Su misión es la sumisión.

 

—Mi novio es un poco sumiso —me dijo.

—¿Sí? ¿Te acompaña a todos los sitios que tú quieras? —le pregunté.

—No… Me refiero a que le gusta que le dé bofetadas, le ordene, le escupa, le trate mal y le humille en la cama.

Le miré con extrañeza, como quien mira a un mono del zoológico que se está rascando sus partes íntimas. Se me pasaron por la cabeza miles de preguntas. La curiosidad y el morbo se entremezclaron dentro de mí al igual que si anduviera por una playa con algas y se me fueran enredando entre los pies. Imposible deshacerme de ellas.

Al verle predispuesto, le pedí más detalles. Empezó a dármelos con el mismo tono de voz que pondría alguien que te cuenta la receta para hacer un buen gazpacho. Casi siempre era él el que recibía un mensaje de su novio iniciando aquel juego de roles. Él, por supuesto, entraba de lleno, ejerciendo su papel de dominante a la perfección. Me contó que se tuvo que documentar en internet a petición de su novio. Estuvo una semana entera consultando en Google y viendo vídeos para hacerlo bien y no decepcionarle. Que si se había comprado una correa de perro en la tienda de animales de la esquina, que si había usado una espátula para azotarle el culo, que si le había inmovilizado con una cuerda y unos nudos imposibles para que no ejerciera resistencia (en realidad lo de la resistencia era para crear más morbo, puesto que había un acuerdo tácito entre los dos), que si había pedido por Amazon una máscara negra con un agujero en la boca; siempre sugerencias del novio para que la fantasía de ser su esclavo quedara totalmente realizada.

Me contó que un día su novio le mandó un mensaje y le dijo que quería hacerlo en los baños donde él trabajaba. En un principio no supo qué contestar ya que si le pillaba alguno de sus compañeros de trabajo podría meterse en problemas, pero al final aceptó. Una vez en el baño, lo esposó al retrete, le puso el rollo de papel higiénico en la boca para que no hiciera ruido, se acercó a su oído y le susurró: «Arrodíllate. Ya sabes lo que tienes que hacer, perra.» Él, obediente, tocó con las rodillas en el suelo y le miro con lágrimas de emoción en los ojos.

—¿Y a ti te gusta todo eso? —le pregunté.

—A mí me gusta que le guste.

Justo en ese momento caí en una cosa: no era su novio el sumiso; lo era él, y ni siquiera se había dado cuenta. Hasta ahora, pensé, mientras poco a poco fui acercando mi boca a su oído.


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.