Pink Lit: el puñal, la rosa y el complejo

¿Por qué nos avergüenza leer novela rosa? De cómo las bondades del libro electrónico se han llevado por delante a las cubiertas forradas de papel de periódico.

Rápido, sin pensar: si os dicen novela rosa, ¿qué es lo primero que se os pasa por la cabeza?

¿Insulina rápida? Vale, de acuerdo, y quizá sea verdad. Lo trendy jamás va a perdonar a lo cursi a menos que se barnice de kitsch; y en el caso de la novela rosa, ese supuesto barniz ni siquiera es incontestable.

Harlequín Ibérica, el sello Terciopelo de Roca Editorial, la ya extinta editorial Odisea o los grandes títulos en relieve sobre camisas en brillo de la editorial Planeta; hablar de novela rosa evoca de manera indefectible las peores asperezas del peor papel del pulp. Pero más allá de las escoceduras que nos pueda producir el encorsetamiento de un género, existe un amplio abanico de posibilidades tanto en calidad como en cromática de la gama. ¿Es posible leer novela rosa sin que nuestra autoestima se vea irrevocablemente dañada?  ¿Realmente sería el mundo un lugar mejor de no haber existido Corín Tellado o Barbara Cartland? Hoy en Atroz con leche reflexionamos sobre las bondades y contraindicaciones de un género denostado como pocos y nos aventuramos a haceros algunas recomendaciones. Mozo, tenga la bondad, traiga para mí y para mis amigas una champanera con lito y una botella bien fría de Clicquot Rosé con fresas. Comenzamos:

 

MADRID, OTOÑO DE 1995 Leocadia Macías, una escritora de novela rosa que publica bajo el seudónimo de Amanda Gris, se ahoga en una encrucijada sin salida mientras asiste, inerme y aterrorizada, al naufragio de su propio matrimonio. Obligada por contrato a la entrega de cinco novelas de temática romántica anuales y acorralada por el infranqueable bloqueo creativo que el fracaso de su propia vida sentimental le produce, Leo es chantajeada por sus editores bajo amenaza de quebrantar su anonimato si no consigue alcanzar el mínimo anual de títulos exigidos.

Leocadia Macías, todo un cóctel con tacones de antidepresivos, ansiolíticos y alcohol.

El por qué es tan importante para Leo desvincular su nombre y su persona de la obra que produce es un punto que Almodóvar no termina de aclarar en la que sería su undécima película. Tal vez la vida profesional de ese marido al que intuye cada vez más ajeno —un militar de alto rango con un importante peso de decisión dentro de la OTAN— tenga algo que ver al respecto, aunque también es posible que la flor del secreto de la escritora hunda sus raíces sobre la arena de lo estrictamente comercial. ¿Acaso se avergüenza Leo de lo que escribe? Lo más probable es que el celo con el que Leocadia Macías se parapeta tras ese seudónimo azucarado tenga una razón compuesta de múltiples y muy variadas aristas, pero sea como fuere, lo que resulta evidente es que su actividad, para ella, cae en el terreno de la más absoluta inconveniencia. ¿Es ella misma quien se discrimina o lo hace por un miedo cerval a lo que pudiese pensar su entorno? ¿Qué ocurre con los lectores? ¿Hasta qué punto es hoy por hoy la producción de género romántico un mercado marginal dentro de la industria editorial?

 

Según Andrea Tommasini (Roca Editorial) la novela rosa ya no vive el momento de esplendor que vivió en décadas anteriores: “Ahora mismo el sello Terciopelo representa un porcentaje muy bajo de todo lo que publica Roca Editorial. Nunca ha sido nuestro sello más importante; de hecho, hasta hace un par de años, publicábamos una novedad de romántica cada mes en papel sobre un total de 6 o 7 novedades mensuales. A partir de este año, las novedades de romántica se publican en el sello e-Terciopelo que, como su nombre indica, solo es digital. La novela romántica se sigue vendiendo y sigue teniendo un núcleo duro de lectoras apasionadas, pero ya pasó el boom que vivimos hace unos años”.

