Las soledades salvajes

 

Me dijo que tenía el cuello anatómicamente perfecto mientras deslizaba su dedo por mi arteria aorta y la diseccionaba con la misma precisión que un cirujano suele hacer con un paciente que sufre de aneurisma. Fue algo así como si me abriera en canal con el escalpelo de su mirada, de arriba abajo, de abajo arriba, tocándome con sus manos y reconociendo huesos y músculos cuyos nombres ni recuerdo… El caso es que me fue descubriendo poco a poco mientras yo, mirando hacia arriba para mantener el cuello recto, solo alcancé a ponerme tan duro que podría haberme quitado el pantalón sin ni siquiera tocarlo.

Me dijo que tenía miedo a estar solo y que era adicto al placer y, obviamente, pensé que para eso estaba yo allí… Me paré un segundo a reflexionar si yo también era de los que tenían miedo a estar solo o si era una especie de adicto al placer, pero no llegué a ninguna conclusión, solo sé que acabé fumando marihuana y viendo como él esnifaba popper en la cama mientras me ponía un condón y me preparaba para penetrarle.

Y no sé si las soledades se pueden tocar, pero las nuestras lo hicieron en forma de fricción rítmica y pegajosa. Dos soledades asalvajadas; la mía haciendo tope dentro de la suya, intentando amansarse a golpe de embestida, con las manos entrelazadas y apretando tanto que hasta se escuchaban huesos crujir…, ¿o era la cama?

Porque, al fin y al cabo… ¿no somos personas que nos juntamos por el simple hecho de compartir soledades y fluidos?

 


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.