada una de esas noches infernales, los detalles más nimios, si fue más lento o más rápido, si metía una mano o las dos, si escuchaba en algún momento que se quitaba la ropa. Ninguna se repetía. Sólo tenían en común el final y las ganas de querer morirme cuando él se iba. Me quede seco, era incapaz ni siquiera de desahogarme con el llanto. A veces duele más no llorar…Pero todo era poco si te mantenía a salvo. Me revolvía el estómago pensar que esas  manos eran las mismas con las que daba la extrema unción a los moribundos, bautizaba a los niños, repartía bendiciones o daba el cuerpo de Cristo, por lo que una noche, cuando quise rezar, descubrí que no me salían las palabras, que de pronto era inútil e innecesario. Había dejado de creer, así, de súbito, porque si Dios permitía que me ocurriera aquello, es que ni era justo, ni era bueno, ni era Dios.

 Sé que me crees, que en el fondo de tu corazón sabes que yo jamás me inventaría tales abominaciones y no tendré que jurar por nostra mamma. Lo sabes, sé que lo sabes. También podría haber escapado pero no quería por nada del mundo dejarte a solas con él, al menos en ese momento me veía fuerte para aguantar ¿Verdad que lo entiendes? Debes entenderlo porque si no hubiera querido protegerte a ti, lo hubiera matado con mis propias manos. No sabes la de veces que he soñado con su muerte. Sé que al leerme, estarás rezando asustada, pero me hizo tanto daño que nunca lo perdonaré. Después de todo, él está allí y yo aquí, lejos, así que esa posibilidad es imposible. Déjame, al menos, el consuelo de los sueños que me permiten matarlo y verlo sufrir los mismos minutos eternos en que él pervirtió mi suerte. Ya lo juzgarán arriba, sé que pensarás, pero no me quites el único alivio que me dan esos años de escarnio y suciedad. Qué sucio me sentía, las cosas que llegué a hacer por no cruzármelo en la casa durante el día.

 Al tiempo Susanna empezó a preguntar y preocuparse por mi salud, porque no dormía apenas, mi aspecto empeoró rápido y perdí el apetito. Era incapaz de comer sin arcadas si lo zio Alfredo estaba frente a mí .” Bah, cosas de la edad, está creciendo muy rápido. Ya comerá, ya”, sentenciaba él, molesto. A veces, cuando pensaba que no me quedaban fuerzas y que rompería a llorar o le confesaría a Susanna en medio del almuerzo tras bendecir la mesa, te miraba, miraba tu rostro  siempre en paz, no sé si podría llamarlo feliz pero se parecía. Y entonces me decía que debía aguantar. Por ti. Eras lo único que me daba energía y mantenerte al margen era mi único interés. Porque además…Nadie me hubiera creído; él era el párroco y yo su sobrino, un chico sin nombre que pagaba su hospitalidad y generosidad con el escándalo y la difamación. Recuerdo un día en que te descubrí hecha un ovillo en el sofá; cuando fui a preguntar te mostraste hosca y enfadada, luego me acusaste de que no te quería porque ya nunca jugábamos y apenas hablábamos. Pero cómo hubiera yo podido jugar estando descompuesto y sin espíritu, abandonado de Dios. Seguro que ahora me comprendes, hermanita, ahora que te cuento lo que en su día no hubieras comprendido.

 Supongo que creyó que librarme de mis deberes en la iglesia los domingos era un regalo, una compensación por lo que sucedía por las noches. A cambio, me encargaba de recibir recados en la casa en el día libre de Susanna, mientras los demás andabais en la parroquia y más tarde haciendo visitas a casa de los feligreses más ancianos o enfermos. Ya sabes de su naturaleza caprichosa. Ese rasgo de su carácter hizo que se empeñara en comer pan caliente y recién hecho en la comida del domingo, para celebrar el día del señor como Dios manda, decía. Tú algunas veces ibas con las hijas de Susanna a pasar el día y él en numerosas ocasiones no podía rechazar la invitación de una comida. Así tuve algunos domingos para mí solo y ese miserable e ínfimo alivio me salvó de las zarpas de la locura. Domingos donde toda la casa olía a pan, como así lo habría querido Dios, decía él, inspirando, al regresar por las noches.