En cuando al target lector que manejan, Tommasini no duda en señalar que las lectoras de novela romántica son principalmente mujeres a partir de treinta años sin importar la extracción social, así como que todas ellas se caracterizan por ser en general fieles al género y lectoras muy voraces, razón por la cual desde el sector se ha decidido apostar claramente por el digital en la producción de género romántico: “Creo que precisamente porque las lectoras de romántica son fuertes consumidoras del género, la mayoría lee en digital…, supongo que ya no les caben los libros en casa. Además, con el digital, tanto el lector como nosotros podemos abaratar costos”.

La fuerte irrupción del digital también es algo en lo que coincide María Eugenia Rivera, directora editorial en Harlequín Ibérica, un verdadero gigante de la producción en papel en décadas anteriores y la editorial que prácticamente copó el mercado de la literatura romántica en España hasta la llegada del nuevo milenio. De hecho, el propio Almodóvar contactó con la distribuidora de la editorial mientras buscaba localizaciones para el rodaje de La flor de mi secreto: “Sí, las ventas de digital han crecido en los últimos años, se compra mucha novela romántica en formato electrónico. Una de las ventajas de los ebooks es el anonimato, puedes leer en el transporte público lo que quieras y cuando quieras”.

Sin embargo y más allá de todo lo anterior, la soberanía del digital sobre el papel se invierte completamente cuando miramos a las generaciones más jóvenes. La generación millennial vive en una especie de línea de tiempo paralela donde las más elementales leyes de la física se invierten por arte de birlibirloque como quien le da la vuelta a un calcetín, y si hablamos de literatura romántica para millenials, el nombre de Javier Ruescas replandece como un diamante del tamaño de un melón sobre el mostrador de un género que, durante la primera década del milenio, estaba viviendo sus horas más bajas. En torno a Ruescas se organizan diferentes asociaciones de fans, clubs de lectura, colas de firma infinitas y una legión de ávidos lectores que esperan siempre con impaciencia la media de dos publicaciones anuales a la que Ruescas les tiene malacostumbrados.

La extensa estela de la buenísima estrella de Ruescas alcanza, incluso, a quien hasta el año pasado ha sido su compañero sentimental, Manu Carbajo; un señor más que estupendo junto al que Ruescas ha escrito —a dos cabezas y cuatro manos— tres de sus más famosas novelas, y quien ya cuenta, además, con una novela escrita en solitario.

El escritor Javier Ruescas en lo más crudo del crudo invierno.

Pero el notable éxito de Ruescas no se entendería del todo si no hablásemos de otro fenómeno también relativamente reciente, el fenómeno booktuber, un fecundo patatal donde Ruescas es el monarca absoluto con doscientos noventa y dos mil suscriptores a día de hoy.  A día de hoy, por cierto, hablar con Javier Ruescas es hablar también con la agencia Carmen Balcells y pasar el filtro de Ramón Conesa, su agente; y no es para menos. Ruescas cuenta con 20 títulos en su haber con apenas 31 añitos cumplidos, títulos que han venido de la mano de editoriales tan prestigiosas como Alfaguara, Destino o Nube de tinta. Destaca como su año de más intensa productividad el 2015, con cinco novelas publicadas entre el trece de enero y el treinta de octubre. Cuando le pedimos que resuma su éxito en tres ingredientes básicos, Ruescas lo tiene muy claro: “sinceridad a la hora de escribir, autoreflexión a la hora de crear a los personajes y un ritmo adictivo”. Interrogado acerca del curioso repunte de las novelas de amor entre las generaciones más jóvenes, Ruescas se inclina a pensar que esa nueva corriente lectora pasa, al menos en un primer momento, por la literatura fantástica: “Yo creo que la novela romántica nunca ha perdido su interés y su público, pero fenómenos ya pasados como Crepúsculo y toda esa línea romántica paranormal abrieron las puertas a un público nuevo”, algo que también nos corrobora la directora editorial de Harlequín: “Existe una gran variedad de subgéneros y formatos  dentro del abanico de la romántica, desde la novela corta que cuenta una sencilla historia de amor pasando por novela histórica, paranormal, erótica, suspense… Hay una novela romántica para cada tipo de lector”.

