Cuando el amor no tenía nombre: Jaime y Marcos

Una serie de relatos que nacen inspirados en fotos vintage con un toque homoerótico. Imagino las vidas de hombres sin nombre para hablar del amor homosexual cuando no podía ser nombrado. Puedes leer el primer relato aquí.

Laura le dijo que a las nueve estaría en su puerta y puntual como es, ahora aprieta el claxon afuera, en la calle aún vacía, a las afuera del pueblo. Jaime atrapa la mochila de tela y sale a saltos por las escaleras, antes de que sus padres lo vean y lo acribillen a preguntas y reproches. Es el último día libre antes de irse y no va a permitir que nadie se lo estropee. Ni sus padres, ni Teresa. A Teresa no le cae bien nadie de los de afuera y no quiso venir, pensando que Jaime se quedaría otra vez con ella, pero esta vez no va a ser el novio obediente. Es su último día libre en la última semana antes de irse y nadie se lo va a estropear. A Laura le dejan por fin el coche y han decidido pasar el viernes en la playa. Es un viejo Chrysler, importado por su padre desde Estados Unidos, un coche que apenas nadie usa y que nadie se ha preocupado de limpiar antes de sacarlo de la cochera. Dentro esperan además de Laura. Nico, el novio de Laura y Marcos, el primo de Laura. Ya sólo falta él, al que llamaremos el amigo de Laura.

Porque todo gira en torno a Laura.

Laura, esa chica que se ha hecho mujer este verano, pelirroja de ojos verdes que parece sacada de una película en technicolor. Si alguien piensa que no puede ser española, se equivoca en la mitad. Su padre es de Boston y Laura ha pasado allí el último año de instituto para enfriar la tensa relación que tiene con su madre. Sus padres están separados, todo un escándalo y la comidilla del pueblo durante años. En un principio Laura se quedó con su madre pero se llevan tan mal que al cumplir los dieciocho se fue a Estados Unidos. Ahora ha vuelto convertida en otra y no aguanta vivir en el sucio pueblo al que siempre desprecia en inglés. Ni en este país de mierda, como suele decir, también en inglés. Tampoco a unas chicas que antes eran amigas y ahora la llaman puta y la miran despechadas cuando se la cruzan por la calle. Así que a Laura solo le quedan los chicos (“mis chicos”) para relacionarse y le importa poco haber sido el tema principal de todas las vecinas durante el verano. De apariencia dulce y curvas pronunciadas, todo se estropea cuando empieza a hablar exageradamente, mueve las manos como un chico y hace gansadas sin parar. O al menos es así como lo describe la madre de Jaime ” con lo mona que es y cómo se estropea esta chica“. A los padres de Jaime tampoco les gusta ni Laura ni su familia cosmopolita, pero ya da igual . En pocos días se van a acabar las disputas y las peleas  porque Jaime dejará de ayudar en el bar de sus padres y se irá a una ciudad a tres horas de distancia, a prepararse en una academia y estudiar una oposición. Es lo que quiere Teresa, es lo que quieren sus padres. Nunca se ha planteado si es lo que quiere él. Laura regresará a Estados Unidos aunque Jaime supone que volverá pronto, como regresó para el verano. Y lo hará por Nico. No va estudiar ninguna carrera y está tan enamorada de su novio desde  que eran adolescentes y sería incapaz de abandonarlo por otro país. Y Nico ya tiene un trabajo. En breve va a heredar el despacho de su padre, una asesoría gris, de barrio, para los vecinos. No da para mucho pero da para vivir. Nico sueña con poder comprarse un coche y así no tener que montar en uno que conduce Laura. Cuando esto ocurre,  su padre le espera en casa para gritarle, para explicarle que no puede consentir eso de la que será su futura mujer, que siendo tan joven no se puede ser tan calzonazos.

Y luego está Marcos.

A Marcos Jaime lo conoce solo unos días. Llegó para pasar unos días con Laura antes de regresar a Inglaterra, donde hace un doctorado de literatura inglesa en una universidad importante. Es el mayor de los tres. Laura le había hablando tan bien de él, había elogiado tanto su brillantez, su inteligencia, su porte de caballero británico que fue inevitable que al conocerlo, Jaime pensara que no era para tanto . Tras las presentaciones, tuvo en la boca el sabor de la decepción. Eran días de prestarse libros, de descubrir otras literaturas que en este país de mierda serían impensables de leer en lengua nacional. Laura enseñó hace años a Jaime a leer en inglés y ahora se ha convertido en su idioma secreto cuando no quieren que los cotillas del barrio presten atención a sus conversaciones. Por eso la llegada de Marcos iba a ser algo especial, una persona que daría nuevos bríos a su pasión lectora. Sin embargo, el primer día, cuando Laura y Jaime van a recogerlo a la estación, Marcos llega cansado y apenas articula palabra. Se muestra hosco y frunce el ceño ante las risas y las bromas de los que van delante. A Jaime le parece un farsante, un estúpido que lleva gafas de montura oscura para darse más importancia, un engreído que se ha dejado bigote para parecer mayor y duda mucho que lo vuelva a ver en el resto de días que esté por allí. No obstante, dos días después, Laura aparece por su casa sin avisar, al atardecer, cuando Jaime ya ha terminado después de todo el día en el bar, y desde fuera  le grita a Jaime que vayan a una terraza a tomar algo. A su lado está Marcos. Jaime se ha vestido rápido con un pantalón corto, unas alpargatas y una camiseta, sin más. El otoño ha dejado una serie de días desapacibles, pero esa noche parece que el viento que ha azotado la localidad las últimas tres jornadas les da un descanso. Cuando llega abajo, Laura brilla, su pelo rojo parece tener vida, las pecas en su cara bailan al ritmo de la conversación. Y Marcos…Marcos parece otro. Sonríe, da codazos a Laura mientras celebra alguna broma que le ha gastado su prima. Jaime no se puede creer semejante cambio. Lo que antes le parecía una voz atronadora y molesta, ahora le parece con un timbre grave precioso que se le cuela por el tímpano y le hace cosquillas auditivas.Será una noche como pocas. Beberán sangría, cenaran unas tapas y Laura se atreverá a fumar a escondidas, sin que la vea nadie, para no ser presa al día siguiente de las habladurías. Más tarde irán a la playa a dar un paseo ebrios de vino y madrugada. Ya no hay rastro de los pocos turistas que hubo este año y el  pueblo ha vuelto a ser el mismo lugar sucio, viejo y miserable de siempre. Pero esta vez, Jaime está feliz porque ya no se quedará allí, solo, estudiando de día y sirviendo vino a viejos borrachos por la noche. Viejos que cuando lleguen a sus casas, pegarán a sus mujeres. Viejos que muchas veces se mean en los pantalones y hay que sacar a rastras del bar antes de cerrarlo. Viejos que apestan.

