Gasolineras, cintas de chistes, chistes de mariquitas, restaurar

Por veinticinco pesetas, ¿podrían decirme qué tienen en común un colibrí albino, un alquiler de menos de cuatrocientos pavos en Ibiza, y un brote de baobab en mitad de la Antártida? ¡Exacto! Veo que anoche han dormido bien y hoy han venido con muchas ganas al programa. Eso es. Esas tres cosas comparten la catalogación de rarezas, cositas excepcionales que bien podrían formar parte de cualquier gabinete de curiosidades. Los ingleses las llaman oddities, los franceses bizarreries, y aquí en España a veces decimos ‘perro verde’, otras veces ‘chorizo de tres puntas’ y otras veces ‘político honrado’. Y eso es precisamente lo que les traigo hoy: una excepcional singularidad, una deliciosa extravagancia, una auténtica rareza. Observen bien esa foto y díganme lo qué ven.

¿Un maricón? ¡No, hombre, no! O sea, sí; pero vamos, que no es por eso. ¿Cómo va a constituir un maricón una rareza? ¡Si crecemos como las setas! Va, concéntrense detenidamente, por veinticinco pesetas… ¿Una carátula de casete? Buen intento, pero no. Casetes aún se encuentran en el Rastro. Incluso les diría que si se atreviesen a levantar esa alfombra que nunca levantan, lo mismo hasta se llevaban una sorpresa.

Para dar con ello deben observar atentamente quién está ofreciendo qué. De acuerdo, se lo diré: Tienen delante de ustedes a un maricón que contaba chistes de maricones, o lo que es lo mismo, y lo diré bien alto y en mayúsculas:

ALGUIEN CAPAZ DE REÍRSE DE SÍ MISMO.

Qué, ¿cómo se quedan? Pues igual me he quedado yo. Aún me estoy pellizcando.

¿Será posible? ¿Pero eso existe? Pues por supuesto que no, mi querido millennial que tantas cosas ignoras; por eso, precisamente, constituye una rareza. Por supuesto que hoy en día no existe nadie en este noble reino capaz de reírse de sí mismo, pero en la España en la que crecimos yo y otros cuantos pollas-viejas, sí existía gente así, y no me refiero a Bertín. ¿Se imaginan a Bertín sacando una cinta de chistes de fachas? Eso sí que sería una rareza del copón bendito. Para nada; Bertín solo le dedica canciones a tu señora madre y hasta mañana. Pero dejando de lado a Bertín Osborne te diré, mi querido millennial de delicioso tufillo hormonal, que en la antigüedad pleistocénica en la que creció tu daddy, España se caracterizaba por ser un país cálido y exterior, amante de la vida despreocupada y sencilla; un país lleno de humor.

—¿De verdad? Ay, daddy, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito de gendarmes y fascistas y estudiantes con flequillo…¡please!

—De acuerdo, querido millennial como te llames. Quítate los calzoncillos y ven a sentarte a mi lado.

Pues verás: Érase una vez un reino muy lejano en el que la mayoría de sus súbditos hacía las vacaciones en Santa Pola y viajaban en renoles cuatro eles. También había algunos que viajaban en panda, pero vamos, que la mayoría lo hacía en renoles cuatro eles. En aquél antiguo reino todo el mundo amaba al ritmo de la fuerza del destino, no existía el sobreenvasado, los tomates sabían a tomate y nadie se afeitaba el matojo.

—¡¿Cómo?! ¡¿Que nadie se afeitaba el matojo?! ¡¿En serio?!

—Como lo oyes, nadie. Todos ahí, con todo ahí… como animalitos. Y tampoco existían las lentejas en tarro de cristal. La peña iba por la vida tan feliz con su matojo, y las lentejas se ponían en remojo.

—¿En remojo?

