El hombre absorbe olores

 

Lo que más rabia le daba era llevarse el olor de todos sus amantes allá donde fuese: al metro, a su casa, a la cocina o al mismísimo infierno. Sin quererlo, se pegaba a él como las escamas a un pescado y le duraba, muy a su pesar, un par de días. Por más que se duchase y frotase, el olor persistía en alguna parte de su cuerpo, en su ropa, en su almohada o, incluso, en sus sueños. No había cosa que más rabia le diera que tumbarse en la cama y que, de inmediato, le viniera a la nariz el olor del último chico que se había enroscado entre sus piernas. Parecía imposible, pero sentía como si tuviera que dormir con él, y eso le incomodaba sobremanera; él era de los que pensaban que dormir con alguien era mucho más íntimo que colarse por su garganta.

Geles de vainilla, perfumes afrutados, desodorantes empalagosos, colonias baratas; todos ellos conformaban un aroma que se colgaba de los pelos de su nariz y se columpiaba expandiéndose cada vez más dentro de él. En otras ocasiones, el olor era a piel sudada, a espalda lamida, a escroto investigado, a brazo depilado. De golpe, se levantaba, abría las ventanas de la habitación y respiraba el poco aire puro que su ciudad le permitía. Mejor eso que la amalgama de olores que se gestaba en su cama y, sobre todo, en su cabeza.

Aquella noche había quedado en casa de un chico de piel suave y resbalosa. Al bajar por su espina dorsal con la punta de la lengua, se dio cuenta de que se había embadurnado de aceite corporal de fresa. Le fue imposible concentrarse, solo pensaba en el puto olor insertándose dentro de su piel a causa de la fricción de los dos cuerpos. Terminó como pudo haciendo un esfuerzo de concentración máximo y se fue a casa.

Debajo de la ducha, con el agua caliente corriendo por su cuerpo y los dedos rascando todos los rincones de su piel, cayó en la cuenta de que estaba hecho de olores ajenos y que no producían una buena mezcla; que todo aquello lo hacía para no olerse a sí mismo porque, en el fondo, olía a fracaso y, admitámoslo, el fracaso es el peor de todos los olores.


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.