Hitchcock, el hombre del que nunca sabemos demasiado

El 29 de abril de 2020 se cumplen 40 años del fallecimiento de Alfred Hitchcock, el maestro del suspense; el director que hacía del encuadre cinematográfico un matemático y pictográfico compendio del deseo y la atracción mágica, del desasosiego y la abstracción entre el sueño y la verdad. La realidad de su cine será vista desde su punto de vista, a partir de entonces, como una atrayente distorsión de los elementos de la historia en función del devenir del comportamiento humano, como una serie de ráfagas de luz que entendían la narración como una línea coherente entre la persuasión, el acompañamiento sonoro y el hilo conductor de los diálogos.

De su cine, que se ha hablado, leído y estudiado hasta la saciedad, seguirá haciéndose como piedra angular de la Historia del Cine; no sólo se parte como estudio de una nueva concepción del suspense como camino para incluir otros muchos temas, sino como fuente inagotable de la “presentación, nudo y desenlace” de forma perfecta a la hora de contar una historia. Despistaba a sus personajes, encaminando al espectador sobre pistas que parecían no contar nada. Su “Macguffin” fue una caja donde las cosas que dejaba dentro, las iba rellenando cada cual, a medida que terminaban de cuadrar esos puzles siempre lisérgicos.

Os presentamos aquí, sólo cinco de sus películas donde sus mensajes eran unos y otros. Donde, tras la cortina de humo de su tema principal, existían otros trazos que perfilaron ese sentido de hacer que sus obras fueran imperecederas.

1- Vértigo: Porque pensábamos que lo importante era la historia de amor y la atracción que sentía James Stewart por una Kim Novak sin sujetador. Y lo mejor era que siempre hemos sentido todas las ganas de permanecer ocultos y aparecer de nuevo, con el mismo cuerpo pero distinta personalidad. Y meter al amante en una espiral de la que no podrá salir nunca.

 

2- La soga:  Porque en un plano secuencia no sólo se podía jugar al escondite, sino a guardar las apariencias,  la mezquindad de toda una sociedad de esa época, Y hasta nuestros días. Y lo hizo con miradas y rostros en planos medios y una profundidad de campo cortada por cuatro paredes. De esta manera, el maestro ironizaba sobre el rol masculino, igual que la trampa de cambiar de rollo de película cuando el personaje pasaba delante de la cámara y se fundía a negro en un instante fugaz.

 

3- Psicosis: El terror enterrado en la idea del «superyo» como entidad superior. La heroína aniquilada a las primeras de cambio. Y esa ducha, de nuevo una espiral. Esta vez, a las alcantarillas de la infancia como el pasado oculto del que se esconden verdades como templos o, mejor, como celdas de la policía, donde una noche, el padre de Hitchcock castigó a su hijo. He aquí el redoble de tambor de su melodía mordaz; la idea de que una sociedad no sabe nada de sus individuos. Haneke lo hizo décadas más tarde en «La cinta blanca».

 

4- Cortina rasgada: porque se podía contar la Guerra Fría reflejando un mundo idiotizado y sin sentido, igual de asfixiante que la labor de hacer el bien para que no sirva para nada. La cara de una desconcertada Julie Andrews lo decía todo. Una mujer perdida en un mundo a la deriva. Y cuenta con una escena de asesinato de las mejores de la Historia del cine. Kieślowski la igualaría, décadas después en su «No matarás».

5- Los pájaros: Porque no sólo era una historia de amor a tres bandas. Era la magnitud del poderío de un director en perfilar sus deseos. Bajo los celos, entre ese trío amoroso y los pájaros que atacan a la población por la llegada de intrusos, Hitchcock encerraba a sus protagonistas en cabinas de teléfono y las lanzaba, sin avisar, a un cuarto con pájaros reales. Así salió de mal parada la bella de Tippi Hedren. Herida de verdad y harta, también de verdad de la buena.

Décadas después, Lars Von Trier hizo bailar y cantar a Björk en «Bailar en la oscuridad», con idénticos resultados.


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.