Pero ellos aún son jóvenes.

El mar tranquilo como una manta les devuelve el eco de una banda de música que celebra las fiestas en el pueblo de al lado. Tocan pasadobles. Hay luna llena y su reflejo en el mar les da la luz suficiente para que se vean las caras. Laura agarra a Marcos y bailan pero más parece un tango humorístico que otra cosa. Al acabar la primera canción, deja a Marcos y toma a Jaime y vuelta a empezar. Se mueren de la risa. Hacen ese intercambio hasta que Laura cae a la arena, exhausta, y les insta entre carcajadas “Ahora os toca a vosotros” . Jaime iba a sentarse, tomándose a broma la invitación pero Marcos lo coge del brazo y tira de él para bailar. Sueltos, cada uno a su ritmo, a veces Marcos se coloca frente a Jaime e intenta imitarle los pasos mientras la brisa nocturna del mar le mueve el rizo que le cae por la frente. Frunce el bigote y aprieta los labios, en un gesto que tiene  algo viril y a la vez dulce. Si Jaime tolera un acercamiento tan pecaminoso es por el alcohol que lo tiene en una nube, o con eso se excusa ante la incomodidad  y el rubor que le hierve la cabeza. Pero también porque nadie los ve y no tendrá luego que aguantar meses de cotilleos y de insultos. Marcos es muy torpe bailando pero eso le da un aire encantador, eso piensa Jaime. A la vez, no puede evitar sentirse culpable al acordarse de Teresa. Incómodo, sí, pero a la vez feliz y libre. Se siente como se sintió  Laura hace meses y está experimentando lo que ella le contó; por primera vez le da igual el qué dirán. Es algo que nunca le había ocurrido. A fuerza de aguantar insultos y humillaciones de los chicos de su edad, Jaime se rindió hace años y ya no intenta buscar amigos. Por eso también tiene un sabor excitante, nuevo y desconocido que Marcos lo busque para entablar amistad. En un segundo, durante la vorágine del baile, los ojos de Marcos se han parado en los de Jaime y este ha sentido un calambre en las tripas. Cuando regresan ya de madrugada,  Laura propone hacer algo loco como pasar un día de playa  aunque ya sea otoño y septiembre está a punto de acabar. En un sitio lejos, donde no los conozcan porque Marcos tiene taaaantas ganas, añade su prima. Ya sentado en su cama, Jaime está inquieto. En realidad no ha ocurrido nada y no obstante tiene el sabor de la culpabilidad en la boca. Una culpabilidad que se llama Teresa.

Teresa es su novia, no lo debe olvidar.

Teresa ha estado todo el verano muy ocupada cuidando a su hermano recién nacido, en una familia donde ya son seis hijos, siendo ella, la mayor, la única mujer.  Es buena chica y Jaime sabe a ciencia cierta que lo quiere de verdad, pero cuando la escucha decir que “estar cuidando de mi hermano este verano me vendrá bien para cuando tengamos nuestros hijos” a Jaime lo pone enfermo, le gustaría dejarse caer. Teresa ya tiene toda su vida de pareja planeada y es feliz en esa rutina de pueblo en la que nunca pasa nada, en la que lleva más de diez años bordando manteles y sábanas que decoraran su hogar. Primero una casa pequeña modesta, luego una más grande y con jardín, para que jueguen los niños. Más tarde, si pudiera ser, un pequeño apartamento en la playa. Aunque es una chica sencilla, tampoco tiene aspiraciones y eso aburre a Jaime. Pero a la vez le facilita la vida, porque él no tiene que elegir, ni tampoco mirarse dentro o plantearse qué desea o qué no. Desde que está Teresa en su vida ( antes de conocer a Laura)  se acabaron las habladurías y los chicos del pueblo lo dejaron tranquilo. Llevan un par de años de novios pero casi no recuerda lo que es estar sin compromiso o soltero. Desde que la conoció, consiguió estar tranquilo, pasar desapercibido en un lugar donde los distintos son señalados y apartados lejos de la gente de bien. Sólo por eso, jamás le hará daño. Sólo por eso, jamás la dejará. Si supiera leerse no llamaría amor a lo que no es más que gratitud. 