 Todo esto tú lo sabes, lo viviste como yo. Lo que no sabes es que el panadero se negaba a hacer pan el domingo por la mañana porque era su único día libre, pero era tan sustancioso el precio que ofrecía lo zio Alfredo que llegaron a un acuerdo. Después de todo, era el párroco y no se le podía decir que no. Todos los domingos, a media mañana, vendría su hijo a hacer el pan en el horno del jardín trasero. “Así mi hijo aprenderá el oficio y disciplina, que falta le hace.” escuché como decía el panadero. Lo que no sabía es que su hijo era Luca, compañero de clase que un día desapareció, decían que para trabajar con su padre.En él  no me había fijado nunca como tampoco me había fijado en el resto de mis compañeros. Los mofletes de chico bien alimentado, el cuerpo grande y fortachón. Ya lo conoces, no ha cambiado apenas desde entonces. Pocas veces lo vi perder la sonrisa pese a trabajar en domingo y mientras lo acompañaba en su quehacer, me contaba de su vida y como llevaba años ahorrando para irse a América a buscarse una nueva vida, Me sorprendió su amabilidad conmigo, alguien a quién casi no conocía. No creo que fueras consciente, pero yo en aquella casa me sentía como un gato con tiña que molesta en todos sitios y cuando estaba él, ya no. Llegaba silbando en la bicicleta, encendía el horno y cuando apretaba el calor, se quedaba sólo la camiseta de tirantes. No he visto a nadie sudar como sudaba Luca con aquel horno. La piel le brillaba. Al principio escuchaba sus parloteos desde lejos, sin dar a entender que le prestaba atención. Poco a poco me fui acercando hasta que un día me descubrí a su lado y él, apretándome el brazo, dijo entre risas “Hombre por fin, que no te voy a comer”. Fue como si rompiera la piedra en la que me estaba convirtiendo.

De esta manera, los domingos y tú os convertisteis en las razones para levantarme por las mañanas, asqueado de mí mismo, sin quitarme de la cabeza lo que hubiera ocurrido la noche anterior. Volví a comer, sobre todo los domingos. Ocurría si el día lo teníamos asegurado a solas. Luca traía alguna masa especial y hacía pasta al horno para acabar con dulces y bizcochos que comíamos con ansia. Envidiaba su libertad que él justificaba con un “Somos siete hermanos, mis padres no tienen tiempo de preocuparse de todos ” para acabar con un “Y además la panadería”. Cuando al atardecer lo veía alejarse con la bicicleta, hubiera querido mil veces que me llevara con él, contarle todo y que me ayudara en la escapada. El miedo, el maldito miedo que como una aguja me cosía la boca. Te juro que no ocurrió nada pecaminoso, eso nunca; no tengo nada de lo que avergonzarme ni debes sufrir por mí, al menos durante esos días. Luca me hizo reír después de muchos años por primera vez y no podré pagárselo por mucho tiempo que vivamos. Luego vendrían más risas y la felicidad de los domingos ocultaba lo que me estaba pudriendo por dentro. Alguna tarde subimos al campanario . La visión de los campos de trigo con las montañas al fondo me daba una extraña paz, el verde de la primavera y los picos perdiendo las últimas nieves. La brisa rozándome la nuca y moviendo las ondas de su pelo. No decíamos nada, nos quedábamos allí durante horas, mirando. Tan feliz con tan poco. Ay hermana, cómo recuerdo esos momentos y qué feliz me hace percibir que son los que perduran, que el resto de recuerdos dolorosos ya no me hacen daño hasta hoy que, escribiéndote, se están abriendo las heridas que permanecían cerradas. Pero tenía que contarte, tú debes saber todo lo acontecido y el sufrimiento pasajero habrá servido sólo si estás leyendo. Lo entiendes ¿Verdad?

