El parque de atracciones humanas

El otro día hablaba con mi amigo E. (al que yo lo llamo «mi gurú») sobre esas relaciones sentimentales que son muy intensas desde el principio; esas que enseguida suben porque son volcánicas o parecidas a una montaña rusa que te pones de 0 a 100 km/h en dos segundos; de esas en las que sientes vértigo desde el primer momento y que se te pegan a la boca del estómago y a los cartílagos del corazón.

Hablamos de ese tema porque a él no le sucede tal cosa en la relación que está manteniendo actualmente. Lo suyo es más sosegado, a fuego lento, poco a poco, con inseguridades, con dudas, pero, oye, sin pausa… Él opina que las relaciones de este tipo tienen más probabilidad de que salgan mejor que de la otra manera. Y me hace pensar muy mucho, porque mis últimas relaciones han sido con la quinta marcha puesta, muy de «dejarse llevar» por la velocidad de la pasión, los sentimientos, los «echo de menos», los planes futuros, el echar gasolina súper, el ponerse el casco y sentir que la novedad se te agarra por el estómago, hasta que entra por el ventrículo izquierdo a la velocidad de la luz haciéndote sentir vivo y de puta madre.

El caso es que me planteo seriamente si la próxima vez no debería de sacar un billete para los caballitos pony en vez de para la montaña rusa. Es algo a lo que no paro de darle vueltas. Pero no sería para trotar, sería para dar un paseo ralo, liviano y cuando haya que cabalgar más rápido, pues a picar espuelas, pero siempre con las riendas en la mano, consciente de que un caballo no es una montaña rusa. Siendo infinitamente consiente. Aún así, me pregunto: ¿hasta qué punto esto puede matar la espontaneidad y fumigar las mariposas del estómago?

Y me doy cuenta de que, al final, para lo único que saco billete es para el tren de la bruja, porque menudos sustos me llevo, o para los coches de choque, porque siempre acabo estrellado… Sí, ese que está parado en medio de la calle en un coche de choque mientras se mira los pies soy yo. Lo digo por si me veis algún día.


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.