Pero llega el día de la playa.

Los tres esperando en el automóvil mugriento que ya nadie suele conducir. A Jaime la faltan piernas para llegar y se sienta atrás, al lado de Marcos. Todos parecen borrachos de alegría porque la suerte es de los valientes y les ha premiado con un día maravilloso donde el sol luce aunque septiembre esté a punto de terminarse. Laura conduce por una carretera llena de socavones y el aire de la mañana  les refresca la cara. Delante han puesto música en inglés que Laura chapurrea a gritos y su pelo aguanta el envite sujeto en un pañuelo azul. Marcos sonríe y no deja de mirar a Jaime. Este se siente vulnerable y desnudo, aunque no querría que lo dejara de mirar así. Miles de hormigas invisibles le suben por las piernas. Por la camisa abierta, asoma el pecho peludo y moreno de Marcos y a Jaime le cuesta que no se le vayan los ojos. Sabe que cuando lleguen a la playa por un camino de cabras, tortuoso e incómodo, Laura y Nico se perderán durante horas entre las dunas y las rocas de una cala sin nadie. Jaime también sabe que a Laura le encanta colocar a Nico, un chico convencional y sencillo a la manera de Teresa, en situaciones incómodas. Y los pequeños escarceos sexuales sin consumar, antes del matrimonio, con Laura llevando la iniciativa, para Nico son el colmo de la incomodidad. Al bajar del coche con las mochilas, Laura enseña la cámara que trajo de Estados Unidos y pide hacerse una foto todos juntos. Marcos le echa el brazo encima y Jaime se quiere morir, aunque disimula aparentando que es algo sin importancia, sonriendo a la cámara. Buscan un lugar para dejar los bultos y no pensaban bañarse, pero hace un día tan estupendo que todos se quitan la ropa para dejarse el bañador y corren al agua, entre empujones y chapoteos . Al regreso a la arena, la conversación transcurrirá intrascendente, ponen las tarteras encima de un mantel en la arena y picotean algo. Cuando llegue la hora de la siesta, los otros dos se pierden con la excusa de hacer fotos agarrados por la cintura. Sin haberlo previsto, se ve a solas con Marcos en una playa donde nadie les molesta y con horas por delante. Cuando Marcos empieza a desabrocharse la camisa, Jaime no puede evitar mirar al suelo, sonrojado, que quede perfectamente claro que no lo está mirando, que no quiere saber qué hay tras la ropa, que no está interesado en comprobar como son de robustas sus piernas. A su vez, él también se quita la ropa, torpe, en un balanceo ridículo. Marcos deja las gafas en la arena y se dirigen al agua. Hay algo salvaje, incontrolable y placentero en la sensación de libertad que lo recorre mientras le tira agua a Marcos, se zambullen, juegan y gritan. Las gotas de mar brillan en la cara de Marcos y le dan una luz que parece irreal, un espejismo que emite destellos. Jaime no quiere mirarlo, pero lo mira (embelesado)  y por una vez en sus diecinueve años, se percibe liberado de alguna condena que siempre creyó tener. Luego en la playa pasearán, hablarán de libros, de la vida tan distinta que vive Marcos en Inglaterra, de las cosas que hace allí y que en este país de mierda sería imposible, de música y de Laura, se enredarán en una conversación apasionada donde no hay lugar a silencios reveladores cuando todo está por hablarse. Jaime no puede dejar de escuchar y mirar a Marcos, está fascinado y el soniquete de su voz grave con una cierta entonación inglesa le parece semejante a la hipnosis. En algún momento, en algún descuido, Marcos le ha rozado la pierna o el brazo y un escalofrío cálido le ha recorrido la piel. Atardece con un sol rojo de otoño si el otoño tuviera un color, Jaime le habla de que hubo un tiempo en que deseaba ir a la universidad pero supondría estar muchos más años bajo la tutela de sus padres y claro, de eso ni hablar.

Es entonces cuando Marcos lo besa.

Del impacto de sentir unos labios calientes ajenos, de las cosquillas del bigote sobre su nariz, de percibir la respiración de un hombre tan cerca, se queda petrificado y sin resuello, con los párpados muy abiertos y paralizados. El beso lo cambia todo y Jaime se queda mucho tiempo en silencio, sin saber como reaccionar y mirando al suelo. Marcos suplica que lo mire  con esas mismas palabras: Mirame, por favor ,pero Jaime es incapaz de levantar la cabeza. Al poco llegan Laura y Nico y regresan al pueblo cuando ya empieza a refrescar. Todo el viaje transcurre en silencio. En el coche a Jaime le empieza a nacer una rabia infinita porque se siente víctima de un pervertido. Siente asco de sí mismo por no haberle pegado, siente rabia, ganas de cometer un asesinato. Marcos se ha aprovechado de su bondad y de su buena disposición y eso es imperdonable. Baja del coche y se despide con un portazo pero sin mirarlos, mientras atrás escucha el reproche de Laura por las malas formas. Por la noche volverá a ser presa del insomnio y aunque maldice una y otra vez a Marcos, no será hasta que se masturbe pensando en él, bien entrada la madrugada, cuando se duerma.

Se duerme pensando en Marcos.