No obstante, y a pesar de que las editoriales tradicionales de novelas de amor jamás han dejado de estar atentas a las especificidades de la demanda lectora, parece que el éxito del género ha dejado de ser un fenómeno editorial más o menos anónimo para convertirse en un fenómeno estrictamente de autor. Las grandes editoriales lo saben, y allí donde nace un diamante del tamaño de un melón suele nacer, tarde o temprano, su contraparte.

El fenómeno fan creado alrededor de la figura de Javier Ruescas tiene su contraparte en el fenómeno Blue Jeans, punta de lanza de la editorial Planeta en cuanto a literatura romántica para público juvenil se refiere y el seudónimo tras el que se esconde el escritor Francisco de Paula, quien curiosamente empezó a publicar, al igual que Ruescas, en el año 2009.

Francisco de Paula, casual wearing, casual pose.

Pero si la productividad de Francisco de Paula no es en absoluto comparable al intenso ritmo de publicaciones de Ruescas, si hablamos de volumen de ventas, es sin duda alguna Blue Jeans quien se lleva el gato al agua. Francisco de Paula llegó a vender 600.000 ejemplares de su primera saga, Canciones para Paula —editada en un principio por Everest y cuyos derechos de explotación después compraría Planeta—, una cifra que se repitió en la saga siguiente, El club de los incomprendidos, de la que incluso existe una adaptación cinematográfica. En cualquier caso las tiradas iniciales de Blue Jeans nunca bajan de los 50.000 ejemplares.

Son unas cifras astronómicas, sobre todo al considerar que esos 50.000 ejemplares iniciales de cualquier novela de Blue Jeans se corresponden, por ejemplo, con los mismos ejemplares que ha vendido Santiago Lorenzo tras diez ediciones de Los asquerosos, una novela que nos podrá gustar más o menos, pero a la que no se le puede discutir un más que notable éxito comercial. Las cifras que maneja Planeta con Francisco de Paula ponen los ojos en blanco, son tan exorbitadas que pueden llevar a pensar si quizá la editorial no las esté inflando como parte de la estrategia publicitaria del fenómeno; pero en realidad son unas cifras más o menos razonables si tenemos en cuenta que Blue Jeans nació como un producto alternativo al más portentoso panetone de la novela rosa de nuestros días, el italiano Federico Moccia. Y si bien es cierto que Francisco de Paula no es un fenómeno mundial como sí lo ha llegado a ser Moccia, tampoco se circunscribe en exclusiva al relativamente exiguo mercado editorial nacional. Los libros de Blue Jeans se venden como caramelos a la puerta de un colegio en todo el ámbito hispanohablante, y a cada nueva publicación se le acompaña de una extenuante gira. Francisco de Paula se puede llegar a hacer hasta treinta y cinco firmas en un año; así que tampoco debe extrañarnos que las cifras de venta reales se acerquen mucho a esas de las que Planeta se vanagloria con tan alegre ufanía.

 

Barbara Cartland, una verdadera máquina de producción industrial alimentada a base de ginebra y galletitas saladas de aperitivo.

Pero aunque nos pueda sorprender y por más vértigo que nos produzcan esas cifras, el fenómeno creado alrededor de Javier Ruescas o Francisco de Paula no es en absoluto nuevo. La apabullante producción y cifras de venta de los nuevos paladines de la novela romántica se quedan en nada si las comparamos con, por ejemplo, las que otrora manejase la prolífica Bárbara Cartland, con la friolera de 823 novelas escritas a lo largo de toda su carrera literaria, o con las cifras que nos alcanzó a legar la intensa actividad de la madre del cordero de todas las producciones dilatadas, Corín Tellado, quien llegó a entrar en el libro Guinness de los Records con más de 5.000 títulos publicados en su haber. Que digo yo, qué dolor de muñeca el de esa mujer, ¿que no? Porque si vas a ver, y efectuando una sencillísima división aritmética, si tenemos en cuenta que Tellado publicó su primera novela en 1946 y estuvo en activo hasta el año 2009, obtenemos como resultado que la velocidad crucero de la fecunda escritora fue de 79,4 novelas anuales, lo que son nada menos que 6,6 novelas escritas al mes, es decir, que Corín Tellado escribía alrededor de una novela y media por semana, lo que de manera inevitable nos lleva al siguiente punto:

