¿Qué falla en los Goya?

Yo fui uno de los casi 4 millones de espectadores que vieron el sábado la gala de entrega de los Premios Goya. Llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón porque me gusta mucho el cine español, consumo varios títulos a lo largo del año y, en consecuencia, me gusta saber con conocimiento de causa qué se premia. El desfile de caras guapas y modelos caros me va menos, pero entiendo que la gala es un escaparate para esos menesteres y soy consciente de que buena parte de los espectadores que arrastra ante el televisor están movidos exclusivamente por ese motivo (sin, probablemente, haber consumido cine español en años).

En mi opinión, no se han vuelto a hacer galas tan estupendas como las que presentó Rosá María Sardá en 1993, 1998 y 2001 (quizá las dos últimas conducidas por Eva Hache en 2011 y 2012). Ellas solitas se bastaron y sobraron para dirigir la orquesta con ingenio y soltura. Eso es lo que debería ser la gala: un único conductor, un animal de la escena, dando paso a las nominaciones con la capacidad de comerse el escenario, un maestro de ceremonias con muchas, muchas, muchas tablas.

Hace ya una década, por lo menos, que la gala está derivando en un pastiche en el que todos los componentes con los que la atiborran están mal ensamblados, chirrían y le restan homogeneidad a un conjunto que debería ser, además de una fiesta, un acto solemne y de gran trascendencia.

Como espectador del evento durante décadas, hago desde aquí una serie de sugerencias a los que participan con buena intención en poner cada año la gala en pie. Creo que todos lo agradeceríamos enormemente:

  • por favor, obligad a los actores y directores que entregan los premios a VO-CA-LI-ZAR, además de aprenderse los dos párrafos que tienen que memorizar y en los que siempre se traban, se atascan o en los que cometen errores gramaticales. Para el espectador de casa es una cosa muy molesta y denota falta de respeto, además de la sospecha de que los actores tengan realmente la capacidad de recitar correctamente 4 líneas sin equivocarse cada 3 sílabas.
  • afortunadamente, los números musicales van remitiendo. En mi opinión, nunca deberían haber existido. Están presentes en la Gala de los Oscar, entre otras cosas, porque el cine americano tiene una larga trayectoria de películas musicales. En los Goya siempre chirrían, y más en boca de actores que tienen poquita voz y desagradable y bailan de aquella manera. Zapatero a tus zapatos.
  • no tiene nombre ese aire cutre que le da a la gala el que tras los breves descansos (y sin ellos) siempre haya gente entrando y saliendo de la zona de butacas cuando el presentador o presentadores están de vuelta en el escenario o está comenzando una proyección o actuación musical. Como en la ópera, deberían cerrarse las puertas 5 minutos antes de volver a escena y dejar fuera a quien tenga cosas más importantes que hacer.
  • elegir al conductor de la gala con buen criterio. No basta proponérselo a Dani Rovira porque es gracioso, a Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla porque su programa es divertido o a Andreu Buenafuente porque dirige un espacio en directo. La adaptación de la capacidad de esos profesionales siempre se pone en entredicho cuando tienen que hacer frente a una gala de casi 4 horas con cientos de elementos y actores sobrevolando el guión y el escenario. En el caso concreto de la última edición presentada por Buenafuente (y por extensión también Silvia Abril), decir que no es lo mismo llevar un programa donde la mayor parte del ingenio de Andreu se manifiesta en las réplicas que les da a sus invitados, y que se apoya en todos sus ocurrentes colaboradores, a soportar él solito toda una entrega de premios. En el caso de los chicos de Muchachada Nui, no es lo mismo ser gracioso con un guión de por medio y decenas de tomas de grabación como red de salvamento que ponerse en un escenario con el texto aprendido y tener que recitarlo en directo y del tirón.
  • por supuesto, elaborar un guión con verdaderas perlas. No tiene que ser permanentemente gracioso o desternillante, basta con que las joyas que contenga sean potentes y estén bien dosificadas. Si se tratara de una sitcom, importaría el más e más, pero en lo que a una entrega de premios se refiere, más vale calidad que cantidad. A fin de cuentas, sin un buen guión no hay una buena película.
  • ni que decir tiene que hay que ponerse serio con el tiempo que consumen algunos galardonados con los agradecimientos. Entiendo que estén pletóricos en el momento en el recogen su premio y se lo quieran agradecer y dedicar hasta a la Virgen de Guadalupe, pero, de nuevo, que se lo aprendan bien, que no improvisen y demuestren que hasta en esas situaciones saber ser claros y concisos.
  • que todos, por favor, TODOS, sean conscientes de que la gala la están siguiendo en casa millones de personas, que es un acontecimiento televisivo además de una fiesta para la profesión. Que desde el primero hasta el último de sus participantes tengan en cuenta siempre al espectador que hay al otro lado y no miren sólo por su propia diversión. Sin esos espectadores no hay gala televisada, y, si no hay gala televisada, no hay gala patrocinada ni financiada.


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FakePlasticBoy

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