Sucedió un domingo que al tratar de limpiar el horno, parte del hollín, convertido en piedra, se vino abajo. Como cuchillas, fragmentos se clavaron en el brazo de Luca y sangraba en grandes gotas de sangre. Me asusté. El carbón y la sangre no son buenos compañeros. Con prisas de hospital, entramos a la casa y lo senté en el sillón azul, mientras buscaba vendas, agua y jabón .Lo estuve curando durante minutos, sacando algunas de esas astillas negras bañadas en sangre y lo hice de rodillas a sus pies,entre mareos que me hacían cerrar los párpados.Él gruñía y se quejaba. Le ayudé a quitarse la camiseta y seguí con la cura. Tan absorto que hasta que no escuché a lo zio Alfredo gritar y preguntar qué estábamos haciendo, no fui consciente de que se encontraba a un metro de nosotros. Aunque había dicho que regresaría al anochecer, se había adelantado tres horas. El odio llenaba sus ojos de sangre y gritó a Luca para que se vistiera y se fuera, preso de una locura que  nunca le había conocido. Yo estaba muy nervioso y no fui capaz de moverme del suelo, avergonzado sin saber de qué. Hermana, debes creerme, no hice más que curar a Luca, no había hecho nada malo ni de lo que deba arrepentirme. Luca se fue refunfuñando, no sin antes mirar a lo zio Alfredo como si fuera a pegarle. Desde el suelo, aún de rodillas, envidié su valentía y de rodillas permanecí mientras lo zio Alfredo salía del salón para volver después con una correa en la mano.

Puedes imaginar lo que ocurrió a continuación. No quiero mortificarte ni mortificarme yo mientras lo cuento. Deseé, te confieso, que me matara, que en uno de esos golpes me diera mal y se acabara todo. No quise abrir los parpados, ni llorar, ni quejarme, no le di la satisfacción de quedarme para siempre con su cara llena de furia mientras me gritaba insultos y maldiciones que no había escuchado ni en la calle. No sabría decirte cuanto fue, pero debió ser mucho tiempo porque no quedó ninguna parte de mi cuerpo que no golpeara. Al acabar, tiró la correa al suelo, dio un respingo y del mismo modo que hacía por las noches, se fue como si no hubiese ocurrido nada. Todo está confuso a partir de ahí. Tardé en reaccionar y supongo que por instinto, me levanté como pude para salir de la casa.

No podía suponer que había sido la última mañana en que te vería. Si yo hubiera sabido, si sólo hubiera sospechado, si el futuro se pudiera leer te juro que nos habríamos ido de allí juntos. Sabes que no miento. De todo lo ocurrido, irme sin ti es lo que nunca me perdonaré aunque Dios lo haga y es lo único que cambiaría del pasado. Si hubiera sabido que era la última vez que te veía, te hubiera abrazado de una manera sobrehumana y no habrías podido ni respirar, porque Beatrice, yo te quería tanto y lo zio Alfredo nos separó, me robó a mi hermana pequeña, el corazón más tierno, la única joya que atesoré. Es otra de las cosas que no podré perdonarle aunque mi rencor y mi ira me hagan arder en el infierno. No lo perdones tú tampoco ni le tengas lástima, porque él no hizo nada por merecerlo.

No sé el modo. Tampoco si fui por mi propio pie o me llevó, él, pero el siguiente recuerdo es en el pajar de Luca, a solas. Había puesto unas mantas en el suelo, había subido un cojín, una jarra de agua cerca  y me despertó oler a heno y a paja, un olor que por primera vez desde que vivía en Campomorone, no era su olor. Luca me había llenado de vendajes torpes como pudo y palpándome sentí que mi cara debía parecerse a la de un monstruo. El cuerpo me dolía por zonas imposibles y mi piel era un lienzo de hematomas y moratones. Cuando fui consciente de que seguía vivo, de que no se había acabado la pesadilla, rompí a llorar sin poder evitar los gemidos. En esas condiciones me encontró Luca al regresar y sin una palabra, se tumbó a mí lado. Me cogió la mano en silencio y dejó que llorara. Cuando me apretaba la mano, dolía menos. 