Al día siguiente Jaime se encuentra tan podrido por la ira que teme enzarzarse en una pelea con el primero que le diga buenos días. En el bar  lo pasa sin dirigirle la palabra ni a sus padres, cabizbajo y ausente, golpeando una y otra vez a Marcos en sus pensamientos, rompiéndole las gafas y dejándolo hecho puré, dándole su merecido por sucio y asqueroso. Ha hecho un día  pegajoso y húmedo por una nube gris tierra que ha impedido asomarse al sol. Al anochecer una tormenta pilla a Jaime sin cobijo cuando atraviesa la alameda vacía de viviendas que hay al salir del pueblo, antes de llegar a casa. Al menos los árboles aminoran el chaparrón. En la penumbra distingue una sombra, quieta y acechante, que lo espera y se asusta porque no sabe qué puede esperar. Cuando apenas queda un metro para encontrarse con la sombra, descubre el rostro de Marcos, calado hasta los huesos, con las gafas salpicadas de gotas y una mirada que suplica, sin decir nada. Verlo así, tan vulnerable que parece que se va a romper,  a Jaime le provoca un cataclismo interior que no sabe interpretar. Una voluntad nueva toma los mandos de sus miembros y de sus sentidos, como si estuviera dentro de un cuerpo del que no es dueño y no puede controlar. Toda la ira que Jaime arrastraba se transforma en un impulso irrefrenable y se lanza hacia él. Le coge la cara y lo besa en un beso interminable. Ha sido un acto tan visceral que si Jaime pudiera verse, jamás se reconocería. La expresión como nunca había besado en este caso no puede ser más real, porque ni siquiera a Teresa la ha besado así. Luego un abrazo, un abrazo tan fuerte que Jaime siente que podría atravesar a Marcos en el abrazo. Pasan minutos sin decirse nada, la cabeza de Jaime acurrucada en el hueco que va de la clavícula al cuello de Marcos. Jaime en un chispazo recuerda el antiguo kiosko que hay vacío, abandonado y que un día tuvo una terraza en la alameda, así que tira de Marcos sin contarle nada. Una vez allí, dan varios patadones en la puerta hasta forzarla. A oscuras y protegidos de la lluvia, caen al suelo, rodando en un rompecabezas humano que no tiene ni principio ni final. Manos y piernas hechas un nudo, bocas que se abren, lenguas que se entrecruzan. El chaparrón suena fuera y los protege, porque durante mucho tiempo nadie pasará por allí. Cuando acaben de follar, estarán sudando pero pletóricos de una extraña paz que al menos Jaime nunca había sentido. Pasarán unos minutos mirándose, incapaces de decirse nada. Marcos lo mira mientras le acaricia la cara y se la estrecha entre las manos para volver a los besos. Jaime trata de decir muchas cosas, balbucea, pero es incapaz de construir una frase coherente, se atropella en un jeroglífico absurdo de palabras sin sentido. Hasta que Marcos le pone dos dedos en los labios y se los deja, allí, posados, para susurrar A veces sólo es necesario un gesto para expresar lo que se siente . Luego se lleva esos mismos dedos a los labios y se besa las yemas. Un gesto que a Jaime lo conmociona. Se sube los pantalones, lo mira intentando que sus ojos digan lo que él no es capaz y se va, sin decir nada y sin despedirse. Cuando llegue a casa entrará sonámbulo en la ducha y pasará minutos enteros arañándose con una esponja dura, borrando los posibles restos de Marcos que queden en él. Los dos días siguientes los pasa tratando de borrar lo ocurrido, de hacer como si no pasó y abrazar la normalidad mientras se muestra especialmente cariñoso con Teresa, que le pregunta extrañada. A la vez hace cuentas de las horas que le restan a Marcos para regresar a Inglaterra y un vértigo que abrasa lo invade, se consume en el nerviosismo. La última noche que Marcos debería estar en el pueblo, cuando Jaime regresa del bar, de nuevo por la alameda, allí está, en la penumbra, escondido otra vez. A Jaime el corazón le va a explotar en el pecho. En esta ocasión, Marcos sí tiene algo qué decir y entre lágrimas le pide a Jaime que se vaya con él. Le cuenta mil posibilidades de una nueva vida, le agarra de las manos pero Jaime no puede evitar dar pasos hacia atrás, tratando de soltarse y pasmado con la sarta de disparates  que está escuchando. Marcos llora y le suplica. En algún lugar escondido y oscuro de su interior, Jaime quiere decirle a todo que sí, quiere abrazarlo y no dejarlo nunca, pero sólo acierta a balbucear “Pero yo…yo…yo… voy a casarme con Teresa”.  Siguen más suplicas, más lágrimas, pero Marcos ya sabe que va a ser imposible y en el fondo siempre lo pensó, por eso ha traído un libro de sonetos de Shakespeare en inglés al que le ha escrito una dedicatoria y se lo regala. Marcos pone dos dedos en los labios de Jaime  para luego llevarse esos mismos dedos a su boca, tal como hizo días atrás. Tras una despedida en la que no se tocan, se va cabizabajo y se pierde entre las sombras de la alameda. Jaime en esos momentos pensará que es lo mejor y por eso no dice ni una palabra para que regrese, aunque se muera por dentro. En el camino a casa, el dolor y la angustia lo tienen roto hasta que se encierra en su habitación. Allí, a solas, el llanto se convierte en desconsolado y se tiene que tapar con la almohada para sofocar los gemidos. Tras otra noche de insomnio y lágrimas, concluye que un sufrimiento tan enorme no puede ser sano ni normal. Piensa que solo puede ser provocado porque ha hecho algo pecaminoso y malo, muy malo y cada vez que el recuerdo de Marcos descompuesto le viene a la cabeza, cree volverse loco. Es tanto el sufrimiento que se hace un propósito; hará todo lo posible por borrar cualquier sentimiento hacia Marcos a partir de ese momento.