Por supuesto que hay que ser muy mala persona para poner en tela de juicio la autoría de los 5000 maravillosos títulos que una esforzada y laboriosa mujer como Corín Tellado legó de manera absolutamente desinteresada a la humanidad, y por supuesto que nosotros lo somos (muy malas personas), así que, ante tan descollante rendimiento de la tecla que al parecer se gasta aquí el personal, no hemos podido sustraernos a la tentación de pensar en la figura del hombre de color literario. Y no solo hemos pensado en esa oscura y anónima figura, sino que además hemos estado hablando no ya con uno, sino con dos. Que no, hombre, que no; que era broma. Todos sabemos que los negros literarios no existen. Los negros literarios no son más que una maquinación inventada por alguna mente depravada, una oscura fantasía, una ficción absoluta, lo que de igual manera nos lleva, directamente, al punto número cuatro: Si la ficción puede en ocasiones llegar a ser absoluta, ¿qué ocurre entonces con la realidad?

Pues con la realidad ocurre que la mayoría de las veces nos sobrepasa, nos abruma y nos estrangula; y si no hacemos nada por evitarlo, finalmente, nos aniquila. Por eso precisamente necesitamos el rosa. Queridas amigas: el rosa nos hace soñar, el rosa nos devuelve la ilusión, el rosa nos da la vida. O como diría muy acertadamente la editora de Amanda Gris: «La realidad es para los periódicos y la televisión. La realidad debería estar prohibida».

 

Y disculpad que nos pongamos un pelín redundantes, pero es que esta frasecita de aquí arriba es una verdad como un castillo de grande. Quien la pronuncia es la madre de un yonqui que lleva compradas seis televisiones en menos de un año. ¿No tiene derecho esa mujer a soñar con que la vida puede llegar a ser otra cosa?  Y no, quien la pronuncia no es ninguna mujer real, quien la pronuncia es la editora jefe de la editorial Fascinación, una editorial también ficticia; pero Magali Serrano sí es una mujer real, una mujer real con un trabajo real y unas preocupaciones muy reales. Una mujer, como tantas, indefensa frente al acecho de la locura.

 

Magali Serrano no es la madre de ningún yonqui. Magali Serrano se niega a revelar cuáles son sus fantasmas personales, no quiere darles una cuota de entidad que, a su juicio, no merecen. Pero esos fantasmas están ahí, y para conjurarlos, Magali lleva asistiendo desde hace ya varios años al club de lectura de la asociación de amas de casa de un centro cultural muy cercano a su residencia, en el distrito de Arganzuela. Los motivos por los que Magali se convirtió en una lectora acérrima de novelas de amor son exactamente los mismos que esgrime la editora de Fascinación para afirmar que la realidad debería estar prohibida: “La única razón para que una persona persista en la lectura de dramas, es que en su vida aún no haya tenido los dramas suficientes. Cuando en tu vida ya has tenido los dramas suficientes, lo que una quiere es que le cuenten historias felices”. Ese es un punto en el que también está de acuerdo María Eugenia Rivera, directora editorial de Harlequín: “La novela romántica es una novela que te atrapa, que te evade de la realidad y consigue transportarte a los brazos de un jeque, estar en compañía de un príncipe o viajar por todo el mundo visitando París, Venecia, Nueva York… todo de la mano del amante ideal”; y aún a riesgo de ultrajar sensibilidades y producir escoceduras, también ese fue un punto en el que estuvieron muy de acuerdo todas aquellas damas y menos damas que a golpe de francos y rublos consiguieron encumbrar a figuras como Gustave Flaubert o León Tolstói a lo largo del siglo XIX.

 

En general y a pesar de que los actuales editores del género prefieran eludir el término ‘novela rosa’ en favor del menos denostado ‘novela romántica’, el canon literario establece que el término ‘literatura romántica’ debería hacer referencia en exclusiva a la producción literaria comprendida durante el siglo que abarca la corriente estética del Romanticismo.

