Cuando el amor no tenía nombre: el trucha y el gitano

Una serie de relatos que nacen inspirados en fotos vintage con un toque homoerótico. Imagino las vidas de hombres sin nombre para hablar del amor homosexual cuando no podía ser nombrado.

Puedes leer el primer relato, aquí. Alan y Tim

Puedes leer el segundo relato, aquí .Jaime y Marcos

Puedes leer el tercer relato, aquí, Paolo y Luca

 

La noche que el trucha pensó que lo iban a matar, llovía afuera sin importarle a nadie. La primavera había venido cargada de borrascas y las tormentas se sucedían una tras otra desde hacía un mes, hasta hacerlas parte de la rutina diaria. Por el cristal roto de la ventana entraba el aire húmedo, que le refrescaba la quemazón de la cara y olía a salitre y alquitrán. La percusión rítmica de las gotas en los cristales era el único sonido que ocupaba lo que parecía un almacén en desuso, de pilares y techos altísimos, lúgubre y oscuro, mal iluminado por la escasa luz de los faroles del callejón. Temblaba y el frío y la humedad le recalaban hasta el tuétano. Era una segunda planta y ni siquiera ruido de pasos se escuchaba fuera. Ni las ranas saldrían con este tiempo, hubiera dicho la yaya. 

Había otro ruido en el que no se había percatado hasta minutos después de recobrar la consciencia, un ruido que emitía él mismo y parecía venir de sus fosas nasales. Un silbido ahogado, un pitido sordo. Quiso inspirar fuerte y la boca se le llenó del sabor de la sangre, como si hubiera chupado una viga de hierro. Supuso entonces que la sangre en la nariz se había coagulado. Se miró el pantalón y un cerco chivato que ya se secaba le recordó que se había meado encima. La vergüenza le volvió a subir desde los genitales a la cabeza y le ardía la cara. Ay si lo viera la yaya, atado a una silla, inmovilizado, meado en los pantalones y Dios sabe con cuantos moratones y cardenales en el cuerpo; la pobre se moriría del susto y la pena. Pero- se lamentó- todo da lo mismo y carece de importancia. La vergüenza, el dolor, los recuerdos de la paliza, el reloj que restaba horas de vida o el disgusto enorme de la yaya; todo era inane en comparación con la dentellada que sentía en el pecho. Un disparo debe sentirse parecido, en un lugar concreto que no sabría identificar, pese a que era un dolor con nombre propio, tan salvaje y descarnado que no había sentido nada parecido en la vida y pensaba. Pensaba que antes de que llegaran a matarlo, él se habría muerto ya o eso le gustaría. Lo que fuera antes de seguir sintiendo un dolor con la reverberación de un pozo sin fondo. Se esforzó en llorar, apretó los ojos muy fuerte para ver si eso le calmaba, pero no pudo, no fabricaba lágrimas ni nada que se le pareciera. Tal vez esa noche, al fin, se había hecho un hombre que ya no necesita del llanto. Una verdadera pena lo poco que le iba a durar. Y la yaya ni lo vería.

¿Cómo me puede hacer esto? Se atormentaba con la insistencia del que maneja un látigo. En las horas de  soledad nocturna escuchando la lluvia, debió hacerse la pregunta miles de veces, y todas y cada una de ellas le hicieron el mismo daño. No era la paliza, ni que lo fueran a matar en pocas horas, no era que la yaya también se moriría al saberlo, era la traición, el daño innecesario ¿Qué necesidad había? fue otra pregunta que le rondó en latigazos  Me cago en el momento en que confié en él…Ojalá no lo hubiera conocido nunca y me lo merezco por haber sido tan incauto. Cómo no vi antes que al final me engañaría, cómo estuve tan ciego … Ojalá me muriera ahora mismo, ojalá me maten ya y se acabe todo.

 Dicen que los que van a morir recuerdan y repasan su vida instantes antes, sin embargo, el trucha tuvo toda la madrugada para rememorar su pasado y lamentarse de su suerte, de emborracharse de la tristeza infinita que le producía dejar a la yaya sola en la vida, con su nieto convertido en el cadáver que tiraron al mar en algún ajuste de cuentas y del que hablarán en el barrio durante semanas, hasta que todo el mundo lo olvide y nadie recuerde ni su nombre. Todos menos la yaya. Y que injusto había sido con ella, con los desplantes, los malos modos y el mandarla callar si se le escapaba una parrafada traicionera que siempre empezaba con un Hijo, no me gusta que vayas con esa gente, que tienen mu mala fachada y peor fama en el barrio. Las vecinas no hacen más que de criticar y la Antonia me tiene la cabeza loca, to el santo día con las malas compañías con las que va mi nieto. Peor era si empezaba con una pregunta para entrar luego a matar, donde más duele: ¿Ande estuviste anoche? Hijo, no pude pegar ojo esperándote y tú sin decirme ande vas o ande te metes. Con lo que me ha costao sacarte p´alante y que acabes asín .Conversaciones cuyo punto y final era un portazo y él escapando a la calle, herido en el orgullo adolescente y convencido de que cuando tuvieran una vida mejor, ella se lo agradecería y entendería. La sacaría del barrio, de la calle de las putas, se irían a alguno de los pisos nuevos en la zona alta, lejos del puerto y con las familias decentes y honradas. Puede que alguna de esas familias vinieran de la misma región de donde emigró ella, décadas atrás, y se podrían contar sus cosas y hablar de su tierra, que la yaya siempre la tiene en la boca y dice que le duele el alma de que su nieto aún no haya viajado para conocerla, pero ir…¿Para qué? Allí ya no te queda familia, yaya, que s´han muerto tos. Tendría que irme a una pensión porque no conocería a nadie, se justificaba él. Los reproches se acabarían cuando la calefacción funcionara con abrir una llave, cuando no tuvieran que esperar a la generosidad de la vecina para calentar una olla y tener agua caliente, cuando no se despertaran de madrugada por los gritos de alguna pelea abajo entre las putas, sus chulos o algún cliente, cuando la luz no se fuera del piso durante horas, cuando la yaya no bajara a la calle con el monedero agarrado con rabia feroz, aviso de que lo defendería con su vida, cuando entrara la luz del sol por las ventanas, cuando lo que por fin llamarían hogar no oliera a humedad vieja y no tuviera las paredes desconchadas, cuando la radio nueva no necesitara de unos golpes para que se escuche bien y la yaya disfrutaría y lloraría el serial sin interferencias, cuando ella no regrese desfallecida de subir los tres pisos cargada de bolsas y quién sabe, a lo mejor el edificio hasta tiene ascensor. Cuando no haya que abrir las ventanas en pleno invierno porque el humo negro del carbón que calienta a los del otro edificio, se mete en la casa, cuando él ya pueda tener otros amigos y puede que un trabajo respetable, para que ella no se preocupe, para que sienta orgullo de lo que ha conseguido su nieto y así en el ultramarinos pueda alardear de lo guapo que es y la planta que tiene, que ha sacado los ojazos azules de su difunto marido, igualicos, igualicos, apostillaría mientras las vecinas la miran con envidia. Ahora, con la claridad que da el saberse cerca de la muerte, nada de eso importaba y concluye, puede que demasiado tarde, que ninguna cosa le va a doler a la yaya más que verlo muerto, tal vez reconociendo el cadáver en el deposito. Con lo que me ha costao sacarte p´alante y que acabes asín  ¡Chas! Los chantajes que en su día le sabían a arañazos de la yaya- porque luego le escocían el resto del día- ahora le acariciaban en la memoria y al dolor se le unía la ternura de saberse querido de tal modo, con la pesadumbre de no haberlo sabido agradecer a tiempo ¡Qué mal nieto he sido con todo lo que ella ha hecho por mí!  Perdóname, yaya; ojalá sepas ver que lo hice por buscar nuestro bien.

 Las ataduras en las muñecas le estaban arrancando la piel y el escozor le removía en el asiento, pero aún peor eran las que lo mantenían inmovilizado en la silla. Le impedían levantar el pecho y tomar aire sin dolor, un dolor que era el recuerdo de los puñetazos y las patadas. Las cuerdas debían haberlas traído del puerto,  gruesas y pesadas. no le extrañaría que se las hubieran robado a algún barco. Cuenta la yaya que cuando decidieron emigrar a la ciudad, ella vino feliz porque estaba el mar cerca. No echaría de menos la playa, que tan a mano le quedaba de su pueblo de origen y que con sus padres en el carro visitaba muchos domingos de verano. Cuando descubrió que no había playa sino un puerto y en vez de puerto, un pozo de aguas oscuras y muertas, se llevó un disgusto que pa qué. Ay hijo lo que una echa de menos la playa cuando se ha tenío y ya no se tiene, no te lo puedes ni figurar. Con lo bien que le vendría a mis huesos. En el puerto, en  uno de aquellos almacenes sin dueño, pasó una noche con él, después de forzar una cerradura y poner los abrigos en el suelo. Pasaron muchas horas abrazados y…¡Qué no! ¡Qué no quiero ni pensar en el hijoputa ese!  Se quitó la imagen como quién se espanta moscas.

 Ni su nombre quería pronunciar, aunque sólo fuera con la mente. No se lo merecía, no se merecía que el trucha pasara sus últimas horas pensando en él y sí que lo merecía su yaya, porque el primer recuerdo que tiene de sí mismo es ir de su mano, ella menuda, enjuta y poca cosa pero enérgica en el paso, con el moño oscuro y la cabeza alta, digna, que se notara que se ganaba el pan con el sudor y no con el coño, frase que se hartó de escuchar llegando a casa muchas de las noches. Si había dejado de llover, la ropa recién lavada colgaba de algunos balcones y mitigaba con aroma de jabón el habitual olor a combustible y carbón que traía la brisa del puerto. La yaya trataba de esconderlo, inútilmente, de una cotidianidad que saltaba de cada puerta, en cada esquina, por cada taberna y de cada bar. Bastaba una sentencia condenatoria, una frase lanzada como un dardo mientras señalaba al lugar proscrito y con la mirada,  el trucha entendió desde chico, qué sitios estaban permitidos y cuales no. Algo parecido a un Qué no me entere yo que entras a lo del Paco, que allí no se te ha perdío a ti na. El trucha se sonreía, pese al dolor y las ataduras, de la bendita inocencia de la yaya, porque en ningún regreso a casa se le ocurrió prevenirlo del Salón del billar, justo el sitio donde lo conoció a él, del que tampoco le previno nunca. Aún atado, era consciente de que el Salón fue la encrucijada donde abandonó el camino correcto hasta perderse, en una senda que le había llevado hasta una silla sin escapatoria y posiblemente, a morir esa misma noche sin haber cumplido los veinte.

 La rutina del barrio, de fachadas mugrientas y callejones siempre oscuros, del murmullo nocturno y el olor a puchero, estaba poblada de unos personajes que lo hacían distinto al resto de la ciudad, un ámbito peculiar y único. Marineros y putas, gente turbia y estraperlistas, reclutas con ganas de fiesta y borrachos, chicos jóvenes sin oficio que los domingos se vestían de traje, heredado las más de las veces, y que fumaban apoyados en la pared porque era lo más barato en lo que perder el tiempo. En el regreso tras ganarse el jornal diario, se cruzaban con las mozas casaderas que era a las únicas que saludaba la yaya. Algunas eran secretarias que trabajaban en el centro y la mayoría eran sirvientas, como ya lo fueron sus madres, como también lo fueron las abuelas. Regresaban derrotadas a sus casas después de estar mil horas fregando suelos de rodillas. Como la yaya. Si juntamos tos los suelos que he fregao seguro que se le daría la vuelta ar mundo ¡Y varias veces!“. En apariencia la yaya era una mujer dura. No vieja pero si entrada en años, la prueba de que se casó muy joven y comenzó su lucha por sobrevivir muy pronto. Parecía haberse cristalizado con el devenir de las desgracias. Pero el trucha sabía que sólo era una apariencia. En más de una ocasión, pese a que eran el centro de sus dardos, subió a putas que se encontraba en la calle a las que habían dado una paliza, cosa bastante habitual. La yaya les curaba las heridas, les hacía un cardito y al despedirlas les pedía que dejaran el oficio, como si fueran a hacerle caso. En otras ocasiones quitó su propio pan de la mesa para dárselo a los del quinto, siete hijos y el padre recién se ha quedao paralítico, a ver cómo se van a alimentar si no es con ayuda. Si el invierno había venido gélido, no era raro que bajara a la calle y regresara con uno o dos pedigüeños, a los que invitaba a pasar la noche bajo techo, justificándose con un mientras que yo pueda evitarlo, cerca mía no se va a morir nadie de frío. Con algún joven borracho también hizo de buena samaritana; les daba café con sal para que lo echaran todo y los mandaba de regreso a su casa sólo si prometían no volver a beber. Cuando él la miraba desconcertado ante una solidaridad que nunca entendió, ella argumentaba: hijo, a la gente pobre no nos queda otra que ser buenos y compartir lo que tengamos, que esa es nuestra única riqueza . El Señor y la vida  ya te lo devolverán algún día… Lo decía una viuda joven, emigrante, madre de tres hijos muertos, con sólo un nieto en la vida, que vivía en un piso que se caía y que llevaba desde los doce años fregando escaleras…Eso aún lo desconcertaba más ¿Cuando? ¿Cuando le devolvería la vida algo a ella? ¿Cuando ya estuviera muerta?  No, él no sería como la yaya esperando a que la vida le devolviera algo. Él lo cogería sin pedir permiso y ya está.