Y efectivamente; lo consigue.

Un mes más tarde, cuando Jaime ya está en su nueva ciudad, en un apartamento modesto y triste que comparte con otros cuatro futuros opositores, recibe una carta de Laura. En ella le cuenta cosas de su vida en Connecticut y dentro del sobre, descubre una foto con un párrafo escrito detrás “Esta foto os la hice a Marcos y a ti sin que os dieseis cuenta. Espero que te guste y que te ayude a guardar del verano un recuerdo maravilloso“. Pero Jaime ha desarrollado el mecanismo de la ceguera como protección; quién no ve, no siente. Así que guarda la foto en el libro que Marcos le regaló y del que nunca leyó la dedicatoria y se olvida de la foto.

Se olvida durante más de veinticinco años.

La misma sensación que habrá tenido el lector con esta elipsis la ha tenido Jaime con su vida. Un párrafo en blanco, dos décadas que se han pasado en un suspiro. El tiempo vuela cuando todo lo que tienes en la vida  no lo has tenido que elegir tú y te ha venido dado. Al país de mierda también le han cambiado las cosas y ahora se supone que son más libres y más modernos, aunque Jaime se siga sintiendo  en la misma cárcel que años atrás. De pronto, como si hubiera estado durmiendo esas décadas que acaban de pasar tan rápido y se despertase, se ve ordenando el trastero. Teresa le ha pedido que haga sitio y tire lo que no usan o no aprecia. Por fin tienen la casa con jardín que tanto habían estado buscando y todo ha salido según lo planeado. Según lo planeado por Teresa, claro. Dos hijos, un gato, una casa con jardín y un coche. Han estado ahorrando durante más de una década, sin vacaciones y sin desviarse un poco de los gastos por tener lo máximo posible para alcanzar la casa. Por esa casa, Jaime ha hecho horas extras en la sede de la diputación, donde obtuvo la plaza tras dos intentos y ha trabajado los fines de semana llevando temas de seguros, un trabajo que detesta y que le ha consumido el tiempo libre de años enteros. Era justo ahora que ya se acabaron las premuras económicas cuando pensaba dedicarle el  tiempo libre a sus hijos,  pero sus hijos ya han pasado la adolescencia y ahora son ellos los que no tienen tiempo para su padre. De puertas afuera de sí mismo, ha quedado como un padre sacrificado, un marido sufrido al que las canas se le han echado encima de tanto esfuerzo. No ha intentado cambiar esa imagen que tienen de él aunque no sea del todo cierta. Después de todo no ha sido tal sacrificio; odia tener tiempo libre y descubrir que no sabe qué hacer con él. También odia quedarse a solas con sus pensamientos y prefiere no conocerse ni hacerse preguntas sobre sí mismo. Esa es la razón por la que no les reproche a sus hijos tratarlo como a un desconocido; si ni él mismo sabe quién es, no puede esperar de los demás que lo sepan. Y sin embargo, una vez conseguida la casa de los sueños (de Teresa) a Jaime le ha quedado un vacío que no hay manera de llenar, con días que hasta siente una corriente de aire que le corre dentro ¿Y ahora, qué? ¿Y tanto esfuerzo para qué? se pregunta a veces en el silencio de la madrugada  mientras Teresa duerme, al parecer feliz. Pues ahora a por la casa en la playa, le diría Teresa. Ella sí que parece satisfecha y en el fondo, Jaime siente envidia cuando la ve sonreír, que es a todas horas. Recién hecho el traslado de casa, ha dejado los seguros y tiene los fines de semana libres, aunque no sabe qué hacer con su tiempo libre cuando Teresa no ha hecho algún plan, así que lo de ordenar el trastero le parece buen idea. Con toda la tarde por delante, ha aprovechado para abrir cajas que ni siquiera sabía que existían y se da cuenta de que casi todo es de Teresa. Apenas hay nada suyo, ni recuerdos, ni herencias ni regalos y bien sabe que no puede responsabilizar a Teresa de ello; tenía tantas ganas de escapar de la casa de sus padres que casi se fue con lo puesto. A Teresa no puede culparla de eso y de nada; todo lo que ha hecho en la vida por Teresa lo ha hecho porque le venía bien, se reconoce a sí mismo. Los libros en cajas (Teresa no quiso ponerlos en la librería) sí que son suyos. Dentro de las primeras cajas están todos los que Laura le regaló en inglés, cuando leer era más que un vicio y no como ahora, que hace tanto tiempo que no lee un libro que ya ni se acuerda de la sensación de quedarse a solas con las letras. Tampoco recuerda cómo se habla el inglés. Porque como ya se ha dicho,  no quiere quedarse a solas consigo mismo; le da pavor. Repasando los libros se da cuenta de que recuerda exactamente donde leyó cada uno, que le pasó por la cabeza, si le gustó o no. Es increíble la capacidad evocadora que tienen, piensa. Ya llevaba un buen rato repasando libros cuando al coger uno, cae una foto al suelo y la reconoce al instante.

