In Memoriam – Rambal

Alberto Alonso Blanco era el nombre que figuraba en el Documento Nacional de Identidad de Rambal, Rambalin para sus amigos, que eran muchos. Nació en mayo de 1928 en el barrio donde residió toda su vida: Cimadevilla, en Gijón. Rambal sobrevivía como lavandero de los de tabla, pastilla de jabón, balde y canasto. Manos masculinas de manicura femenina con las que ayudaba en las duras faenas de la colada a esas señoras fuertes que acudían al lavadero a trajinar de rodillas, a puño y en agua fría. También hacia recados para las prostitutas, cigarreras, pescadores y buscavidas que se apiñaban en aquel barrio humilde y marinero donde la miseria todo lo cohesionaba y, en cierto modo, los protegía del exterior

Rambal era homosexual, término que siempre me ha parecido mucho más negativo que maricón porque suena como a enfermedad, pero ahora no se puede decir maricón para no perturbar a los ofendidos crónicos, no sea que sufran algún tipo de congestión. Además, te pueden denunciar a los sanedrines de las RRSS y cerrarte las cuentas. Así estamos.

Bueno, el caso es que Rambal nunca se escondió de nadie: llevaba su condición con una gran sonrisa y mucha dignidad pese a haber vivido en sus carnes toda la dictadura al completo. Se desenvolvía en su barrio con toda naturalidad, cantando coplillas, repartiendo alegría con orgullo verdadero, ese que ahora están tratando pisotear, ensuciar y criminalizar de nuevo los de la piara verde, esa gentuza ruin, mezquina, vil, falsa, hipócrita y despreciable que envenenan todo cuanto tocan.

Pero él sabía bien que esa entereza solo valía para sí mismo y en su entorno, su fuero, su barrio de Cimadevilla. Cuando salía de sus calles trataba de no comprometer a sus amigos y conocidos, como el padre de mi buen amigo Jonny, compañeros de la escuela. Cuando Rambal se cruzaba, fuera de su bario, con alguna de estas personas se comportaba como un perfecto desconocido, llegando incluso a negar el saludo o rehuir el encuentro para no empañar su respetabilidad porque un sencillo “buenos días” podía provocar suspicacias y otras consecuencias.

Al caer la noche brillaba como transformista en cabarets y antros de la ciudad con bastante éxito y así, entre unas cosas y otras, se iba ganando la vida. Su comunidad le tenía por un miembro relevante y le rendían un respeto muy poco habitual en aquellos tiempos hacia una persona de su condición.

Llegaron nuevos tiempos para todos y, cuando parecía que todo iba a cambiar por fin, perdió la vida casi al tiempo en el régimen agotaba la suya: unos meses después del fallecimiento del dictador fue asesinado. Una madrugada de abril de 1976 lo cosieron a puñaladas en su propia casa, que incendiaron para tratar de eliminar las evidencias del crimen. El barrio entero clamó por su muerte y exigió justicia por las calles. Sin éxito. Le llegaron a decir a su familia y amigos ‘»nunca vais a saber quién lo hizo'» y así ha sucedido. Dicen que fueron dos chaperillos, pero nadie fue detenido, juzgado ni condenado.

Han pasado casi 44 años y el crimen no ha sido resuelto. Ninguna autoridad le dedicó el mínimo esfuerzo, mas allá de dar cierre al expediente cuanto antes, al asesinato de aquel hombre porque no pareció importarles lo más mínimo que mataran a un maricón. Es más: dicen las voces de las calles que tuvo que ser cosa de un pez gordo, algún ricachón de los que, a escondidas, tenían tratos con él. Y es que Rambalin decía con cierta sorna “Ay, si yo hablara” y quizás eso fue como pintarse una diana en el pecho.  La realidad es nunca habló y se aseguraron de impedir que lo hiciera alguna vez. De nuevo las manos negras en los lugares adecuados se ocuparon de enterrar el crimen.

Sin embargo, su figura y su recuerdo no se han perdido: grupos como la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales (FELGTB) lo consideran un pionero de la visibilidad LGTBI. Se han escrito libros en torno a su figura y memoria como “La Tinta del Calamar” de Miguel Barrero. El mismo Rodrigo Cuevas dice «Ya que no hubo justicia real, le quise hacer un pequeño himno, para que haya justicia poética» y le dedica un tema en su trabajo “Manual de Cortejo” llamado también “Rambalin”

Asi que quien sea que esté detrás de este crimen no debe haber pegado ojo desde entonces. Solo espero que exista un infierno donde esa clase de criminales ardan por siempre.
¿No os recuerda  a lo que le sucedió no hace mucho a Cristina “La Veneno”?  Otra persona que, supuestamente, sabía demasiado y también pagó con su vida, quedando el crimen literalmente “archivado”.

Que la memoria de estas personas no se pierda jamás y así, de alguna manera, se les pueda dar la justicia que les fue negada.

 


Sobre el autor

DMalignus

No te pases de lista, que te vas a Diego de León......