De las caminatas regresando al hogar de su mano, recuerda con nitidez el gesto de asco de la yaya al cruzarse con la fresca, un hombre que se vestía de puta, con la peluca que le llegaba a los hombros y el bigote mal afeitado. Por la calle le insultaban y los niños a veces le tiraban piedras. De los pervertíos, líbrenos el Señor, se santiguaba ella. Ni siquiera ahí te voy a dar una alegría, yaya, que yo te he salío un pervertío de esos. Y eso que en  temas delicados ella jamás se metió, ni puso malos gestos, ni siquiera cuando una noche que lo habían echado de casa, él se quedó a dormir y compartieron colchón, porque al armatoste de tres tablas mal unidas no se le podía llamar cama, que más quisiera. Ni una palabra mal dicha salió de su boca el día siguiente ni los días que vinieron después, al contrario; los despertó con un desayuno de leche en cuencos y gachas de pan. El trucha se martirizaba con que toda abuela quiere descendencia y eso él, un pervertío, ya no se lo podría ofrecer. Ni aunque sobreviviera pasada la noche. Al menos ya no tendré que verle la cara cuando descubra que ni me echo novia ni me caso ni tendré hijos ni na, se lamentaba. Hijos que la yaya tuvo y de los que no le quedaba ninguno vivo. El mayor, murió en la guerra y la yaya ni lo nombraba porque en esta casa ni de política ni de guerra se habla. Por eso tampoco se hablaba del padre del trucha, fusilado en un penal siendo él un crío.  Ni una foto había visto de él nunca. El segundo hijo no sobrevivió a unas fiebres raras que nadie supo curar y aunque hubieran sabío, yo no tenía dinero pa medicinas ni pa médicos, solía atajar la yaya con una historia que a base de repetir, el trucha se tenía más que aprendida. La tercera hija era su madre y ya se sabe; un mal parto del que salió a duras penas y semanas después tratando de agarrarse a la vida. No le quedaba ni una miaja de fuerzas después de tu parto, a la pobre, que mira que viniste atravesao. Como un pajarico estaba cuando la encontramos muerta. Pequeñica, pequeñica. Frases escuchadas mil veces que ahora, en el recuerdo, atado a la silla como estaba y sin esperanza alguna con la que poderse engañar, le reconfortaban. Porque nunca fueron historias que contara triste, ni resignada o con aire de haber perdido la batalla. Había un cierto tono de victoria, de un después de todo, estamos aquí y hemos sobrevivido. El moño apretado muy alto y la barbilla siempre arriba,  porque yo por lo menos no he tenío que meterme pa puta. Cuando contaba sus historias, la yaya parecía decir que lo importante, al fin y al cabo, era seguir en la lucha, no rendirse. Eso intentó hacer el trucha estos años, joer, y además intentó darle el regalo de un piso por los años de fatigas, pero todo salió mal y no quedaba más que lamentarse ¡Chas!. Ella, otra vez y como en tantas cosas, tenía razón; me he pasao de listo. La intención, eso sí, era buena, pensó en un tonto descargo, buscando un imaginado perdón .

Del barrio, tan cerca del centro, reino cuyas fronteras limitaban al norte con la zona donde vivían las familias más pudientes y al oeste con el paseo en el que se pavoneaban los que iban a la ópera, parecía imposible escapar. El trucha se sentía preso de un encantamiento o hechicería, como ocurría en los cuentos que la vecina, a veces, le prestaba para que las largas noches de invierno se hicieran soportables. Cuentos con los que soñaba otros mundos lejos del barrio. Desgastados del uso y cayéndose las páginas, los leía en voz alta en la cama de la yaya, porque dormían juntos para darse calor. Ella, analfabeta, se maravillaba contemplando al nieto leer tan rápido y le besaba el pelo, cariñosa y gatuna. Ay, cómo echaba de menos esos besos en la penumbra del almacén portuario, allí, solo y tembloroso, lo que daría por volverlos a sentir aunque sólo fuese una vez más. Qué poco supo valorarlos entonces, que dulces los recuerda ahora.

 Pronto sabría de la maldición de nacer en el barrio, una sentencia que te definía como escoria, una marca invisible en la frente que te convertía en un furtivo en el resto de la ciudad. Suma que su familia no era originaria de allí y que nunca pudo disimular del todo un cierto acento característico de un hijo de la inmigración; nosotros siempre seremos forasteros aquí, repetía la yaya cuando en algún comercio la miraban con aire superior, levantando la nariz al notarle el acento. Ante las miradas como espadas, callaba y bajaba la cabeza.  Ni siquiera que la yaya se empeñara en arrastrarlo a otra escuela, interno todo el día, en otro barrio, lejos, sirvió de algo. Con la de fatigas que era llevarlo y traerlo, con la de horas que gastaron subiendo y bajando cuestas, ella tirando, él remolón. No fue buen estudiante, ni siquiera aplicado o atento, pero increíblemente, estaba dotado para las matemáticas de manera natural y fue en lo único que sacaba muy buenas calificaciones. Las vecinas venían con facturas o alguna lista de la compra para que el trucha les hiciera las cuentas y hasta el carnicero, a cambio de algún chorizo curado, le subía letras y presupuestos que tenía hechos un lío. En la escuela no hizo amigos, porque a los primeros días le descubrieron la marca en la frente y a partir de ahí, clasificado como indeseable. Se reían de la ropa remendada y de los zapatos rotos, del acento heredado de la yaya y de que nunca tuviera nada nuevo, sino que alguna vecina le había prestado la pluma para escribir, la cartera de un hijo mayor o el libro al que se le salían todas las páginas, descosidas. Con lo que me ha costao sacarte p´alante y que acabes asín, que la escuela no te ha servío de na y te veo limpiando botas o repartiendo periódicos , dijo ella el día que el trucha decidió no acudir más, ya casi un mozo -o así se veía él-  y sin miedo a enfrentarse al silencio con el que lo castigaría las siguientes semanas. El rostro cruzado por el rictus que marca el que todo esfuerzo no sirva. Pero sí me sirvió, yaya, sí me sirvió, porque ya nunca me importó una mierda lo que pensara la gente de mi vida.

Cuando tuvo los días enteros libres para no hacer nada, se tiraba a las calles tras que ella se fuera a trabajar y sin un destino, comprobó lo inalterable de un barrio en el que nunca entraba la luz, en el que los adoquines siempre brillaban por la humedad. A sus pobladores los encontró igual pese a todos los años pasados desde que era muy niño y caminaba arrastrado por la yaya. Nada cambiaba, nadie mejoraba y ninguno tenía posibilidades de escapar; la maldición, ya se sabe. Imposible era dejar de ser pobre como dejar de ser puta, sereno o tatuador. Sin embargo, por el hijo de la vecina del primero nadie daba un duro y míralo, ya tiene hasta un coche con el que cuando entra a la calle toca insistente el claxon, para que su madre se asome al balcón y levante el pecho orgullosa, mientras las vecinas se mueren de la rabia escondidas tras las persianas. Que sus padres no tenían donde caerse muertos y él a veces hasta iba descalzo por la calle por no tener con qué calzarse y ahora hasta les trae regalos, que mira ella que collares luce. El chico empezó con una bici y luego vino la moto. Más tarde una moto más grande, trajes caros y un reloj de oro que brillaba si le daba la luz. Hasta que llegó el automóvil. Cuando le pregunto a su madre en qué trabaja, siempre me cambia de tema, la jodía. Esa esconde algo comentaba la yaya con la ceja levantada.

 Buscando eso escondido, el trucha sabía que el mejor sitio para empezar era el Salón del billar; el cartel brillando su nombre en bombillas de día y noche, la mayoría fundidas, rotas o parpadeantes. Te piensas tú mu listo y no es pa tanto, solía repetirle la yaya en una de las martingalas habituales cuando dejó de ir a la escuela. Y en esos días, es cierto, así se sentía; un listo que jamás limpiaría botas o vendería periódicos…¡Faltaría!  Ahora se daría cabezadas contra la pared si las ataduras le dejaran, pero en aquel momento, qué listo se juzgaba y cómo de fácil le parecía lo planeado, en una manta invisible llena de puntadas con la que se abrigaba. Porque la había tejido de sueños de prosperidad en las noches donde los sabañones no lo dejaban dormir y la gélida habitación se volvía inhóspita. Después de repasarlo en incontables veces, concluía antes de dormirse que ya nunca pasaré frío y la yaya me querrá y no me dará más la tabarra. Estoy deseando verle la cara cuando tenga el piso nuevo. En su cabeza era un plan maestro que partía de una ventaja; haber pasado la mayoría de los días fuera hacía que no lo conociera casi nadie en el barrio, así que podía inventarse una vida o una apariencia nueva a su antojo. Y lo primero era parecer alguien mayor, porque el espejo seguía mostrando el rostro de un niño tan guapo y con los ojos tan azules que parece una niña les decía la yaya a las vecinas mientras él, de su mano, se moría de la vergüenza. No, él no quería parecerse a una niña, aunque a veces se despertara en medio de la noche tras un sueño incómodo en el que se besaba con algún chico, como en las películas románticas en blanco y negro del cine de sesión doble que le gustaban a la yaya cuando cobraba a principios de mes. Puede que el beso del sueño fuera con un antiguo compañero de escuela o algún vecino del barrio. Por eso, aunque se lo negara, siempre supo que era un pervertío con poco arreglo, porque el que nace maricón, maricón se muere, había sentenciado alguna vez la yaya.

 Se quitó el flequillo recto y se peinó hacia atrás. Comenzó a comprar tabaco con el que practicaba a solas, en algún portal tranquilo, para no toser y no quedar de novato. Un día, en un parque cerca del barrio, le echó arrojo y robó una cazadora de un banco. Corriendo, corriendo, que no lo alcanzaran, practicando la huida mientras, satisfecho, pensaba que es un entrenamiento que voy a necesitar. La cazadora le daba un aspecto más duro, como los gansters de las películas, y aunque le viniera varias tallas grande, eso él no lo consideró como una desventaja para ser tomado en serio. Por las noches se la quitaba y escondía bajo la escalera del edificio antes de entrar a la casa, que no había qué preocupar a la yaya. Y aún así, varias noches le espetó que olía a tabaco, que a ver donde se metía, que se creía muy listo y veremos si no acababa mal. Se creía muy listo y sin embargo, no supo calcular que su acercamiento a la gente que le interesaba del Salón no iba a ser tan rápido ni tan fácil como presumía. Más de una vez lo largaron de la mesa donde jugaban con apuestas, al extremo del sótano que ocupaban los billares, el rincón más escondido y discreto. Al verlo curioseando, callaban y lo empujaban fuera con un niñato, quítate ese disfraz y vuelve con tu mami. De nada servía reír con las bromas como si supiera de qué se reían o fumar con la destreza de un actor. No era de los suyos y no había un instante donde no lo dejaran claro con codazos, malas caras y escupiendo en el suelo, salpicando sus zapatos llenos de agujeros. Así que cambió de estrategia y por las mañanas, temprano, era el primero en aparecer por el Salón. Con las monedas que le había sisado a la yaya, practicaba él, a solas. Horas largas tratando de acertar con el taco, días enteros alrededor de la mesa, intentándolo una y otra vez, maldiciendo lo incontrolable de las bolas, concentrándose en un objetivo. Resultó ser un alumno aplicado y disciplinado para sí mismo y después de un par de meses, hasta se sorprendía de la casi mágica pericia cuando metía tres bolas a la vez en las troneras de la mesa verde.

 Con el nuevo talento en las manos, volvió a dejarse caer por las tardes, más discreto y menos ansioso, esperando con paciencia felina el momento oportuno al que atrapar de un zarpazo. Es posible que pasaran semanas y en más de una ocasión estuvo a punto de dar un paso precipitado, en falso; pero -esta vez sí- había que ser listo y supo contenerse. Una tarde tuvo su oportunidad, de la manera más casual; por la torcedura de un dedo. Mareado por el humo denso de la sala, se había sentado en un taburete y asistía a una partida donde la apuesta cada vez era más grande. Los curiosos, avisados por los gritos, hacían un corro alrededor animando a uno u otro. Uno de los dos jugadores -se ve obligado a pensar su nombre- era el gitano. Me cago en el momento en que lo conocí, me cago en el momento en que no salí corriendo  y se me ocurrió ofrecerme para ayudarle después de que se torciera un dedo tratando de darle al taco. Total, sólo había que meter cuatro bolas seguidas y ganar la partida y la vanidad me pudo.  Los espectadores casuales se rieron, se rieron con estruendo y muecas ante la ocurrencia, pero al trucha le daba igual. La suerte es de los valientes que no le temen a na, hubiera dicho la yaya. Las carcajadas atronaban y sólo se hizo el silencio cuando el gitano movió los labios y la concurrencia esperaba a que le diera su merecido al niñato que osaba a ofrecerse a tirar por él. Pero no hubo lección alguna, sino que -sorpresa- alargando el brazo y con el cigarro apretado en los labios, le ofreció el taco. Aunque se resistía, el recuerdo de la mirada del gitano le dio una sacudida semejante a una descarga eléctrica y saltó en un respingo, prisionero de las cuerdas. Cuando aceptó el taco, hubo silbidos y abucheos en el respetable. Al trucha, pese a todo lo que vino después, le llenaba de orgullo recordarse firme sin que le temblara el pulso mientras docenas de ojos enemigos lo acuchillaban. Y cómo le gustaba acordarse cuando se quedaron con la boca abierta, con cara de bobos, primero una bola, luego otra y otra, y cuando la última entró en la tronera… ¡Pumba!  Se desató la locura…Si me hubieras visto, yaya… Felicitaciones y risas, alguno hasta hizo amago de darle un abrazo al nuevo héroe, porque por una tarde, así es como se sintió; importante. El perdedor, al que llamaban el perlas, enrabietado, tiró el taco al suelo y se fue con dos colegas. Lo felicitaban, lo invitaban a cigarros y a partidas futuras y el tenía ganas de gritarles un a ver quién se ríe ahora. Borracho de éxito, ocupado con chavales con los que no se había cruzado una palabra antes, ni habló ni saludó al chaval moreno de ojos negros y tristes que le había brindado la oportunidad de ser, por fin, alguien. Sólo cuando se iba, al coger la cazadora, se lo encontró a solas sentado en un sillón, envuelto en la cortina de humo que daba el cigarro, con el dedo que se había torcido, hinchado y negro. La mirada triste del cachorro al que han abandonado. ¡Qué bien hacía su papel! Normal que me engañara tan fácil, se dijo el trucha… con esos ojos... Recordaba la escena con la perspectiva distinta que da una traición, una paliza y pensar que te quedan horas. Menudo hijoputa, se repetía una y otra vez al ritmo de un ¡Chas! repetitivo e interminable.