Estaba tan aterrorizado que era incapaz de salir del pajar donde pasaron dos largos y doloridos días. Luca en ningún momento preguntó y era como si él supiera, como si me conociera y me comprendiera sin necesidad de las palabras. Dos días atormentado con  la idea de que tendría que salir a la calle y volverlo a ver, escuchar el ris ras de la sotana, sentir el olor ponzoñoso de la pervesión. La mañana del tercer día Luca subió azorado para decirme que su mamma contaba que lo zio Alfredo iba a denunciarme a la policía; me acusaba de haber robado candelabros y otros objetos de plata para escapar después. En breve saldrían a buscarme y mi nombre estaría en los cuarteles de todos los pueblos cercanos. No obstante, él parecía tranquilo. “Lo tengo todo pensado” me dijo Luca. Había traído ropa limpia y me instó a cambiarme, dándome prisas y explicando un plan al que yo asentía y obedecía sin objeciones, porque había perdido la iniciativa y casi la capacidad de pensar por mí mismo. “Mi hermano sale en media hora hacia Génova. No te preocupes, no dirá nada y tú irás con él. Cuando lleguéis de noche, lo primero es buscar en el puerto algún sitio donde te hagan unos papeles falsos para inmigración, verás que es muy fácil y no tendrás que preocuparte, te lo ofrecerán sin necesidad de preguntas. Luego busca una pensión y a la mañana temprano, compra un billete , supongo que no tendrás que esperar más de un día o dos para desembarcar y mientras procura no salir a la calle, que no te vean. Toma, este es el dinero que ahorré para irme a América. Ahora es tuyo. Guárdalo bien, llévalo atado al cuello, que no te lo roben y no aceptaré un no, no pongas esa cara. De todas maneras, tengo la cantidad suficiente ahorrada desde hace años y nunca me decido, así que tú lo aprovecharás mejor. Cuando consigas un alojamiento allí, escríbeme, cuéntame donde estás y te juro que ahorraré dinero y en menos tiempo del que esperas, estaré contigo”. Al acabar su discurso de intenciones, cuando yo ya estaba con la ropa nueva, me miró y sin decir nada, me acarició la cara. Desde que nostra mamma lo hiciera, nadie me había demostrado un cariño que se pudiera tocar. Y otra vez, por segunda vez, me salvó de ser piedra.

El verdadero regalo no fue el dinero sino la caricia que me hizo estremecer, en un estremecimiento que duró meses y fue el motor que arrancó las fuerzas para aguantar el viaje de horas a Génova en silencio con su hermano. También para cruzar el Atlántico y llegar hasta aquí. Todas las calamidades en las que no quiero detenerme porque ya son parte del pasado, el hambre que me rugía en el estómago sin cejar un segundo, las nauseas en el barco, los días incluso semanas sin hablar con nadie, la desazón y el miedo. el sabor amargo de haberte dejado con él, lo inmensa que me pareció Nueva York y lo insignificante que me hacía sentir, las noches que dormí en la calle o el frío a la intemperie eran nada si lo comparaba con el infierno que dejé atrás. Porque dormía en la calle, sí, pero nadie se acercaba con manos sucias a tocarme. No fue fácil, no te miento. Hubo algunos días, desesperado al no encontrar trabajo, en que pensé cometer el pecado más grande a los ojos de Dios y quitarme la vida. Entonces, recordaba la caricia y que Luca prometió encontrarse conmigo; retornaban las energías para levantarme e intentarlo de nuevo. No entendía nada cuando me hablaban y salía poco del barrio donde se hacinaban otros italianos; la pequeña Italia lo llaman, pero aún rondando a compatriotas, veía imposible trabajar sin haberlo hecho antes. Con el poco dinero que me quedaba, a veces entraba a una tienda que llevaban unos italianos de Turín y compraba pan y salami. Hice amistad con la dueña, la signora Francesca, una oronda señora mayor, casada pero sin hijos que me preguntaba, se preocupaba por mis asuntos. A veces hasta me regaló comida cuando su marido no la veía. Un día me vio tan desvalido que se apiadó de mi situación y me dio trabajo como mozo de almacén. No era mucho dinero, pero me permitió sobrevivir y pagar una habitación en una pensión que olía a pis y estaba llena de borrachos y putas. Luego, cuando comencé a entender bien el inglés, me permitió atender el mostrador de la tienda con ella. No era una vida que hubiera planeado, pero era una vida tranquila, sin miedo ni sobresaltos. La signora Francesca me trataba con dulzura y le tomé cariño. Según me decía, sabía tratar a los clientes hablaran en italiano o en inglés y enseguida empecé a conocerlos y a llamarlos por su nombre. De ese modo conocí a la esposa del cónsul, que venía a comprar la mozarella que no encontraba en ningún otro sitio de Nueva York. Gracias a ella supe de la vacante en el consulado, estudié por las noches taquigrafía y mecanografía y aquí estoy, ya un año trabajando. Ayudo en lo que puedo a inmigrantes italianos con papeles, herencias y pleitos, y créeme que me hace bien servirle a la gente, italianos que vienen a este país tan perdidos como vine yo, sin conocer una palabra del idioma y a los que ayudo dentro de mis posibilidades. He conocido a humildes de corazón generoso, pobres poseedores de un espíritu que rebosa bondad, cientos de familias, jóvenes que buscaban un comienzo, muchachas que ansiaban un nuevo mundo. No todo ha sido bueno, también he conocido a un buen puñado de borrachos violentos, a un ratero que me robó la cartera cuando estaba ayudándolo, a un asesino al que buscaba la policía y tuvimos que entregar, pero créeme, todos ellos me han hecho recuperar la fe en los seres humanos que lo zio Alfredo me arrancó.

