¡Ay, Almudena!

Ni me imaginaba que la muerte de Almudena Grandes me fuera a afectar de este modo. Es que he llorado un montón, es que me he pasado malo varios días, es que tengo una desazón y un escalofrío permanente que no se me va.  Alguna me dirá que de habitual ya soy muy intensito, pero créeme si te digo que hasta para mí está siendo fuerte esta reacción ¡Si nunca la conocí! ¡Si sus libros se quedan para siempre!  Pero miro a las redes, miro la reacción que ha provocado y me quedo más tranquilo porque veo que no soy solo yo, somos cientos, somos legión los que nos hemos quedado huérfanos de alguien que parecía que iba a estar allí para siempre, regalándonos cada pocos años una nueva joya hecha libro que poder guardar en el gran cofre del tesoro que deja para las generaciones futuras, las que deseen disfrutar con novelas enormes como solo Almudena supo escribirlas..

Foto Bruno Thevenin

En estos días he leído artículos y escuchado programas que me han dejado más tocado de lo que estaba. A estas alturas de la semana, gente que la conocía o personajes importantes y con talento han dicho todo lo que se podía decir y me pregunto si yo tengo derecho, si queda algo nuevo que escribir usando el mismo castellano con el que ella consiguió tocar el cielo de las letras.  Pero me temo que escribir algo sobre ella no admite discusión si quiero demostrar que una escritora se puede definir más que por sus obras, por el tipo y cantidad de lectores que tiene y las reacciones que provoca en ellos. Y resulta que, muriéndose, Almudena ha provocado un pequeño cataclismo y no solo en mí, también en muchas otras que hemos quedado marcadas por su obra hasta tener la sensación de quedarnos huérfanas. Por lo tanto, no queda otra que ser agradecido, uno más de los miles que han mostrado su admiración de manera pùblica, ser parte del maremoto de emoción que ella ha provocado,  porque aunque no me lea nadie y nadie quiera ya leer este texto (que llega demasiado tarde), lo mío era una obligación moral.

Llegados a este punto, he de reconocer que si defiendo a mordiscos la obra de la Grandes es porque soy un converso y tengo la fe ciega de los que no valoramos en un principio hasta donde podía llegar. El día que sucumbí a sus encantos ya me tuvo siempre de fan, un lector avaricioso que ha disfrutado muchísimo con su capacidad de trabajo, de mejorar su escritura a base de horas y horas delante de los folios. Precisamente si duele más su inmensa perdida es porque da la sensación de que Almudena podía haber llegado tan lejos que habría dado vértigo mirar su legado. Si tenemos en cuenta que su evolución fue siempre a más y muy pocos serían capaces de llegar a tanto, Almudena se coloca a la misma altura que su admirada Ana María Matute, que Carmen Martín Gaite y que Carnen Laforet. Cerró el siglo veinte demostrando aptitudes más que de sobra y abrió el veintiuno de manera brillante con un homenaje a Galdós (Episodios de una guerra interminable) y al siglo XIX , lo que la convierte en guardiana de la tradición, puente entre dos siglos y, a la vez, punta de lanza que abre otros caminos. Este país vivía sobre una inmensa cuneta de cadáveres, a su vez cubierta de un manto de  silencio y la Grandes con una pequeña cucharilla hecha lápiz, ha ido desenterrando a los muertos para darles dignidad y hacer justicia poética con el pasado, porque lo que se cuenta en una novela bien escrita queda más persistente en la memoria que mil análisis históricos y eso ocurre por una pura cuestión de emociones.

Le debo tanto que hasta le debo mis devociones lectoras gracias a sus recomendaciones. Hablo de hace más de veinte años, cuando participaba en el programa de radio de Julia Otero y cada tarde conseguían una calidad  y una libertad que pocas veces se ha vuelto a repetir en las emisoras españolas. Tantas horas con la compañía de su voz cálida y aguardentosa hizo que un día siguiera su consejo y me atreviera con la Matute de Los hijos muertos, una lectura que me dejó trastocado para siempre, cambió mis gustos literarios y convirtió a la Matute, a partir de ese momento, en mi escritora favorita. También le hice caso con Galdós y leer a Fortunata y Jacinta ha sido una de las grandes experiencias de mi vida. Luego no me detuve hasta leerme la obra del canario entera, al que por cierto se le ve tan buena gente, con la misma honestidad y compromiso con la literatura como se lee a la Grandes. Yo es que tengo la teoría de que un cantante, un director de cine o un músico pueden ir de postureo y pueden engañar, pero con un libro de quinientas páginas es imposible engañar a nadie porque el escritor se muestra tal como es y joder, como molaba la Grandes. Más de uno ha puesto el grito en el cielo al unir el nombre de la Grandes con el de Galdós, pero resulta más que curioso que se utilicen los mismos argumentos para quitarle valor a la Grandes como en su día se criticó a Galdós, el costumbrista garbancero al que la derecha ninguneo y cierta élite intelectual despreciaba por ser mediocre, desde Valle Inclán a Benet o Umbral y pasando por Cela. A destacar en los años veinte a Antonio Espina (del que se acuerda Rita) que llegaba a decir que Galdós «era una enorme medianía».

Repaso estos días la sensación de abandono que nos deja y por una casualidad de la vida, la noticia de la muerte de Almudena Grandes, me pilló en Madrid, en la parada de Tribunal, muy cerca del Mercado de Barceló al que durante años dedicó decenas de columnas en El País. Y sé que me derrumbé porque no podía ser en otro sitio donde supiera la noticia, muy cerca de Malasaña y de Glorieta de Bilbao, de una geografía y de un callejero que antes odiaba porque no conocía. Fue gracias al amor de Almudena Grandes a Madrid que yo también fui queriendo cada vez más a una ciudad que antes se me mostraba salvaje, difícil y esquiva. Que haya politicastros que le nieguen el mérito de haber hecho de embajadora de Madrid, convirtiéndolo en el centro de su obra, demuestra tanta miseria como ignorancia y pueden estar tranquilos; en veinte años nadie se acordará de ellos y somos miles los que recordaremos a la Grandes. Antes detestaba esa ciudad, pero ahora cada vez que voy la disfruto como disfruto de su gente, de sus rincones, de perderme (porque siempre me pierdo) con final feliz,  capaz de ver las glorias y las grandezas de un enclave urbano que se ha convertido en un entorno emocional que hay que ganarse a pulso, pero que se convierte en compañero fiel y para siempre. Si esto ha ocurrido fue porque una gran escritora me lo supo trasmitir y con ello, consiguió que un libro (o varios) cambiara mi forma de pensar, que es lo más alto a lo que puede aspirar una novelista. Pues la Grandes conmigo cambió muchas veces mi manera de pensar y no habrá día que no me sienta agradecido. Otros escritores tendrán talento innato, pero ella ha conseguido lo que muchos de esos supuestos dotados no van a conseguir en la vida: trascender y emocionar. 


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.