Que de dónde eres, que dónde aprendiste a jugar así, que tienes que enseñarme a ver si mejoro, que si quieres venir mañana y echarnos una partida, que déjame que te invite porque gracias a ti he ganao mucho dinero y el perla se ha ido con un palmo de narices, bien jodío por perder y el menda, encantao, porque es un mierda. Así que se fueron a la barra y el gitano pidió dos coñacs, aunque el trucha no lo había probado nunca. Calló como pudo, abrasado, mientras se lo bebía de un trago, tal como hizo él. No podía dejar de mirar el cigarro en su boca, que se movía haciendo eses al hablar y  pensó que tenía un aire al James Dean, ese de las películas. Mucho rato pasaron pegados a la barra y el trucha sin cansarse nunca de escucharlo, mientras el cigarro le bailaba entre los labios. Que si me llaman gitano pero yo no soy gitano ni mi familia tampoco, que si estoy harto de la mierda de los billares, que si yo aspiro a algo mejor y el barrio se me queda pequeño, que si no estás ocupao alguna vez puedo contar contigo pa algún trabajillo, que si conoces al mantecas, que es el dueño y el que dirige to esto y los negocietes que no se ven, que lleva cuidao con él que es un tío peligroso y no hay que perderle de vista, aunque con ese barrigón es imposible perderle de vista, jajaja. Al despedirse, en la calle, le apretó la mano durante segundos en los que el trucha sintió vértigo y un escalofrío, pero aún fue capaz de recomendarle que fuera al médico, a lo que él, haciéndose el duro, comentó que bah, ya se curará solo. Ya en casa y sin poderse dormir, rememoró los ojos negros y su brillo profundo y triste, como si hubieran visto cosas terribles. También se acercó la mano a la nariz, por si le quedaba algún olor de sus dedos.

Fue la primera de las muchas jornadas que vinieron después, casi tres años ya de aquello donde tenia dieciséis y ahora, recordando todos los pasos del camino que lo había llevado hasta el almacén, ya estaba en los diecinueve. No pasaré de ahí, se resignó, sin dolor ni pena. Espejos y bruma, moqueta agujereada por las colillas y mesas de billar descoloridas con el humo del tabaco que a veces convertía la atmósfera cerrada en densa e irrespirable. El Salón era como un pequeño reino aparte dentro de un reino mayor como era el barrio. Y el rey de ese reino de humo era el mantecas. Un hombre con una barriga monstruosa que lo hacía andar encorvado, pero nadie se atrevía bromear. Podías verlo sudando en cualquier mes del año y llevaba habitualmente un puro en la boca baboseado. Muchas veces acompañado de un tío de espaldas anchas y rostro asilvestrado al que llamaban el gorila. Al paso el rey, la corte respondía en un miedoso silencio y lo saludaban agachando la cabeza y mirando a las losas, con temor disfrazado de respeto. Se acercaba a un joven de los billares, le comentaba algo al oído y se iban a su despacho. Minutos más tarde, ese joven salía y ya sabían todos que lo hacía con algún negocio o algún encargo entre las mano. Con sus propias normas y sus propias leyes, el trucha no había llegado allí a jugar al billar y sí para ser uno de los jóvenes que el mantecas se llevaba al despacho. Él lo que quería era ser parte de los negocios que allí se susurraban con discreción; contrabando y estraperlo, pequeños robos, asuntillos ilegales que te catapultaban a un negocio mayor y que algún día le permitirían tener coche y casa nueva. Y cuanto le estaba costando. Una de esas tardes, el gitano no acudió, pero sí estaba el perlas, que picado en el orgullo tras haber perdido la partida la había tomado con el trucha, le dedicaba puyas y hacía chistes a su costa cuando se lo cruzaba. Era un tío alto, desgarbado, con cara de comadreja, incapaz de quedarse quieto un segundo. Al reírse, unos grandes dientes blancos brillaban y era imposible no mirar a otro sitio. Entendió, pues, porqué lo llamaban con ese apodo. Aquella tarde estaba especialmente irritante mientras que echaba una partida y los otros riéndole las gracias, pidiendo más. Eran dardos del tipo Dime en qué tienda te has comprao la cazadora pa que no vaya nunca o también En verano debes andar fresquito porque tus zapatos tienen más agujeros que un queso. Pero la que cosechó más carcajadas fue la pregunta que le dedicó cuando harto del acoso, se iba y ya subía las escaleras. Y tú cuando se trata de pescao…¿Qué prefieres, trucha o bacalao? No comprendió el chiste, pero abajo las risas retumbaron mientras coreaban lo de trucha. Al salir a la calle, se quitó la cazadora y la tiró a un cubo de basura. De aquella humillación, ahora lo rememora, nació su apodo y cuando volvió al día después, ya alguno lo recibió con un Anda, pero si ya está aquí el trucha. Allí todos tenían un apodo, un alias, algo que te daba una entidad distinta a los de la calle y te volvía anónimo, porque poca gente sabía de tus apellidos o tu domicilio, así que pensó que, por fin, ya lo consideraban uno de los suyos.

Al gitano lo miraba esos días, casi lo espiaba de reojo, en la distancia y prudente. De pocas palabras y mirada firme, era respetado y todos lo conocían. Tenía una manera chulesca de moverse por entre las mesas, dominando el espacio con sus pasos firmes y pese a su evidente baja estofa, lo hacía con un nosequé señorial. Siempre con un cigarro en la boca y el cuello de la camisa levantado a la manera de algunos actores jóvenes que había visto en las películas en color. Se saludaban y poco más, aunque él hubiera deseado pasar horas hablando, como el día en que se tomaron un coñac, pero parecía que nunca llegaba el momento. Hasta que una tarde, tras escuchar como lo llamaban trucha, con cara de pocos amigos, se lo llevo a un rincón para ofrecerle un cigarro mientras le regañaba y le recriminó ¿Por qué dejas que te llamen trucha ? El trucha no entendía a qué venía la reprimenda y puso cara extrañada, sorprendido…¿Y qué más daba un apodo u otro? ¡Te están llamando maricón en tu cara, mecagoenlaputa!  Al trucha le cambió la expresión y mudó el gesto, dejando caer el cigarro al suelo, lleno de las huellas de otros cigarros que alguien tiró. Ahora entendía las risitas a su espalda, las miradas de soslayo, el esfuerzo de hacer amistades y ni se había dado cuenta del insulto. Fue consciente de que en su frente no sólo había una señal que lo marcaba como del barrio y como forastero, sino que también tenía otra que lo señalaba como un pervertío, un bujarra, un maricón. Era más la vergüenza de haberse enterado por el gitano y tenerlo enfrente que el insultó en sí y hubiera deseado que un agujero en el suelo se lo tragara. A ver cómo luchaba contra las habladurías a no ser que pretendiera darse una paliza con todo el que lo llamará así. Y ya lo llamaban así casi todos ¡Pero qué tonto era y qué listo me creía! El trucha recuerda que el gitano le dijo que necesitaba hacerse una reputación, ser respetado, que debía callarlos con hechos: Que he pensao que si quieres empezar con  buena fama, puedes acompañarme pa un asunto que me ha encargao el mantecas, que ya sabes es el que maneja el cotarro, que me ha dicho que vigile una obra por las noches, porque ya han robao varias veces materiales de la construcción y el dueño quiere darle su merecido a los ladrones, que nosotros sólo tendríamos que vigilar y dar el aviso si fuera necesario, que serían unas cuatro noches, que no me va a pagar mucho, pero lo repartiré contigo y así me haces compañía y me ayudas a que no me duerma.

No había bebido pero por la noche del Salón salió ebrio, riendo a solas y sólo cuando comprobó que no había nadie conocido cerca, dio un salto de alegría, sin poderlo controlar ni controlarse. Qué extraña sensación que igual que una alfombra invisible lo hacía volar, deslizarse sin esfuerzo. En casa hasta la yaya se lo notó. Servía la sopa de cena y llenaba el piso de olor a hogar, cuando dejando el cucharon en la sopera y poniéndose en jarras, levantó la ceja diciendo ¿Y a ti qué te pasa esta noche que traes cara de tontorrón? ¿No habrás empinao el codo?  A lo que el trucha no pudo más que contestar dejando escapar una risita breve, dejándola más confusa aún. Cuando le dijo que trabajaría por las noches, la ceja de la yaya subió tan alto que casi le roza el moño y soltó un ¡Lleva cuidao con esos negocios que no me gustan un pelo!  Un negocio que nació de una humillación de la que nació su apodo. Pues nunca una humillación ha dao tan buen resultao, pensó delante de la sopa, no como ahora pensaba, que todo había sido un plan del gitano para ganarse su confianza y, en modo arácnido, había ido tejiendo hilos de afecto hasta quedar atrapado en la telaraña de cuerdas en las que, ahora, se veía atrapado. Como una mosca. Una mosca que se pensaba lista. Mientras, afuera, avanzaba la madrugada y no dejaba de llover.

El gitano es un hijoputa, vale, pero el trucha no podía pensar en aquellas cuatro noches sin morirse un poco más por dentro. Un sabor dulce se le venía a la boca y tampoco  podía negarse que sentados en la obra, pasó algunos de los minutos más memorables de su corta vida. El sentimiento de aquellas noches, la necesidad de abrazar y dar cariño al gitano, de protegerlo, de estar escuchando mientras se divertía con su chulería, sin que importaran las horas si era a su lado, de mirarlo cuando él no se daba cuenta. Querría haberle agradecido que lo escogiera a él, como amigo, porque sentía que no era digno de tal honor, como no era digno de que el gitano se mostrara ante él como no se mostraba a nadie; cálido, cercano, íntimo y bello. Todo le vuelve, como volverían las olas si la vida fuera una playa. Aunque no sabría ponerle un nombre, se llama ternura y le subió por el espinazo hasta, esta vez sí, empañarle los ojos.

Habían construido la estructura y las cinco plantas del edificio, levantado las paredes y el esqueleto de cemento estaba lleno de andamios de madera, sacos y ladrillos. Se colocaron bajo techo, pero en un lugar estratégico para vigilar toda la cerca. Su presencia también debía ser un aviso para posibles cacos y les permitieron prender una pequeña hoguera donde por la mañana la encendían los albañiles. Aún así, el invierno de aquel año era especialmente cruento y las noches venían vestidas de escarcha, niebla y grados bajo cero. El trucha atizaba el fuego mientras el gitano se daba una vuelta cada media hora y en esos instantes, aprovechaba para tiritar a solas, en un tembleque nervioso similar al que estaba sufriendo la que parecía la última noche de su vida en un almacén abandonado. Se lamentó del arrebato de haber tirado la cazadora a la basura, porque estaba claro que la ropa que llevaba no era suficiente con temperaturas casi polares, mas no quería parecer un blandengue delante de él justo la primera noche. Así que cuando regresaba, se hacía un ovillo, se agarraba las piernas y trataba de contener la respiración para evitar el tembleque. Y escuchaba al trucha mirando al fuego, que al reflejarse en su piel oscura producía un brillo de bronce: Que si estoy hasta los cojones de mi casa y me estoy buscando piso en el barrio pa mí solo y estar como un señor. Que si mi madre está de los nervios y nos va a volver locos a tos, que si alguien se piensa que me voy a pasar toa la vida cuidando obras en la construcción, van listos, que el menda pica más alto. Que si yo lo que quiero es un golpe maestro que me retire pa siempre y si no me lo ofrecen, ya me lo buscaré. Que a mí lo que me hubiera gustao es estudiar, que se me daban mu bien las matemáticas y con estudios a lo mejor hubiera podido montar mi propio negocio, pero mis padres nunca han confiao en mí, mecagoenlaputa, con lo importante que es que se fíen de uno los que te quieren ¿A que sí? Que yo cuando tenga un hijo o quiera a alguien, siempre voy a confiar, porque sino pa qué mierdas quieres a nadie. El trucha escuchaba estas sentencias del gitano que a nadie le había escuchado antes y claro, se estremecía. Pronunciadas dejando a un lado la chulería, el aire de duro de los billares o las ganas de impresionar al resto, el trucha empezó a sentirse especial para el gitano.

