¿Los ángeles tienen sexo?

Sin ser yo un coleccionista de amantes ni un cazador de mitos sexuales hay que ver con lo me he encontrado hace unas semanas.

Además todo sucedió de la manera más insospechada. No fue por medio de una putiapp de esas que tanta gente más o menos soltera utiliza sea o no gay.  Yo no uso esos servicios porque no me gustan y porque, de momento, no he sentido esa necesidad. Pero eso es otro cantar ajeno a lo que os quiero contar.

Tampoco fue en un bar, discoteca, festival ni concierto -con todos los que ha habido este verano-. Ni haciendo cruising o en una sauna. Ni siquiera en plena calle, en la piscina o en el transporte público -que si me ha sucedido-

Annie Lenox cantaba There must be an angel playing whith my heart, y tenía toda la razón.

Conocí a una persona como hecha de mármol de Carrara, un poco más grande que yo, barba corta y de una extraña belleza (ni feo ni guapo ni todo lo contrario). Sostuve su mirada de un inquietante color gris verdoso como los líquenes que cuelgan de las ramas de los robles, enmarcada por unas cejas y pestañas pobladas y blanquísimas. Eso produce una sensación muy difícil de explicar.  No puedo expresar exactamente qué sentí ni siquiera ahora que han pasado varias semanas. Quizás una fascinación como la que transmite el Moisés de Buonarroti o un pulso magnético que lo paraliza todo y te carga la médula de estática. Imagino que una abducción debe ser algo así, pero aún no puedo afirmarlo: lo tengo en mi lista de pendientes.

Imaginaos estar absortos en la escena y que la figura principal cobra vida, alarga su mano fuerte, elegante, blanquisima y te acaricia la mejilla mientras entorna una sonrisa con unos labios carnosos que se vuelven irresistibles.  Todo se disuelve alrededor cuando ese ángel pasa su mano por tu nuca y te atrae hacia si, manteniendo sus ojos clavados en los tuyos hasta el último instante, y te da un cálido beso que, al momento, se transforma en una erupción volcánica de hielo y fuego.

Yo estaba casi inmóvil, un poco superado por la situación, preso de un «no me puedo creer que esté pasando esto» porque todo se precipitó tras una cena bastante concurrida en un restaurante.  Al terminar algunos fuimos a tomar una copa cerca de su hotel y, poco a poco, la compañía fue menguando hasta que nos quedamos solos él y yo. Iba a suceder lo irremediable tras diez días fintando. Subimos a su habitación.

Aguantamos la pulsión juntando los dorsos de nuestras manos izquierda y derecha hasta quedar en la intimidad. Nos devoramos. La ropa fue cayendo para dejar al descubierto un mundo ajeno a todo lo que había podido imaginar alguna vez. Conozco rubios muy rubios, pelirrojos muy pelirrojos y no me esperaba nada así: una piel blanca poblada por vello ensortijado, como de fibra óptica, por todos los sitios donde se espera en un cuerpo muy masculino sin depilar y bien dispuesto para quien ya ronda cinco décadas. Sin máculas, pecas ni lunares, de un tacto sedoso muy similar al de esos dioses de ébano, pero en el punto completamente opuesto. Un aroma arrebatador sin que mediaran perfumes, si acaso un levísimo resto de vetiver.

Terminamos de quitarnos la ropa casi a zarpazos.  Entre besos y caricias entramos en el cuarto de baño para arrojarnos bajo el agua en una de esas duchas enormes con chorros por todos lados.  Su sexo era como cabía esperar al ver sus manos, sus labios, su cuello y el vuelto de sus antebrazos: muy generoso, del color exacto de sus labios y sus pezones en el extremo. El resto de un blanco pleno que ni los vasos sanguíneos conseguían enturbiar.

Cada mueble y rincón de la habitación prestaron servicio. Ahora yunque, después martillo. Luego yunque de nuevo, enzarzados en un vórtice de sensaciones una y otra vez hasta quedar sin aliento abrazados sobre la cama. Sueño blanco.

Amaneció. Era la víspera de su regreso a casa.  Volvimos al cuarto de baño y nos regalamos una última fusión nuclear. Desayuno y un hasta la tarde para hacer las despedidas oficiales.

Diez días tomándonos la medida. Diez días mirándonos a hurtadillas, Diez días manteniendo la compostura ante el grupo como perfecto anfitrión mientras sabía, sabíamos, que algo tenía que pasar. Diez días desde que estos parientes llegaron de visita a España y, al cruzar la primera mirada y darnos los correspondientes besos de cortesía supe, supimos, que todo estaba escrito en nuestro interior. Pero, como sucede en esta clase de cosas, lo evitamos estúpidamente hasta a la última noche, tras la cena de despedida, para dejarnos de tonterías y encarar el destino.

Habéis leído bien: familia. Hijos y nietos de aquel hermano de la abuela que, en 1.937, huyó de los horrores la guerra civil y rehízo su vida en Canadá.  Familiares que vienen a España a recorrer los paraísos perdidos del abuelo cada dos o tres años desde que este decidió volver para ver su tierra de nuevo antes de morir.  Familia de otro continente que conserva las tradiciones y apegos tan de nuestra cultura y transmite una sensación de cercanía tal como si vivieran en nuestra misma calle desde siempre. Un nieto del hermano de mi abuela del que solo haba oído nombrar (el primo albino) y que ni siquiera habia visto en fotografías. Un pariente lejano que venía, en este plan familiar, por primera vez a España.

Pues queridas: los Ángeles existen, son de carne y hueso.  Y saben mucho de sexo, muchísimo.

Au revoir, ma cheri. Maintenant c’est à mon tour de voyager 

 


Sobre el autor

DMalignus

No te pases de lista, que te vas a Diego de León......