Reseñamos Pecho Frío, última novela de Jaime Bayly

Indicaciones: para todo aquél que esté dispuesto a reírse hasta de su sombra.

Posología: léase a ratos o del tirón, lo que os salga de los huevos.

Contraindicaciones: este libro está contraindicado para peña con complejos identitarios y/o de signo político, mermaditos con poco callo en esa sana costumbre que es cuestionarse a uno mismo y/o/u a los grupos, colectivos, asociaciones, partidos o lobbys que sostienen y refuerzan su imagen identitaria y para la peña sin sentido del humor en general pues también.

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Bueno, pues ya está; leído, releído, digerido y asimilado. El libro comienza deseándonos buenas tardes —lo que siempre es una garantía de que el autor es un hombre educado— y termina con la palabra «capitán», que rima con Bután, con Kurdistán, con Uzbekistán y, lo que es aún mejor, con Kazajistán y Chiquitistán.

A Bayly siempre regreso con las manos temblorosas y la respiración contenida, un poco al modo en que uno regresa a Almodóvar, pero regresar a Bayly por lo general depara muchísimas más risas y bastantes menos decepciones.

El escritor Jaime Bayly con un abrigo de paño buenísimo

 

Yo a Bayly lo descubrí por casualidad y de lance, a tan solo tres euritos y en rústica de Anagrama, y jamás se me olvidará por qué motivo me llevé ese libro y ningún otro. Tras la portada —un san Sebastián flechado de Pierre & Gilles e incomprensiblemente firmado por Jordi Sàbat— el desfachatado autor perpetraba la sinvergonzonería de dedicarse el libro a sí mismo. ¿Puede haber algo más ‘Bayly’ que dedicarte tu propio libro a ti mismo? Me enamoré. Y para rematar aquello, tras esa modesta y muy sucinta dedicatoria, Bayly incluía dos epígrafes bastante reveladores de lo que viene siendo su muy desordenado y siempre descacharrante mundo interior. El primero, de la controvertida cantante y mega multimillonaria —jodeos bitches— Madonna, rezaba de la siguiente manera: “A veces tienes que ser una puta para que las cosas se hagan como tú quieres”. El segundo epígrafe era y es de Andy Warhol, de su diccionario filosófico, y enuncia que “dos personas besándose siempre parecen pescados”. A ver quién con estos mimbres y a ese precio podía resistirse a comprar un libro así de prometedor. El libro, por cierto, era ‘La noche es virgen’, de 1997, y tiene la particularidad de estar escrito sin emplear una puñetera letra mayúscula en ninguna de sus 189 páginas.

El último libro de Bayly es este que os he fotografiado aquí debajo con tan buen gusto y con esa exquisita parquedad cromática tan de dominical de Lo País, y os reconozco que lo he empezado con miedo. Bayly ya no es aquel niño-bien miraflorino, aquel tragachelas consumado, coquerazo siempre al palo y siempre alborotador que quemaba rueda por la Avenida Larco. Jaime Bayly, señoras mías, ya ha cumplido cincuenta y cuatro. Por eso os digo que uno siempre regresa a Bayly un tanto suspicaz, preguntándose con reticencia qué coño nos vaya a contar esta vez; pero como os digo, una vez más Jaime Bayly me ha hecho un knock out desde la primera página: lo he vuelto a devorar entusiasmado.

 

Pecho Frío se escribe con dos mayúsculas no por esnob anglofilia, sino porque en este libro Bayly sí que ha incluido mayúsculas, todas preciosas, por cierto, y porque además de ser el título del libro, Pecho Frío es el nombre y primer apellido de su protagonista.
Pecho Frío narra la historia de un beso, un beso ridículo y vergonzante, un beso retransmitido, un beso a cambio de un premio, un beso que empieza casto pero termina con lengua, un beso que acaba muy mal.

Y quizá si lo leéis, después me diréis que la comparación está un poco traída por los pelos, pero a mí Pecho Frío me ha recordado un poco a Monzó en ‘La magnitud de la tragedia’, esa inmensa ironía en que el ridículo más atroz deviene en inextinguible priapismo. Bueno, pues el beso que Pecho Frío le obsequia a Mama Güevos —un alter ego del propio Bayly— en un programa prime-time de la televisión peruana es un poco esa erección que no cesa de Monzó —del personaje de Monzó, perdón— en ‘La magnitud de la tragedia’.

En Pecho Frío Bayly vuelve a demostrar tenerle bien tomada la medida a los signos actuales de nuestro tiempo confeccionando un retrato de la actualidad salvaje, delirante, histriónico y corrosivo a base de hiperbolizar hasta las últimas consecuencias asuntos tan en boga ahora como la discriminación positiva, el populismo, la corrupción a todas luces rampante o el arribismo mediático. No me resisto a compartiros un párrafo en el que Pecho Frío plantea algunas de las promesas electorales de su partido cuando se presenta en la lista de Churro Chato como candidato presidencial al Congreso del Perú:

“Cerraremos el Congreso. Iremos a la guerra con Chile. Llevaremos a todas las madres peruanas a Disney. Y algo más que todavía no he consultado con mi candidato, pero que es una idea que mi novio Lengua Larga y yo hemos pensado con gran amor a la patria: bajaremos la edad de jubilación a los cincuenta años, de manera que nadie después de los cincuenta se vea obligado a trabajar. Nuestro gobierno fomentará el ocio, el descanso, las vacaciones y la jubilación temprana: cincuenta años para los varones, cuarenta y ocho años para las mujeres, cuarenta y cinco años para los gays y las lesbianas, debido a que sufren mucho por la discriminación homofóbica y están estresados y por tanto necesitan descansar un poco antes que los demás”.

Creo que difícilmente se puede resumir con más tino e igual gracia el momento actual en que braceamos.

Pecho Frío es una hilarante instantánea de la exigua mesocracia peruana, del corrupto sistema judicial alimentado a base de coimas y de amenazas, del sexo como moneda de cambio y de la turbia financiación de un lobby gay ya bastante bien enraizado en el país andino. Pero además nos sorprende con un guiño mordaz a los ‘ñoquis’ argentinos de Cristina Fernández de Kirchner, nos recuerda la eterna pugna entre Perú y el vecino Chile y nuevamente señala a la televisión —ahora también internet— como ágora y hoguera de la gran tribu transnacional, una tribu que ha dejado de ser simplemente espectadora para empezar a interactuar en un tête à tête virtual pero constante con las antes distantes élites gubernamentales, estrellas catódicas, delincuentes mediatizados y todos aquellos que, en definitiva, parten y mal reparten el bacalao estatal.

Y a todo este pandemónium de corruptelas y francachelas hay que añadir la que ya se ha convertido en verdadera protagonista de todas las novelas de Bayly, esa deliciosa habla limeña siempre trufada de sabrosos localismos y expresiones tan sonoras y coloristas como los fuegos artificiales.

En fin, que yo ya me lo he terminado y que he disfrutado como un cochinillo en un campo de boniatos, y que si creéis en el boca-oreja, y si en alguna consideración tenéis a este seguro servidor que os escribe y recomienda, apuntad esta maravilla en vuestra lista de pendientes, que os vais a reír muy a gusto, de verdad.

 


Sobre el autor

Juambe Muñoz

Plancho hasta la toalla del gato, y por los dos lados