¿Quieres saber qué fue de Luca? Durante los primeros meses que estuve en la pensión con un domicilio fijo, mantuvimos correspondencia y le pedí que fuera a buscarte y te explicara. Me dijo que hizo varios intentos pero tú lo evitabas si te cruzabas con él y hasta en una ocasión saliste corriendo. No insistí más. Al acabar mis cartas le preguntaba cuando vendría y él en la respuesta que recibía yo al cabo de las semanas, acababa con un “Ya queda menos”. No sabes que dura se hizo la espera y cómo de nuevo volví a rezarle a Dios después de tanto tiempo. El día en que por fin nos encontramos en el edificio de inmigración, corrí hacia él entre las risas y el llanto y nuestro abrazo fue tan grande, tan hermoso y largo que no nos importó quién nos viera ni qué pudieran decir. Porque no había nada feo, ni sucio ni que diera vergüenza. No había sentido una dicha igual y lo oscuro, lo doloroso, las heridas que sangraban, el recuerdos de la calamidades, todo se evaporó en el abrazo.

 Está aquí, conmigo, en el sillón mientras te escribo esta carta. Vivimos en un pequeño piso del bajo Manhathan, lejos de Little Italy porque no queremos que nos conozcan en el vecindario. Destartalado y viejo, pero es lo más parecido a un hogar que he tenido nunca. A la casera le dijimos que eramos primos y nos dejan tranquilos. Esto no es como Campomorone, aquí a nadie le importa nuestra existencia, ni hay vecinas indiscretas, nadie sabe de donde vienes y adonde vas entre millones de personas que vienen y van. No me siento mal por ello y no voy a pedir disculpas ni siquiera a ti, que seguro ahora estarás rezando y haciéndote cruces. No le temo al infierno porque es imposible que sea peor que lo que yo he sufrido. He conocido la maldad absoluta de cerca y debo insistir en hacértelo ver, porque si Satanás quisiera confundir a los humanos, se ocultaría tras una sotana. Mis actos aquí no tienen nada de esa maldad, Beatrice, no le hacemos daño a nadie y somos felices, así que si desde el cielo nos tienen que condenar, ya será en la otra vida. Luca no sólo me salvó e hizo que tuviera ganas de nuevo; también ha conseguido que los días pasados en el pueblo sean una mala pesadilla . A veces me despierto sobresaltado por las noches, pero al levantarme por las mañanas, se quedan entre las sábanas, disueltos y sin que causen dolor ¿Y sabes que pienso? Que si Dios existe, nos está recompensando con una segunda oportunidad porque no ve pecados en nuestros actos.

Ahora es Luca quién trabaja con la signora Francesca y le ha asegurado que cuando se retire, le cederá el comercio. Nos ha tomado cariño de abuela y a veces, ahora que enviudó, cenamos con ella y nos prepara regalos y tartas. Tenemos libres los domingos y vamos a Central Park a pasar el día, a rememorar nuestros domingos pasados. En el sobre de esta carta va una foto que nos hicimos allí, en una explanada del parque cuando los dos tuvimos dinero para estrenar nuestro primer traje.

