DRÁCULA: chupa que yo te aviso (o no)

Una colaboración para Atrozconleche de Antuan Austen @ArmaImpaciente

¿Otra versión de Drácula? ¿Era necesario, Netflix? Pues… sí y no. La miniserie de tres capítulos,
que llegó a la plataforma el 1 de enero de este año tan apocalíptico, tiene muchos pros pero, ay,
también acumula varios contras.


Empecemos por los puntos positivos. ¡Colmillos arriba!

1. ELLA. Lo mejor de la ficción televisiva es la monja coprotagonista, la insigne y simpar Agatha
Van Helsing. Sí, habéis leído bien; en este «Drácula», la antagonista del Príncipe de las Tinieblas es
una Van Helsing: mujer y monja. Y qué monja, oigan.

Contestataria, cínica, descreída, cabezona, valiente, aguda y libre de cualquier atadura moral, ética,
religiosa (sip), sexual, social… Como una Mari Trini mezclada con Buffy y enviada al siglo XIX
para enfrentarse con el Mal absoluto. Y le plantará cara, ya os lo adelanto.
(y parece que no soy el único que piensa así)

2. El subtexto gayer (I). La trama arranca con numerosos guiños, pistas y dobles sentidos que
sugieren la bisexualidad de Drácula. Es decir, que en su castillo no solo se chupa sangre.

Nuestra monja preferida (junto con la hermana Clarence de Sister Act y la maravillosa Sor Citröen
de nuestra Gracita Morales -a todo esto, ¿para cuándo un post de nuestras monjas favoritas de
ficción, Atroz?-) investigará los actos homosexuales que, según sospecha la liga antivampiros de
aquella época, cometió Drácula. Porque lo de matar a gente y destriparla es como un delito de poca
monta comparado con el sexo anal y los bukakes con granjeros eslovacos.

3. Un primer episodio requete-entretenido, que engancha y logra hacer un homenaje al texto
clásico de Bram Stoker pasándolo por un (pos)moderno tapiz de feminismo, lgbt-ismo y diálogos
chispeantes entre la monja y el (elegante) monstruo. Ahí es nada.

Que sí, que no me olvido, que el actor que encarna al vampiro está muy bien, y hasta enseña el culo
-bastante bien-. Minipunto positivo.

Y ahora, entre los inconvenientes de la miniserie vampírica destacamos:

1. El subtexto gayer (II). Que sí, que lo había puesto en los pros pero es que, a la larga, se vuelve
contra. ¿Por qué? Porque conforme avanza la serie nos va quedando claro que, de sexo gayer entre
vampiros y humanos, vamos a ver entre poco y nada. Ni entre humano y humano, en realidad. Que
todo acabará en un pastiche hetero nada memorable. Que todo fue clicbait, cebo, gaybaiting, lo que
sea. Un quiero y no puedo, en mi pueblo.

2. El desenlace. Sin destripar nada, y por poner una imagen mental en vuestra cabez(ot)a, digamos
que la serie empieza en el Himalaya del interés y el buen hacer, hace un interesante travesía a la
altura del mar en el segundo capítulo y, al fin, se hunde de manera desastrosa en un tercer capítulo
que cierra la trama -y a los personajes- de la peor manera que se me ocurre, traicionándolos y
ofreciéndonos lo peor que puede ofrecernos una ficción: indiferencia y sopor. Así que si veis el primero y os quedáis ahí, casi que mejor. Si queréis ver el segundo, vale, ok. Pero el tercero ya es responsabilidad vuestra. No digáis que no os lo advertimos.

Por último, una recomendación a Netflix y la BBC, que sabemos que nos leen: que hagan una
segunda temporada de “Drácula” pero con Agatha Van Helsing de protagonista. Su delictivo
pasado, sus salseos en el convento, sus devaneos bisexuales. LA QUEREMOS PARA AYER.

 

 


Sobre el autor

Atroz Con Leche

Podríamos empezar diciendo “Bienvenidos a este blog” pero mentiríamos cual bellacos. También podríamos comenzar con las palabras “Esta es una nuevo modelo de red social” pero ni de coña y tampoco hay ganas. Esto es… Atroz…No hay palabra que mejor lo defina. Bueno sí que hay otras, pero si las escribimos no podrían leerlo niños y además ustedes se van a asustar.