—Sí, sí, en remojo, la noche anterior. En aquél reino tan feliz y despreocupado los pucheros se guisaban lentitos, el Fa venía en roll-on, aún existían los programas de entrevistas, los problemillas que uno tuviese con Hacienda se solucionaban a base de crowdfunding, el machismo no se combatía a gritos por las redes, sino a golpe de zapatilla casera o a escobazos (las feministas más agresivas a veces le partían a su marido la cabeza con el hueso del jamón, aunque eso tampoco era lo habitual) y la gente contaba chistes.

—¡¿Chistes?!

»¡Sí, sí! Chistes. ¡Los había a cientos! Qué digo a cientos, ¡los había a millares! Chistes machistas, chistes feministas, chistes de maricones, de negros, de curas, de putas, de monjas, de vascos, de catalanes, de leperos, chistes de guardiaciviles y de etarras, chistes de Irene Villa y de Carrero Blanco…; por haber, había hasta chistes de Jaimito.

—¿Chistes de Jaimito?

—Pues sí, chistes de Jaimito y de una señora que se llamaba Mistetas, flipa; y eso que Jaimito era un menor, pero es que en aquel reino tan lejano la edad de consentimiento sexual estaba fijada en los trece años. ¡Alucina! Pero es que eso no es lo más fuerte. Lo más fuerte es que en ese lejano reino, la gente, a veces, no tenía opinión.

—¡¿De verdaaad?!

—Como lo oyes. O sea, por ejemplo, tú ponte que estabas esperando en la cola del médico y te encontrabas con el hijo de la sacristana y le preguntabas: “Oye, Rogelio, ¿y tú qué piensas de la entrada de España en la OTAN?” y el tío te contestaba: “Pues no lo sé, tronco, como que me da bastante igual; por mí como si se la cuecen con Avecrem todos estos”.

—¡¿EN SERIO?!

—Como te lo estoy contando. Y el colega se quedaba tan Pancho. Pero que ni se avergonzaba ni nada ¿eh? En aquél reino la gente, en ocasiones, no tenía una opinión formada de algo y… ¡dormían tan tranquilos! ¿Lo puedes creer?

—¡Wooow! Alucinante. ¿Y entonces qué pasó, daddy?

—¿Que qué pasó? Pues pasó que llegó a aquel reino un presidente muy guaaapo, muy guapo, muy guapo. Y ese presidente tan guapo cogió un palo muy laaargo, muy largo, muy largo. Y ese palo tan largo lo metió el presidente dentro de un pozo de mierda muy profuuundo, muy profundo, muy profundo. Y el presidente removió, y removió, y removió…

—Y la casita de paja voló.

—Bueno, más bien explotó. A partir de entonces se alzaron en armas dos ejércitos de orcos rabiosos que hacían muchísimo ruido. Por un lado estaban los reaccionarios de la derecha de siempre, que habían permanecido dormidos durante muchísimo tiempo gracias a un potente hechizo que les había lanzado un brujo abulense que se llamaba Adolfo Suárez, hasta que al presidente ese tan guapo se le ocurrió meter el palo en el pozo y remover toda la mierda, y entonces los orcos se despertaron. Y por otro lado se formó un nuevo ejército de orcos rabiosos para combatir a los orcos más antiguos que acababan despertar, y así volver a luchar, todos contra todos, para hacerse de nuevo con el anillo. Y a este nuevo ejército que se acababa de alzar en armas lo llamaron “reaccionariado de izquierda”.

—Wooow… ¿Y entonces?