Tenía gracia la coincidencia en las matemáticas, recuerda el trucha, y en aquel momento casi le pareció una señal, un aviso. El humo de la hoguera y el de los cigarros se unían en el cielo negro, haciendo una trenza que se difuminaba más tarde, arriba, perdiéndose en el cielo. En algún momento se le escapó un temblor y el gitano le reprochó que a ver cómo se había venío tan fresco, que se iba a congelar y no llegaría a la segunda noche sin un buen resfriao. Así que le dijo que se acercara, que se pusiera a su izquierda, que se iba a quitar el abrigo acolchao y lo iba a poner cubriéndolos encima, para los dos. Al trucha le sobrevino un pudor desconocido y hasta creyó sentir que se ruborizaba, por lo que declinó la oferta negando con la cabeza. Que vengas te digo, que muerto no me sirves de na, mecagoenlaputa. Una frase aparentemente hueca, inane, pero el trucha la recordaba en la soledad del almacén como la llave que abrió las compuertas de lo que estaba por venir. Porque alguien, aparte de la yaya, decía necesitarlo, y eso al trucha le hacía llenarse de un orgullo desconocido. Era la primera vez que escuchaba algo parecido y el corazón se le arrugó como los pimientos que freía la yaya en la sartén para hacer pisto. Se levantó dócil y se puso a su lado, a la izquierda, tal como le había dicho. Sentado en esa posición, era imposible evitar una más que cercanía corporal y cuando notó su calor en el roce, la sensación del brazo pegado a su brazo y el muslo pegado a su muslo, el trucha pensó que sus latidos se asemejaban a un tambor que se hubiera vuelto loco. Estuvieron minutos sin decir nada hasta que el gitano, ofreciéndole un cigarro, continuó con su perorata. Que si te gustan las motos, que si a mí lo que me gustaría es  irme a otro sitio y poder llevar una vida tranquila, to el día al sol, pero eso no se hace gratis, que si a veces apuesto en las peleas de gallos, pero eso no me da pa na, que yo pienso dar  un golpe maestro que va a dejar a to el mundo con la boca abierta, pero lo haré bien y seré espabilao, porque si te llevas mucho dinero de golpe la gente no te dejará en paz, ni la policía ni a quién le hayas dao el golpe, está claro, así que yo lo haré bien, poco a poco pa que nadie sospeche, lo iré invirtiendo y cuando se descuiden, yo ya estaré viviendo lejos, como un señor…

Sin darse cuenta, el amanecer y su huella de escarcha los descubrió bajo el abrigo, acurrucados. El trucha con miedo a pronunciar alguna palabra que hiciera evaporarse la magia.

A la noche siguiente, fue a buscarlo a casa, que el trucha le dio las señas sin ponerle objeciones cuando le preguntó, para que viera que había confianza. Tras escuchar la campana salió corriendo para evitar presentaciones, pero la yaya, con la rapidez de una serpiente, se interpuso entre él y la puerta y no quedó más remedio que presentarlos. El gitano sabía como caer bien a las personas mayores y de bromas le dijo que de tan joven, había pensado que era la hermana mayor. La yaya perdió su habitual dureza, bajó la ceja y le rió la gracia. Ay yaya, al menos puedo decir que no solo me engañó a mí, que a ti también te la dio con queso. Porque a zalamero no le ganaba nadie…Encendieron la hoguera, el gitano le dejó el abrigo y se fue a hacer la primera guardia, subiendo a todas las plantas y recorriendo el solar. Pero esa vez, tardó mucho más en volver que había tardado la noche de antes. Es posible que el trucha pasara casi dos horas solo y sin poder remediarlo, presa del aburrimiento, se quedó dormido. No fue hasta que la aurora se abría paso en la oscuridad, cuando despertó por un crepitar de los carbones. Pilló desprevenido al gitano, al otro lado de las brasas, que en ese momento  lo observaba con ojos de lobo al que que le da pena morder a la presa. Un tipo de mirada que nunca había sentido sobre sí. Los rasgos del rostro con el toque de bronce que prestaba la llama. Durante un instante, se cruzaron las pupilas, rojas por el reflejo de las brasas que agonizaban.De nuevo, se estremeció. Enseguida el otro hizo un disimulo y dijo que iba a darse una última vuelta.

La tercera noche se repitió en el mismo esquema. Fue a buscarlo, saludó a la yaya y le hizo un par de bromas que ella recibió con risas y falso pudor. En el camino hacia la obra, el gitano no habló. Parecía enfadado y ni un cigarro se puso en la boca. En la obra, más de lo mismo; se fue y tardó mucho rato en el regreso. Esta vez, el trucha sí que lo esperaría despierto y llegó a pellizcarse bajo el abrigo porque no lo invadiera la modorra. Cuando por fin se sentó, al trucha le pudo más querer zanjar una situación incómoda que la cobardía. Con sangre fría, fue capaz de decirle que Si te molesta que venga, pos haberlo dicho, porque parece que he hecho algo malo y no sé ni lo que es. El gitano abrió mucho los parpados y se quedó segundos sin habla, como digiriendo la frase. Se incorporó de súbito, y agarrando una madera llena de clavos del tamaño de un meñique, fue arrancándolos nervioso, de uno en uno para lanzarlos después a la hoguera, Hizo varios intentos de decir algo pero se callaba, mirando el chisporroteo con la evidente intención de esquivar los ojos de quién esperaba una respuesta, lanzando los clavos con rabia y provocando que saltaran chispas en la hoguera. Sus primeras palabras fueron un balbuceo y cuando el trucha lo evoca en la madrugada que transcurre en el almacén, no puede remediar sentir dudas de si fue teatro o hubo verdad, porque es imposible que alguien pueda mentir y hacer un papel tan creíble. Yo lo vi. Yo estaba allí. Parecía real, joer, vaya si lo parecía. Fantasea -el único privilegio de los reos a muerte- y si se le concediera el don de poder volver atrás en el tiempo, si la magia de los cuentos fuera posible, elegiría justo este momento para retornar al pasado y abofetearía al gitano en ese instante exacto, le daría de patadas y le escupiría. Sí que tenía más fuerza el gitano y más músculos y un cuerpo más hecho, pero era tanta la rabia, tantas las ganas de devolver dolor con dolor que nada físico podría interponerse. Y sobre todo, lo que fuera por evitar lo que ocurrió a continuación, cuando por fin encontró las palabras:

Que si estoy mu chungo en casa y ya no aguanto más, que si vamos a tener que ingresar a mi madre en un manicomio, que si por el día es imposible dormir porque mis hermanos arman mucho jaleo y siempre están de bronca, que voy muy falto de sueño y eso me tiene loco… El caso es que pese a suponer que no mentía, al trucha  aquello le sonó forzado y hueco, una excusa mal interpretada de última hora para desviar el tema .Sucedió que al quedarse sin clavos en la madera, la tiró al fuego y en un arrebato, se sentó al lado del trucha. Y explotó. Que me pasa algo más, que no puedo pegar ojo porque estoy obsesionao y venga a darle vueltas a lo mismo, que tengo la cabeza como una noria -dio una calada profunda y continuó- Que me doy asco por pensar en algunas cosas en las que no había pensao nunca, pero no puedo evitarlo, mecagoenlaputa, no puedo, que si te digo esto es porque te tengo confianza y si me entero que lo cuentas, te mato -pero no había violencia en su tono sino algo cercano al miedo- Tragó aire y dijo: Que te has metío en mi cabeza y no hay quien te saque, joer -se golpeaba con los dedos en la sien- ¿Es que no me estás viendo? Que no sé que me pasa contigo, que me pongo malo solo de verte. De un manotazo se quitó el cigarro y arrodillándose enfrente de él, juntó sus labios en los labios del trucha, con un beso bruto y furtivo, apretando la mandíbula. Se recordaba más paralizado aún que lo está con las maromas y necesitaba dejar de recordar para no hacerse más daño, olvidar esa noche justo cuando el gitano se bajó la cremallera del pantalón y el trucha agachó la cabeza. Porque si recuerda lo salvaje, feliz, lo libre, lo condenado, lo pecaminoso, lo prohibido, lo pletórico, lo divino, lo sucio, lo satisfecho, lo incrédulo y lo afortunado que se sintió, puede que esta vez sí, se muera en el intento. 

Tampoco quería repasar la última noche en la obra, porque volvieron a las andadas en lo de no hablarse, y el paseo hasta llegar a la cerca de la obra fue incómodo y raro, sin dirigirse la mirada. Pero fue llegar al rincón habitual y el gitano le clavó los ojos negros. El trucha se recuerda ajeno, porque sentía que no era dueño de sus actos y a la vez, una explosión de euforia le quemaba en el cuerpo. Sin ni siquiera haber encendido la leña, la fuerza de un imán los empujó y se besaron con la avaricia del que ha descubierto un manjar exquisito a su alcance, sólo con alargar los brazos. Pondrían el abrigo en el suelo, prenderían la hoguera y el trucha no pudo dormirse en toda la noche, acuciado por una necesidad casi física de abrazar muy fuerte, de agarrarse a su cuerpo como si con ello se pudiera atrapar el momento que la existencia les regala. Lejos del barrio y de los billares, más allá de los problemas y las miserias, sin nadie que les pueda afear; de pronto la vida puede parecer maravillosa.

Sobre todo, no quería ni acordarse cuando quedaron una semana después. Iban a repartirse el dinero y esta vez bajó él a la calle, porque la yaya no sospechara al verlos actuar raro. Bastante sospechaba ya, que no había día que no comentara por lo bajini que a ti te pasa algo, que te conozco como si te hubiera parío y tú escondes algo, vaya sí lo sé, que no te quitas la sonrisa de encima y andas to el día con pájaros en la cabeza. Se sentía tan distinto y afectado que la autentica sorpresa era que no lo reconocieran por la calle, que no lo señalaran gritando maricón. Era más que llevar una marca en la frente, era ir desnudo y que todos supieran, además, qué clase de aberración padeces. La yaya en esos días tenía que quitárselo de encima, siendo ella poco de cariños. Más de una vez se vio con el nieto dándole besos mimosos o tratando de abrazarla mientras ella se zafaba, de nuevo con un a ti te pasa algo, que te conozco como si te hubiera parío. Habían quedado en la plaza, tres calles más allá y hasta que no tuvo la moto delante, no fue capaz de reconocerlo y aún sacudió la cabeza para asegurarse de que era cierto. Que me la ha prestao mi hermano pa lo que queda de día y así podemos subir a la montaña , que como el parque de atracciones está cerrao estaremos tranquilos, pero antes a comprar pa comer algo. Que mírala que chula y como brilla, que es alemana pero a la moto no le pue pasar na, que si no mi hermano me raja, mecagoenlaputa. Que si la caja que va detrás es pa ti, venga tonto, que la abras, que me he gastao mi parte del dinero por hacer la gracia y con mucho gusto la hago. Que me dijo mi madre cual era la mejor tienda pa comprarlo y es de buena marca, mira qué paño pa no pasar más frío. Que las solapas son como debe ser, puntiagudas, a la moda, que la cazadora que llevabas parecía la de un viejo. Que te la pongas, hombre, que la he traío pa que no te mueras de frío encima de la moto y mira, yo me he comprao otro abrigo nuevo y así iremos los de estreno. Que el tuyo es más bueno, pero el mío es lo ideal pa alguien de mi categoría, que tiene un bolsillo secreto aquí atrás, entre el borde y el forro, que te lo cuento a ti porque hay confianza, porque no se lo contaría a ningún otro, que nunca se sabe pa que puede necesitarlo uno. Que mira que bien te sienta, que pareces un señor, que se me ocurre que vayamos al estudio del dani y nos hagamos una foto con los dos abrigos nuevos, que esto hay que celebrarlo y así tenemos un recuerdo.

En lo del dani había confianza, que el gitano le contó que eran amigos desde críos. No extraña entonces el descaro con que le puso un cigarro en la boca y luego se puso otro él. Se colocaron muy cerca del objetivo y cuando el dani avisó de la foto, el gitano le echó el brazo encima y pegó la cabeza a su cara, en su gesto de cariño público que al trucha lo llenó de admiración porque no se avergonzaba de él.