A lo mejor hasta te cuesta reconocerme, han pasado casi tres años y he cambiado, ni me visto ni me peino igual. A mí también me costaría reconocerte, seguro que ya eres toda una mujercita con muchos pretendientes y seguro que me sentiría orgulloso de ti si estuviéramos juntos. Ahora, como verás, uso loción para el pelo que me hace parecer mayor, porque Luca dice que sigo teniendo cara de monaguillo y no me gusta. Aborrezco cualquier detalle que pueda recordarme a lo zio Alfredo. En la foto que te envío me encanta la risa de Luca, que es rotunda y sincera, tan distinta a la mueca de lo zio Alfredo. Hermana, no sabes qué bendición  es tener esa risa en casa todos los días, porque los problemas se evaporan con una carcajada y todo me parece leve y sin importancia. Con esta foto, en fin, confío en que al verme de nuevo, te renazca dentro el cariño de hermana que tan preciado me es. Que la imagen lo consiga si las palabras no lo han conseguido aún.

Si has llegado hasta aquí leyendo, es la prueba de que me crees; tú me crees y has vuelto a tener fe en mi. Pensarlo inunda mis ojos y tengo que parar de escribir por no emborronar la carta con lagrimas. No sabes las ganas que tengo de verte, saber de tus asuntos y abrazarte en un abrazo que no se acabe, porque créeme; si te vuelvo a tener cerca no te soltaré ya. Dentro del sobre no sólo está la foto, hay algo más. Es un billete de barco con destino a Nueva York, en primera clase. Los dos hemos estado ahorrando todo el año para poder pagarlo. Lo trajo Luca esta tarde y cuando lo tuve en la mano pensé que, por fin, había llegado la hora de escribirte, algo que llevo meses, años esperando. Porque el billete es para ti. Sé que en un primer momento te parecerá una locura, que me tratarás de majadero y te costará hacerte una componenda. No obstante, cuando se pose lo leído, cuando seas capaz de comprender y de asumir, cuando ates los cabos, recojas las pistas y recuerdes las imágenes perdidas hasta completar nuestro pasado, sabrás que no miento y que nunca quise abandonarte. No me cabe la menor duda de que querrás alejarte cuanto antes de un ser tan monstruoso. Imagina casarte, tener hijos y que él  pueda tocarlos. No lo debes permitir, no lo consientas ni le consultes; haz la maleta con lo imprescindible y vente, te esperaremos el tiempo que sea necesario. No le des el placer de destruir tu vida como quiso hacer conmigo. Aquí la rutina es fácil, cómoda y sé que te gustaría estar con nosotros aunque sea imposible recorrerse esta ciudad en una sola vida. No se parece en nada a Campomorone, a su silencio y a la brisa que baja de las montañas, es ruidosa y sucia y hay callejones que huelen mal, pero cualquier lugar sería mejor que un sitio que oliera a lo zio Alfredo

Antes de despedirme, quiero pedirte un último favor. En realidad la foto no es para ti. Quiero que sea para él. Pero no se la des, no la muestres hasta el día en que decidas emprender el viaje. Ese día, deja la foto en la mesa del comedor. Quiero que la encuentre, que la vea y sepa que le he sobrevivido, que no me destruyó ni mandó mi vida al vertedero. Quiero que me vea con Luca y que me vea feliz tal como me siento. Una felicidad a la que le faltas tú. Una felicidad a la que él contribuyó porque sin su intervención, ni Luca ni yo estaríamos aquí juntos de esta manera. También me ayudó a distinguir el bien del mal y por eso sé sin temor a equivocarme que lo que yo pueda hacer aquí es bueno en comparación con su existencia en descomposición, enferma, llena de pecado, bajeza y de mentira. Es listo, llegará a la misma conclusión y se lo comerá la rabia. Con eso me valdrá y sentiré la cuenta saldada.

Hermana, te amo tanto y te echo tanto de menos que si al final no te decides por el viaje, no sé que será de mi. Tengo la confianza plena en que esta carta te cambiará y te estaré esperando cuando eso ocurra, aunque tengan que pasar años. Y tú tienes que contarme todo, quiero saber lo que ha sido de ti en estos tres años. Dejo cosas sin escribir que prefiero contarte cuando te tenga a mi lado y podamos pasar muchas horas sin soltarnos de la mano otra vez. Porque recuerda: nuestra vida estará incompleta hasta que no vengas con nosotros.

  Tu hermano Paolo que tanto te quiere y que nunca se olvidó de ti.

 


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.