Es la foto que Laura le hizo con Jaime.

Vuelve a leer la dedicatoria de Laura: “Esta foto os la hice a Marcos y a ti sin que os dieseis cuenta…” y el escalofrío que le recorre la espalda es un viaje en el tiempo, una ola gigante que lo arrastra a no sabe qué mundo. Entonces recuerda el libro donde estaba guardada la foto y recuerda que nunca llegó a leer lo que  Marcos escribió. Sin  saber que va a abrir una puerta por la que se le escapará la vida, lo lee, veinticinco años después. El párrafo es como si el Marcos del pasado le hubiera escrito al Jaime del futuro una promesa de esperanza aunque pasaran muchos años, unas palabras con una clarividencia para adivinar el justo momento en el que Jaime se siente  que lo trastocan todo. El terremoto emocional que le provoca leer a Jaime tantos años después no podría describirse aquí sin usar miles de argumentos, porque por una inevitable comparación se da cuenta de que en su vida no hay nada, absolutamente nada que pueda parecerse al fulgor de los cuatro días de aquel final de septiembre. Todo lo demás le parece un error catastrófico, una mentira que ha durado demasiados años y que ni siquiera lo convierte a él en una víctima, porque en todo caso ha sido verdugo y ejecutor. Pobre Teresa que no se merecía una vida fingida; es lo que piensa. Pobre Marcos, al que tan mal trató; su cara, roto y llorando, despidiéndose y poniéndose los dos dedos en los labios, le atormenta y se le instala en el cerebro. No será capaz quitársela de encima en mucho tiempo . La conciencia de que su vida no ha merecido la pena por pura  insignificancia lo abofetea y lo despierta de un letargo que ni sabía que estaba sufriendo. Los años, los otoños, los días, las semanas, las vacaciones y las navidades se le echan en los hombros y de pronto se ve viejo, un viejo que ha desperdiciado el tiempo en una obra de teatro a la que no pertenece y sobre todo, aborrece, porque no es suya. Se daría cabezazos en la pared si con ello el dolor físico aminorara lo que siente. Se siente, por ejemplo, tan cobarde que ni de golpearse es capaz, pero es tal el impacto que su cuerpo toma la iniciativa y rompe a llorar entre gemidos, en un grito guardado durante más de dos décadas, un gemido que  brota en forma de arcada a la que es imposible poner freno. Pasará horas allí, abrazado al libro, tocándose los labios con dos dedos, releyendo el párrafo una y otra vez y llorando sin poderse contener.

Cuando baje del trastero ya no será la misma persona.

Algunos años después, Jaime se prepara para ir a la fiesta de cumpleaños de Laura, que cumple cincuenta y ha decidido celebrarlo por todo lo alto, con una carpa alquilada que colocará en su jardín trasero, grupo musical en directo y decenas de sorpresas más que encantarán a todo el mundo (o eso dice ella). Laura es uno de los mayores orgullos y certezas de Jaime. Tras más de veinte años sin hablarse, Jaime ya estaba separado y pasó días enteros buscando pistas sobre Laura o eso cuenta a quién le pregunta. En realidad fue más fácil; supo pronto que hacía años que había regresado de Estados Unidos y vivía en casa de su madre ya fallecida. El encuentro es de las pocas cosas que Jaime atesora como una verdad que le da sentido a una existencia, al menos a la suya. Todo lo fingido, el trampantojo que había sido su vida quedaba justificado por encontrar a Laura en la puerta de su casa varias décadas después, esperando al sol del mediodía para recibirlo como si no existiera el tiempo transcurrido, con un abrazo que le dejó huellas en lo más hondo. Estuvieron abrazados durante minutos y no hubo necesidad de ninguna palabra más. Conversar con ella como si no hubieran pasado los años fue aún mejor, porque no había reproches, ni decepciones, ni preguntas; Laura seguía siendo un ser que brillaba. Con algunos kilos de más que le dan demasiados problemas con la salud, divorciada dos veces, sin hijos, aficionada de más al alcohol pero seguía emitiendo la misma luz. Y Jaime se sintió tan bien acogido que  a veces cree que Laura ha sido, y no él en realidad, la artífice de que ya no tenga miedo. Su gratitud  con ella es enorme y no puede más que agradecer al destino haber tenido una segunda oportunidad. Gracias a Laura, a su apoyo moral y psicológico, ha encontrado el camino para salvar los restos del naufragio en lo que se convirtió su familia. Ha tenido algún escarceo con algún hombre, pero poco que merezca la pena contar. Ahora tiene una relación increíble con Pablo y Antonio, sus hijos, mucho mejor que ni un día de los que estuvo casado. Puede que porque ahora es honesto consigo mismo y con ellos y sus hijos ahora lo ven con otros ojos. Con Teresa ha sido más difícil y sabe que nunca conseguirá que lo perdone ni llevará una relación más allá de lo cordial . Es lo mínimo que podía esperar; después de todo, Jaime la entiende. Eso significa, que en el fondo, la sigue queriendo. No como ella querría, pero admira su entereza, su manera directa de haberse enfrentado a la vida y su capacidad de ser feliz incluso después de la separación. El cariño no podía ser la excusa para mantener una mentira durante tantos años, o ese es el pensamiento que le atormentaba cuando decidió pedirle a Teresa la separación. En el divorcio, Jaime cedió todo y ahora vive en un apartamento alquilado del tamaño de un caja de zapatos pero nunca le había importado tan poco el tamaño de su vivienda. Todo lo que vino después fue terrible y pensó que no podrían salir de la situación sin morir en el intento, pero allí estaba él, siete años después, montado en el coche de camino a la fiesta de Laura y sintiéndose moderadamente feliz.