El trucha sintió una mezcla de pudor y orgullo, la sensación de que con ese gesto delante de alguien acababan de rebasar todos los límites de lo permitido. Y era una sensación gloriosa. Nunca supo de aquella foto, ni donde acabó. El gitano no volvió a nombrarla y ni siquiera tuvo noticia de si fue a recogerla cuando la revelaron. Como tantas otras cosas, estuvo tan cegado por el relucir de los acontecimientos que no se planteó iluminar las zonas oscuras y desconocidas del gitano, que eran muchas y rayaban el secreto. Puede que demasiado tarde, el trucha repasaba en el almacén las dudas que nunca fueron disipadas y eran una miriada; ni cuantos hermanos, ni su edad cierta que nunca le dijo, ni si en realidad era gitano por mucho que lo negara, ni si la moto era de su hermano o si aquel abrigo tan caro había podido pagarlo con lo poco que cobraron por cuatro noches. Tampoco su domicilio real ¿Como he podido estar tan ciego? se martirizaba. Las dudas subido en la moto no eran tales, no quedaba lugar para ellas cuando la felicidad lo ocupa todo. Enredadas en el pelo, volaron con el viento que esa tarde, venía benigno y les daba en la cara, subiendo por la carretera. En el tramo más solitario, sin coches que se vieran cerca ni gente que pudiera molestar, el trucha se atrevió a agarrarle por la cintura mientras pegaba la mejilla a su espalda. No quiere reconocerlo, antes se cortaría la lengua o se tiraría al mar, es lo más duro de todo lo que le estaba ocurriendo pero sí, esos kilómetros oliéndole el pelo en la moto mientras lo abrazaba por detrás son los momentos más felices de su vida. Y aunque fuera mentira, sabía que nada podría manchar una felicidad tan evidente que aún esperando su ejecución, lo llenaba de gozo.Yo lo vi. Yo estaba allí. Parecía real, joer, vaya si lo parecía. En un parque, ya anocheciendo en color rosa, verían la ciudad y el puerto encender las luces. El barrio un poco más abajo, en una postal que a los dos dejó mudos al descubrir la belleza escondida en un mundo que les era hostil. Fumaban y el gitano le contaba anhelos y sueños, en una narración que al trucha le fascinaba y no podía -ni quería- dejar de escuchar; que si me hermano va a vender la moto y por eso me la ha dejao, que se va a trabajar a las islas, a un hotel dice, que si ahora están viniendo muchos turistas de fuera porque les gusta nuestro país, las playas, el sol y la sangría, esas cosas, ya sabes. Que los que vienen de fuera tienen la mente más abierta que los de aquí, que a lo mejor si ahorro en un tiempo, también me voy con él, que ya no soporto estar haciéndole apaños al mantecas por cuatro perras. Pero si me voy a las islas, yo no quiero tener jefe, que no quiero que nadie me diga como vivir mi vida, que yo quiero ahorrar y construiré un tasca de la que seré el dueño. Pa los turistas, al lado de la playa, de pocas mesas, eso sí, pa que no me de mucho trabajo y menos problemas, que yo lo que quiero es pasar lo que me quede tumbado en una hamaca, como un señor. Que si al final hago ese bar, que ya le he dicho a mi hermano que me vaya buscando una parcela, adivina qué nombre le pondría, que le pondría Mogambo, como la película del Carl Cable -pronunciado como está escrito- que leí en una revista que significa te quiero en nosécual idioma y eso me gustó, que si cuando tenga el bar te quieres venir a trabajar conmigo, yo estaría encantao. Acuérdate de preguntar por el bar Mogambo.

. Y esa última invitación al trucha le supo a gloria, aunque no la dijese en serio o no fuera verdad. Cuando la oscuridad les guiñó un ojo cómplice, buscaron un rincón apartado y allí, otra vez, presurosos y sin medida, torpes pero ardientes, se dieron unas pocas razones para vivir. Bajaban en la moto de regreso y el trucha volvió a abrazarse muy fuerte a su cintura, mientras pensaba que ojalá siempre fuese de aquel modo y que la carretera, plagada de curvas y socavones no acabara nunca. Qué incauto fui, joer. Y qué tonto. Cómo si los que somos como yo tuviéramos permitido estar agusto, como si mi vida fuese un cuento. Si pudiera acercar  la silla a la pared, la de cabezazos que se daría.

Calculando, al trucha le sale alrededor de un mes de alegría alcohólica que le provocaba desde dar tumbos por la calle hasta la sensación de que se le salía por las orejas. Treinta días en los que tuvo al alcance de la mano el hechizo, en las que casi  pudo tocar la magia y ser protagonista de un cuento. Días en los que todo parecía posible y el barrio, el billar, la yaya y todos se rendirían a un cariño como el que se profesaban. Qué incauto, sí. Ni sospechaba que sería el mismo gitano quien rompería el encantamiento y la magia, sacándolo del cuento a patadas. Fue una tarde que al llegar al Salón ni lo miró y estuvo huyéndole las miradas durante el resto de jornada. Cuando quiso dirigirse a él, el otro ni se inmutó y se dirigió andando hacia la barra con la barbilla alta, muy serio, los ojos negros como si fueran los de un pez, muertos, apretando los dientes. El trucha, derrotado, sin entender nada, se puso en lo peor. Casi a la hora de la cena, con un abatimiento que le hacía arrastrar los pies y hundir la cabeza, regresaba a casa cuando escuchó que le silbaban; era el gitano que venía corriendo detrás. Que si vente a este portal que no nos vean, que si al bocazas del Dani se le ha ido la lengua y el perlas no para de decir mierdas sobre mí, mecagoenlaputa, que se han creído que soy maricón, que si por un tiempo es mejor que mantengamos las distancias por el beneficio de los dos, que a los dos nos conviene no dar más que hablar, que aunque te parezca mal seguro que luego lo entiendes, que el menda tiene que cuidar su imagen o el mantecas me dará la patá …El trucha notó como un agujero se le abría en los pies y cayendo, cayendo, como pudo mantuvo la compostura sin ser capaz de emitir una palabra ni cuando se fue y lo dejó en el portal, a solas. Hubiera preferido que usara  la navaja que a veces llevaba consigo el gitano, porque cada palabra era un navajazo, un zarpazo en la yugular que ni respirar le dejaba. No sabía que dolía más, si las palabras en sí o el tonochulesco que en bofetadas crueles le calentó la cara, sintiendo una vergüenza desconocida, un sentirse ridículo como no había sentido. Más tarde en casa ni cenaría y se iría a su camastro, a llorar en un desgarro. Maldecía los ojos negros, tan fríos y despiadados que ni se habían inmutado mientras le pisoteaban el corazón. La yaya tocó en la puerta pero él le gritó que se fuera y ella, obediente por una vez, no preguntó más. Ni al día siguiente. Ni al otro, cuando ya fueron tres de no salir. Hasta que casi una semana después, sentados en la mesa, le afeaba que se dejara las acelgas mientras había niños pasando hambre por ahí, y tras un suspiro que salió de algún rincón profundo, le soltó un ¡Pos te prefería cuando venías tonto!

Pasó mucho tiempo sin regresar al Salón. Llegó la primavera y el buen tiempo con más horas de luz que daban un poco de alivio a la humedad y la oscuridad habitual del barrio. Aunque pensó que nunca superaría el trauma, poco a poco, fue doliendo menos. La yaya se preocupaba; de no escuchar una palabra suya durante días enteros o al regresar de limpiar escaleras y encontrarlo, inevitable, pegado a los cristales de la ventana. Cuando se vio fuerte, decidió regresar a los billares en un esfuerzo que no recordaba haber tenido que realizar en su corta vida. El primer día de encontrarse con él, un puñetazo le dio en el pecho. Sentir que lo ignoraba con evidencia y alevosía fue otro puñetazo, pero esta vez en el estómago. Tuvo que salir afuera, apresurado, dejando a medio una partida y regresó a casa inmerso en un llanto que ni disimular podía por la calle, que hasta una vecina le preguntó. No obstante volvió al día siguiente porque ya se sabe: la suerte es de los valientes que no le temen a na. Los chicos del Salón mantenían cierta distancia con él -ahora ya sabía las razones- pero su pericia con los tacos del billar lo convertían en necesario. Lo buscaban una y otra vez para alguna partida y algún dinero ganó gracias a las apuestas, que incluso pudo comprarse por fin unos zapatos nuevos, de cordones, brillantes y puntiagudos, como las solapas del abrigo. La yaya ni preguntó y esa ya era señal suficiente de que algo sospechaba. Al gitano trataba de esquivarlo, de no verle por no sufrir, aunque el trucha recibía una descarga eléctrica cuando lo descubría jugando en otra mesa. En las madrugadas, acurrucado en la cama y mirando el abrigo en la percha, el recuerdo de los momentos pasados eran una escalera que bajaba al  infierno del que apenas podía regresar por las mañanas.

Pasó la primavera, llegó el verano con el sofocante calor húmedo que ahora reinaba en el Salón y que los ventiladores no lograban disipar ni por asomo. Un día como otro cualquiera, el trucha se hizo la cuenta de que llevaba muchos meses sin ver al gitano, y eso, en cierto modo, le regaló el alivio de que no lo echaba de menos y bah, era lo mejor. Tampoco preguntó. Estaba ocupado en otras cuentas. Había comenzado a hacer pequeños trabajos de poca monta para el mantecas, pero al menos ya contaban con él. Descargar un camión con tabaco o alcohol de contrabando, vigilar por si la policía aparecía mientras hacían algún traslado, destrozar el escaparate de una tienda del barrio porque el dueño se negaba a pagar su protección…En realidad, asuntos sin importancia, pero le daban suficiente dinero para mantener a la yaya callada, aunque la ceja levantada siempre la tenía y lo miraba con desconfianza, refunfuñando un en qué negocios andarás… De casualidad, una tarde el mantecas, acompañado del gorila –con el que siempre se le veía y decían que era algo así como su guardaespaldas- se acercó a hablar con los dos chicos con los que el trucha echaba una partida. El mantecas, con el puro baboseado echando humo negro y el sudor convertido en pequeños ríos que le bajaban por la frente. Preguntó si conocían a alguien que supiera de números, finanzas y cuentas, porque el muy hijoputa del contable se había ido a trabajar a una empresa seria y respetable -risas cómplices de los chavales por el tono socarrón-y tarde o temprano le daría su merecido, pero ese era otro tema. Quedaba dicho, pues; si conocían a alguien, que le dieran el aviso. Otra vez el trucha, en una osadía que recordada ahora le parecía aún más sorprendente de sí mismo, se ofreció voluntario. Se inventó que había trabajado en una oficina llevando la contabilidad y pidió por favor que lo pusiera a prueba. El mantecas lo miró entornando un ojo suspicaz, se mantuvo en un tenso silencio durante unos segundos eternos y con un requiebro, dijo “Bah, no tengo na que perder y estoy hasta los cojones de señoritingos que han estudiao” . Le pidió que le acompañara al despacho que tenía en el Salón, con el gorila detrás, siempre detrás. Un despacho que olía a sobaco sucio y a humo en descomposición, que cuando abrió la puerta sólo vio montones de papeles por todos sitios, enredos y cajas, desorden sin fin que no dejaba hueco ni en las sillas. Presidiéndolo todo, tras la mesa del despacho, una foto tamaño enorme del dictador que gobernaba los destinos de todos, incluido el suyo. En la mesa, de pie con una peana, un crucifijo.  En otra pared, un cuadro de una virgen; el mantecas lo quitó y tras él asomó una caja fuerte. Cuando fue a marcar la clave moviendo la rueda, el gorila se puso delante del trucha para que este no pudiera ver nada. De allí sacó una bolsa de papel grande que puso en la mesa y de la bolsa, muchos fajos de billetes y dos libros de contabilidad. El trucha trató de disimular el asombro porque nunca antes había visto tanto dinero junto, que hasta se puso nervioso y le entró miedo. Dijo el mantecasEstate atento que no te lo voy a repetir; de aquí tienes que sacar cinco partes iguales, De una parte resta el veinte por ciento y lo dejas a un lao, de otra tienes que dividir cuatro sueldos que es lo que cobrarán los camareros y a cada sueldo le quitas un diez por ciento y lo dejas a un lao. De la tercera parte restas estas facturas que son los gastos y el sobrante lo dejas a un lado. Del cuarto montante tienes que sacar dos partes iguales, de una de ella separa estas partidas- señaló una hoja del libro de contabilidad– y la otra la dejas a un lao. Del quinto montante, separa tres partes. Una la dejas a un lao, las otras dos las juntas y las divides en ocho partes. Déjalo to escrito en los dos libros, ordenao y claro. Si te equivocas, te mato. Si me robas, te mato. Si me engañas, te mato. Y se fue, su gran barriga redonda por delante, dando un portazo. En el despacho se quedó el gorila mirándolo con cara de muchos enemigos y aunque estaba tan nervioso que se le secó la boca y la lengua se le pegó al paladar, quitó los bultos de una silla y se sentó en la parte posterior de la mesa del despacho, de frente al crucifijo. Las manos le temblaban al contar billetes o para escribir números, había mucho de novato en sus gestos y no quiso levantar la vista de la mesa por no tener que enfrentarse a la mirada del gorila, que durante el tiempo que estuvo allí, ni abrió la boca ni parecía estar vivo, como una mole de cemento, inmóvil. El caso es que no debió hacerlo mal del todo porque el mantecas lo puso a prueba durante un mes, y poco a poco fue dándole más dinero, pidiéndole que hiciera más cosas.

