1917

Para rodar «1917» hicieron antes casting de ratas. Sam Mendes ha querido que todo lo que pareciera desapercibido e importante se incluyera en primeros planos. En su impactante película (me juego mi colección de comedias de Tarkovski a que se lleva el Oscar a La Mejor Película), sólo aparecen cinco o seis soldados alemanes, cuatro aviones y ningún tanque entero. La guerra que retrata es un crimen de escombros, de cuerpos hinchados y descompuestos; de cielos grises y noches que iluminan las ruinas por las bombas. De dos personas escondidas en los resquicios de un edificio. No más. En «Birdman» te das cuenta del plano secuencia: es intencionado, pretencioso, tiende a la extenuación. Aquí no. El movimiento de cámara es suave, el travelling acompaña al personaje. Cuando la cámara gira 180 grados, se utiliza el truco de hacer pasar a varios personajes para no provocar un zoom innecesario. Como en «El arca rusa» de Sokurov, se utiliza la profundidad de campo para provocar más amplitud a la cámara y que, así, pueda recorrer largos pasillos y campos.

Sam Mendes ha elaborado una guerra recreándose en los restos que deja el pasado, para fundir la memoria en una tragedia épica de resonancias históricas actuales. Su película podía haberse contando a la inversa; porque no hay buenos ni malos. Podían haber sido dos soldados alemanes sus protagonistas: y la película, al hacerse reversible, gana en consonancias humanas y en parámetros clásicos. El conjunto huye de la sensiblería, con una música que da un tono de suspense a la aventura del protagonista. Pero no veréis grandes escenas de batallas, enormes interpretaciones ni planos adornados. Las luces y sus sombras se ven debido al reflejo del significado de realizar una película a tiempo real. La historia del plano – secuencia se verá en las Escuelas de Cine. De los restos de todos estos cascotes dará cuenta el tiempo; para ver si de verdad esta artillería de realización y puesta en escena tiene el marchamo de clásico.


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.