Aunque la semana no había sido fácil.

Cuando Laura le contó cómo pensaba celebrar la fiesta donde invitaría a todo el mundo, Jaime se acordó de Marcos. En realidad, se acordaba todos los días pero nunca se lo dijo a Laura de tan absurdo como le parecía. Ha repasado tanto los sonetos de Shakespeare que Marcos le regaló que el libro ya está acartonado, con las hojas rotas y muchas veces se descubre recitándolos de memoria con el único inglés que recuerda…

My love is as a fever, longing still,
For that which longer nurseth the disease,
Feeding on that which doth preserve the ill,
Th’uncertain sickly appetite to please.

Llevaba siempre la foto en la cartera y se había convertido en una especie de amuleto; cuando dudaba, cuando no sabía que decisión tomar, rozaba la cartera en el bolsillo del pantalón  y veía las cosas con más claridad. Si aquel fue el único momento de verdad ocurrido en su vida, le serviría como un patrón, un modelo para saber si estaba haciendo lo correcto. Un hombre tan torpe como él (así se veía) necesitaban de Laura y de una foto para saber el camino. Cuando Laura le confirmó que vendría Marcos al cumpleaños, Jaime tuvo la certeza de que, ahora sí, todo tenía sentido. Que la espera era una lección de la vida, que sin todo el tiempo transcurrido donde la rutina fue teatro, no valoraría lo que sintieron los dos aquel lejano verano de hace más de treinta años. Qué apenas cuatro días puedan ser lo más importante vivido es uno de los misterios insondables de su existencia que más lo perturban, pero a la vez, como su amistad con Laura, más lo tranquilizan, porque por fin tiene una razón. Y es que si ahora en el coche sonríe, es porque se ha perdonado a sí mismo. A estas alturas, con más barriga, pocos pelos en la cabeza y unas arrugas que han hecho que abandone el espejo por las mañanas, ha encontrado la paz interior que nunca tuvo, el boquete por fin se le ha cerrado y es capaz de concebirse como un privilegiado  que sintió lo que muchos ni siquiera llegarán a percibir a lo largo de toda su vida. Aquellos cuatro días de un septiembre muy lejano tienen un fulgor que aún lo deslumbra, un calor que da vida,el aroma que da la felicidad, la sensación de saberse eterno por unos breves intervalos de tiempo. Por lo tanto, meses antes del cumpleaños, Jaime hace cábalas, construye sueños con el recuerdo que tiene de Marcos, del que sabe lo que Laura le ha contado; permanece soltero aunque tuvo pareja casi diez años y es catedrático de literatura inglesa en la capital. Su pareja, ahora lo sabe, fue un hombre. Marcos parece que supo tomar las riendas de su vida mucho mejor que él. Varios días ha intentado escribirle una carta para dársela cuando lo vea, donde le pide perdón de todas las maneras posibles y se lamenta por haberlo dejado marchar. Pero tras pasar horas escribiendo, siempre acaba rompiéndola porque le produce bochorno leerse. Aunque Laura trata de bajarlo al suelo, Jaime se eleva agarrado a un Marcos que ya no existe, una imagen construida con los anhelos, los llantos y las desesperaciones de todo el tiempo que han pasado sin verse. Una y otra vez se repite la dedicatoria que se sabe de memoria y que es la esperanza con la que se justifica, porque él lo escribió, él dejó constancia de que lo esperaría el tiempo necesario, que con sólo una señal sabrían que podrían estar juntos. Jaime se asume como un quinceañero, sufriendo el mismo proceso de crecimiento hacia la madurez que debía haber hecho hace varias décadas y aunque lo que desea es tan imposible, tan mentira como lo vivido, no puede evitarlo. Porque no son mentiras, son sueños, piensa él.

Y sin sueños la vida no vale una mierda.