 Al acabar el verano el trucha ya era, oficialmente, quién le llevaba todos los asuntos monetarios. Y pudo comprarse ropa nueva y dejar los harapos, porque el abrigo ya había decidido que nunca se lo pondría, aunque fuera incapaz de tirarlo. También se compró un colchón de lana con el que, por fin, pudo dormir recto. Y le compró unos pendientes a la yaya que ella rechazó, ofendida e indignada, porque a ver de donde venía el dinero, que lo importante era ser honrao y ese dinero olía a sucio a la legua. Al trucha le dio igual el desprecio, como le daban igual los sermones y la trataba con desdén arrogante, pensando en que ya se le pasará cuando se vea en un piso nuevo. Pasaba tanto tiempo en el despacho que ni recordaba al gitano y bah, le daba igual. Empezaba a ser alguien, respetado, en el barrio lo miraban de otro modo y vecinos desconocidos le daban los buenos días, porque había dejado de ser invisible. Como un señor, que diría el gitano. Recuerda mirarse en el espejo de la barbería y no veía a un chaval; ya era un hombre al que debían afeitar todos los días, cuyos rasgos se habían endurecido. La cara se le llenó de aristas y perdió el aire de belleza indefinida que tantos disgustos le daba de pequeño, agarrado a la mano de la yaya. Nadie necesita de los cuentos cuando en la vida real hay billetes- se reafirmaba, satisfecho- y no se iba a andar con sentimentalismos baratos cuando por fin podía comprar todo lo caro que había en su calle, en el barrio y hasta en el resto de la ciudad. Un hombre formal que no perdía el tiempo los domingos fumando en la calle apoyado en la pared, que iba a lo suyo y que podía sacar pecho sin vergüenza delante de las vecinas, que había dejado de jugar al billar porque eso era cosa de críos.  El dinero -pensaba- le había borrado la señal de la frente y ni quedaba una poca huella de la asquerosa perversión, que por esa época creyó pasajera y un error de juventud…¿A quién le importa ahora el gitano? se repetía cuando compraba una camisa nueva o comía el menú más caro de alguna taberna, a la vista de todos, sin darse cuenta de que en la misma pregunta estaba implícita la respuesta; a él. Los desplantes a la yaya, en la soledad del almacén, no se los perdona. Se recuerda prepotente y estúpido y de nuevo, se daría de tortas cuando deben ser las seis de la mañana y está a punto de amanecer. No debe quedarme mucho, supone sin una pizca de tristeza que le pese.

Trabajando para el mantecas había visto muchas cosas que desearía no haber visto, fue testigo de amenazas, palizas y chantajes, supo de  sus trajines con las putas, que le pagaban para que las protegiera, aunque luego fuera el gorila quién les daba palizas si no pagaban todos los meses. También supo de cuando había algún viaje de contrabando que venía de la frontera, o de cómo funcionaban las apuestas y el mercado de estraperlo, donde no había nada que no se pudiera comprar o vender si tenías el dinero. Ser testigo le curtió el carácter, se hizo insensible,  aprendiendo a ver y callar, a no preguntar nada ni a buscar amigos en los negocios. Con el manto protector que le daba el mantecas, nadie se metía con él y él apenas se relacionaba con nadie. Tras mucho esfuerzo y años de por medio, las cosas iban según el plan previsto y en un futuro – soñaba- podría retirarse y retirar a la yaya. Las cosas hubieran seguido yendo bien si no se hubiera vuelto a cruzar con el puto gitano de los cojones. Otra vez. 

Con el puro goteando, le dijo un día el mantecas; a partir de ahora quiero que te encargues de recoger las apuestas de las peleas de gallos, ya sabes, las que se hacen los domingos. No me fío de quién puse allí encargao del tema y sospecho que me está robando en mi cara. Al mantecas en la cara no le roba nadie, que me cago en su puta madre y en todos sus muertos si me tengo que cagar y luego lo rajo vivo. Tomas nota de toas las apuestas y luego traes el dinero aquí. Lo importante es que no se te pase ni un céntimo y que tengas los ojos muy abiertos pa controlar a este. Es un trabajo bien fácil ¿No? Fácil resultaría si el encargado al que se refería el mantecas hubiera sido cualquier otra persona menos él. Pero era él, maldita sea, era él..¿Cuanto tiempo llevaba sin verlo? ¿Más de un año? ¿Más de dos? Tan importante no sería si no se acuerda. Al llegar la primera noche al callejón del local clandestino, caminando, no podía creerse quién lo esperaba en la puerta, al que reconoció desde lejos. Más cerca constató que el paso de pocos años había sido implacable y sus ojos ya no tenían el fulgor azabache de antaño. Tampoco el gesto travieso de antes, que ahora tenía un no sé qué de máscara forzada. Andaba renqueando de centinela en el portón, con un andar raro, puede que fruto de alguna paliza mal recuperada y su cuerpo había perdido armazón para recordar más bien a una percha. El trucha tampoco era el mismo porque llevaba más de dos años curándose; se había cristalizado, igual que la yaya. O al menos, eso quería creer. Con la dureza del pedernal, se dio el lujo de llegar a la puerta muy despacio, disfrutando del momento de constatar las vueltas que da la vida. Él, que había llegado donde nunca imaginó y en cambio el gitano, míralo, no era más que un perdedor que no saldría nunca del barrio, que hasta daba pena verlo. Primero puso expresión de asombro al reconocerlo, luego un gesto que mezclaba suspicacia, lástima, ternura y una sonrisa que no pudo disimular. Pero antes que dijera algo amistoso, el trucha se adelantó, alargó la mano y como si no se conocieran, se presentó: “Hola, soy el trucha y me manda el mantecas”. El gitano torció la cabeza hacia atrás a modo de contrariedad, pero guardó silencio. Escupió al suelo y se puso un cigarro en la boca para invitarlo a pasar con la mano.

El local era una desmejorada definición de tugurio infecto. Olía tan mal aún vacío que era difícil aguantar la respiración sin arcadas. Las pocas bombillas no servían para iluminar apenas y el suelo era de arena antes amarilla; sucia, llena de colillas, basura y restos de plumas, lo que hacía que el polvo en suspensión se metiera por la nariz y se te quedara el olor pegado a las fosas. Es gracioso, porque el trucha es lo que más recuerda de este último año; el olor con el que volvía a casa y le duraba días después, que hasta la yaya  bien que se lo decía con un de donde vendrás pa oler así. Aún hoy, esperando a que vengan a matarlo, tiene la sensación de seguir oliéndolo. No, no fue un trabajo fácil; el mantecas se equivocaba. Los que iban a las peleas de gallos eran gente salvaje y violenta, la mayoría llegaban al domingo noche borrachos como cubas, después de haber bebido durante toda la tarde y eran comunes las broncas y trifulcas que tocaba de pacificar al gitano. Además, desde la primera noche, el espectáculo sangriento y atroz de los gallos despedazándose mientras la turba jaleaba le pareció repugnante. Y encima recoger las apuestas se convirtió en una tortura, porque lidiar y negociar con aquella gentuza era, muchas veces, imposible. El gitano cogía el dinero, el trucha tomaba nota, al acabar repartían a los ganadores y por mucha atención y cuidado que ponía en controlarlo, había muchos momentos en que lo perdía de vista. Luego, en la puerta, el gorila esperaba con el coche y juntos, cargado él con el dinero en una maleta vieja – para no llamar la atención- se dirigían al billar, donde el mantecas guardaba la recaudación en la caja fuerte. El mantecas le pidió que ideara un sistema para poder distinguir el dinero de cada fin de semana sin tener que mirar los libros de contabilidad: Ya sé te ocurrirá algo fácil y cómodo, que pa eso te pago, le dijo. Trajinó días enteros machacándose la cabeza hasta que de una manera casual y tonta -sujetando una goma elástica- lo vio. Fácil y cómodo, tal cómo le había pedido. Usaría gomas elásticas de colores distintos para sujetar los fardos .El primer domingo del mes, los fardos se distinguirían por ir con gomas rojas, el segundo serían azules, el tercero, verdes, el cuarto, amarillas…Así, muchos domingos, muchos meses repitiendo la misma cotidianidad  hecha de gomas elásticas de colores. Lo bueno, pensaba esos días, es que no había posibilidad de un acercamiento, ni siquiera de una mirada o de una conversación; la veladas eran tan intensas que terminaba agotado, con las fuerzas justas para regresar a casa muy de madrugada ya. Y con todo, tenía la impresión de que perdía de vista al gitano en demasiados momentos y eso le preocupaba. En alguna ocasión, eso sí, descubrió al gitano mirándolo de la misma manera que aquella noche en la obra, con las pupilas de un lobo que perdona a su presa, Y se sentía fuerte, poderoso, porque esta vez no iba a caer en la telaraña, esta vez controlaba la situación por mucho que los ojos negros de tarántula, en esos instantes en que lo miraba, volvieran a tener fulgor.

Pero ahora, con las primeras luces del amanecer dándole en la cara, agotado de pasar la madrugada en una situación tan penosa, con el dolor de los golpes aún reciente y las heridas de las cuerdas escociendo cada vez más, fue capaz de reconocer que se estaba mintiendo y que muchas noches soñó que volvían a besarse, porque aún se le removían  peces revoltosos en la barriga. Sin darse cuenta, había ido poco a poco bajando las defensas y quitándose el escudo invisible con el que se sentía protegido. A cada recuerdo del viaje en moto, a cada rememorar las noches en la obra, las palabras confesadas al calor de la hoguera. La ternura, que nunca supo nombrar ni identificar, tuvo la culpa ¡Pero qué imbécil! Tan culpable de lo que ha pasao es el gitano como soy yo, que me puse a tiro, joer. Me merezco to esto, por creerme listo siendo tan imbécil…Mira que no haber aprendío la lección de la primera vez…

Las cosas estaban así cuando cuando llegó el domingo pasado, hacía cuatro días de eso ya. Se puede decir que la evidencia le estalló en la cara y que distinto la juzgaba ahora, sabiendo lo que ocurrió después. Al mantecas se le había complicado un asunto de contrabando y en el despacho le dijo que tenían que irse cagando leches. Y añadió: No te voy a dar la clave de la caja fuerte, deja la maleta aquí y cierra la puerta, que ya guardaré el dinero yo cuando vuelva en unos días. El gorila se viene conmigo, así que te acompañará el gitano y vendréis caminando. Y cuidao ¿eh? Mucho cuidao. 

Había pasado la tarde desocupado y nervioso, alterado y hasta la yaya se lo notó, quejándose porque parecía que tenía azogue. Es que imaginarse a solas con el gitano lo llenaba de inquietud, que le tenía las piernas como si se las estuvieran comiendo las hormigas. Ni por esas fue capaz de verse, protegerse o reconocer el peligro y cómo se lamentaba ahora. Peleaba esa noche un gallo famoso; había sobrevivido a varios combates y aunque tuerto y desplumado, los espolones eran enormes y le daban un aspecto entre fiero y raro. El bicho con cresta se había convertido en una celebridad y la afluencia desde primera hora así lo demostraba, porque a media hora de comenzar la lid, apenas cabía nadie. Fue una jornada densa en acontecimientos y agotadora, como demuestra que la recaudación había rebasado lo nunca visto y necesitaron más bolsas de papel y más gomas amarillas para guardar los fajos en la maleta vieja, que al cerrarla parecía preñada. Recuerda que pensó, qué irónico, que con todo ese dinero podría retirarse para iniciar una nueva vida. A cambio de no tener un segundo libre, las horas pasaron volando, lo que explica que cuando comprobó que ya estaba todo hecho, se había quedado a solas con el gitano, que merodeaba con un cigarro en la boca y dando patadas a la basura del suelo. No, eso no podía ser. Recogió rápido y le metió prisa para apagar las luces e irse, sin mirarlo, que no quería cruzarse con sus ojos de nuevo. En el callejón, ya afuera, el trucha aceleró el ritmo porque comenzaba a llover de nuevo y no quería demorarse teniéndolo a él al lado. No habían dado ni diez pasos – el gitano renqueando detrás- cuando ocurrió lo inesperado. Reconstruyendo el momento, el trucha se debate entre si estaba todo preparado y era una trampa o si el gitano fue improvisando viendo el transcurrir de los acontecimientos. No sabe contestar a esa pregunta y puede que ya, nunca lo sepa. El hecho es que habiendo dado esos diez pasos, de la nada oscura del callejón aparecieron dos tipos con pasamontañas y navajas. De cuerpos enclenques, tal vez adolescentes, su única posibilidad de intimidar era con las navajas. El trucha siempre había tenido presente una posibilidad así. Normal, se dijo, manejando tanto dinero y teniendo tantos negocios turbios del manteca, qué se podía esperar. Lo que nunca pudo imaginar es que le ocurriría estando junto a él, y si fue teatro o fue real, no sabe, pero el gitano se lanzó sobre ellos sin dudarlo. Se lanzó a por los dos. Se les echó encima con arrojo sin asomo de miedo y eso al trucha, cobarde y paralizado, lo dejó sin iniciativa en un primer instante. Pero al verlo en peligro e inferioridad contra los otros dos, una rabia desconocida, una furia sin freno, le explotó dentro y de súbito, le desapareció el miedo. Tiró la maleta y se lanzó a por ellos en un rugido, aunque el gitano ya había conseguido que una navaja cayera a los adoquines. Lo primero fue llevarse un puñetazo en el cráneo que lo dejó noqueado y aún así, siguió con un valor de origen desconocido. Cuando desarmaron al otro, huyeron cobardes sin oponer apenas resistencia o con ganas de revancha. Había sido muy fácil, tal vez demasiado y sin embargo, el trucha no sospechó...Con lo listo que me creía… El entusiasmo de verlos huir mientras los retaban, humillando su huida con insultos y bravuconerías, los hizo romperse a carcajadas. La lluvia arreciaba y se felicitaban y recreaban el momento una y cien veces; que si tú le has dado una patá en los güevos que le ha jodío, que si el otro casi me raja en el cuello, que si ha habío un momento en que pensé que nos mataban. Entonces el gitano cambió el gesto, dejo de reír y le señaló en el brazo una hendidura que sangraba en abundancia al ritmo de los latidos y que, preso de la euforia, ni supo cuando ocurrió. Que si eso te lo tienes que curar y coserte la herida, que te vas a desangrar y lo mismo te mueres en horas, que si mi piso está a veinte minutos y tengo lo necesario pa curarte, que si no te hagas el duro que el navajazo es muy profundo y vaya usted a saber como no te lo cosan ahora mismo, que tiene muy mala pinta. Y mientras lo decía, se había sacado un pañuelo del bolsillo y envolviendo la herida un par de veces, la apretó fuerte y acabó haciendo un nudo. Lo estaba tocando, sentía sus dedos sobre su epidermis y no, eso no podía ser. Quitó el brazo instintivamente. Tampoco quería acompañarlo, pero…Me mareé mucho, joer. No era dueño de mis actos…

 De madrugada, cada vez más aturdido y confuso, dejando un reguero de gotas de sangre en el camino que se disolvían con la lluvia. Se dejó guiar y es cierto que no recuerda ni las calles que tomaron ni por supuesto, donde estaba el portal que accedía a su piso, del que sí recuerda que estaba situado en un enorme bloque de viviendas con patio comunal. El gitano aligeraba el paso mirando el pañuelo que goteaba sin descanso -rojo empapado en sangre- y le dedicaba a la herida ojos de preocupación. Recuerda que tuvieron que subir tres plantas y los últimos peldaños se le hicieron imposibles, la vista se le nublaba y veía borroso, puede que más por el efecto del puñetazo que por la herida, de tal modo que cree que se desvaneció o algo parecido porque no recuerda más aparte de caer al suelo.

