Toros, negros y crucifijos

Llevo unos días acumulando pensamientos sobre la cultura a raíz de los últimos acontecimientos de las últimas semanas.
El sector de la Tauromaquia está llorando porque lo de la pandemia, como a otras muchas industrias, les ha hecho bastante pupa. Lo entiendo.
Uno de sus alegatos es que los toros son cultura, y ahí es donde las redes arden. ¿Es cultura? Sí, lo es (mal me pese), pero también lo era el circo romano y ya no se celebra. La cultura es un pilar de la sociedad. Define hábitos, define su evolución, define todo. Y a su vez hay reciprocidad, porque la cultura es un reflejo de la sociedad que ha constituido. Es como el huevo y la gallina.
La tauromaquia forma parte del histórico cultural, pero eso no significa que deba seguir cuando hemos tomado conciencia de que se derrama sangre para entretener. Se mata para celebrar. Sí me gusta la iconografía torera. Los carteles, los trajes de luces. Los toros nos trajeron a Belén Esteban que, sí, también es cultura, y un referente cultural capaz de arrastrar en masas de un sector social que jamás había pillado un libro hasta un Corte Inglés y agotar su incursión literaria.
La cultura no tiene por qué gustarnos.
La cultura prevalece y es legado.
Los taurinos, y lo extiendo a fiestas populares donde espolean y lancean a los animales, hablan de tradición. Tradición era el derecho a pernada, tradición es tirar homosexuales desde la torre de la plaza del pueblo en algunas regiones donde la religión prima sobre el sentido común. Porque las religiones también son culpables de muchas cosas. Y a las religiones se les perdona todo, porque sobre ellas o bajo sus dogmas, se han alzado muchad tradiciones culturales. Triplete.
No hay que abolir los toros, hay que abolir el maltrato animal.
No hay que prohibir las religiones ni las creencias, pero al menos en España, cabe remarcar y recordar las veces que haga falta, que es un país aconfesional. Marcado con tradición y cultura clerical, pero ya está.
En las calles caben tanto procesiones de Semana Santa como manifestaciones del Orgullo Gay. Y todas son igual de respetables como irrespetuosas. Cada una a su manera. Cada una con su historia.
Hace unos días se decidía sacar LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ de HBO porque, tras el asesinato racista de Floyd, todo estaba hipersensible. Se alegó también que era una romantización del racismo dejando de lado que la peli es un referente cultural multigeneracional, retrato de una época y de un contexto social (no la peli, solamente, sinó también su rodaje). Salió gente hablando de «Call me by your name» y su alegato pederasta. Si jugamos a eso, juguemos bien. Censuremos «Pretty Woman» o «Irma la Dulce» por edulcorar lo de ser puta, censuremos la misoginia de Hitchcock, la música de Michael Jackson, Polanski o Bertolucci, y a Nabokov, por supuesto. El reggaetón y el perreo. Censuremos todas las obras donde se ha ridiculizado a los homosexuales.
Recordad cuando Madonna era Satán pero todos bailáis «Like a Prayer» como si no hubiera mañana.
Censurar es la parte fácil y cómoda. Lo difícil es crear el espíritu crítico, filtrar y analizar, y entender lo que consumes desde todos sus prismas y su contexto en el espacio y tiempo.
Por cierto, que la tauromaquia es patrimonio griego, no español.
Que me eduqué en un seno familiar de fuertes convicciones religiosas (hasta fui Legionario de Cristo, plot twist) , y que pese a sufrir, me enseñaron a entender una Fe, y a decidir si abrazarla o a desprenderme, y a separar religión de institición.
Que me gusta el cine pero eso no me ha convertido en putero ni en superhéroe.
Que soy maricón pero desde que nací, no por un tema de cultura ni adoctrinamiento. La cultura sí me permitió desarrollarme como persona.
¿Qué es lo correcto? Censurar no, que entonces pasa lo del Efecto Streisand.


Sobre el autor

Bellísima Persona

Catalán rojuno y apátrida.