Sin embargo y como suele suceder toda vez que los popes del canon se lanzan a poner etiquetas, esta de la literatura romántica resulta cuando menos paradójica, al meter en el mismo saco temáticas tan diferentes entre sí como la novela de adulterio que copó el mercado literario europeo durante gran parte del siglo XIX y la novela de terror que nace durante este mismo periodo.

La paradoja se remata cuando ya en pleno siglo XXI nos topamos con dos rotundos éxitos de ventas que han sido herederos directos de esas dos principales corrientes temáticas en la producción literaria del XIX, la saga de Crepúsculo en el caso de la literatura de terror iniciada por Shelley y continuada después por Bram Stoker ya en plena Inglaterra victoriana, y el gran éxito de ventas que significó la trilogía de E.L. James 50 sombras de Gray, un fenómeno literario que sin tener demasiado que ver con las novelas decimonónicas de adulterio, sí hunde las raíces de su éxito sobre un terreno parecido al que en su momento consiguió hacer florecer obras universales como Ana Karenina, Madame Bovary o La Regenta aquí en España.

Siendo extremadamente simplistas, las tres diferencias básicas de la novela amorosa decimonónica y la novela rosa actual vendrían a ser estas tres: la calidad, la extensión, y la eterna dicotomía entre un final fatal y un final feliz. Las dos primeras diferencias se hacen eco de la diversificación y democratización actual de la oferta de ocio y de la aceleración del ritmo de nuestras vidas; pero es la tercera la que viene a poner de relieve el siempre inexorable cambio de la moral a través de los tiempos. Mientras que a las novelas de adulterio del diecinueve siempre les era exigible un final fatalista y de carácter moralizante, las actuales heroínas de la novela rosa se lanzan sin ningún tipo de rubor ni remordimiento a los brazos de quien sea y le pese a quien le pese. Pero por mucho que a los popes del canon literario les duela reconocerlo, los motivos por los que unas y otras fueron y son compradas, y leídas, son exactamente los mismos por los que se siguen comprando y leyendo a día de hoy.

Vamos a dejarnos de tonterías, el nicho de mercado que ocuparon en su momento Gustave Flaubert, León Tostoy o Leopoldo Alas, es exactamente el mismo que hoy ocupa E.L. James: el de la mujer insatisfecha y con dinero suficiente para gastar en literatura.

Y por cierto, y aunque también esto les pueda escocer a los defensores a ultranza del canon, la novela de adulterio del XIX tenía una reputación parecida, si no igual, a la reputación que hoy tiene la novela rosa de nuestros días. En el siglo XIX, eso de leer novelas era cosa de mujeres. Los hombres no leían novelas, en el siglo XIX los hombres leían el periódico.

Claro está que tanto hace cien años como hoy en día, cada quien es muy dueño de vivir encorsetado bajo los prejuicios que le salgan de las santísimas gónadas; pero no seremos nosotros quienes desde esta publicación os animemos a vivir encorsetados bajo ningún tipo de cliché. Muy al contrario, creo que año tras año os hemos estado insistiendo en la más que saludable costumbre de empezar a enarbolar, sin ningún tipo complejo, ese liberador mantra que reza: “Si a mí me gusta, es que es bueno”. Y es por ello, oye, y no por otra cosa, que una vez más nos vamos a tomar la libertad de haceros algunas recomendaciones. En serio, pintad la vida de rosa, maris, sin complejos ni inhibiciones, que para pintárosla de negro ya están los mismos de siempre, los periódicos, las televisiones, y algún que otro ex desaprensivo.

 

Cuando has debutado en esto de la tecla con tan solo dieciséis años y con una columna de crónica social en El Nacional de Caracas titulada Animal de frivolidades, parece que tu destino se prefigura bastante claro. Izaguirre ha confesado alguna vez que al verse obligado a regresar de Pensilvania a Caracas tras la devaluación del Bolívar, recogió el guante lanzado por José Ignacio Cabrujas para escribir junto a él La dama de rosa porque le daba miedo meterse a trabajar de camarero.