 Recobró la consciencia con un aguijonazo de dolor que lo despertó en un salto. Al abrir los ojos, encontró a su lado al gitano, los dos en un sofá de tablas sueltas y raído. Daba la última puntada a la herida y acabó con un Ya está, satisfecho. Hizo un nudo al hilo, lo mordió para cortarlo para más tarde poner una venda a la que dio varias vueltas .Entonces, se miraron. Esta vez sí que no pudo evitarlo y se clavaron, más que cruzarse, sus ojos en la negrura ocular del gitano. Recordándolo, aún se le erizaba la piel. Todo lo negro del universo, el carbón y la pizarra, el petróleo, la caoba, la tinta y la noche, estaban contenidos allí. Nadie en este mundo podría haberse resistido a tal mirada, nadie -se justifica-  porque ya se sabe de la atracción de los imanes, que es imposible de resistir. El gitano se incorporó y así el trucha pudo ver la modestia -más bien miseria- del cuchitril donde estaban; sin cuadros ni muebles, de paredes oscuras por la humedad, sin habitaciones y con un lavabo, un cenicero desbordado de colillas, un armario inclinado, un retrete y algo que a duras penas se podía llamar colchón. Tenerlo enfrente, nervioso, con un cigarro tembloroso en la boca, haciendo el ruido de chasquear los nudillos y mirar al suelo, lo devolvió a la obra, años atrás, junto a la hoguera. Ya se sabe que todo vuelve, como las olas. Era como si no hubiera pasado el tiempo, como si los sentimientos otra vez le explotaran en la cara y  aunque no quería, aunque se lo negaba, la necesidad sobrehumana de abrazarlo, de protegerlo y salvarlo de todo mal era más fuerte. Como aquella vez, el gitano tartamudeando: que ni me merezco que me escuches, que me porté tan mal que tendrías que escupirme y ni dirigirme una palabra,  que yo no pensaba decirte na, pero esta noche me he puesto enfermo de verte y mira, ya no me callo, que lo he intentao con mujeres estos años, mecagoenlaputa, y no hay manera, que siempre acabo pensando en que ninguna se puede comparar. Que si no me vas a creer pero no ha pasao un día en que no me arrepienta de lo que dije, que no sabes lo que he llorao y las veces que he soñao que en vez de despreciarte, nos escapábamos. Que ya lo sé, que me merezco to lo que me pase pero hubo cosas que yo no pude controlar y algún día el hijoputa del mantecas me las pagará toas juntas, que si eso ocurre que sepas que no va contigo, ten presente que nunca te haría daño… El trucha en ese momento no entendió bien a qué venía sacar al mantecas, pero lo que si vio fue al gitano dejar caer dos lagrimones y con la muñeca, limpiarse la cara. Eso sí que no lo esperaba y si le quedaba alguna capacidad de protegerse, se disolvió con sus lágrimas.Yo lo vi llorando, yo estaba allí. No me explico como me pudo engañar tan bien, el muy cabronazo. Dejó de pensar, de dudar y cuestionarlo todo y fue su cuerpo el que tomó las riendas y se levanto, le tomó la cara con las manos y lo besó; lo besó tanto que se pararon las agujas de los relojes entre sus labios. Lo besó tanto que sin darse cuenta ya estaban en el colchón desnudos, con la luz de la luna entrando por la ventana porque la climatología les daba una tregua y había parado de llover, despejando las nubes hasta dejar que asomara un cuarto creciente. Pasaron horas que fueron la razón de una vida y si por el trucha fuera, no se hubieran levantado nunca de allí, no lo hubiera soltado y durante unos instantes, tuvo la sensación de que el trayecto de años que iba desde la obra hasta a aquel colchón había sido un mal sueño, una pesadilla que se esfumaba y las cosas volvían a estar en el sitio correcto.  En la pelea de caricias, de mirarse muy cerca sin decirse nada, de recorrer su cuerpo oscuro con las yemas de los dedos, descubrió una cicatriz que le recorría desde el tobillo hasta el muslo, posiblemente la razón de por qué renqueaba y al preguntarle, el gitano le besó los labios. 

 Se les hizo muy tarde y debían irse antes de que les sorprendiera la luz del día. Vistiéndose perezosos, sin poder evitar encadenar eslabones de besos y abrazos. El trucha lo agarró por detrás cuando iba a ponerse la camisa para librarse del miedo. Miedo a lo que pudiera venir en adelante, a salir afuera, a la calle y a que todo retrocediera al punto anterior de sus vidas, un mundo donde no estaba él. Qué feo y qué sinsentido era ese mundo… Una brisa de origen desconocido, como si de nuevo fueran montados en la moto, le revolvió el cabello. 

 El camino a los billares tuvo un nosequé de paseo dulce, un recrearse en cada paso, retrasando el destino porque no querían llegar al final del recorrido. La luz de la aurora ya aclaraba el firmamento y con la poca iluminación que daban las farolas, el barrio de pronto le pareció con una belleza singular que puede que nunca hubiera apreciado. Acogedor, familiar y tranquilo, las fachadas tenían un aire como de casas de cuento. Un cuento en el que por fin, él era el protagonista. El silencio de la madrugada, sólo roto por el ruido de sus pasos en los charcos, tenía la melodía de una música mágica. En el despacho, tras dejar la maleta, otro abrazo en el que sintió que las costillas de ambos se fundían para hacer un sólo abdomen. Y aunque apenas le dejaba respirar, el trucha tuvo que hacer verdadero esfuerzo para soltarse. Antes de despedirse, el gitano dijo algo que en ese momento al trucha le había parecido incomprensible. Dijo; que yo sé que es difícil que vuelvas a confiar en mí, que me lo merezco. Que si cuando tengas dudas, que mira hacia atrás y repasa lo que te dije alguna vez, que verás como to lo que hecho, lo he hecho por ti .También vas a ver que to tiene un sentío, pero tienes que confiar porque sino, de qué sirve…El trucha no entendía nada. El otro cogió del paquete dos cigarros y los puso en sus bocas para encenderlos después, con ceremonia y sin dejar de clavarle los ojos de chulo. La despedida fue diciéndose un nos vemos pronto, pero sin nombrar ni un momento ni un sitio en concreto. Al trucha le pareció normal, porque había que confiar…¡Y una mierda lo de confiar!  A la mierda tenía que haberlo mandao en ese momento, joerPero yo, como soy tan tonto, volví a picar el anzuelo... Pero es que era  imposible sospechar lo que vendría, como siquiera ni imaginar lo que estaba a punto de ocurrirle. 

Puede que por una infección de la herida mal curada, puede que por la contusión en el cráneo o que se calaron mientras peleaban, el trucha ha pasado los últimos tres días con fiebre, entre espasmos y sudores en la cama, sin poder salir a la calle. La yaya entrando y saliendo de la habitación todas las noches al regresar de trabajar, le ponía la mano en la frente, le traía infusiones, tisanas y caldos, le insistía en ir al médico y él que no, que no quiere contestar a preguntas incómodas. Por fin esta mañana -cuatro días han pasado desde el domingo- se encontraba mejor y por la tarde se levantó a calmar el hambre que le tenía rugiendo el vientre. Tocaron a la puerta. Era el gorila, que lo venía a buscar y ahí ya supo que las cosas pintaban feas, a ver a qué santo iban a su casa. El otro hizo mutis y ni una respuesta le dio cuando le preguntaba. Montar en el coche ya era raro estando a unas manzanas de los billares, pero las sospechas se confirmaron al salirse de la ruta que iba al Salón y encarar la avenida hacia la zona de almacenes del puerto. En todo siguió al gorila, y lo hizo dócil, sin oponer resistencia. Ya no preguntó más. Llegaron al almacén, donde ya supuso que lo esperaría el mantecas, con su barriga de flan, su sudor de enfermo y mordiendo el puro apagado con rabia furiosa. El trucha le alargó la mano para saludar y estrecharla antes de explicar su ausencia, pero no tuvo ni esa posibilidad y recibió un tremendo puñetazo en el estómago que casi lo derriba al suelo, que lo dejó sin respiración y los ojos en blanco, encorvado, mientras el otro exclamaba “¡De mí no se ríe nadie y menos un bujarra como tú! Ya me puedes ir diciendo donde está el dinero y donde se esconde tu amiguito que no tengo toda la noche” . Tampoco sin la oportunidad de responder, el gorila lo agarró por detrás y el mantecas le arreó un sopapo en la cara que manchó la pared con una palmera de sangre, esparcida en cientos de gotas. Ojalá hubiera sabido qué contestar, él, que nunca quiso ser un héroe y conocía la valentía solamente de oídas, pero es que no tenía ni idea de cual era la acusación. Hasta que el mantecas  dio un puntapié furioso a una maleta que tenía a su lado habían pasado al menos tres puñetazos más. La maleta, vieja conocida usada para llevar la recaudación a la caja fuerte, se abrió desparramando su contenido, que no eran bolsas de papel repletas de dinero sino ropa hecha una madeja. Y aunque tenía el entendimiento nublado por los golpes, aunque la vista no le funcionaba bien, aunque el oxigeno le llegaba a los pulmones a duras penas, dedujo claramente que el gitano lo había engañado y no sólo eso, sino que lo dejaba a él señalado como cómplice ejecutor de un golpe tan absurdo como ridículo por puro infantil; cambiar el dinero por ropa, a quién se le ocurre…Se le ocurre a alguien que si tiene éxito en el plan se ha llevado un dineral a su casa de la manera más fácil, con sólo engañar a quién lo custodiaba, con sólo interpretar un papel. Y fue bien fácil porque el engañado se pensaba listo, pero no. Dedujo entonces que ir a su piso fue una maniobra para darle el cambiazo del dinero por ropa, aprovechando que estaba inconsciente y que tenían un peso similar. Se maldice y maldice el momento en que no vio lo que ahora claramente reconoce como una trampa. Justo es lo que más le hunde en la miseria, porque significa que todo era mentira, que por mucho que se empeñe en decirse a sí mismo que estuvo allí cuando ocurrió, no fue real. Desde las miradas de grafito hasta los cigarros compartidos, la luna iluminando sus hombros o cuidarlo hasta coserle la herida. No, no fue real. Fue teatro. Qué hijoputa y qué sucio, joercómo pudo fingir y hacerlo tan bien es una pregunta sin respuesta, con la que el trucha se machaca hasta derretirse los sesos. No lo asume, en su cabeza no hay lugar a una explicación. La certeza dolió más que todos los golpes recibidos y fue cuando deseó que lo mataran, porque no puede soportar la amargura inmensa de admitir que todas las noches que han tenido juntos, fueran un fingimiento. Luego estaba la vergüenza de imaginar si lo viera la yaya, que eso tampoco podía quitárselo de la cabeza, avergonzado porque ya no tendría tiempo de rectificar y darle buena vida. La pobre se quedaría sola, sin nadie en el mundo. Él, si pudiera pedir un último deseo, sería que lo dejaran volverla abrazar, una última vez como ocurriría en un cuento. Pero la vida, su vida, no tenía nada de cuento ni nada quedaría, después de que lo maten, qué contar.

Tras una buena tunda de golpes, los dos vieron que no confesaba –¿Qué domicilio podía haberles dicho si no recuerdo ni la calle ni el portal?– y el gorila lo ató a una silla . El mantecas le advirtió que lo dejarían así toda la noche, a ver si recapacitaba y que por la mañana o tenía las respuesta o ya no habría más preguntas ni más puñetazos. 

