Recordando a…Federico Fellini

El universo que creó Federico Fellini estaba plagado de paraísos artificiales llenos de enorme realidad. En su profundidad de campo habitaban, en primer plano, los visitantes de nuestra infancia y, en segundo, la ampliación de lo grotesco hasta difuminar su mirada a la melancolía del pasado y la vida como un circo; todo era una gran farsa, y la mayoría de lo que contaba había que tomárselo en serio. Y en su punto de fuga, hacia el infinito, el plano se estrellaba en dos líneas que juntaban la idea inequívoca de su cine: el recuerdo.

La vida como una orquesta que no dejaba de sonar. Los payasos que maquillaba en sus películas eran la transparencia de ese cine dentro del cine. Y esos personajes, donde estiró la realidad hasta hacerla plásticamente incomparable, se paseaban por el escenario como figuras que representaban lo efímero de la vida; mientras los edificios, las calles, los cafés de Roma, las fuentes y los barcos seguirán transportando a otros seres.

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El pasado de lo que fue su obra, hasta nuestro presente y los que vendrán. Cuando todo lo que ofrece el cine ahora parece ya inventado, en manos del realizador de Rimini, las costuras que vistieron sus personajes fueron algo nuevo; brillante, veloz. Unos fuegos artificiales llenos de vida; agua, calor, nubes, cielo, sombras alargadas y luces. Se acaban de cumplir 100 años de su nacimiento. Ahora, cada cual tiene su Fellini particular. Muchos consideran su «ciudadanoKane» como su obra cumbre: » 8 y 1/2″. Su nada celebración prosaica entre la realidad y la ficción de un director de cine. Particularmente, me quedo con dos trabajos que considero sus dos mayores y absolutas obras maestras: «La Strada» y «Amarcord».

En la primera, donde se pueden observar algunos de los primeros planos que un realizador ha pegado a una pantalla el rostro de una mujer. Giuletta Masina, su pareja durante cinco décadas. La segunda, teatro fulminante del microcosmos del realizador, bajo la carpa de unos personajes secundarios tan importantes que han llegado a nuestros días con una lucidez apabullante.

Hay que volver y volver. A «Umberto D», a «Roma, ciudad abierta», «El limpiabotas», y unas cuantas más. Sólo queda contar lo evidente, que tan bien lo dibujó Fellini: la nave va, y va, y va…


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.