—Pues nada, que a partir de ahí la gente empezó a tener una opinión formadísima e inamovible por todo; se dejaron de hacer programas de entrevistas y una señora muy puñetera con el pelo teñido de blanco copó todas las cadenas televisivas con programas sobre neurociencia y psiquiatría. Luego el rey se mosqueó mogollón porque un pintamonas dibujó a la reina con las tetas caídas, así como súper mal dibujada, la reina; y todo cristo se puso a hablar a gritos. La fiscalía comenzó a actuar de oficio contra todo aquel que se pasase de graciosillo. Almodóvar se hizo intelectual y empezó a cotizar a la baja. Mataron a la Veneno, resucitó la Veneno para cagarse en tos sus muertos y volvió a fallecer la Veneno. Colgaron a varios titiriteros del campanario para dar ejemplo al pueblo. Resucitó después Santiago el Mayor y resucitó también su caballo, y otra vez se liaron a espadazos contra los moros. La cosa catalana asoló los campos y los mares como las siete plagas de Egipto, y la peña andaba toda empachada de butifarra y de pambolí, porque se dejó de producir cualquier otro tipo de alimento. Todas las canciones empezaban y terminaban con la misma y única palabra, que generalmente era ‘cucu’ o ‘mami’, la palabra. Mataron a Georgie Dann y lo hicieron santo los que vinieron después. Resucitó Georgie Dann para llevarse la barbacoa (que se le había olvidado; ale, ya no se podían hacer barbacoas) y aunque pasó de espicharla otra vez, ya nunca regresó a España. Ah, también murió el Rock&Roll por vigésimo sexta vez, aunque esta vez ya de manera definitiva. El Rock jamás resucitó y se acabaron las letras guapas, las de las canciones y las de los libros, porque la crítica literaria empezó a poner por las nubes a Juan Manuel de Prada y Juan Manuel de Prada se infló, se infló, se infló… hasta que Juan Manuel de Prada llegó a ocupar una extensión equivalente a las dos Castillas y parte de Extremadura y Portugal, y los escritores empezaron a imitarle escribiendo cosas mazo serias y ya nadie escribía libros divertidos; y hasta los niños (que hasta el momento se habían salvado) empezaron a creer que una esponja epiléptica y mamandurria hacía así como que gracia, y el aburrimiento del personal llegó a tal punto que la Torroja sacó otro insulso y muy prescindible disco de gorgoritos, pero que en lugar de decir ‘cucu’ o ‘mami’ como la mayoría de las canciones, el suyo decía ‘túytúytúytúytú’ y que si yo tuve una regla malísima en su momento, y los de Atroz con leche hasta se lo aplaudieron y todo. ¡¡FLI-PA!! ¡Ah! Y por supuesto se dejaron de contar chistes. Ya nadie contó chistes nunca más.

—Vaaaya, qué pena… Ay, daddy, ¿y no te acuerdas de algún chiste de aquella época?

—Sí, me sé uno; pero que no se te ocurra contárselo a nadie, porque es un chiste homófobo, serófobo, machista, antiabortista, antisorodidadista y diabólicamente neoliberal, y además hace apología del sexo sin protección. Dice así: ¿Tú sabes por qué a los maricones nos la suda bastante la ley del aborto aunque todos nos finjamos súper comprometidos?

—¿Por qué, daddy?

—Joder que eres tonto, niñato; pues porque la leche con la mierda no cuaja, de toda la vida de Dios, que te has quedado medio gilipichis de mirar la esponja esa.

—Ay, daddy, qué bueno. Leche por mierda, como atroz por arroz, ¿no? O sea, como un juego de palabras y todo eso, ¿no? Ojalá pudieras contarme otro, y otro, y otro…, pero me parece que alguien nos está tirando la puerta abajo.

—No te preocupes, perrito. Solo es la policía de lo correcto que viene a cobrarse el impuesto revolucionario. Tú acuérdate de lo que hemos hablado para que no sospechen nada. Si te preguntan qué es lo más grande que se ha parido en España en los últimos cien años, ¿tú qué vas a contestar?

—¡ROSALÍA!

—¡Ole! ¡Ese es mi niño! Déjame que despida a los señores policías y después un colacao y a la cama, ¿de acuerdo?

—¡ROSALÍA!

—Ay, Señor, llévame pronto…

(Imagen cortesía de Paqui Dherma, que como todo el mundo sabe, es el seudónimo tras el cual Almodóvar publica subrepticiamente en Facebook sus cositas. Y a ver qué coño vais a hacer con Villarejo, que se puede cagar la perra y nos quedamos sin país).


Sobre el autor

Juambe Muñoz

Plancho hasta la toalla del gato, y por los dos lados