Cuando unos quince días antes del cumpleaños, Laura le cuenta que Marcos ha decidido no acudir, Jaime mantiene el tipo delante de ella pero horas más tarde se derrumbará en casa, como aquel verano en el que todo ocurrió. Laura no sabe, Jaime en realidad nunca le contó que todos estos años ha  esperado el encuentro para tener una razón a la que agarrarse, el argumento de su no-vida. Así que Laura, despreocupada y sin darle importancia, a caballo de una conversación donde lo importante eran otros temas, le confiesa que tanteó un poco el terreno y que Marcos se asustó y puede que también se enfadara. Un poco. Y es que es ahora cuando Jaime se entera de que tras el septiembre en que se conocieron, Marcos atravesó una crisis importante con un depresión que lo tuvo parado varios años. Ahora no quiere enfrentarse a esos recuerdos de nuevo o darle falsas esperanzas a Jaime. No, en realidad no fue por ti, no te creas tan importante, le dice Laura cuando ve la cara de sorpresa de su amigo, aunque sí que fuiste parte del problema, de no aceptarse y de martirizarse con que no encontraría el amor y no podría ser feliz; ya sabes, esos dramas tan maricas. Jaime se obliga a reírse delante de Laura  pero ya en casa se percibe de nuevo otra vez el boquete dentro, con una corriente de aire que arrastra lo construido en estos últimos años. No; la segunda oportunidad con la que ha fantaseado tantas noches antes de dormirse es una locura y se siente ridículo al mirarse la barriga y las manos llenas de manchas por la edad. Pensar que  podría gustarle a alguien con ese aspecto y esa edad es tan absurdo; ni a Marcos ni a nadie. Los días antes debe sacar fuerzas de donde no las tiene, porque la fiesta iba a ser el reencuentro por el que habría merecido la pena la impostura de vivir y ya no será, así que ha perdido toda la ilusión. No obstante, aún queda una razón. De hecho, la que originó todo, porque todo gira, de nuevo, en torno a Laura; el principio y el fin, el aglutinante, la causa y el efecto. Han sido muchas las citas con psicólogos y es posible que sea un viejo, sí, pero también es más sabio y tiene más armas para no dejarse arrastrar al agujero del que hace bien poco salió. Así que se lo trabaja durante la quincena anterior, se hace fuerte, se exige a sí mismo no dejarse llevar ni sucumbir, se busca las artimañas y los subterfugios hasta que una mañana, dos días antes del cumpleaños, se da cuenta de que ya no siente dolor y Marcos ya no importa. Era un espejismo, una invención, una construcción a la que se agarró en el naufragio que era su vida. Y como era humo, se ha evaporado. Ni Jaime ni Marcos son las mismas personas y era imposible que aquello tuviera sentido o pudiera salir bien. La fábula de la zorra y de las uvas verdes, dirán otros. Porque sin Marcos y viniendo de donde viene, ha llegado a ser moderadamente feliz, no ha necesitado a nadie para salvarse y ha reconducido su vida con la que ahora está tranquilo. Ya no tiene miedo de sus pensamientos y de quedarse a solas con ellos, ya no sé ve a sí mismo como una aberración.

En todo esto piensa mientras conduce en dirección a la fiesta.

Y sonríe porque  la alegría se le escapa por las comisuras. Tras todos esos años, siente que la fiesta también será una celebración de su amistad con Laura, de las noches de tapas, teatro, charlas interminables y cine que en su día  recuperaron y que alguna gente ha llegado a interpretar como amor. Je. Cuando llega a casa de su amiga, el jardín y la carpa ya están medianamente llenos y una orquesta interpreta clásicos de las últimas décadas. La gente se reúne en corrillos con copas en la mano y alguno se ha animado a bailar pero poco ambiente aún. O puede que poco vino. No encuentra a Laura y entra en la casa, ocupada por kilos de comida, cámaras frigoríficas, botellas, botellas por todos sitios y manjares variados. Los camareros del bufé  llevan y traen bandejas. Por fin da con ella en la cocina, alegre y loca mientras da instrucciones a seis personas a la vez, así que apenas puede besarla entre prisas.  Olvidé decirte que al final sí ha podido venir, dice mientras se aleja cargada de jarrones de flores. Con la cabeza señala al  salón y el gesto de niña traviesa a Jaime lo deja completando un rompecabezas que no sabía que existía hasta que ha colocado todas las piezas gracias a ese gesto de Laura. Ella sabía todo, cómo pudo Jaime ser tan tonto de pensar que no sabía, ella ha trajinado a sus espaldas, ella seguramente ha mentido piadosamente para que Jaime se relajara de una vez, ella, otra vez todo gira en torno a Laura. El temblor de piernas va parejo a un ataque de pánico que le da ganas de salir corriendo. No puede ser, se repite, no puede ser, se repite una decena de veces. Sin embargo es irresistible acercarse al salón en pasos torpes y tímidos, con tanto miedo que se siente encoger hasta quedar convertido en un ser minúsculo. A contraluz, descubre a un maduro de pelo plateado, gafas y porte aristocrático que pareciera estar esperándolo. Se mueve lento a causa de una leve cojera. La cara surcada por mil arrugas y un cansancio antiguo en los ojos. Pero es él, sin duda es él. Marcos saliendo, otra vez, de las tinieblas. Jaime no se hace a la idea, no lo asume, pero es él que lo mira fijamente, convertido en otro hombre, en otra persona pero igual de atractivo en su madurez, aunque ahora sus gafas sean de montura color rojo y tenga las piernas tan abiertas. No sabe qué decir, no tiene ni idea de qué hacer, no trajo ninguna de las cartas que le escribió porque las rompió y pensando que no lo vería no ha planeado nada, si una disculpa o una proposición, si hacerse el interesante o suplicar y quedar como el demente que se siente en este justo momento. Pero esa demencia tiene un punto de cordura que le da lucidez para sentir que ya no hay tiempo, que no habrá otra oportunidad, que debe arriesgarlo todo si no quiere arrepentirse el resto de su vida. Por una vez, no va a tener miedo. Es ahora o nunca. Porque si de verdad lo que siente es cierto, Marcos también lo sentirá. Así que se pone dos dedos en los labios, los besa, y con ellos señala a Marcos. Marcos sonríe y casi se le escapa una carcajada. Jaime piensa que acaba de hacer el ridículo, que Marcos lo va a humillar y se muere un poco. Entonces Marcos deja de sonreír y se pone dos dedos en los labios para señalar a Jaime a continuación.

Por fin todo tiene un sentido.

 

 


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.