Y de repente fue ayer es la quinta novela de Boris. Con unos mimbres que en algo recuerdan a la inmortal El gran Gatsby, Y de repente fue ayer narra el choque de dos hombres por el amor de una mujer mientras la Cuba de Batista se desmorona lentamente al paso de la revolución de Fidel Castro. Junto a Óvalo y Efraín no solo asistiremos al nacimiento de la Cuba comunista, sino además al de las primeras telenovelas, allá por los años 50.

 

La figura de Carmen de Icaza volvió a estar en boca de todo el mundo cuando en 2016 Mediaset decidió llevar a la pequeña pantalla Lo que escondían sus ojos, esa novela donde Nieves Herrero recrea los amoríos entre Ramón Serrano Suñer y la Marquesa consorte de Llanzol, Sonsoles de Icaza, madre de Carmen Díaz de Rivera y hermana de la novelista.

Quizá por ello la editorial Planeta decidió, al año siguiente, publicar una edición conmemorativa revisada de Vestida de tul, tal vez la novela más exitosa de cuantas escribió Carmen de Icaza.

Vestida de tul nos sumerge en las turbulentas aguas de la alta sociedad en el Madrid de los primeros años de la dictadura, donde los primeros espadas del nuevo gobierno franquista aspiran a emparentarse con la nobleza de sangre y la nueva clase media lucha por su parte del pastel.

 

¡Pero qué invento es este! ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Un guión de Billy Wilder tal vez? ¡NO! Es El apartamento de Danielle Steel, una de las grandes damas de entre las más grandes damas del género.

El protagonista absoluto de esta novela es un apartamento casi perfecto en Manhattan, de no ser por su elevado precio, razón por la que Claire Kelly, una joven diseñadora de zapatos, se ve obligada a compartirlo con una escritora que huye de su familia, una consultora de Wall Street alérgica al matrimonio y una ginecóloga en prácticas cuya hermana gemela es supermodelo. ¿Alguien da más? Y no han metido un extraterrestre pleyadiano porque ya no había cama pa tanta gente. Pues eso, muy recomendable.

 

La lista de recomendaciones es exigua, pero no podíamos dejar de incluirle a él. Primero porque nos encantan todos sus títulos: Colmillo de hombre, Caramelo negro, Hombre al cuadrado, Lobo reprimido…, es que, en serio, este pavo no tiene un título malo. Y segundo porque Manuel Moreno es el paradigma canónico del escritor de novela rosa que ha sabido hacerse a sí mismo: escribe novelas de amor como quien se suena los mocos y nadie ha visto una foto suya, nadie sabe quién es.

Manuel Moreno es la prueba fehaciente de que hoy en día un autor no necesita de ninguna editorial, y que una solita se puede labrar una carrera literaria más sólida que una intoxicación de Viagra a golpe de descargas de Kindle. Somos muy fans, de verdad.

 

Y para ponerle un broche de oro a la lista cerramos con él. Javier Sedano es una hormiguita laboriosa y trabajadora. A Javier Sedano se le quiere, y mucho. Por el buen rollo que transmite, por activista incansable, por currante y por discreto, y porque nos lleva haciendo soñar desde mucho antes de que Chueca se convirtiera en un barrio gay.

Eran otros tiempos y otros modos, la editorial Odisea ya ha cerrado, pero el nombre de Javier Sedano está escrito con letras de oro en el boom que vivió la literatura gay en los 90. Lo que habrá podido vender este hombre, en serio.

Rozando las estrellas cierra la trilogía que Sedano iniciara con Tras las puertas del corazón, pero en 2013 tuvimos la suerte de disfrutar de su esperado regreso a la literatura romántica con Corazones en libertad.

Javier Sedano es familia. Hace mucho que no sabemos nada de él, pero aún queda fondo editorial. No dejéis pasar la oportunidad y corred a Amazon antes de que se acaben los ejemplares.

Y hasta aquí el suflé por hoy. Make up your minds, quitaos los complejos, maris, y muy felices y rosas lecturas.


Sobre el autor

Juambe Muñoz

Plancho hasta la toalla del gato, y por los dos lados