Y es de esta manera como el trucha pensó que lo iban a ejecutar mientras llovía afuera sin importarle a nadie. La noche que pasó rememorando su biografía desperdiciada, asumiendo que su existencia era un fracaso cuyo acontecimiento más importante resultó ser una mentira. Deben ser las nueve de la mañana cuando escucha abrirse el portón del almacén y ve primero aparecer la barriga del mantecas anticipándose a su dueño, que viene con otra maleta. Detrás, el gorila. Las expresiones parecen otras, más relajadas y puede que con un matiz de satisfacción. A la altura del trucha, el mantecas recupera una silla abandonada y la acerca arrastrándola para sentarse a su lado, colocando la nueva maleta encima de los muslos. El gorila al lado, cruzado de brazos. De una manera tonta en tales circunstancias, se fija en lo pequeñas y ridículas que resultan sus piernas, que apenas sostienen el enorme triángulo invertido de su cuerpo simiesco. El mantecas con un puro nuevo de un nuevo día. Lo sostiene en la boca pero aún sin encender, sin rastro de babas. La camisa todavía no se ha dibujado con cercos de sudor. Comienza;

Te debo una disculpa porque puede que nos hayamos sobrepasao…Digamos que un poco…Tú no tuviste na que ver con el robo; eso es cierto y voy a reconocer mi error – se pone la mano en el corazón y baja la cabeza, sin rastro de naturalidad en ello – Al hijoputa del gitano también tengo que reconocerle el valor; llamó bien temprano al despacho pa confesar que era el  único responsable y no fue asunto tuyo, que no sabías na. Pero compréndelo, llevabas varios días sin acudir al despacho. Yo sin noticias tuyas y claro, he sospechao que te habías ido con el dinero… Además, como responsable del dinero tampoco te has lucío, eso me lo vas a reconocer – se quita el puro y lo mira– Por lo tanto, yo diría que estamos en paz ¿No?- vuelve a ponerse el puro en la boca y esta vez hace amago de encenderlo pero no– El cabrón del gitano todavía se ha puesto con exigencias  y dijo que sólo me devolvería el dinero con la condición de que te dejáramos libre –abre y cierra la maleta repleta de fajos de billetes sujetos con gomas amarillas, desordenados- Pero ahora que tengo el dinero no sé si cumplir la parte de mi trato o traicionarlo, como el muy hijoputa me ha hecho a mí. Te juro que cuando lo pille lo mato con mis propias manos, me da igual donde se esconda o lo lejos que se vaya; hasta que no lo mate no voy a parar.- una vuelta al puro en la boca, sin encender. Lo mira, se recrea, continúa – Debe apreciarte mucho el gitano…Es la segunda vez que que te salva el pellejo. La primera fue hace años cuando se pegó con cuatro tíos que iban a darte una paliza. Sí,a ti, no pongas esa cara. Iban a darte una tunda por maricón. Se había corrío la voz de que te follabas al gitano y esa gente pensaba que el que lo estaba pervirtiendo eras tú, que él seguía siendo un macho pero tú lo llevabas por mal camino. Yo, por salvar su reputación y calmar los ánimos, organicé que te dieran un escarmiento; quiso interponerse  y acabaron a palos, aunque esa vez al gitano le dieron lo suyo, que estuvo casi un año con la pierna rota en mil sitios, que pensaba que la perdía. Luego ya lo has visto, no fue el mismo ni servía pa lo mismo…Tiene guasa, porque…¿Sabes? Cuando pasó lo que te he contao, me habían hablao de que el maricón que traía loco al gitano tenía cara de crío y era nuevo en los billares, aunque yo nunca supe quién. Hasta hace una hora, que el gitano me ha llamao y ha sido como si se me encendiera  la cabeza y he descubierto que eras tú. Antes y ahora, siempre has sido tú. Y hoy, mira que es gracioso el jodío, te quiere salvar el pellejo otra vez. Eso me pone en un serio compromiso- enciende el puro. Da una calada profunda y lenta– y no sé qué hacer, porque con las ganas que tengo de matarlo y de que tenga su merecido, puede que la mejor idea para hacerle daño sea hacerte daño a ti. Estoy seguro de que le dolería más a él… – hizo un silencio largo. mirando el humo– Peeeero, he de reconocer que estos últimos años has hecho un buen trabajo y nunca he tenido las cuentas tan limpias. Además, quién os puso a trabajar juntos sin buscar más información fui yo, que metí la pata como un novato y me fié sin más…¿Ves? Ahí también voy a reconocer mi error. Después de to, he recuperao el dinero que es lo importante. Que seáis maricones a mí me la trae floja, eso que quede claro – con el puro, apunta a la cara del trucha, amenazante – pero lo que no puedo perdonar es que el gitano me chulee.- ahora una calada y suelta el humo con parsimonia– Así que tengo muchas dudas, sí, en esas estamos.También estoy hasta los mismísimos cojones, porque lo que quiero es dormir una buena siesta y que se acabe esto ya, que me tenéis muy harto  -humo denso que huele a madera– Osea qué… ¿Sabes lo que te digo? Qué voy a dejar que decida el gorila si te mata o no, que no tengo ni fuerzas pa tomar una decisión. Gorila, te espero en el coche y no tardes ¿eh? 

Toma la maleta, aparta la silla y se va con ceremonia, incluso con un aire feliz que demuestra que antes dijo la verdad, que lo que más le importa es el dinero y ya lo ha recuperado. Y antes de salir, sin mirar atrás, se detiene un momento y dice: Y por cierto…Estás despedido…y se fue dando un portazo. El trucha, aún atado y dolorido, ve pasar las escenas como ajenas a sí, como un espectador que viera una película. Incluso el blanco y negro es el que dibuja los acontecimientos que con el gorila, los dos callados -él aún atado, el otro tan grandullón- ahora se han convertido en una película muda y cómica de Charlot. Se ha resignado y en realidad no le importaría acabar con todo ya, porque total, para lo que ha hecho en la vida… Pero el gorila hace algo inesperado. Pregunta. Y el trucha se da cuenta de que es la primera vez que escucha su voz, con un tono bobalicón, nada fiero. ¿Siempre has vivío ahí, en esa casa? El trucha asiente con la cabeza. Ahí también vive una señora mayor, con moño…¿Es tu madre? El trucha le dice que no, que es su abuela. Lo pregunto por una razón que te voy a contar ahora, que ya verás que casualidad, porque yo era un crío y mi padre me arreaba unas palizas que me dejaba tieso. El muy cabrón me echó varias veces de casa, Me acuerdo una noche que casi me mata y no me echó, me fui yo corriendo cagao de miedo de las hostias que me daba. Y tu abuela…¿Sabes lo que hizo? Me recogió de un portal, me subió a tu casa, me curó como pudo y encima dejó que durmiera en el sofá sin preguntarme na…¡¡Y ni me conocía!! Por la mañana me dio un tazón de la única leche que le quedaba pa ti. Es normal que no te acuerdes, eras un renacuajo. Yo también era pequeño pero me acuerdo de to cuando alguna vez me la he cruzao por la calle. Siempre he querido agradecérselo, pero claro, seguro que ya ni se acuerda. Y mira tú, al final se lo voy a poder agradecer. A ver, espera, deja que te suelte los nudos. Y ya que dejo que te vayas, aprovéchalo y vete de la ciudad. Es cuestión de días  que el mantecas llegue a conclusiones y no va a permitir que quién sabe to de sus cuentas y sus negocios, vaya por ahí, tan ricamente. Llévate a tu abuela y vete hoy mismo, no le des tiempo a pensar que vivo para él eres un peligro. Y si el mantecas en unos días decide matarte, tendré que hacerlo yo y con esta ya estamos en paz, ya no habrá agradecimiento ni perdón que valga.

El trucha se queda unos minutos en silencio, ya sin el escozor de las cuerdas y una vez que el gorila se ha ido. Y recuerda las palabras de la abuela que le escuchó en numerosas ocasiones… Hijo, a la gente pobre no nos queda otra que ser buenos y compartir lo que tengamos, que esa es nuestra única riqueza . El Señor y la vida ya te lo devolverán algún día… Y concluye para sí mismo: hasta en eso te voy a tener que dar la razón, yaya, hasta en eso…Ha sido tal cúmulo de acontecimientos y noticias que asimilarlo le nubla la capacidad de reaccionar. Piensa en la yaya y se da cuenta de que el último deseo que parecía imposible, se va a cumplir . Entonces sí, entonces se incorpora de la silla con una necesidad casi vital de abrazarla, de volver a casa para comérsela a besos aunque ella se resista. Y ahora sí que se iba a comportar como ella querría, ahora sí que iba a hacer todo lo posible porque se sienta orgullosa de su nieto y sería un hombre aunque pobre, honrao. A trabajar en lo que fuera, ya encontraría algo, lo importante es que fuera honrao. Se lo iba a demostrar, por supuesto. Aunque antes tendrían que irse…

Se ha incorporado como ha podido, y al emprender la marcha descubre nuevas partes de su cuerpo que le duelen, pero qué importa el dolor si podrá abrazar otra vez a la yaya. Sin embargo, se fija en la maleta vieja, abierta, con la ropa que se dispersó tras la patada del mantecas. Descubre una prenda que le resulta  familiar y se agacha, a recogerla. Es el otro abrigo, el que estrenó el gitano la misma tarde que le regaló el suyo. Al cogerlo, nota algo extraño al tacto y que pesa. De pronto, en un fogonazo que ilumina el pasado, recuerda lo que le dijo el gitano al bajar de la moto, como si de nuevo lo tuviera delante…mi abeigo es lo ideal pa alguien de mi categoría, que tiene un bolsillo secreto aquí atrás, entre el borde y el forro, que te lo cuento a ti porque hay confianza, porque no se lo contaría a nadie, que nunca se sabe pa que puede necesitarlo uno…El trucha tantea nervioso, con los dedos, y encuentra el bolsillo, que abulta disimulado en el forro. Tiene algo dentro. Introduce la mano y saca tres fajos de billetes. Uno con la goma roja, otro con goma azul, y otro con una de color verde, que si fueran los de la maleta del domingo serían todos amarillos y eso lo desconcierta, algo no encaja. A lo mejor el dinero de la maleta fue sólo un señuelo para desviar la atención, Y ocurre de nuevo que cómo si una luz iluminara una parte de la memoria, recuerda al gitano diciendo…que yo pienso dar un golpe maestro que va a dejar a to el mundo con la boca abierta, pero lo haré bien y seré espabilao, porque si te llevas mucho dinero de golpe la gente no te dejará en paz, ni la policía ni a quién le hayas dao el golpe, está claro, así que yo lo haré bien, poco a poco pa que nadie sospeche, lo iré invirtiendo y cuando se descuiden, yo ya estaré viviendo lejos, como un señor…Y el trucha se hace cuentas y repasa momentos y sí, a lo mejor es cierto, a lo mejor el gitano lleva un año robando dinero delante de su cara y de la cara del mantecas. Qué listo, el muy cabrón., que ni me enteré. Como me tendría de engañao pa ni haberme dao cuenta..

Pero en el bolsillo queda algo más y no son billetes porque al tacto es duro. Cuando saca la mano, comprueba que es un pequeño marco de metal con la foto de ellos dos, tan chicos, en lo del Dani. El trucha, al verla, siente un terremoto, un cataclismo de gozo y alegría que no sabe nombrar. Más fuerte que nada que haya conocido, se emociona pensando que ..Era real, yo estaba allí y era real, no me mentía…

Del marco sobresale el cartón de atrás, que está mal encajado y al darle la vuelta, ve que es un programa de mano de cine, recortado. Es una película. Es Mogambo. Otro fogonazo:que lo lleva a años atrás y de pronto,entiende todo y las piezas encajan. Con otros ojos, repasa lo ocurrido y tal como le dijo el gitano, to tiene un sentío. Es consciente de que no ha confiado en el gitano tal como le pidió y le da una puntada de vergüenza. Sin embargo, se asombra de la capacidad de confiar del gitano, se hace pequeño ante un prodigio tan grande que casi no puede abarcar con el pensamiento. El gitano ha confiado en la casualidad, en que reconocería el abrigo de entre todas las prendas, que descubriría el contenido del bolsillo y que el trucha entendería todo sin regalar una pista al mantecas. Ha confiado hasta el punto de no contarle nada de su plan el domingo y ahora el trucha sabe que fue por protegerloHa confiado de tal modo que ha confiado en lo imposible y lo imposible, se cumplió. Y aunque no fue del todo perfecto -no contó con que el trucha enfermaría y no podría negar la acusación de robo- tiene que repasar varias veces los hechos para llegar a la misma conclusión: Esto es magia que solo puede ocurrir en un cuento…Tal vez no sea digno de alguien como el gitano, pero ya está bien de lamentaciones. Nada va a estropear que se sienta depositario de un legado, bendecido por un don, agraciado con la suerte de los valientes, maravillado por haber tenido la posibilidad de vivir lo que está viviendo. Se le escapa una carcajada de felicidad…fue real, no me mentía.  Sabe lo que ha de hacer y donde buscarlo, esa misma tarde tomarían un barco y la yaya vendría lo quisiera o no, a la mierda la maldición de no poder salir del barrio. Con ese dinero hasta podrían ir en primera clase y como tampoco había nada que poner en las maletas-que no tenían- ya comprarían algo en las islas. Seguro que le gustará ser la cocinera, porque quieta no sabe estar y tiene buena mano. Además al gitano siempre le tuvo cariño, que me estuvo preguntando mucho por él cuando dejó de ir por la casa… Ay yaya, que felices vamos a ser los tres lejos del barrio. Por fin podrás tener la playa cerca tos los día… Afuera, por fin, sale el sol después de muchos días de lluvia. Sin importarle a nadie. 


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.