Intolerancia en las RRSS: un ejemplo

 

Instagram no solo sirve para posturear o poner vídeos de gatitos monos. Yo, personalmente, sigo varias cuentas de profesores de inglés que, a través de vídeos y directos, ayudan a que la gente practique y podamos mejorar de una manera bastante interactiva.

Hay uno en concreto que me gusta, ya que utiliza su vida cotidiana para exponer vocabulario y expresiones bastante útiles. El otro día, en una de esas tandas de preguntas que sus seguidores le podían mandar, alguien decidió preguntarle si era gay (que ya la pregunta tiene tela). El tipo en cuestión, bastante incómodo (lo pude apreciar en el tono dubitativo de su voz y en su expresión facial), soltó la siguiente perlita: ¿Parezco gay? ¿Debería cambiar mi comportamiento o mi forma de vestir? No daba crédito, tuve que escuchar su respuesta varias veces por si la había traducido mal, pero no, había dicho eso y se había quedado tan a gusto. Ni corto ni perezoso, le escribí un privado y le dije que por qué debía cambiar eso para no parecer gay, que su respuesta había sido desacertada y que nadie debería cambiar su comportamiento o manera de vestir por parecer gay. Su respuesta fue: “No tengo nada en contra de los gays”. Ni una disculpa, ni una retractación. Yo me quedé mirando la pantalla y pensando en el daño que hacen este tipo de comentarios en redes sociales, sobre todo cuando te siguen ochenta y nueve mil personas, como es el caso de este chico. Me pregunto si la gente que vio aquello le escribió o tomó la respuesta como si tal cosa. ¿Cambiar su comportamiento para no parecer gay? ¿Estamos locos? Nadie deberíamos cambiar nada de nuestro comportamiento o de nuestra forma de vestir porque parezcamos una cosa u otra, porque si no, dejaríamos de ser nosotros mismos para convertirnos en lo que esta sociedad heteropatriarcal quiere.

¿Y este señor se puede llamar profesor? Cuando dieron las clases de tolerancia y respeto, ¿faltó al aula? No me puedo creer que estando en el año en el que estamos haya gente que dé este tipo de respuestas, y me da igual que enseñe inglés y no ética. Me importa poco que sea de España o de Irlanda (como es el caso). La educación en cuanto a tolerancia y respeto se tiene que plantar en cualquier parte del mundo para que, poco a poco, vaya dando sus frutos. Pero no, señores, el suelo aún es árido. No hay fitosanitarios que erradiquen las plagas como la homofobia o la intolerancia. Son este tipo de personas las que contaminan la felicidad de cierto sector, porque ¿quién eres tú para juzgar a nadie?, ¿quiénes somos nosotros para emitir juicios de opinión contra la libertad del ser humano?

Después de quedarme un rato mirando la pantalla de mi móvil, solo pude que darle a “dejar de seguir”. Si pudiera hacer eso con todas las personas que piensan como este profesor, lo haría, aunque en el mundo quedáramos cuatro gatos, pero seríamos cuatro gatos felices porque no nos juzgaríamos. Seríamos iguales. Seríamos más libres.

Y una última cosa que decir a este susodicho profesor:


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.