Un corazón en la chistera

 

Últimamente pienso mucho en la magia. Sin embargo, no es algo de lo que pueda hablar o escribir de manera clara y como a mí me gustaría, porque la magia no se define, la magia se vive.

Es cierto que se puede crear magia con los amigos en un determinado momento (yo lo suelo hacer muy a menudo; es sanísimo), pero más bien lo llamaría complicidad… La magia tiene una connotación diferente, como más de intimidad.

Es difícil cruzarse con alguien que sepa hacer magia. Yo solo lo he hecho una vez y, para qué mentir, me acuerdo bastante de eso… No de la persona, no hay que confundir, sino de la magia creada; de esos momentos donde hasta lo más inverosímil cobraba sentido única y exclusivamente para él y para mí, como cuando sacas la lengua para probar una gota de lluvia y justo en esa décima de segundo te conviertes en lluvia también. Cosas de magia, se llaman.

Después de ese momento (ya lejano), no he parado de encontrarme con gente que no ha sabido crear más allá de paraísos terrenales carentes de esa magia. Gente que no puede, no logra, ni siquiera intenta inventar realidades que solo existen en el mundo surreal e irreal compartido entre dos y construído a golpe de varita. Lo mismo me pasa cuando miro a mi al alrededor y veo algunas parejas (no todas, por supuesto) que tampoco crean magia, sino que son puras máquinas de alimentar soledades para rellenar los huecos en el estómago y en el alma; algo carente de brillo; más bien opaco y con olor a fecha de caducidad. Algo que yo mismo he vivido.

¿Han caducado el amor y la magia? Supongo que no, que el olor es de otra cosa que no quiero identificar, así que mejor me pongo una mascarilla, unas gafas de sol y salgo a la calle cual Michael Jackson, sin pararme a pensar en nada. Después de un rato, llego a casa y guardo lentamente la tienda de campaña de los sueños para, quizá, otro momento. Acampo en mi cama, bajo las sábanas, doblo las rodillas y espero pacientemente con la mano entreabierta para echarle a la vida un dado de caldo Maggi(a).


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.